Milio Mariño/ La Nueva España
El jueves pasado me vino de perlas leer a Francisco García Pérez, a quien recuerdo, además de por sus artículos, por un par de días en Villaviciosa con los escritores asturianos. Fue una delicia saber que compartimos eso de habernos criado oyendo retransmisiones de fútbol que se han quedado a vivir para siempre en algún rincón del cerebro, pues si él recuerda «pánico en Altabix», a mí me pasa otro tanto con «penalti en Las Gaunas». Además, también soy partidario de «orsay», «linier» y «fau», palabras que sigo usando, quizá, por haber jugado con aquellos balones de reglamento que dejaban un surco calvo cuando rematabas de cabeza sin mirar la costura. Eran otros tiempos. Fíjense si habrán pasado años que usábamos Linimento Sloan, un ungüento que lo mismo curaba el reuma que un bocadillo en el glúteo.
El caso que, como dije, leí el artículo de García Pérez junto con los propios del día siguiente al debate sobre la crisis y, como quiera que sobre ese tema ya está todo escrito, se me ocurrió que podría hablarles de la burbuja del fútbol. Un milagro sin precedentes, pues resulta que han ido explotando qué sé yo cuántas burbujas: la de internet, la financiera, la inmobiliaria y todas las imaginables, pero la del fútbol, cuya deuda reconocida asciende a más de 4.000 millones de euros, sigue inflándose como si nada y nadie vaticina que vaya a explotar.
El Gobierno, la oposición, todo el mundo habla de poner freno al gasto, contener los salarios, abaratar los despidos y aumentar la edad de jubilación, pero ninguna de esas medidas parece que afecte al mundo del fútbol, que sigue con sus traspasos y sus sueldos millonarios, viviendo dentro de esa burbuja milagro que lo aísla de todo.
Lo sorprendente es que, dentro de la burbuja del balón redondo, no sólo viven los clubes SAD, también viven los de Segunda B, Tercera División, Regional Preferente y de ahí para abajo. Viven nadie sabe cómo, pues técnicamente casi todos están en quiebra dado que, año tras año, sus ingresos son inferiores a los gastos y, en consecuencia, se hallan en la imposibilidad de hacer frente no sólo al presupuesto ordinario, sino a la posibilidad de poder liquidar, algún día, las deudas que tienen.
¿Cómo lo hacen? Eso quisiera saber yo e imagino que más de un ministro de Economía y Hacienda. De cómo lo hizo el Real Oviedo, que el año pasado, en Tercera División, tuvo un presupuesto de 2.550.000 euros, tenemos una idea. De cómo lo hacen algunos clubes de Tercera que, este año, rondan los 400.000, ellos sabrán. Y si echáramos un vistazo a otros presupuestos, incluso de Regional Preferente, quedaríamos asombrados. Sobre todo, teniendo en cuenta que los espectadores por partido no suelen pasar de cien y algunas veces ni eso. Es decir, que no sacan ni para el árbitro, que en Tercera cobra 400 euros y hay que pagarle por adelantado. Pero es que, además, también hay que pagar al entrenador y a los jugadores, que tienen sueldos de 1.000 o 1.500 euros al mes, y algunos incluso más.
Viendo cómo está el fútbol, desde las SAD a los clubes de Tercera y Regional, habría que preguntarles cuál es la fórmula para que la crisis ni siquiera los haya rozado. Imagino que no tendrán inconveniente en ponernos al tanto, porque la pregunta no es un capricho, es una necesidad. Una emergencia nacional que exige ponernos en manos de quienes, de verdad, saben hacer milagros. Deberían tomar nota Elena Salgado, Miguel Sebastián y José Blanco.
lunes, 22 de febrero de 2010
lunes, 15 de febrero de 2010
¡Habla, Mariano!
Milio Mariño
Quienes califican, ahora, nuestra solvencia económica son los mismos que provocaron la crisis y no admiten que se regulen las altas finanzas. Tiene «güevos» la cosa. Pero es lo que hay. Y, por lo visto, no cabe otra que morder y tragar. Hacer de tripas corazón, darles explicaciones y aceptar que paguen los pobres para que los ricos vuelvan a lo de antes. De ellos depende que se reactive la actividad económica. Así que toca socializar las perdidas y asegurarles nuevas ganancias con el compromiso de que aceptamos lo que Santa Rita dijo en su día. Solo así, según los expertos, se puede abordar el problema y hacer que esto funcione. Ayudar a la gente que está en el paro es tirar el dinero. Es lo que viene haciendo Zapatero, un Presidente que, contra viento y marea, insiste en que hay que respetar los derechos sociales y mantener los servicios básicos de un Estado del Bienestar que empezábamos a tocar con los dedos. Tamaño disparate no se le había ocurrido a ningún Gobierno. Así nos luce el pelo. Por empeñarse en defender a los más desfavorecidos está llevándonos a la ruina. Debería irse ya mismo. Debería dejar su puesto a los que saben como hacer estas cosas. Solo a un inepto se le ocurre subsidiar a los parados y dar un impulso a las obras públicas.
