Milio Mariño
Hay frases que, como las personas, hacen fortuna sin que lleguemos a explicarnos por qué triunfan y están en boca de todos. Ahí tienen, “la cara es el espejo del alma”, frase que, en mi opinión, carece de fundamento y se aprovecha de los prejuicios, pues trata de prevenirnos sobre si las personas son de fiar, o no, en función de su aspecto. La tenía por una frase que no utilizaría jamás, pero resulta que hace un par de semanas descubrí la morfopsicología, una disciplina que en Francia tiene carácter universitario y asegura que la psique influye de manera importante en cómo tenemos el rostro.
No lo hice aposta; estaba buscando otra cosa y me encontré con Louis Cormen, un psiquiatra francés que, en 1.937, aseguraba que mirando la foto de una persona podíamos hacer un psicoanálisis inmediato. Casi a la par descubrí, también, a Julián Gabarre, seguidor y discípulo de Cormen, que anda por ahí haciendo pruebas para demostrarnos lo que decía su maestro. Con esa idea se presentó en Barcelona, en las dependencias de la Policía Científica, y pidió que le mostraran las fotos de diez delincuentes, asegurando que, simplemente, por el análisis de sus facciones era capaz de saber la fechoría que había hecho cada uno. Y acertó de pleno. Circunstancia que lo llevó a pedir un certificado, firmado por el Inspector Jefe, que ahora exhibe como prueba de que la demostración no fue un truco de magia.
Animado por la sencillez del método, y porque a los prejubilados se nos ocurren las cosas más peregrinas, tuve la ocurrencia de que si aplicaba el Método Cormen a las fotos de los candidatos que cuelgan de las farolas podría hablarles del carácter, la inteligencia, las capacidades, las virtudes y los defectos de quienes aspiran a gobernarnos en los Ayuntamientos de la Comarca. No estaba convencido del todo pero si Gabarre, basándose en fotos, había publicado, en varias revistas, qué es lo que se esconde tras los rostros de Leticia Ortiz, Felipe de Borbón y Fernando Alonso, bien podía yo hacer lo mismo con nuestros candidatos. Total que me hice con el método y lo tenía todo dispuesto, pero con lo que no contaba era con que las fotos de los carteles no son las de los candidatos. Algunas tienen cierto parecido y es posible que sean ellos mismos hace diez o más años, pero otras ni eso. Otras, como una que dicen que es de Ángela Vallina, a mi no me lo parece. Y a ella, por lo visto, tampoco porque cuentan que mandó arrancar una pagina de la revista de San Isidro, al observar que su foto no se parecía, ni en pintura, a la del cartel que cuelga de las farolas.
Hablo de Ángela Vallina porque es el ejemplo más llamativo, parece una adolescente, pero las candidatas y los candidatos, todos se ponen botox de imprenta para parecer más jóvenes y más guapos. Para, ahora lo sé, engañarnos mostrándonos un espejo que refleja un alma que no es la suya.
Habrá otras causas pero para mí que debe ser por eso que la gente cada vez vota menos. Está cansada de que los candidatos se presenten con una foto que no es la del carné. Foto de la que siempre nos quejamos porque decimos que nunca salimos bien. Salimos con el alma al descubierto, que es como debemos salir.
Milio Mariño / Artículo de Opinión
lunes, 16 de mayo de 2011
lunes, 9 de mayo de 2011
Que vuelva el espíritu de la ley
Milio Mariño
Debo ser de los pocos que no se atreven a valorar la sentencia del Constitucional, sobre Bildu, porque no sé si las pruebas de la abogacía del Estado, la Policía y la Guardia Civil son suficientes. Debemos ser cuatro los que no lo sabemos. Hay mucha gente que, por lo visto, sí las conoce y eso les permite pronunciarse, con conocimiento de causa, y afirmar que el fallo es una birria y no hay por dónde cogerlo.
También hay gente que prescinde de perder el tiempo, preocupándose por las pruebas, y va directamente al grano. Gente como González Pons, que dice que es muy fácil dictar sentencia, y quedar de demócrata, cuando se tiene un buen sueldo y se va por la calle con escolta y coche blindado. Lo cual, o es que yo no lo entiendo, o parece un argumento a favor para actuar en conciencia, y no por miedo, y haber dictado una sentencia que se ajusta a derecho antes que al temor por perder el pellejo. Pero da lo mismo: los que están dispuestos a servirse de lo que haga falta para cargar contra el Gobierno no reparan en contradicciones ni en cosas por el estilo. Acusan al Constitucional de actuar al dictado de un partido y se lamentan, como hace Pons, no de lo mal que funciona la justicia, sino de que los jueces del Constitucional, en su mayoría, no sean conservadores y la sentencia no salga según lo que mande Rajoy.
Prescindiendo de todo esto, y de la que se ha montado, se me ocurre que hay sentencias que, por mucho que los jueces insistan en que se ajustan a derecho, la gente no las comprende ni se explica como pueden producirse.
Recuerdo haber leído una en la que el juez no apreciaba ensañamiento en las setenta puñaladas que le asestaban a una señora, a resulta de las cuales murió. La interpretación del juez era que sólo las tres primeras debían ser tenidas en cuenta pues a partir de la cuarta, el agresor no apuñalaba a una persona, apuñalaba un cadáver.
Otra que también me llamó la atención fue aquella que incluía el increíble razonamiento de un juez que dictaminó que el trabajador fallecido debería haberse negado a realizar su trabajo en unas condiciones de seguridad tan precarias. Según el juez, si el trabajador no se opuso, allá él. Ésa era su responsabilidad, una responsabilidad que no cabía imputar al empresario.
