Milio Mariño
Estas vacaciones estuve en un hotel donde todos eran alemanes y todos matrimonios mayores que, seguramente, como no tenían nada que decirse leían el Bild-Zeitung, hacían sopas de letras y, de vez en cuando, intentaban hablar con los camareros preguntándoles cosas ininteligibles. Alguno les respondía en su idioma pero uno, andaluz de pura cepa, oí que decía: si me pregunta cómo ha quedado el Betis la respuesta es stupendously.
La pregunta debía ser otra pero la señora pareció quedar satisfecha, que era de lo que se trataba, y sonrió con esa discreción que, para nosotros, resulta imposible pues los alemanes hablan tan poco y lo hacen tan bajo que uno sabe cuándo se ríen porque los ve mover la barriga.
Pierdan cuidado, no me propongo contarles mis vacaciones sino, simplemente, que a diferencia de otras veces, que también fui a hoteles donde había mayoría de alemanes, en esta ocasión trataba de descubrir si habría algo significativo en ellos que los hiciera merecedores de vivir mejor que nosotros. No buscaba grandes cosas, buscaba detalles pero, por más que procuré fijarme, lo único que percibí fue que hablan muy poco y muy bajo, la mayoría son altos, usan calcetines debajo de las sandalias, desayunan cuatro veces más que nosotros y visten una ropa que ya no es que sea fea es que parece hecha a propósito para que resulte desagradable.
Con todo, aceptando que es fácil distinguir a un alemán de un español, tampoco me pareció que la diferencia fuera como para que nos den sopas con hondas. Nuestras personalidades quizá no puedan intercambiarse pero aunque el mundo se haya vuelto loco, no creo que por hablar en voz baja, desayunar como bestias y vestirse de mercadillo sea para que no les afecte la crisis. Es más, a riesgo de parecer presuntuoso me atrevo a decir que de las trescientas parejas que había en aquel hotel, la nuestra era la más normal en cuanto a comer, beber y vestirse.
Pues algún misterio tiene que haber, pensaba yo. Y el misterio me lo desveló Stefanie Claudia Müller, una corresponsal alemana a quien atribuyen un artículo que, unos dicen, se publicó y otros que es una mera invención de ciertos medios de la derecha más reaccionaria, pero que tiene partes que suscribo, sin que me importe la procedencia ni el pretendido objetivo que denuncian los progresistas; el de salvar el modelo económico capitalista, subyugando el interés público al beneficio privado y utilizando sus conclusiones para profundizar en unas ideas que justificarían el recorte democrático.
Que el objetivo sea ese no lo discuto, pero la señora Müller dice lo que nuestros gobernantes ocultan. Dice que las verdaderas razones de la crisis de España, nada tienen que ver con salarios demasiado altos -un 60 % de la población ocupada gana menos de 1.000 euros/mes, frente a los 2.600 de Alemania-, ni con las pensiones demasiado altas -la pensión media es de 785 euros, el 63% de la media de la UE - ni con las pocas horas de trabajo pues los españoles trabajan, al año, 200 horas más que los alemanes y se jubilan más tarde.
De modo que si trabajamos más y ganamos menos, nuestro diferencial no puede ser que no usemos calcetines debajo de las sandalias. Es lo que ustedes, y yo, pensamos y los alemanes nos echan en cara.
Milio Mariño/ artículo de Opinión/ La Nueva España
jueves, 4 de octubre de 2012
lunes, 1 de octubre de 2012
Jóvenes insuficientemente preparados
Milio Mariño
Vuelve septiembre con un futuro que se presiente vacío y un otoño que se presume movido; lo propio para quienes vivimos otros otoños enfrentándonos a lo inevitable, que es como los gobiernos, sean del signo que sean, justifican, siempre, sus medidas.
Acostumbrado, tal vez, a que en otoño tocaba optimizar las propuestas de los que mandaban, debió ser por eso que hace años, cuando estudiaban mis hijos, me causaba extrañeza que las Universidades vivieran una paz que no lograba entender. Los estudiantes iniciaban el curso y solo se dedicaban a estudiar, vaguear y divertirse, no había ni un conflicto, ni una huelga ni una protesta; nada.