Estos calificativos, y otras lindezas por el estilo, es lo que vienen diciendo los sabios, los expertos y un buen número de columnistas de opinión que se confiesan, antes que defensores de la derecha, gente con sentido común. Lo dicen por activa, por pasiva y por perifrástica. También lo dice Mariano, que insiste en la invitación pero se cuida mucho de soltar prenda y decirnos cual es su receta para acabar con la crisis.
¡Habla, Mariano! Venga, anímate y cuéntanos que harías tu para que hubiéramos salido de la recesión y estuviéramos creciendo a la par que Alemania. No seas así, perdona a los que no te hemos votado y dinos que harías para corregir el aumento del déficit, dado que por efectos de la crisis hay menor recaudación fiscal y mayor gasto público. Dinos si habrías optado por reducir la dotación para la enseñanza, la sanidad, o las pensiones. Si habrías decretado el despido libre y gratuito, recortado el subsidio de paro y bajado el sueldo a los funcionarios. Dinos qué hubieras hecho porque lo que si te hemos oído decir es que no subirías los impuestos y mantener los mismos servicios con menos impuestos no cuadra ni a martillazos.
¿Por qué no hablará Mariano? Pues no sé. Quizá porque si dijera que es lo que hubiera hecho, de estar en el Gobierno, la gente saldría corriendo. Por eso prefiere callar y agitar el descrédito. Cuanto peor vayan las cosas más oportunidades tiene de hacerse con el poder. Esa es la historia. Mucho presumir de patriotismo pero para Mariano, y para el PP, son más prioritarios sus intereses que sacarnos de la crisis.
Lo que si ha dicho es que si tuviera la mínima posibilidad de ganar una moción de censura, la presentaría. Lo cual es insólito porque, según los manuales al uso, un líder nunca, en ninguna circunstancia, debe confesar su propia debilidad. Pero, ahí lo tienen, Mariano es tan singular que rompe con los esquemas. Sabe que solo puede aspirar a ganar si permanece callado y el gobierno se descalabra. Así que no debe extrañarnos que algunos, bastantes, tengan en mente lo que le dijo el gran Mazzantini al aficionado protestón: ¿Por qué no baja y lo hace usted?
Quienes califican, ahora, nuestra solvencia económica son los mismos que provocaron la crisis y no admiten que se regulen las altas finanzas. Tiene «güevos» la cosa. Pero es lo que hay. Y, por lo visto, no cabe otra que morder y tragar. Hacer de tripas corazón, darles explicaciones y aceptar que paguen los pobres para que los ricos vuelvan a lo de antes. De ellos depende que se reactive la actividad económica. Así que toca socializar las perdidas y asegurarles nuevas ganancias con el compromiso de que aceptamos lo que Santa Rita dijo en su día. Solo así, según los expertos, se puede abordar el problema y hacer que esto funcione. Ayudar a la gente que está en el paro es tirar el dinero. Es lo que viene haciendo Zapatero, un Presidente que, contra viento y marea, insiste en que hay que respetar los derechos sociales y mantener los servicios básicos de un Estado del Bienestar que empezábamos a tocar con los dedos. Tamaño disparate no se le había ocurrido a ningún Gobierno. Así nos luce el pelo. Por empeñarse en defender a los más desfavorecidos está llevándonos a la ruina. Debería irse ya mismo. Debería dejar su puesto a los que saben como hacer estas cosas. Solo a un inepto se le ocurre subsidiar a los parados y dar un impulso a las obras públicas.
Estos calificativos, y otras lindezas por el estilo, es lo que vienen diciendo los sabios, los expertos y un buen número de columnistas de opinión que se confiesan, antes que defensores de la derecha, gente con sentido común. Lo dicen por activa, por pasiva y por perifrástica. También lo dice Mariano, que insiste en la invitación pero se cuida mucho de soltar prenda y decirnos cual es su receta para acabar con la crisis.
¡Habla, Mariano! Venga, anímate y cuéntanos que harías tu para que hubiéramos salido de la recesión y estuviéramos creciendo a la par que Alemania. No seas así, perdona a los que no te hemos votado y dinos que harías para corregir el aumento del déficit, dado que por efectos de la crisis hay menor recaudación fiscal y mayor gasto público. Dinos si habrías optado por reducir la dotación para la enseñanza, la sanidad, o las pensiones. Si habrías decretado el despido libre y gratuito, recortado el subsidio de paro y bajado el sueldo a los funcionarios. Dinos qué hubieras hecho porque lo que si te hemos oído decir es que no subirías los impuestos y mantener los mismos servicios con menos impuestos no cuadra ni a martillazos.