Quiero decir con esto que, para la mayoría de nosotros, los jueces y la administración de la justicia pertenecen a un mundo raro y desconocido que aplaudimos cuando nos da la razón y tildamos de vergonzoso cuando nos la quita.
Ahora se habla poco, pero quienes tengan mi edad, más o menos, recordarán que hace tiempo se hablaba mucho del espíritu de la ley. Algo que los jueces tenían a mano y solían esgrimir cuando la cosa se ponía chunga porque a nadie se le escapa que las leyes pueden parecer muy justas sobre el papel pero, a veces, traen como resultado que su aplicación provoca injusticias que difícilmente se entienden.
Teniendo en cuenta el pronunciamiento que, hace poco, hizo el Tribunal Supremo, esta sentencia de ahora me cuesta entenderla pero, por la misma razón que acepté aquélla, la que coincidía con mi opinión, tengo que aceptar esta otra, que no coincide con lo que pienso.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
Debo ser de los pocos que no se atreven a valorar la sentencia del Constitucional, sobre Bildu, porque no sé si las pruebas de la abogacía del Estado, la Policía y la Guardia Civil son suficientes. Debemos ser cuatro los que no lo sabemos. Hay mucha gente que, por lo visto, sí las conoce y eso les permite pronunciarse, con conocimiento de causa, y afirmar que el fallo es una birria y no hay por dónde cogerlo.
También hay gente que prescinde de perder el tiempo, preocupándose por las pruebas, y va directamente al grano. Gente como González Pons, que dice que es muy fácil dictar sentencia, y quedar de demócrata, cuando se tiene un buen sueldo y se va por la calle con escolta y coche blindado. Lo cual, o es que yo no lo entiendo, o parece un argumento a favor para actuar en conciencia, y no por miedo, y haber dictado una sentencia que se ajusta a derecho antes que al temor por perder el pellejo. Pero da lo mismo: los que están dispuestos a servirse de lo que haga falta para cargar contra el Gobierno no reparan en contradicciones ni en cosas por el estilo. Acusan al Constitucional de actuar al dictado de un partido y se lamentan, como hace Pons, no de lo mal que funciona la justicia, sino de que los jueces del Constitucional, en su mayoría, no sean conservadores y la sentencia no salga según lo que mande Rajoy.
Prescindiendo de todo esto, y de la que se ha montado, se me ocurre que hay sentencias que, por mucho que los jueces insistan en que se ajustan a derecho, la gente no las comprende ni se explica como pueden producirse.
Recuerdo haber leído una en la que el juez no apreciaba ensañamiento en las setenta puñaladas que le asestaban a una señora, a resulta de las cuales murió. La interpretación del juez era que sólo las tres primeras debían ser tenidas en cuenta pues a partir de la cuarta, el agresor no apuñalaba a una persona, apuñalaba un cadáver.
Otra que también me llamó la atención fue aquella que incluía el increíble razonamiento de un juez que dictaminó que el trabajador fallecido debería haberse negado a realizar su trabajo en unas condiciones de seguridad tan precarias. Según el juez, si el trabajador no se opuso, allá él. Ésa era su responsabilidad, una responsabilidad que no cabía imputar al empresario.
Quiero decir con esto que, para la mayoría de nosotros, los jueces y la administración de la justicia pertenecen a un mundo raro y desconocido que aplaudimos cuando nos da la razón y tildamos de vergonzoso cuando nos la quita.
Ahora se habla poco, pero quienes tengan mi edad, más o menos, recordarán que hace tiempo se hablaba mucho del espíritu de la ley. Algo que los jueces tenían a mano y solían esgrimir cuando la cosa se ponía chunga porque a nadie se le escapa que las leyes pueden parecer muy justas sobre el papel pero, a veces, traen como resultado que su aplicación provoca injusticias que difícilmente se entienden.
Teniendo en cuenta el pronunciamiento que, hace poco, hizo el Tribunal Supremo, esta sentencia de ahora me cuesta entenderla pero, por la misma razón que acepté aquélla, la que coincidía con mi opinión, tengo que aceptar esta otra, que no coincide con lo que pienso.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
martes, 3 de mayo de 2011
El Cañón de Avilés
Milio Mariño
Cuentan que el buque oceanográfico «Vizconde de Eza» ha puesto rumbo, de nuevo, al Cañón de Avilés, un cañón que no dispara bolas de fuego sino que es una sima submarina considerada como la tercera más importante de todas las que se sitúan cerca de la costa; en este caso a siete millas marinas, que vienen a ser, para la gente de tierra, 15 kilómetros desde la bocana de la ría.
El llamado Cañón de Avilés es la continuación geológica de la Falla Ventaniella, una línea abierta que se inicia en el Puerto Ventana y va por la mar abajo hasta alcanzar los 5.000 metros de hondura para luego ir nivelando y quedar casi a pre con lo que es la profundidad normal del Cantábrico en las estribaciones del Golfo de Vizcaya.
Cuesta hacerse a la idea de cómo será la mar por ahí abajo y, movidos por esa curiosidad, en la primavera de 2010, ya estuvieron por aquí un grupo de científicos, a bordo del mismo barco, con el propósito de averiguarlo. Lo que sabíamos, hasta ahora, por un estudio chino de hace más de mil años, era que la mar tiene hasta siete pisos de agua, cada uno diferente del otro por aspecto, claridad y habitantes. De ser así, que no se discute, esta sima que sitúan frente a la ría avilesina se asemejaría a un Manhattan al revés. Algo parecido a la torre aquella que, después de fracasar la de Babel, quisieron construir hacia las profundidades del mar y llamaron Baltar.