En aquella época, las cosas iban algo mejor pero, a pesar del tibio progreso, me llamaba tanto la atención que estuviera todo tan parado que, siempre que tenía oportunidad, insistía en que no era buena señal. La desafección política y aquella paz institucionalizada me parecían producto de una indolencia y una apatía intelectual que tendría consecuencias fatales.
Excuso decirles como me ponían algunos padres. Lo más suave que me llamaban era nostálgico trasnochado. Eso los progres porque los otros me acusaban de subversivo y cosas peores. Decían que no había nada más satisfactorio que la normalidad absoluta. Y allí estaba yo, intentando convencerles de que la normalidad universitaria, a mi modo de ver, incluía las protestas y la actitud crítica de unos jóvenes que deberían estar protagonizando la vanguardia de este país.
Una década después, ahora que me he matriculado, por libre, en Ciencias del Envejecimiento y llevo una vida que podríamos llamar de estudiante, sigo insistiendo en lo mismo. Creo que el fallo garrafal, en la formación de aquellos jóvenes, fue no haberles dado motivos para que organizaran una revuelta, pues estoy convencido de que nadie completa su formación, de forma adecuada, si no se rebela contra el poder.
Influye, seguramente, la edad pero estos compañeros de ahora, que en parte son aquellos, no se escandalizan cuando les digo que las huelgas, los encierros, las asambleas, unos cuantos porrazos injustos, un día en el calabozo y cosas por el estilo, deberían formar parte del plan de estudios de cualquier carrera universitaria. Deberían ser una asignatura imprescindible que, sin duda, permitiría a los jóvenes entender la distancia entre la ley, la justicia, el poder y las personas. Un Master que, además de salirnos barato, serviría para que, de una forma práctica, conocieran la verdadera realidad de la vida.
La normalidad hipócrita de aquellos años hizo que los universitarios pasaran de todo y se instalaran en una especie de limbo idiota, aceptando que la educación fuera cada vez más insulsa y anestesiara su curiosidad intelectual hasta embrutecerlos y convertirlos en un rebaño de esclavos con título, que era lo que querían sus padres y, también, el poder.
Esa generación, la de los que hoy están más cerca de los cuarenta que de los treinta, es la que está llegando a los puestos de poder. La que sucederá a la generación intermedia y a los de mí tiempo, que algunos todavía siguen ahí y se resisten a dejarlo a pesar de que ya tienen edad.
Los jóvenes de aquella normalidad tontorrona serán los que tengan que sacar esto adelante, pero no están preparados. Tienen la carencia que antes les comentaba, no saben rebelarse, creen que pueden prolongar la situación que han vivido aceptando, al precio que sea, todo lo que les ordenen.
Salinas 8 de septiembre de 2012 / Milio Mariño
Vuelve septiembre con un futuro que se presiente vacío y un otoño que se presume movido; lo propio para quienes vivimos otros otoños enfrentándonos a lo inevitable, que es como los gobiernos, sean del signo que sean, justifican, siempre, sus medidas.
Acostumbrado, tal vez, a que en otoño tocaba optimizar las propuestas de los que mandaban, debió ser por eso que hace años, cuando estudiaban mis hijos, me causaba extrañeza que las Universidades vivieran una paz que no lograba entender. Los estudiantes iniciaban el curso y solo se dedicaban a estudiar, vaguear y divertirse, no había ni un conflicto, ni una huelga ni una protesta; nada.
En aquella época, las cosas iban algo mejor pero, a pesar del tibio progreso, me llamaba tanto la atención que estuviera todo tan parado que, siempre que tenía oportunidad, insistía en que no era buena señal. La desafección política y aquella paz institucionalizada me parecían producto de una indolencia y una apatía intelectual que tendría consecuencias fatales.