¿Por qué no hablará Mariano? Pues no sé. Quizá porque si dijera que es lo que hubiera hecho, de estar en el Gobierno, la gente saldría corriendo. Por eso prefiere callar y agitar el descrédito. Cuanto peor vayan las cosas más oportunidades tiene de hacerse con el poder. Esa es la historia. Mucho presumir de patriotismo pero para Mariano, y para el PP, son más prioritarios sus intereses que sacarnos de la crisis.
Lo que si ha dicho es que si tuviera la mínima posibilidad de ganar una moción de censura, la presentaría. Lo cual es insólito porque, según los manuales al uso, un líder nunca, en ninguna circunstancia, debe confesar su propia debilidad. Pero, ahí lo tienen, Mariano es tan singular que rompe con los esquemas. Sabe que solo puede aspirar a ganar si permanece callado y el gobierno se descalabra. Así que no debe extrañarnos que algunos, bastantes, tengan en mente lo que le dijo el gran Mazzantini al aficionado protestón: ¿Por qué no baja y lo hace usted?
lunes, 8 de febrero de 2010
Febrero no viene loco, viene muy tonto
Todo lo que nos proponen para poner remedio a la crisis se ha convertido en un galimatías que no hay quien lo entienda. Estamos tan confundidos que no sabemos a qué atenernos y lo malo de todo esto es que nuestros líderes, los del Gobierno y los de la oposición, están incluso peor. Están fatal. Los ministros no paran de contradecirse desmintiéndose unos a otros y el PP se ha convertido en un guirigay que, más que un partido político, parece como que se hubieran puesto a la cola para ir al psicólogo.
Algo raro sucede, algo que no tiene explicación y que tampoco cabe achacar a que estamos en febrero, un mes con fama loco. Si al menos fueran locuras, cabría tener esperanza; pero son meteduras de pata, errores elementales que ponen de manifiesto lo que ya sospechábamos: que la diferencia entre loco y tonto es notable. Al loco puede ocurrírsele lo impredecible, mientras que el tonto es tan limitado que sus ocurrencias no pasan de ser tonterías.
Tontería parece eso de que el Gobierno, en cuestión de tres años, reducirá en 50.000 millones de euros el gasto de todas las administraciones sin tocar las partidas sociales ni tampoco las inversiones. Algo increíble para una cabeza con boina, pues los que somos gente corriente tenemos la entendedera tan corta que, ante tamaño ahorro, solo pensamos dos cosas: que están tirando el dinero y gastando a manos llenas o que le han puesto una vela a San Pancracio con el compromiso de que, de aquí a tres años, haga un milagro.
Haría falta, también, un milagro para entender la tontería que dijo Rajoy hace poco. Que los inmigrantes ilegales tienen derecho a la educación y la sanidad sin necesidad de empadronarse, por su mera condición humana, pero que no deberíamos darles los mismos derechos que a los nacidos en Cuenca, porque aquí no cabemos todos.
Se me ocurre otro milagro, y ya van tres, para asumir una tontería más; eso de que PP y PSOE voten en el Congreso de los Diputados a favor de la construcción de un almacén de residuos nucleares y luego lo hagan en contra con el agravante de que María Dolores de Cospedal se opuso a una resolución, de los socialistas castellano-manchegos, que era copia exacta de sus propias declaraciones.
Tonterías, en este mes de febrero, hay para dar y tomar. Las hay como la última de Esperanza Aguirre, a quien suponíamos mínimamente educada y exhibe un lenguaje barriobajero que merece que alguien le lave la lengua con estropajo y jabón de lagarto. Tontería, y cinismo, es lo de Núñez Feijóo, que se hizo con el gobierno proclamando austeridad y acaba de gastarse 6,3 millones de euros en la adquisición de coches oficiales, algunos de 240 caballos y tapicería de piel, mientras siguen aparcados en la cochera los 17 Audi comprados por su antecesor. Tontería, y desfachatez, es que Manuel Fraga, de 88 años y actual senador del PP, diga que no es partidario de elevar la edad de jubilación. Y aún es tontería mayor que Trinidad pretenda justificar la prohibición total de fumar aludiendo a la salud de los trabajadores de hostelería, pues con ese mismo argumento habría que cerrar las minas, las petroquímicas y el 80 por ciento del sector industrial.
Son tantos a decir tonterías que uno llega a la conclusión de que los líderes políticos solo funcionan regular cuando las cosas van bien. Y así cualquiera. Así gobernamos usted y yo. Que no tenemos ni pajolera idea ni se nos había pasado por la cabeza.
Algo raro sucede, algo que no tiene explicación y que tampoco cabe achacar a que estamos en febrero, un mes con fama loco. Si al menos fueran locuras, cabría tener esperanza; pero son meteduras de pata, errores elementales que ponen de manifiesto lo que ya sospechábamos: que la diferencia entre loco y tonto es notable. Al loco puede ocurrírsele lo impredecible, mientras que el tonto es tan limitado que sus ocurrencias no pasan de ser tonterías.