Nadie conoce el aspecto de los peces que pueden vivir en el Cañón de Avilés. Es lo que tratan de averiguar. Y no sé yo si lo conseguirán porque, la mar, por debajo de los cincuenta metros es todo oscuridad. Aunque claro, para eso traen un sinfín de aparatos que seguramente sumergirán hasta donde les llegue el cable.
Aún no dijeron si encontraron algo. A lo mejor no lo dicen nunca porque ahí abajo, abajo del todo, en lo más profundo de la mar, es donde vive Kraken, ese calamar gigante que oímos nombrar tantas veces. De todas maneras, hace tiempo, sin tantos aparatos como los que, al parecer, traen en este viaje, hablaron de que habían avistado algunos cetáceos como el delfín mular, el delfín gris, el calderón común y otros que no pudieron identificar, lo cual les llevó a pensar que el Cañón de Avilés podía ser algo así como un paraíso de monstruos marinos en el que además de esos calamares gigantescos también podrían vivir los bugres de tres pinzas, los corales blancos y las esponjas de cristal, especies que creían solo se daban en las aguas calidas de la zona tropical.
Ni en aquella ocasión, ni ahora, comentaron si confinado en lo más profundo de este abismo podía ser que viviera Leviatán, la bestia marina que hizo dios el quinto día de la creación y que desde entonces nadie sabe donde está. Nadie lo sabe pero es de suponer que si Asturias es un paraíso terrenal, bien puede tener otro paraíso contiguo, en este caso marino, en el que los monstruos vivan felices respetando nuestra vecindad como nosotros los respetamos a ellos. De modo que a saber lo que puede pasar en el futuro, después de que los científicos completen todas sus pruebas y los monstruos marinos vean profanado su paraíso.
Los pescadores, en principio, ya dijeron que no les parecía sensato que nadie anduviera husmeando por donde Julio Verne se atrevió a husmear solo con la imaginación. Tienen miedo, y con razón, de que las bestias puedan enfadarse. Y más miedo todavía de que, como decía Pierre Beaulieu en un estudio sobre el reino sumergido de Ys, puedan pensar que volvemos a la costumbre de aquellos obispos de Bretaña y Normandia que creían que tenían derecho a cobrar tributos a todos los seres que vivían en lo más profundo de la mar. Sea lo que fuere, lo que viva por ahí abajo: bestias marinas, monstruos, dioses o diablos, que de todo puede haber, no está bien que los molestemos para averiguar lo que, en mi modesta opinión, es preferible seguir imaginando.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
Cuentan que el buque oceanográfico «Vizconde de Eza» ha puesto rumbo, de nuevo, al Cañón de Avilés, un cañón que no dispara bolas de fuego sino que es una sima submarina considerada como la tercera más importante de todas las que se sitúan cerca de la costa; en este caso a siete millas marinas, que vienen a ser, para la gente de tierra, 15 kilómetros desde la bocana de la ría.
El llamado Cañón de Avilés es la continuación geológica de la Falla Ventaniella, una línea abierta que se inicia en el Puerto Ventana y va por la mar abajo hasta alcanzar los 5.000 metros de hondura para luego ir nivelando y quedar casi a pre con lo que es la profundidad normal del Cantábrico en las estribaciones del Golfo de Vizcaya.
Cuesta hacerse a la idea de cómo será la mar por ahí abajo y, movidos por esa curiosidad, en la primavera de 2010, ya estuvieron por aquí un grupo de científicos, a bordo del mismo barco, con el propósito de averiguarlo. Lo que sabíamos, hasta ahora, por un estudio chino de hace más de mil años, era que la mar tiene hasta siete pisos de agua, cada uno diferente del otro por aspecto, claridad y habitantes. De ser así, que no se discute, esta sima que sitúan frente a la ría avilesina se asemejaría a un Manhattan al revés. Algo parecido a la torre aquella que, después de fracasar la de Babel, quisieron construir hacia las profundidades del mar y llamaron Baltar.
Nadie conoce el aspecto de los peces que pueden vivir en el Cañón de Avilés. Es lo que tratan de averiguar. Y no sé yo si lo conseguirán porque, la mar, por debajo de los cincuenta metros es todo oscuridad. Aunque claro, para eso traen un sinfín de aparatos que seguramente sumergirán hasta donde les llegue el cable.
Aún no dijeron si encontraron algo. A lo mejor no lo dicen nunca porque ahí abajo, abajo del todo, en lo más profundo de la mar, es donde vive Kraken, ese calamar gigante que oímos nombrar tantas veces. De todas maneras, hace tiempo, sin tantos aparatos como los que, al parecer, traen en este viaje, hablaron de que habían avistado algunos cetáceos como el delfín mular, el delfín gris, el calderón común y otros que no pudieron identificar, lo cual les llevó a pensar que el Cañón de Avilés podía ser algo así como un paraíso de monstruos marinos en el que además de esos calamares gigantescos también podrían vivir los bugres de tres pinzas, los corales blancos y las esponjas de cristal, especies que creían solo se daban en las aguas calidas de la zona tropical.