Excuso decirles como me ponían algunos padres. Lo más suave que me llamaban era nostálgico trasnochado. Eso los progres porque los otros me acusaban de subversivo y cosas peores. Decían que no había nada más satisfactorio que la normalidad absoluta. Y allí estaba yo, intentando convencerles de que la normalidad universitaria, a mi modo de ver, incluía las protestas y la actitud crítica de unos jóvenes que deberían estar protagonizando la vanguardia de este país.
Una década después, ahora que me he matriculado, por libre, en Ciencias del Envejecimiento y llevo una vida que podríamos llamar de estudiante, sigo insistiendo en lo mismo. Creo que el fallo garrafal, en la formación de aquellos jóvenes, fue no haberles dado motivos para que organizaran una revuelta, pues estoy convencido de que nadie completa su formación, de forma adecuada, si no se rebela contra el poder.
Influye, seguramente, la edad pero estos compañeros de ahora, que en parte son aquellos, no se escandalizan cuando les digo que las huelgas, los encierros, las asambleas, unos cuantos porrazos injustos, un día en el calabozo y cosas por el estilo, deberían formar parte del plan de estudios de cualquier carrera universitaria. Deberían ser una asignatura imprescindible que, sin duda, permitiría a los jóvenes entender la distancia entre la ley, la justicia, el poder y las personas. Un Master que, además de salirnos barato, serviría para que, de una forma práctica, conocieran la verdadera realidad de la vida.
La normalidad hipócrita de aquellos años hizo que los universitarios pasaran de todo y se instalaran en una especie de limbo idiota, aceptando que la educación fuera cada vez más insulsa y anestesiara su curiosidad intelectual hasta embrutecerlos y convertirlos en un rebaño de esclavos con título, que era lo que querían sus padres y, también, el poder.
Esa generación, la de los que hoy están más cerca de los cuarenta que de los treinta, es la que está llegando a los puestos de poder. La que sucederá a la generación intermedia y a los de mí tiempo, que algunos todavía siguen ahí y se resisten a dejarlo a pesar de que ya tienen edad.
Los jóvenes de aquella normalidad tontorrona serán los que tengan que sacar esto adelante, pero no están preparados. Tienen la carencia que antes les comentaba, no saben rebelarse, creen que pueden prolongar la situación que han vivido aceptando, al precio que sea, todo lo que les ordenen.
Salinas 8 de septiembre de 2012 / Milio Mariño
martes, 4 de septiembre de 2012
La de Covadonga fue una batalla fiscal
Milio Mariño
La manía de andar releyendo la historia, aunque sea cosa de viejo, hace a uno más joven, pues he descubierto que leo de otra manera y qué quizá sea esta la más adecuada. En realidad leo lo mismo, la diferencia consiste en que añado la hipótesis de lo que pudo ser y, de la fe casi patriótica, paso al consejo del gran Argensola, aquel poeta que dijo: “Este cielo azul que todos vemos no es cielo ni es azul, ¡lástima que no sea verdad tanta belleza!”.
Tenía razón el poeta, así es que cuando vuelvo a leer la historia tomo mis precauciones, no me creo todo al pie de la letra, ni tampoco lo que algunos historiadores comentan con esa actitud, entre sonriente y zumbona, con la que dan a entender que saben más de lo que dicen pero que, para nosotros, el público en general, es suficiente.
No se trata, aquí, de saber más o menos. Uno sabe lo que sabe y cree tener el buen gusto de no falsear su ignorancia. Contando con eso, sucedió que en vísperas de esta semana repasé unas notas que había tomado a propósito de ciertos tópicos que no está de más recordar, aunque solo sea para desempolvarlos o quitarles el moho. Entre esos tópicos estaba el que se refiere a la batalla de Covadonga y, por añadidura, a la Santina y al 8 de septiembre, fecha en la que puede parecer que se conmemora la sublevación de los astures, la supuesta aparición de la virgen y el inicio de la reconquista, pero ni la fecha es la que dicen ni el motivo de los sucesos es lo que habitualmente se cuenta.