Tontería parece eso de que el Gobierno, en cuestión de tres años, reducirá en 50.000 millones de euros el gasto de todas las administraciones sin tocar las partidas sociales ni tampoco las inversiones. Algo increíble para una cabeza con boina, pues los que somos gente corriente tenemos la entendedera tan corta que, ante tamaño ahorro, solo pensamos dos cosas: que están tirando el dinero y gastando a manos llenas o que le han puesto una vela a San Pancracio con el compromiso de que, de aquí a tres años, haga un milagro.
Haría falta, también, un milagro para entender la tontería que dijo Rajoy hace poco. Que los inmigrantes ilegales tienen derecho a la educación y la sanidad sin necesidad de empadronarse, por su mera condición humana, pero que no deberíamos darles los mismos derechos que a los nacidos en Cuenca, porque aquí no cabemos todos.
Se me ocurre otro milagro, y ya van tres, para asumir una tontería más; eso de que PP y PSOE voten en el Congreso de los Diputados a favor de la construcción de un almacén de residuos nucleares y luego lo hagan en contra con el agravante de que María Dolores de Cospedal se opuso a una resolución, de los socialistas castellano-manchegos, que era copia exacta de sus propias declaraciones.
Tonterías, en este mes de febrero, hay para dar y tomar. Las hay como la última de Esperanza Aguirre, a quien suponíamos mínimamente educada y exhibe un lenguaje barriobajero que merece que alguien le lave la lengua con estropajo y jabón de lagarto. Tontería, y cinismo, es lo de Núñez Feijóo, que se hizo con el gobierno proclamando austeridad y acaba de gastarse 6,3 millones de euros en la adquisición de coches oficiales, algunos de 240 caballos y tapicería de piel, mientras siguen aparcados en la cochera los 17 Audi comprados por su antecesor. Tontería, y desfachatez, es que Manuel Fraga, de 88 años y actual senador del PP, diga que no es partidario de elevar la edad de jubilación. Y aún es tontería mayor que Trinidad pretenda justificar la prohibición total de fumar aludiendo a la salud de los trabajadores de hostelería, pues con ese mismo argumento habría que cerrar las minas, las petroquímicas y el 80 por ciento del sector industrial.
Son tantos a decir tonterías que uno llega a la conclusión de que los líderes políticos solo funcionan regular cuando las cosas van bien. Y así cualquiera. Así gobernamos usted y yo. Que no tenemos ni pajolera idea ni se nos había pasado por la cabeza.
lunes, 1 de febrero de 2010
Caramelos, caramelos, traigo caramelos
Cuando leí que los concejales de IU-BA en el Ayuntamiento de Gozón habían puesto el grito en el cielo porque la mayoría gobernante, del PP, declaraba haber gastado en la cabalgata de Reyes 2.397 euros en caramelos, una de las primeras cosas que me preocupó fue saber si serían muchos o pocos. Así que, acto seguido, di un paseo por internet, recuperé una vieja calculadora que apenas uso y, después de varios cálculos, ya tenía sobre la mesa que, a precio actual de mercado y tomando como referencia los denominados caramelos pañuelo, que son surtidos de naranja, fresa, cola, coco y limón y de una calidad excelente, la compra municipal suponía un total de 112.328 caramelos a repartir entre una población infantil que, según los parámetros del Instituto Nacional de Estadística y tomando como base el numero de habitantes de dicho concejo en 2008, cabe estimar en torno a 1.071 niños de 0 a 14 años.
Partiendo de esos datos, a cada niño podrían haberle correspondido 104,7 caramelos si el reparto fuera matemático, pero como en las cabalgatas y los festejos suelen repartir a la rebatiña bien podría suceder que algunos, los más pausados, cogieran sólo 43 y otros, los más ágiles e inquietos, superaran, de largo, los 104.
Semejante cálculo no parece haberlo hecho Ramón Artime, teniente de alcalde del PP, pues dice que le importa un bledo que IU proteste y no esté a gusto con el reparto de caramelos. Tampoco hay que ponerse así. No pretendo tomar partido ni inmiscuirme en la polémica, pero creo que la oposición no cuestiona la forma de reparto, sino el gasto y las consecuencias de lo que, a priori, parece un acto inofensivo, pero que, luego, consultando a la comunidad científica, resulta influyente hasta el punto de que enfrenta a los niños con sus instintos más primarios.
Esta variable, para mí desconocida, me lleva a sospechar que Pilar Suárez y la coalición de IU debían estar al tanto de lo que algunos científicos piensan sobre darles caramelos a los niños. Debían ser conocedores de que allá por el año 1960 Walter Mischel, psicólogo de la Universidad de Stanford, había dado caramelos a un grupo de niños a los que dejó solos, prometiéndoles que si alguno no se los comía todos, luego, cuando él volviera, aproximadamente 30 minutos más tarde, lo recompensaría con más caramelos.