Ni en aquella ocasión, ni ahora, comentaron si confinado en lo más profundo de este abismo podía ser que viviera Leviatán, la bestia marina que hizo dios el quinto día de la creación y que desde entonces nadie sabe donde está. Nadie lo sabe pero es de suponer que si Asturias es un paraíso terrenal, bien puede tener otro paraíso contiguo, en este caso marino, en el que los monstruos vivan felices respetando nuestra vecindad como nosotros los respetamos a ellos. De modo que a saber lo que puede pasar en el futuro, después de que los científicos completen todas sus pruebas y los monstruos marinos vean profanado su paraíso.
Los pescadores, en principio, ya dijeron que no les parecía sensato que nadie anduviera husmeando por donde Julio Verne se atrevió a husmear solo con la imaginación. Tienen miedo, y con razón, de que las bestias puedan enfadarse. Y más miedo todavía de que, como decía Pierre Beaulieu en un estudio sobre el reino sumergido de Ys, puedan pensar que volvemos a la costumbre de aquellos obispos de Bretaña y Normandia que creían que tenían derecho a cobrar tributos a todos los seres que vivían en lo más profundo de la mar. Sea lo que fuere, lo que viva por ahí abajo: bestias marinas, monstruos, dioses o diablos, que de todo puede haber, no está bien que los molestemos para averiguar lo que, en mi modesta opinión, es preferible seguir imaginando.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
lunes, 25 de abril de 2011
Me siento pulga
Milio Mariño
Eso me siento, una insignificancia de nada en esta España, al borde del precipicio económico, en la que todo el mundo sale corriendo de casa para disfrutar de apenas tres días que luego son un agobio, cuestan una fortuna y, encima, llueve. Ya, pero a pesar de la crisis, el precio de la gasolina y que el tiempo no ayuda, la gente sale pitando y los pocos que no salimos, que debemos ser cuatro gatos, no dejamos de asombrarnos viendo las colas de coches, los aeropuertos abarrotados y las terrazas a rebosar.
Qué coño crisis, aquí lo que hay es dinero a manta. No sé, quizá lo justo o un poco menos, pero si uno no puede tomar el sol, bañarse en la playa, comer langostinos y disfrutar cuatro días? ¿para qué vive? Eso dicen los que aparecen en el telediario mientras los de la otra España, la que pinta Salgado y sobre todo Rajoy, vemos la televisión, avergonzados de que el sueldo, o la pensión, no den para más. Llevan razón los que salen. No tienen culpa de que, a unos cuantos, nos parezca inverosímil que otros sepan administrarse de forma que aun les sobre para darse la vida padre en el puente de mayo, el de septiembre, la inmaculada, vacaciones, navidades, semana santa y cuando se tercie.
¿Cómo lo hacen? Pues no sé, imagino que como apuntaba antes, de forma inverosímil. Como en esas películas en las que el protagonista siempre tiene el dinero exacto para pagar el taxi o la cuenta del restaurante. Si se fijan, nunca se para a recibir el vuelto, sale pitando y allá se las compongan.
Es otra forma de entender la vida. Nosotros, los de la generación de mayo del 68, debemos estar influenciados por la tristeza activa, aquello que decía Cioran de la peligrosa pasión por tomarnos la vida en serio. Así nos va porque lo verdaderamente hermoso es tomarse la vida a broma, vivir en contradicción con la forma en qué nos dicen que tenemos que vivir. Si nos aconsejan que no podemos gastar alegremente y seguir viviendo como si no pasara nada y todos fuéramos ricos, hay que hacer lo contrario. Que se jodan. Que lo hagan ellos, que disfrutan amenazándonos con predicciones catastrofistas. Que nos dejen vivir en paz y se tomen, ahora que ya es primavera, una infusión de trébol. Del trébol común de los prados, que era lo que recomendaba Santa Hildegarda, para la ofuscación de la vista.
Hacen bien. Si todos hiciéramos como ellos, si cogiéramos la maleta y saliéramos pitando, sin preocuparnos de nada ni reparar en gastos, seguro que la cosa iba mejor. Es más, estoy por apostar que si aún no hemos caído en el pozo del rescate económico se lo debemos a esos valientes que son capaces de lo inverosímil. Es decir, de aquello que no parece que nadie pueda hacer y, luego, nos enteramos que hay gente que si lo hace.
Tres días pasan volando pero palabra que me he sentido pulga. Ahora, con todos en casa, ya me siento mejor. Pienso, incluso, que tengo que recuperar la ilusión y embarcarme en algo inverosímil. En algo como aquello que contaba, no recuerdo si Mihura o Jardiel Poncela, de un pueblo de la meseta castellana que reclamaba a las autoridades la llegada del mar para hacer realidad lo que siempre habían soñado: ser pescadores.
Eso me siento, una insignificancia de nada en esta España, al borde del precipicio económico, en la que todo el mundo sale corriendo de casa para disfrutar de apenas tres días que luego son un agobio, cuestan una fortuna y, encima, llueve. Ya, pero a pesar de la crisis, el precio de la gasolina y que el tiempo no ayuda, la gente sale pitando y los pocos que no salimos, que debemos ser cuatro gatos, no dejamos de asombrarnos viendo las colas de coches, los aeropuertos abarrotados y las terrazas a rebosar.
Qué coño crisis, aquí lo que hay es dinero a manta. No sé, quizá lo justo o un poco menos, pero si uno no puede tomar el sol, bañarse en la playa, comer langostinos y disfrutar cuatro días? ¿para qué vive? Eso dicen los que aparecen en el telediario mientras los de la otra España, la que pinta Salgado y sobre todo Rajoy, vemos la televisión, avergonzados de que el sueldo, o la pensión, no den para más. Llevan razón los que salen. No tienen culpa de que, a unos cuantos, nos parezca inverosímil que otros sepan administrarse de forma que aun les sobre para darse la vida padre en el puente de mayo, el de septiembre, la inmaculada, vacaciones, navidades, semana santa y cuando se tercie.