La primera sorpresa la llevé yo, y la importancia, de acuerdo con mis convicciones, no me pareció traumática. Confirma la sospecha de que cuando algo, por sí solo, no logra explicarse aparece lo coherente, que suele ser sencillo y fácilmente asumible.
Cada cual puede fantasear sobre los hechos, el significado y la trascendencia, pero el 8 de septiembre no se corresponde con la sublevación de Pelayo ni con la batalla de Covadonga, sino con la fecha en qué el Rey Alfonso XIII y la Reina Victoria, inauguraron el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, otorgaron a Cangas de Onís el titulo como la más grande capital y más pequeña ciudad, y asistieron a los actos de coronación de la virgen.
La batalla de Covadonga tuvo lugar el 28 de mayo del año 722. Pero eso sería lo de menos, lo grave es que tampoco coincide el motivo. El causus belli no fue alzarse contra el invasor para recuperar las tierras que los musulmanes habían arrebatado a sus antiguos pobladores, lo que desencadenó la rebelión, y la posterior batalla, fue la negativa de los dirigentes astures a pagar más impuestos.
Curiosamente hay discrepancias en cuanto al número, a si fueron 300 o 140.000 los que intervinieron en la batalla, pero los estudiosos coinciden en qué el motivo de la rebelión no fue la reconquista de las tierras ni la defensa de la fe cristiana, fue que los astures consideraban abusivos los nuevos impuestos que querían imponerles los árabes. Por eso se rebelaron. Ahora, lo de si se les apareció la virgen e intercedió, con su ayuda, para que derrotaran a los avariciosos recaudadores, cada cual que piense lo que quiera.
Milio Mariño / La Nueva España/Artículo de Opinión
La manía de andar releyendo la historia, aunque sea cosa de viejo, hace a uno más joven, pues he descubierto que leo de otra manera y qué quizá sea esta la más adecuada. En realidad leo lo mismo, la diferencia consiste en que añado la hipótesis de lo que pudo ser y, de la fe casi patriótica, paso al consejo del gran Argensola, aquel poeta que dijo: “Este cielo azul que todos vemos no es cielo ni es azul, ¡lástima que no sea verdad tanta belleza!”.
Tenía razón el poeta, así es que cuando vuelvo a leer la historia tomo mis precauciones, no me creo todo al pie de la letra, ni tampoco lo que algunos historiadores comentan con esa actitud, entre sonriente y zumbona, con la que dan a entender que saben más de lo que dicen pero que, para nosotros, el público en general, es suficiente.
No se trata, aquí, de saber más o menos. Uno sabe lo que sabe y cree tener el buen gusto de no falsear su ignorancia. Contando con eso, sucedió que en vísperas de esta semana repasé unas notas que había tomado a propósito de ciertos tópicos que no está de más recordar, aunque solo sea para desempolvarlos o quitarles el moho. Entre esos tópicos estaba el que se refiere a la batalla de Covadonga y, por añadidura, a la Santina y al 8 de septiembre, fecha en la que puede parecer que se conmemora la sublevación de los astures, la supuesta aparición de la virgen y el inicio de la reconquista, pero ni la fecha es la que dicen ni el motivo de los sucesos es lo que habitualmente se cuenta.
La primera sorpresa la llevé yo, y la importancia, de acuerdo con mis convicciones, no me pareció traumática. Confirma la sospecha de que cuando algo, por sí solo, no logra explicarse aparece lo coherente, que suele ser sencillo y fácilmente asumible.
Cada cual puede fantasear sobre los hechos, el significado y la trascendencia, pero el 8 de septiembre no se corresponde con la sublevación de Pelayo ni con la batalla de Covadonga, sino con la fecha en qué el Rey Alfonso XIII y la Reina Victoria, inauguraron el Parque Nacional de la Montaña de Covadonga, otorgaron a Cangas de Onís el titulo como la más grande capital y más pequeña ciudad, y asistieron a los actos de coronación de la virgen.