Según Walter Mischel y un tal Goleman, que llegó a publicar un libro sobre el citado experimento, los niños que triunfaron en ese desafío, es decir, los que controlaron su deseo y no se comieron todos los caramelos, coincidían, uno por uno, con los que después de unos años, ya de jóvenes, eran más equilibrados y sacaban mejores notas.
Mi ignorancia en estos asuntos es tal que ni por asomo creía que la prueba del caramelo fuera más eficiente que los test para conocer el coeficiente intelectual de los niños y predecir comportamientos futuros. Constatada esta variable, parece evidente que, en Gozón, el número de caramelos fue excesivo, la forma de reparto desordenada y el provecho escaso, ya que se perdió la oportunidad de contribuir a que los niños controlaran sus instintos primarios y, en cambio, se les hizo partícipes de un derroche que aún se justifica menos en tiempos de crisis.
No está bien que, en Gozón, se tiren los trastos por unos kilos de caramelos. Pero bueno, puestos a discutir, mejor discutir si 2.397 euros son muchos euros para gastarlos en caramelos que andar a vueltas con las dietas y el sueldo de los alcaldes.
Partiendo de esos datos, a cada niño podrían haberle correspondido 104,7 caramelos si el reparto fuera matemático, pero como en las cabalgatas y los festejos suelen repartir a la rebatiña bien podría suceder que algunos, los más pausados, cogieran sólo 43 y otros, los más ágiles e inquietos, superaran, de largo, los 104.
Semejante cálculo no parece haberlo hecho Ramón Artime, teniente de alcalde del PP, pues dice que le importa un bledo que IU proteste y no esté a gusto con el reparto de caramelos. Tampoco hay que ponerse así. No pretendo tomar partido ni inmiscuirme en la polémica, pero creo que la oposición no cuestiona la forma de reparto, sino el gasto y las consecuencias de lo que, a priori, parece un acto inofensivo, pero que, luego, consultando a la comunidad científica, resulta influyente hasta el punto de que enfrenta a los niños con sus instintos más primarios.
Esta variable, para mí desconocida, me lleva a sospechar que Pilar Suárez y la coalición de IU debían estar al tanto de lo que algunos científicos piensan sobre darles caramelos a los niños. Debían ser conocedores de que allá por el año 1960 Walter Mischel, psicólogo de la Universidad de Stanford, había dado caramelos a un grupo de niños a los que dejó solos, prometiéndoles que si alguno no se los comía todos, luego, cuando él volviera, aproximadamente 30 minutos más tarde, lo recompensaría con más caramelos.
Según Walter Mischel y un tal Goleman, que llegó a publicar un libro sobre el citado experimento, los niños que triunfaron en ese desafío, es decir, los que controlaron su deseo y no se comieron todos los caramelos, coincidían, uno por uno, con los que después de unos años, ya de jóvenes, eran más equilibrados y sacaban mejores notas.
Mi ignorancia en estos asuntos es tal que ni por asomo creía que la prueba del caramelo fuera más eficiente que los test para conocer el coeficiente intelectual de los niños y predecir comportamientos futuros. Constatada esta variable, parece evidente que, en Gozón, el número de caramelos fue excesivo, la forma de reparto desordenada y el provecho escaso, ya que se perdió la oportunidad de contribuir a que los niños controlaran sus instintos primarios y, en cambio, se les hizo partícipes de un derroche que aún se justifica menos en tiempos de crisis.
No está bien que, en Gozón, se tiren los trastos por unos kilos de caramelos. Pero bueno, puestos a discutir, mejor discutir si 2.397 euros son muchos euros para gastarlos en caramelos que andar a vueltas con las dietas y el sueldo de los alcaldes.
miércoles, 27 de enero de 2010
Impresionismo dermatológico.
Dice mi amigo Jaime Luís Martín, en su crónica de arte que hoy publica en La Nueva España, que no se puede obviar que la superficie del cuerpo es comparable a una pantalla sobre la que se van proyectando la vida y los acontecimientos.
Acierta de cine. Y vuelve acertar cuando, citando Lyotard, se refiere a una superficie llena de agujeros, que son parte de la piel y se desplazan hacia el interior.
No había yo caído en la deriva dermatológica del arte contemporáneo. No estoy al tanto, por eso nunca le agradeceré bastante que me abra los ojos y me haga ver que el impresionismo epitelial, más que una tendencia, es una realidad que ha tomado cuerpo y se impone de forma imparable.
Ahí está, sin ir más lejos, el meritorio trabajo de los artistas de FBI, que con su recreación sobre la cara de Osama Bin Laden, acaban de lograr un impacto sin precedentes. Y otro tanto se puede decir de las instalaciones, en soporte de Telediario, que nos han deparado los cuerpos mutilados, retorcidos, amontonados, colgados, atrapados, linchados... de Haití.