¿Cómo lo hacen? Pues no sé, imagino que como apuntaba antes, de forma inverosímil. Como en esas películas en las que el protagonista siempre tiene el dinero exacto para pagar el taxi o la cuenta del restaurante. Si se fijan, nunca se para a recibir el vuelto, sale pitando y allá se las compongan.
Es otra forma de entender la vida. Nosotros, los de la generación de mayo del 68, debemos estar influenciados por la tristeza activa, aquello que decía Cioran de la peligrosa pasión por tomarnos la vida en serio. Así nos va porque lo verdaderamente hermoso es tomarse la vida a broma, vivir en contradicción con la forma en qué nos dicen que tenemos que vivir. Si nos aconsejan que no podemos gastar alegremente y seguir viviendo como si no pasara nada y todos fuéramos ricos, hay que hacer lo contrario. Que se jodan. Que lo hagan ellos, que disfrutan amenazándonos con predicciones catastrofistas. Que nos dejen vivir en paz y se tomen, ahora que ya es primavera, una infusión de trébol. Del trébol común de los prados, que era lo que recomendaba Santa Hildegarda, para la ofuscación de la vista.
Hacen bien. Si todos hiciéramos como ellos, si cogiéramos la maleta y saliéramos pitando, sin preocuparnos de nada ni reparar en gastos, seguro que la cosa iba mejor. Es más, estoy por apostar que si aún no hemos caído en el pozo del rescate económico se lo debemos a esos valientes que son capaces de lo inverosímil. Es decir, de aquello que no parece que nadie pueda hacer y, luego, nos enteramos que hay gente que si lo hace.
Tres días pasan volando pero palabra que me he sentido pulga. Ahora, con todos en casa, ya me siento mejor. Pienso, incluso, que tengo que recuperar la ilusión y embarcarme en algo inverosímil. En algo como aquello que contaba, no recuerdo si Mihura o Jardiel Poncela, de un pueblo de la meseta castellana que reclamaba a las autoridades la llegada del mar para hacer realidad lo que siempre habían soñado: ser pescadores.
martes, 19 de abril de 2011
Pedir el certificado de buena conducta
Milio Mariño
Cenando con unos amigos salió a relucir el tema de que para entrar en Ensidesa, allá por los años sesenta, pedían un certificado de buena conducta. Era lo primero y quizá lo más importante. Ya podías saber álgebra y tener un master en pico y pala que si el cura, o el sargento de la Guardia Civil, no certificaban que eras de fiar no entrabas en la fabricona.
Lo que, entonces, llamaban buena conducta ya saben lo que era, pero el tema vino al caso de que, ahora, para ser candidato y optar a un cargo público no sólo no piden nada sino que la mala conducta parece un valor en alza, un as en la bocamanga de quienes, presuntamente, han cometido delito y amenazan con tirar de la manta.
La discusión giraba en torno a si estar imputado, o implicado en alguna causa, supone suficiente motivo que impida ser candidato. Muchos pensamos que sí, que basta y sobra para que los partidos políticos aparten a esas personas de sus candidaturas pero, por lo visto, nuestra opinión cuenta poco. Así que sólo nos queda indignarnos. Y nos indignamos, pero como la indignación cansa muchísimo, acabamos por desahogarnos en el círculo de los amigos y buscamos algún motivo para no salir a la calle gritando que estamos hasta la coronilla de chulerías, abusos, desvergüenzas, jactancias y un largo etcétera de razonamientos absurdos que nos llevan a la conclusión de que nunca, como ahora, se había caído tan bajo. Nunca se había visto tanta manipulación, tantos imputados presumiendo de ser candidatos, tantos jueces haciendo de su capa un sayo y tantos empresarios y banqueros poniéndose chulos mientras exigen que se modifiquen las leyes y nos rebajen a la condición de esclavos porque, de lo contrario, no crearán ni un empleo.
Viendo como estamos, y que la población permanece indefensa aguantando a duras penas el bombardeo de los caraduras, a uno se le ocurre que podíamos pedir una intervención de la OTAN para que viniera a librarnos de tanta sirvengonzonería. Pero, claro, ya imagino la respuesta. España no es el norte de África, es una democracia, así que si a usted se le cuela un aprendiz de Gadafi en su ayuntamiento, o en su comunidad autónoma, allá con su pan se lo coma. Es más, dirán que podemos hacer con estos lo que hicimos con Sortu, impedir que se presentaran a las elecciones bajo la sospecha de que no son trigo limpio. En este caso con más motivo porque, de los imputados y los implicados, ya no es que tengamos sospechas tenemos cientos de folios que relatan sus tropelías.
Descartado recurrir a la OTAN nos queda otra. Nos queda utilizar sus argumentos para conseguir que los retiren de las listas. Según ellos, su pecado es que han ido evolucionando para adaptarse a unos valores que responden al sentimiento mayoritario de que, en España, quien no roba o no defrauda es por que no puede. Suponiendo que fuera así también deberían quitarlos. Pues sí, por torpes, por no saber hacerlo y dejarse atrapar como tontos.
Escribí todo esto cuando volví a casa después de la cena. Y ahora que lo pienso no sé si lo que cuento me lo dijo alguien o fue mi propia conciencia. Una conciencia que estará influida, seguramente, por aquellos regletazos y coscorrones con los que aprendíamos lo que era buena y mala conducta.