La batalla de Covadonga tuvo lugar el 28 de mayo del año 722. Pero eso sería lo de menos, lo grave es que tampoco coincide el motivo. El causus belli no fue alzarse contra el invasor para recuperar las tierras que los musulmanes habían arrebatado a sus antiguos pobladores, lo que desencadenó la rebelión, y la posterior batalla, fue la negativa de los dirigentes astures a pagar más impuestos.
Curiosamente hay discrepancias en cuanto al número, a si fueron 300 o 140.000 los que intervinieron en la batalla, pero los estudiosos coinciden en qué el motivo de la rebelión no fue la reconquista de las tierras ni la defensa de la fe cristiana, fue que los astures consideraban abusivos los nuevos impuestos que querían imponerles los árabes. Por eso se rebelaron. Ahora, lo de si se les apareció la virgen e intercedió, con su ayuda, para que derrotaran a los avariciosos recaudadores, cada cual que piense lo que quiera.
Milio Mariño / La Nueva España/Artículo de Opinión
lunes, 27 de agosto de 2012
San Agustín hace un siglo
Milio Mariño
Leyendo a Palacio Valdés me encontré con la sorpresa de que,
hace ahora un siglo, los avilesinos vivían en una dulce ociosidad que les permitía
consagrarse enteramente a los placeres del espíritu.
“Vivíamos en nuestra villa sin trabajar, como
he dicho. Quien trabajaba para nosotros no me importaba entonces averiguarlo.
Cada casa albergaba un pequeño hidalgo o rentista que disfrutaba serenamente de
la vida, bailando de joven y paseando de viejo. Los que había en la villa eran
tan graves personajes que, algunos, gastaban sombrero de copa alta. Se les trataba
con respetuosa consideración, se contaba con ellos para los festejos y algunos
tenían tiempo para consagrarse a la música y alcanzar señalados triunfos”.
El escritor hacía esta reflexión, refiriéndose a las
Fiestas de San Agustín, cuando Avilés apenas llegaba a los nueve mil habitantes
y, según él, todo se efectuaba con una discreción y una gravedad diplomática.
Lo cuenta en “La Novela de un novelista”, una obra autobiográfica en la que
relata sus vivencias de juventud y habla de antepasado mío, del ebanista Mariño,
que vivía en la calle de La Herrería y junto con su amigo Manolo, que tenía una
barbería en los arcos de la plaza, resolvieron poner en escena nada menos que Lucía
di Lammermoor del maestro Donizetti.
Apuntaba Palacio
Valdés que no creía que ningún otro pueblo en España hubiera intentado,
siquiera, poner en escena una ópera. Y, para redondear sus alabanzas, en cuanto
a la participación de los vecinos en las fiestas de San Agustín, se preguntaba
si una villa capaz de llevar a feliz término tales empresas no merecía ser
conocida en el mundo de otro modo que por sus jamones.
Como entenderá cualquier mente razonable, Palacio Valdés
exageraba. La pluma de aquel joven burgués, hijo de un abogado y banquero,
quizá se dejó llevar por su situación particular y repartió alabanzas como
quien reparte caramelos. Aquello de que Avilés vivía una dulce ociosidad que
permitía consagrarse a los placeres del espíritu no debía ir más allá de cuatro
señoritos y pare de contar. Lo que si creo, y no porque un pariente mío estuviera
de por medio, es que, entonces, había más gente dispuesta a participar, de
forma altruista, en los festejos de la villa. Cosa que hace tiempo no sucede e
invita a la reflexión de si el Ayuntamiento debe correr con todo, con los
gastos y la organización de unos festejos
que los vecinos disfrutan como espectadores.
Desconozco si el Ayuntamiento pide colaboración o si
estaría dispuesto a ceder en lo que
algunos entienden de competencia municipal exclusiva, pero no me resisto a
comentar que el desapego que achacamos a los políticos también deberíamos
aplicarlo a nosotros mismos, a esa comodidad de esperar que todo nos lo den
resuelto, y a eso de que nadie haga nada si no hay dinero de por medio.