A partir de ya pienso seguir, con más atención, la obra los artistas de pincel y, también, de los de cámara en ristre, y los de bisturí y jeringuilla.
No sé si podré con tanto pero todo sea por el arte. Incluido el arte dermatológico, que desarrolla su recorrido existencial y creativo evocándonos cicatrices, catástrofes, pieles y caras de distinto pelaje, siempre a caballo entre el Sur y el Norte.
Acierta de cine. Y vuelve acertar cuando, citando Lyotard, se refiere a una superficie llena de agujeros, que son parte de la piel y se desplazan hacia el interior.
No había yo caído en la deriva dermatológica del arte contemporáneo. No estoy al tanto, por eso nunca le agradeceré bastante que me abra los ojos y me haga ver que el impresionismo epitelial, más que una tendencia, es una realidad que ha tomado cuerpo y se impone de forma imparable.
Ahí está, sin ir más lejos, el meritorio trabajo de los artistas de FBI, que con su recreación sobre la cara de Osama Bin Laden, acaban de lograr un impacto sin precedentes. Y otro tanto se puede decir de las instalaciones, en soporte de Telediario, que nos han deparado los cuerpos mutilados, retorcidos, amontonados, colgados, atrapados, linchados... de Haití.
A partir de ya pienso seguir, con más atención, la obra los artistas de pincel y, también, de los de cámara en ristre, y los de bisturí y jeringuilla.
No sé si podré con tanto pero todo sea por el arte. Incluido el arte dermatológico, que desarrolla su recorrido existencial y creativo evocándonos cicatrices, catástrofes, pieles y caras de distinto pelaje, siempre a caballo entre el Sur y el Norte.
martes, 26 de enero de 2010
El timo de la Gripe-A
Como los lunes, en Avilés, siempre son fiesta uno aprovecha para salir y dar una vuelta por Las Meanas. Y en esas estaba, tomando un café, cuando me abordaron dos prebostes locales para reprocharme, periódico en mano, que dijera lo que decía el lunes pasado; aquello de que los políticos, en general, son más tontos ahora que en ninguna otra época.
Me sorprendió que se dieran por aludidos. El artículo apuntaba más alto. No obstante, como tampoco estoy por hacer distinciones, puedo incluirlos, si quieren, entre los muchos patanes que pueblan los Ayuntamientos. La tontería lo invade todo, viene a ser como una pandemia para la que nadie busca remedio porque no produce alarmismo. La población está tan acostumbrada a las bobadas de los políticos que ha acabado por asumirlas como un mal menor. Como la gripe común.
Si señor. Pero eso no quiere decir que la población sea tonta. La población sabe muy bien hasta donde pueden llegar los políticos con sus tonterías y por más que le metan miedo reacciona como cuando oyó lo de la gripe A; que nunca se creyó del todo que fuera a producir millones de muertos. Prueba de ello es que el Ministerio de Sanidad encargó 37 millones de vacunas, recibió trece, repartió nueve y sólo se vacunaron dos millones de españoles.
Me refiero a la Gripe A porque, comentando aquel artículo, los prebostes argumentaban que el trabajo de los políticos es, cada vez, más difícil. Y en vista de que no debían tener muy claro que fuera a entender lo que decían, pusieron como ejemplo la que podría haberse liado si no anduvieran listos y adoptaran las precauciones que adoptaron para atajar la pandemia.
Estoy de acuerdo, con la salud no se juega. Cualquier precaución es poca, pero la sensación general, lo que pensamos la mayoría, es que los políticos picaron como pardillos y contribuyeron a que los laboratorios hicieran su agosto. Las vacunas fueron compradas sin tener garantías de su eficacia ni de su seguridad. Los Gobiernos se gastaron un pastón en un producto que tendrán que tirar a la basura. Y no les quiero contar lo costoso y hasta ridículo de otras medidas de prevención que fueron tomadas, de prisa y corriendo, sin reparar en gastos.
Eso fue lo que sucedió. Lo malo que, ahora, nadi habla del asunto. Es como si, en vista de que no hubo ni apenas hay gripe, dieran por bien empleado todo lo que gastaron. No quieren ni oír mentar lo que dijo, en el Consejo de Europa, el parlamentario alemán y médico epidemiólogo Wolfgang Wodarg, quien sostiene que los laboratorios y la OMS incitaron a los Gobiernos a destinar ingentes sumas de dinero para favorecer estrategias de vacunación ineficaces y que eso se hizo, deliberadamente, para beneficiar a la industria farmacéutica.
La acusación apunta tan alto que dudo que pueda probarse. Todo indica que hemos sido manipulados y que, además, hubo incompetencia política. Los políticos no estuvieron listos, se les hizo el culo agua cuando los laboratorios y algunos científicos pusieron sus preediciones sobre la mesa. Creyeron que había motivos para tomarse en serio la amenaza. Y eso, hasta cierto punto, es disculpable. Lo que no tiene disculpa es que callen y no pidan responsabilidades. Si no las piden, si no salen a la palestra y nos dicen qué fue lo que realmente pasó, es lógico que los veamos como cómplices de una estafa. Y, para mí, es peor quedar por cómplice que por tonto.