Cenando con unos amigos salió a relucir el tema de que para entrar en Ensidesa, allá por los años sesenta, pedían un certificado de buena conducta. Era lo primero y quizá lo más importante. Ya podías saber álgebra y tener un master en pico y pala que si el cura, o el sargento de la Guardia Civil, no certificaban que eras de fiar no entrabas en la fabricona.
Lo que, entonces, llamaban buena conducta ya saben lo que era, pero el tema vino al caso de que, ahora, para ser candidato y optar a un cargo público no sólo no piden nada sino que la mala conducta parece un valor en alza, un as en la bocamanga de quienes, presuntamente, han cometido delito y amenazan con tirar de la manta.
La discusión giraba en torno a si estar imputado, o implicado en alguna causa, supone suficiente motivo que impida ser candidato. Muchos pensamos que sí, que basta y sobra para que los partidos políticos aparten a esas personas de sus candidaturas pero, por lo visto, nuestra opinión cuenta poco. Así que sólo nos queda indignarnos. Y nos indignamos, pero como la indignación cansa muchísimo, acabamos por desahogarnos en el círculo de los amigos y buscamos algún motivo para no salir a la calle gritando que estamos hasta la coronilla de chulerías, abusos, desvergüenzas, jactancias y un largo etcétera de razonamientos absurdos que nos llevan a la conclusión de que nunca, como ahora, se había caído tan bajo. Nunca se había visto tanta manipulación, tantos imputados presumiendo de ser candidatos, tantos jueces haciendo de su capa un sayo y tantos empresarios y banqueros poniéndose chulos mientras exigen que se modifiquen las leyes y nos rebajen a la condición de esclavos porque, de lo contrario, no crearán ni un empleo.
Viendo como estamos, y que la población permanece indefensa aguantando a duras penas el bombardeo de los caraduras, a uno se le ocurre que podíamos pedir una intervención de la OTAN para que viniera a librarnos de tanta sirvengonzonería. Pero, claro, ya imagino la respuesta. España no es el norte de África, es una democracia, así que si a usted se le cuela un aprendiz de Gadafi en su ayuntamiento, o en su comunidad autónoma, allá con su pan se lo coma. Es más, dirán que podemos hacer con estos lo que hicimos con Sortu, impedir que se presentaran a las elecciones bajo la sospecha de que no son trigo limpio. En este caso con más motivo porque, de los imputados y los implicados, ya no es que tengamos sospechas tenemos cientos de folios que relatan sus tropelías.
Descartado recurrir a la OTAN nos queda otra. Nos queda utilizar sus argumentos para conseguir que los retiren de las listas. Según ellos, su pecado es que han ido evolucionando para adaptarse a unos valores que responden al sentimiento mayoritario de que, en España, quien no roba o no defrauda es por que no puede. Suponiendo que fuera así también deberían quitarlos. Pues sí, por torpes, por no saber hacerlo y dejarse atrapar como tontos.
Escribí todo esto cuando volví a casa después de la cena. Y ahora que lo pienso no sé si lo que cuento me lo dijo alguien o fue mi propia conciencia. Una conciencia que estará influida, seguramente, por aquellos regletazos y coscorrones con los que aprendíamos lo que era buena y mala conducta.
viernes, 15 de abril de 2011
Sexo cardiovascular
Milio Mariño
Hace un par de semanas, o tres, pudimos leer que los hombres que mantienen relaciones sexuales esporádicas son los que más posibilidades tienen de padecer un ataque al corazón o morir de forma súbita. A buenas horas dirían, si pudieran, los que crían malvas victimas de un patatús cuando pedaleaban de forma frenética tratando de coronar El Angliru del gusto. Es lo malo que tienen las revelaciones científicas que, cuando llegan y nos convocan para hacernos participes de un logro, suelen traer más desilusión que esperanza. Para muchos ya no hay remedio y para otros aun es peor pues conocen la solución pero se enfrentan con la imposibilidad de poder llevarla a la práctica.
Quisiera ver yo, a esos científicos, con sesenta años cumplidos, sustituyendo lo esporádico por una cadencia regular y frecuente como la que recomiendan para mejorar la salud del corazón y el riego sanguíneo. Que mejorará, no digo que no, pero, desde el punto de vista estadístico cabe ponerlo en cuestión. La estadística es implacable, cuantas mas veces se haga el acto sexual más posibilidades habrá de palmarla en ese momento. No lo digo por rencor, es una operación matemática.
De todas maneras esta bien saber que el sexo, cuanto más se haga, mejor nos irá en nuestra salud. No quiero ni imaginar si yo hubiera dispuesto, cuando apenas era un chaval, de los estudios científicos que ahora, cuarenta y muchos años después, acabamos de conocer. Se iban a entrar en el confesionario y también en mi casa. Por salud, señor cura párroco. Por mejorar mi tono cardiovascular, papa.
Sé que los avances científicos hay que aceptarlos, aunque nos lleguen tarde. Son ley de vida, evolución y progreso. Y, yo, los acepto, pero, a veces, sucede que nos adelantamos y aplicamos directamente nuestros experimentos sin más aval que la propia intuición. Por eso, después de todo, aunque ahora no pueda seguir el consejo de los científicos, me sirve de consuelo haberme adelantado a los tiempos y no haber hecho caso de lo que recomendaban cuando la creencia general era lo contrario de lo que afirman ahora. Supongo que de algo habrá valido aquella lucha titánica contra la ciencia de entonces, la religión y los elementos.