Cierto que todavía quedan algunos héroes. Aún queda gente
en los pueblos que trabaja con entusiasmo para conseguir que las fiestas sean
un éxito. Pero Avilés no es un pueblo y la juventud, en general, no parece
estar por la labor de colaborar en los festejos. En cualquier caso, como a la
fuerza obligan, quizá la penuria de las arcas municipales sirva como revulsivo
y acabe corrigiendo ese desapego que se reparten a medias el Ayuntamiento y los
vecinos. San Agustín, gastando poco y a gusto de todos, es el objetivo.
Milio Mariño/ La
Nueva España/ Artículo de Opinión
lunes, 20 de agosto de 2012
Atilano, el pájaro
Milio Mariño
Hace
años, bastantes supongo, establecí lo que podríamos llamar mi propia
jurisdicción; una cierta forma de abordar
la actualidad, separando lo interesante de lo que me trae sin cuidado.
Siguiendo esa premisa procuro administrar mi escaso talento ocupándome, solo,
de lo que, creo, merece la pena. Pero, claro, bien sea por que el verano
autoriza la flojedad de las reglas o porque cuando uno está ocioso, y no
alcanza a entretenerse rascándose la barriga o tocando el acordeón, acaba
metiéndose en algún sembrado, llevo unos días que no paro de darle vueltas a
las peripecias de un pájaro quebrantahuesos que llaman Atilano.
Todo
empezó con una imagen que me dejó estupefacto. Hay imágenes que por mucho que
uno las esquematice y trate de reducirlas para que le entren en la cabeza,
acaban rebelándose y aumentan de tamaño hasta conseguir impactarnos. Me pasó
con la visión de una jaula, suspendida en lo alto de algún lugar de los Picos
de Europa, en la que tenían encerrado al pobre Atilano para que fuera aclimatándose
a lo iba a ser su nuevo hábitat pues, en contra de lo que entendemos como normal,
que el pájaro necesite aclimatación cuando lo trasladan del bosque a la ciudad,
este tal Atilano la necesita por lo contrario, porque tiene que adaptarse a una
forma de vida que no conoce debido a que ha nacido y se ha criado en un medio urbano.
No
creo que sea novedad decir que nuestras zonas rurales vienen sufriendo, desde
hace décadas, una despoblación constante. Eso se da por sabido. Es más, se
acepta, incluso, que la gente emigre del campo a la ciudad, buscando mejor
calidad de vida. Pero que también lo hagan los pájaros, qué en los pueblos apenas
quede bicho viviente, es para alarmarse. Fíjense como estarán las cosas que el
otro día me comentaba un amigo que en su pueblo ya no hay ni mosquitos. De modo
que no descarten que estemos en el comienzo de un orden nuevo y distinto, de
una revolución que ha venido gestándose mientras nosotros estábamos distraídos,
defendiéndonos de los banqueros.
Hasta
que me encontré con la historia de Atilano, el quebrantahuesos, los pájaros
urbanos que yo conocía, quitando las palomas y los gorriones, eran los
canarios, los jilgueros y aquellos loros sabihondos que siempre estaban dispuestos
para la blasfemia y los chistes eróticos. Jamás hubiera pensado que los buitres
nacían en hospitales veterinarios y estudiaban, como enfrentarse a la vida, en
un centro especial de acogida.
Por
eso resulta conmovedor que un buitre tenga que aprender a vivir en las montañas
de Asturias. Aunque, por otra parte, si uno tiene en cuenta que, el pájaro, ha
nacido y se ha criado en la ciudad ya no resulta tan raro que necesite
adaptarse. El mundo en el que va a vivir es muy distinto del que conoce. Viene
de un habitat en el que la picardía, la habilidad para medrar y la corrupción
son imprescindibles para la supervivencia. Tendrá que recuperar la mirada
ingenua, las sombras y los fantasmas que nos trae la niebla, el borde los
caminos dudosos y el brillo verde de las hojas. Tendrá que pasar tiempo hasta
que haga suyos esos espacios que le pertenecen en base a una ley no escrita que
dice que cualquiera puede ser propietario de aquello a lo que consigue dar
vida. Y en esas está, nuestro querido Atilano.