Me sorprendió que se dieran por aludidos. El artículo apuntaba más alto. No obstante, como tampoco estoy por hacer distinciones, puedo incluirlos, si quieren, entre los muchos patanes que pueblan los Ayuntamientos. La tontería lo invade todo, viene a ser como una pandemia para la que nadie busca remedio porque no produce alarmismo. La población está tan acostumbrada a las bobadas de los políticos que ha acabado por asumirlas como un mal menor. Como la gripe común.
Si señor. Pero eso no quiere decir que la población sea tonta. La población sabe muy bien hasta donde pueden llegar los políticos con sus tonterías y por más que le metan miedo reacciona como cuando oyó lo de la gripe A; que nunca se creyó del todo que fuera a producir millones de muertos. Prueba de ello es que el Ministerio de Sanidad encargó 37 millones de vacunas, recibió trece, repartió nueve y sólo se vacunaron dos millones de españoles.
Me refiero a la Gripe A porque, comentando aquel artículo, los prebostes argumentaban que el trabajo de los políticos es, cada vez, más difícil. Y en vista de que no debían tener muy claro que fuera a entender lo que decían, pusieron como ejemplo la que podría haberse liado si no anduvieran listos y adoptaran las precauciones que adoptaron para atajar la pandemia.
Estoy de acuerdo, con la salud no se juega. Cualquier precaución es poca, pero la sensación general, lo que pensamos la mayoría, es que los políticos picaron como pardillos y contribuyeron a que los laboratorios hicieran su agosto. Las vacunas fueron compradas sin tener garantías de su eficacia ni de su seguridad. Los Gobiernos se gastaron un pastón en un producto que tendrán que tirar a la basura. Y no les quiero contar lo costoso y hasta ridículo de otras medidas de prevención que fueron tomadas, de prisa y corriendo, sin reparar en gastos.
Eso fue lo que sucedió. Lo malo que, ahora, nadi habla del asunto. Es como si, en vista de que no hubo ni apenas hay gripe, dieran por bien empleado todo lo que gastaron. No quieren ni oír mentar lo que dijo, en el Consejo de Europa, el parlamentario alemán y médico epidemiólogo Wolfgang Wodarg, quien sostiene que los laboratorios y la OMS incitaron a los Gobiernos a destinar ingentes sumas de dinero para favorecer estrategias de vacunación ineficaces y que eso se hizo, deliberadamente, para beneficiar a la industria farmacéutica.
La acusación apunta tan alto que dudo que pueda probarse. Todo indica que hemos sido manipulados y que, además, hubo incompetencia política. Los políticos no estuvieron listos, se les hizo el culo agua cuando los laboratorios y algunos científicos pusieron sus preediciones sobre la mesa. Creyeron que había motivos para tomarse en serio la amenaza. Y eso, hasta cierto punto, es disculpable. Lo que no tiene disculpa es que callen y no pidan responsabilidades. Si no las piden, si no salen a la palestra y nos dicen qué fue lo que realmente pasó, es lógico que los veamos como cómplices de una estafa. Y, para mí, es peor quedar por cómplice que por tonto.
viernes, 22 de enero de 2010
La miopía del ordenador como la del masturbador
Una prueba evidente de que los políticos son más tontos ahora que en ninguna otra época es su desvergüenza. Hace unos años, no demasiados, a ningún político se le habría ocurrido decir que los niños que usen un ordenador personal acabarán siendo miopes. Antes tenían más cuidado de no decir tonterías.Eran conscientes de que los ciudadanos habíamos espabilado lo suficiente como para saber que la miopía no se genera por el uso de ese aparato ni tampoco del otro; de aquel que, según los curas, podía dejarnos ciegos si insistíamos en la costumbre de tocarnos entre las piernas.
En aquel tiempo, pongamos hace veinte años, políticos y ciudadanos íbamos, mal que bien, a la par.Ahora no. Ahora la sociedad evidencia un desapego y una desconfianza, hacia quienes se dedican a la política, que debe entenderse no como un tópico, sino como la consecuencia de un proceso degenerativo propiciado por la excesiva acumulación de poder, la no autocrítica y, sobre todo, de haber perdido la desvergüenza y vivir muy al margen de la sociedad. Solo así se explica que alguien sea capaz de decir que los niños que usen un ordenador personal, con una pantalla de diez pugadas, corren el riesgo de quedarse miopes. Y quien lo dice no es cualquiera, es el Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid. Un político, alto cargo de un partido, el PP, que trata de convencernos de que ellos gobernarían mejor.