No discuto, no tengo conocimientos ni datos para discutirlo, esto que dicen: que cuanto más hagamos el acto sexual mejor nos irá con nuestra salud. Me llama la atención que con la misma rotundidad con la que afirman lo que comentamos, digan que está demostrado que el riesgo de infarto o de muerte súbita en las personas que mantienen pocas relaciones sexuales suele producirse, sobre todo, en aquéllos que lo hacen fuera de la pareja habitual. Según ellos, un noventa por ciento de las muertes súbitas, durante el acto sexual, se da en varones que no estaban con su pareja. Es decir que, primero, nos empujan al desenfreno y luego, cuando ya hemos calentado y estamos listos para batir nuestro record sexual, nos advierten de que es peor el remedio que la enfermedad. ¿Puede deducirse, entonces, que los científicos prefieren los remedios caseros a los que, cabe suponer, son de más calidad? Parece una contradicción. Así que no pienso hacerles caso. Haré lo que pueda y con quien pueda. Y, recomiendo que ustedes hagan lo mismo, pero no para que me den la razón sino por el bien de su salud cardiovascular y, sobre todo, mental.
Hace un par de semanas, o tres, pudimos leer que los hombres que mantienen relaciones sexuales esporádicas son los que más posibilidades tienen de padecer un ataque al corazón o morir de forma súbita. A buenas horas dirían, si pudieran, los que crían malvas victimas de un patatús cuando pedaleaban de forma frenética tratando de coronar El Angliru del gusto. Es lo malo que tienen las revelaciones científicas que, cuando llegan y nos convocan para hacernos participes de un logro, suelen traer más desilusión que esperanza. Para muchos ya no hay remedio y para otros aun es peor pues conocen la solución pero se enfrentan con la imposibilidad de poder llevarla a la práctica.
Quisiera ver yo, a esos científicos, con sesenta años cumplidos, sustituyendo lo esporádico por una cadencia regular y frecuente como la que recomiendan para mejorar la salud del corazón y el riego sanguíneo. Que mejorará, no digo que no, pero, desde el punto de vista estadístico cabe ponerlo en cuestión. La estadística es implacable, cuantas mas veces se haga el acto sexual más posibilidades habrá de palmarla en ese momento. No lo digo por rencor, es una operación matemática.
De todas maneras esta bien saber que el sexo, cuanto más se haga, mejor nos irá en nuestra salud. No quiero ni imaginar si yo hubiera dispuesto, cuando apenas era un chaval, de los estudios científicos que ahora, cuarenta y muchos años después, acabamos de conocer. Se iban a entrar en el confesionario y también en mi casa. Por salud, señor cura párroco. Por mejorar mi tono cardiovascular, papa.
Sé que los avances científicos hay que aceptarlos, aunque nos lleguen tarde. Son ley de vida, evolución y progreso. Y, yo, los acepto, pero, a veces, sucede que nos adelantamos y aplicamos directamente nuestros experimentos sin más aval que la propia intuición. Por eso, después de todo, aunque ahora no pueda seguir el consejo de los científicos, me sirve de consuelo haberme adelantado a los tiempos y no haber hecho caso de lo que recomendaban cuando la creencia general era lo contrario de lo que afirman ahora. Supongo que de algo habrá valido aquella lucha titánica contra la ciencia de entonces, la religión y los elementos.
No discuto, no tengo conocimientos ni datos para discutirlo, esto que dicen: que cuanto más hagamos el acto sexual mejor nos irá con nuestra salud. Me llama la atención que con la misma rotundidad con la que afirman lo que comentamos, digan que está demostrado que el riesgo de infarto o de muerte súbita en las personas que mantienen pocas relaciones sexuales suele producirse, sobre todo, en aquéllos que lo hacen fuera de la pareja habitual. Según ellos, un noventa por ciento de las muertes súbitas, durante el acto sexual, se da en varones que no estaban con su pareja. Es decir que, primero, nos empujan al desenfreno y luego, cuando ya hemos calentado y estamos listos para batir nuestro record sexual, nos advierten de que es peor el remedio que la enfermedad. ¿Puede deducirse, entonces, que los científicos prefieren los remedios caseros a los que, cabe suponer, son de más calidad? Parece una contradicción. Así que no pienso hacerles caso. Haré lo que pueda y con quien pueda. Y, recomiendo que ustedes hagan lo mismo, pero no para que me den la razón sino por el bien de su salud cardiovascular y, sobre todo, mental.
domingo, 3 de abril de 2011
Actas y actos que no están bien
Milio Mariño
Creo que nos pasa a todos. Que, todos, aceptamos con particular desagrado que alguien que estuvo ocupando puestos de especial responsabilidad no sepa estar cuando es otro el que ocupa ese lugar. Digo esto porque me irrita profundamente ver como actúa el PP cuando trata cualquier asunto relacionado con el terrorismo. Reconozco que también me irrita su actitud hipócrita y oportunista al respecto de la supuesta defensa del estado del bienestar y los más desfavorecidos pero entiendo que eso entra dentro de lo aceptable en el terreno de lo político. Lo otro no, lo otro es actuar con vileza y valerse de lo que haga falta para emponzoñar al rival.