Milio
Mariño /Artículo de Opinión/ La Nueva España
lunes, 13 de agosto de 2012
Planchar puede ser deporte olímpico
Milio Mariño
Bajo
el tórrido y abrasador sol de Londres, acaban de celebrarse los XXX Juegos
Olímpicos, un acontecimiento que guarda ciertas similitudes con “El sueño de
una noche de verano”, aquella obra de Shakespeare que el escritor sitúa en un
bosque poblado de hadas, duendes, bufones y seres mitológicos que desaparecen
cuando Puck deshace el hechizo y los espíritus se aseguran de que los mortales
creen haber vivido un sueño.
La sensación que nos queda, ahora que han
apagado la llama, viene a ser esa. Pero no es la única, comparte sitio con la
evidencia de que Inglaterra es un pueblo de niños que nunca se hacen mayores. Lo
decía muy bien Julio Camba, decía que los ingleses son rubios porque son niños,
ya que si fueran adultos se volverían morenos.
Pues
bien, todo se debe al deporte, el deporte es lo que les mantiene en una niñez
constante. Hagan la prueba, prueben a imaginar el deporte más raro que se les
ocurra que, por mucha imaginación que le pongan, nunca llegarán a imaginar de
lo que son capaces los ingleses.
Lo
último que han discurrido es The Extreme Ironing. La Plancha Extrema; un
deporte que consiste en planchar de la forma más rara posible, en el sitio más
raro posible, pero intentando que la ropa quede lo mejor que se pueda. Hay
diferentes modalidades: urbano, en el campo, en el agua, en terreno rocoso...
El ganador, o ganadora, resulta de aplicar una puntuación que tiene en cuenta
el tiempo, el estilo y la calidad del planchado. Se trata de un deporte nuevo, de
reciente creación, pero ya han celebrado un campeonato del mundo que se disputó,
en Munich, no hace mucho.
Para
los incrédulos, que los habrá, facilito la dirección de su página web: extremeironing.com,
donde pueden apuntarse y consultar todos los pormenores de este novedoso
deporte que quién sabe si dentro de unos años no llegará a ser olímpico.
Seguidores no le faltan. Lo digo por experiencia
pues, desde que se me ocurrió comentarlo, mi mujer no para de darme ánimos, insistiendo
en que debe ser bueno para los músculos y muy relajante para la cabeza.
Dudo
que me convenza. Pero, no piensen mal, mi negativa no debe entenderse como que
le tengo manía al Extreme Ironing. Me pasa con todos los deportes. Por mucho
que digan que el aire fresco matinal es un bálsamo para los pulmones nunca
madrugo, pienso que dormir la mañana es más saludable. También me pasa con lo
de comer verduras, prefiero una lubina a la plancha, o un solomillo de carne
roxa antes que frejoles o repollo.
Mi
actitud, hacia quienes predican que es muy sano levantarse al amanecer, correr
diez kilómetros y comer verduras o pollo cocido, es de respeto. Pero eso no
impide que piense que nos la están dando con queso.
Pongamos un ejemplo: ¿Cuánto creen que puede
sacarme Usain Bolt en cien metros lisos? ¿Un minuto? Bueno, no sé, pongan dos,
si consideran que ya estoy mayor y un poco fondón. ¿Y eso qué es? ¿Merece la
pena entrenar día tras día, durante cuatro años seguidos, levantarse temprano,
llevar una dieta estricta y privarse de un gin-tonic, sentado en una terraza?
Pienso que no, pienso que eso está bien para que se lo cuenten a los niños, o a
los ingleses, pero las personas mayores no deberíamos caer en trampas así.
Milio Mariño/ Artículo de Opinión/ La Nueva España
lunes, 6 de agosto de 2012
Pequeñas cosas de La Granda
Milio Mariño
En la Granda, ese caserón construido en terrenos de la antigua Ensidesa para solaz esparcimiento de Franco, parece que no pasa el tiempo. Es como si nada hubiera cambiado no ya desde 1979, fecha en que Fuentes Quintana y Velarde Fuertes constituyeron la Fundación Asturiana de Estudios Hispánicos, sino desde los años sesenta, que es de donde parece volver el embajador de España en la Haya Javier Vallaure de Acha, quien acaba de despacharse, esta última semana, con la revelación asombrosa de que en el extranjero están aflorando estereotipos negativos sobre España: “Se ve al español poco disciplinado, poco trabajador y nada ahorrador.”