Indicios que desbaratan semejante hipótesis hay para llenar varios folios. Este que comentamos es, solo, una muestra, una más, de las muchas tonterías que suelen decir algunos políticos con mando en plaza.
Quienes mandan en la Comunidad de Madrid han decidido que los niños madrileños no tengan ordenador. Consideran, junto con los de la Comunidad Valenciana, que el modelo de "portátil" que propone el Gobierno perjudica la salud visual. Excusa con la que tratan de darle una bofetada a Zapatero y acaban dándosela a los niños.
No es nuevo que los políticos de ciertas Comunidades utilicen lo que haga falta para dejar patente su enfrentamiento personal con el Presidente del Gobierno,aunque ello suponga restar servicios y derechos a los ciudadanos.
Una primera reflexión podría llevarnos a pensar que si los votantes de dichas Comunidades están dispuestos a renunciar a determinados bienes a cambio del placer de ver a sus líderes insultando a Zapatero, allá ellos. Podría ser una reflexión válida si no fuera que también se quedan sin prestaciones quienes no los votan o no están de acuerdo en que se les utilicie para dejar patente el enfrentamiento. Y son muchas las víctimas.
Las víctimas son quienes tienen menos recursos. Los que tienen posibles mandan a sus hijos a buenos, y caros, colegios de pago y les compran ordenadores de última generación. Ese es el tema. Una cuestión que viene a sumarse a la actitud de esas dos Comunidades, la madrileña y la valenciana, en cuanto a las trabas que están poniendo para aplicar la Ley de Dependencia. Se agarran a las excusas más peregrinas para negarles, a los más necesitados, las ayudas a las que tienen derecho y que Zapatero no se apunte el tanto.
Tamaña desvergüenza no era pensable hace unos años. Había más respeto Institucional y más respeto por los ciudadanos. Por eso que la impresión que uno tiene, cuando ve todo esto y oye cosas como que los ordenadores producen miopía, es que nos toman por tontos. De ahí que parezca oportuno dejar constancia de que los tontos son ellos por más que alguien les haya elegido para gobernarnos.
En aquel tiempo, pongamos hace veinte años, políticos y ciudadanos íbamos, mal que bien, a la par.Ahora no. Ahora la sociedad evidencia un desapego y una desconfianza, hacia quienes se dedican a la política, que debe entenderse no como un tópico, sino como la consecuencia de un proceso degenerativo propiciado por la excesiva acumulación de poder, la no autocrítica y, sobre todo, de haber perdido la desvergüenza y vivir muy al margen de la sociedad. Solo así se explica que alguien sea capaz de decir que los niños que usen un ordenador personal, con una pantalla de diez pugadas, corren el riesgo de quedarse miopes. Y quien lo dice no es cualquiera, es el Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid. Un político, alto cargo de un partido, el PP, que trata de convencernos de que ellos gobernarían mejor.
Indicios que desbaratan semejante hipótesis hay para llenar varios folios. Este que comentamos es, solo, una muestra, una más, de las muchas tonterías que suelen decir algunos políticos con mando en plaza.
Quienes mandan en la Comunidad de Madrid han decidido que los niños madrileños no tengan ordenador. Consideran, junto con los de la Comunidad Valenciana, que el modelo de "portátil" que propone el Gobierno perjudica la salud visual. Excusa con la que tratan de darle una bofetada a Zapatero y acaban dándosela a los niños.
No es nuevo que los políticos de ciertas Comunidades utilicen lo que haga falta para dejar patente su enfrentamiento personal con el Presidente del Gobierno,aunque ello suponga restar servicios y derechos a los ciudadanos.
Una primera reflexión podría llevarnos a pensar que si los votantes de dichas Comunidades están dispuestos a renunciar a determinados bienes a cambio del placer de ver a sus líderes insultando a Zapatero, allá ellos. Podría ser una reflexión válida si no fuera que también se quedan sin prestaciones quienes no los votan o no están de acuerdo en que se les utilicie para dejar patente el enfrentamiento. Y son muchas las víctimas.
Las víctimas son quienes tienen menos recursos. Los que tienen posibles mandan a sus hijos a buenos, y caros, colegios de pago y les compran ordenadores de última generación. Ese es el tema. Una cuestión que viene a sumarse a la actitud de esas dos Comunidades, la madrileña y la valenciana, en cuanto a las trabas que están poniendo para aplicar la Ley de Dependencia. Se agarran a las excusas más peregrinas para negarles, a los más necesitados, las ayudas a las que tienen derecho y que Zapatero no se apunte el tanto.
Tamaña desvergüenza no era pensable hace unos años. Había más respeto Institucional y más respeto por los ciudadanos. Por eso que la impresión que uno tiene, cuando ve todo esto y oye cosas como que los ordenadores producen miopía, es que nos toman por tontos. De ahí que parezca oportuno dejar constancia de que los tontos son ellos por más que alguien les haya elegido para gobernarnos.
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