No vale cerrar los ojos y silbar Capote de grana y oro, todos sabemos que hay asuntos de Estado muy feos y muy pringosos. Asuntos que parece como que no hubiera forma de tratarlos sin llenarse las manos de engrudo. Los Estados y los Gobiernos, aquí, en Washington, en París y en cualquier parte del mundo, suelen tener un abundante surtido de asuntos turbios. Y no les cuento si hablamos de terrorismo. Habría para llenar cientos de folios. Se nos volvería el pensamiento amargo si conociéramos los entresijos de lo que se cuece en las alcantarillas y los sótanos de palacio. Por eso viene de largo que los ciudadanos tengamos asumido que hay cosas que los Gobiernos, sean del signo que sean, no pueden decir ni tampoco reconocer. Ni los Gobiernos, ni la Santa Iglesia Católica, ni el sursum corda. En todos los sitios, hasta en las mejores familias, hay cosas que es mejor no airearlas. ¿A que viene entonces dar por bueno lo que dicen los terroristas y utilizarlo para poner al Gobierno contra las cuerdas? ¿Es para protegernos y acabar definitivamente con ETA?
No, no lo es. Sabemos, y ellos también, que la bronca de estos últimos días, como otras broncas pasadas, no conducen a otra cosa que a provocar el desgaste de quien, no creo que se discuta, está siendo eficaz en la lucha contra el terrorismo y no alardea de ello ni se atribuye la exclusividad del éxito.
¿De que sirve entonces montar un escándalo y considerar a Thierry, el que fuera jefe militar de ETA, hoy detenido, un ilustre notario que se limitaba a levantar acta de lo ocurrido en unas negociaciones que fueron autorizadas por el Parlamento? Su punto de vista, de cómo iban las cosas, no parece que pueda servirnos para luchar contra el terrorismo. Sirve, eso si, para que alguien se suba a un cajón y, megáfono en mano, arme una bronca, pero nada más. El grito, en cuanto a su eficacia, siempre fue inferior a la conversación reposada. No pido silencio, no me refiero a que haya que enmudecer o decir amén a lo que hizo, haga, o deje de hacer el Gobierno, en materia de terrorismo. Me refiero al compromiso responsable de decirlo en el ámbito que corresponda. Tratarlo como lo que es, como un asunto muy delicado que no admite algaradas ni números de circo.
No es aceptable que el primer partido de la oposición exhiba, y utilice, como prueba, el certificado de un terrorista que fue el jefe de los asesinos y debió ver las cosas con el ojo del culo. Quienes confiamos en las instituciones y desconfiamos de los terroristas no merecemos este espectáculo bochornoso.
Creo que nos pasa a todos. Que, todos, aceptamos con particular desagrado que alguien que estuvo ocupando puestos de especial responsabilidad no sepa estar cuando es otro el que ocupa ese lugar. Digo esto porque me irrita profundamente ver como actúa el PP cuando trata cualquier asunto relacionado con el terrorismo. Reconozco que también me irrita su actitud hipócrita y oportunista al respecto de la supuesta defensa del estado del bienestar y los más desfavorecidos pero entiendo que eso entra dentro de lo aceptable en el terreno de lo político. Lo otro no, lo otro es actuar con vileza y valerse de lo que haga falta para emponzoñar al rival.
No vale cerrar los ojos y silbar Capote de grana y oro, todos sabemos que hay asuntos de Estado muy feos y muy pringosos. Asuntos que parece como que no hubiera forma de tratarlos sin llenarse las manos de engrudo. Los Estados y los Gobiernos, aquí, en Washington, en París y en cualquier parte del mundo, suelen tener un abundante surtido de asuntos turbios. Y no les cuento si hablamos de terrorismo. Habría para llenar cientos de folios. Se nos volvería el pensamiento amargo si conociéramos los entresijos de lo que se cuece en las alcantarillas y los sótanos de palacio. Por eso viene de largo que los ciudadanos tengamos asumido que hay cosas que los Gobiernos, sean del signo que sean, no pueden decir ni tampoco reconocer. Ni los Gobiernos, ni la Santa Iglesia Católica, ni el sursum corda. En todos los sitios, hasta en las mejores familias, hay cosas que es mejor no airearlas. ¿A que viene entonces dar por bueno lo que dicen los terroristas y utilizarlo para poner al Gobierno contra las cuerdas? ¿Es para protegernos y acabar definitivamente con ETA?
No, no lo es. Sabemos, y ellos también, que la bronca de estos últimos días, como otras broncas pasadas, no conducen a otra cosa que a provocar el desgaste de quien, no creo que se discuta, está siendo eficaz en la lucha contra el terrorismo y no alardea de ello ni se atribuye la exclusividad del éxito.
¿De que sirve entonces montar un escándalo y considerar a Thierry, el que fuera jefe militar de ETA, hoy detenido, un ilustre notario que se limitaba a levantar acta de lo ocurrido en unas negociaciones que fueron autorizadas por el Parlamento? Su punto de vista, de cómo iban las cosas, no parece que pueda servirnos para luchar contra el terrorismo. Sirve, eso si, para que alguien se suba a un cajón y, megáfono en mano, arme una bronca, pero nada más. El grito, en cuanto a su eficacia, siempre fue inferior a la conversación reposada. No pido silencio, no me refiero a que haya que enmudecer o decir amén a lo que hizo, haga, o deje de hacer el Gobierno, en materia de terrorismo. Me refiero al compromiso responsable de decirlo en el ámbito que corresponda. Tratarlo como lo que es, como un asunto muy delicado que no admite algaradas ni números de circo.
No es aceptable que el primer partido de la oposición exhiba, y utilice, como prueba, el certificado de un terrorista que fue el jefe de los asesinos y debió ver las cosas con el ojo del culo. Quienes confiamos en las instituciones y desconfiamos de los terroristas no merecemos este espectáculo bochornoso.
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