Quiere decirse, deduzco, que si allá por los Países Bajos están aflorando esos estereotipos es que habíamos logrado revertir la mala fama, de juerguistas, tramposos y holgazanes, que nos perseguía desde que éramos los dueños de Flandes. Si es así, como parece darse a entender, habría que preguntarle al embajador cuando volvimos a las andadas. Pregunta que parece innecesaria pues mucho me temo que debió ser desde que comenzó esta crisis, que nos ha devuelto al recuerdo de aquella gente que emigraba con una maleta atada con cuerdas y sin haber pasado, siquiera, del primer tomo de la Enciclopedia Álvarez.
Ciertamente, es mala cosa que, en Europa, vuelvan a tener ese concepto de los españoles pero como no todo iba a ser negativo me quedo con lo dicho por Vallaure de Acha al final de su conferencia: “Tanto yo como tantísimos otros funcionarios que servimos en el exterior estamos intentando contrarrestar estos tópicos, sobre los españoles, que, como tales, no son buenos”.
Es muy viejo decir que en Europa se cree, o hacer creer que en Europa se cree, que los españoles solo sabemos dormir la siesta, ir a los toros y cantar flamenco. Lamento discrepar con Vallaure. Los europeos no piensan como él dice que piensan. Piensan como la mayoría de nosotros y mucho me temo que esa similitud de pensamiento debe extenderse, también, al papel que desempeñan muchos de los miles de funcionarios de los cientos de Embajadas que pueblan La Haya, una ciudad del tamaño de Gijón que es la capital administrativa de los Países Bajos.
Tantos funcionarios y tantas embajadas, en una ciudad tan pequeña, hacen que recuerde una preciosa anécdota de Ramón Gómez de la Serna. Quien, por cierto, veraneaba en Salinas, acabó la carrera de derecho en Oviedo y empezó a escribir, en Asturias, lo que sería una fabulosa obra literaria, con más de trescientas obras suyas censadas en la Biblioteca Nacional.
Gómez de la Serna disfrutaba escribiendo, lo que más le gustaba era escribir, dar conferencias y divertirse en las tertulias de los cafés. Por eso, viendo que no tenía intención de ejercer como abogado, su padre lo enchufó en el Ministerio de Ultramar, equivalente a lo que, actualmente, es el Ministerio de Exteriores, donde le asignaron un puesto de funcionario. Allí estuvo durante un tiempo pero como no daba un palo al agua y su jefe de negociado estaba de sus vagancias hasta las narices, un día le pidió que redactara un informe acerca de lo que hacía y la marcha de su sección.
La sección está al corriente/ y los papeles en regla. / Sólo me queda pendiente/ este bolo que me cuelga. Escribió Ramón, que dimitió después de entregar el informe y se largó a su tertulia del café Pombo.
Milio Mariño/ Artículo de Opinión/ La Nueva España
En la Granda, ese caserón construido en terrenos de la antigua Ensidesa para solaz esparcimiento de Franco, parece que no pasa el tiempo. Es como si nada hubiera cambiado no ya desde 1979, fecha en que Fuentes Quintana y Velarde Fuertes constituyeron la Fundación Asturiana de Estudios Hispánicos, sino desde los años sesenta, que es de donde parece volver el embajador de España en la Haya Javier Vallaure de Acha, quien acaba de despacharse, esta última semana, con la revelación asombrosa de que en el extranjero están aflorando estereotipos negativos sobre España: “Se ve al español poco disciplinado, poco trabajador y nada ahorrador.”
Quiere decirse, deduzco, que si allá por los Países Bajos están aflorando esos estereotipos es que habíamos logrado revertir la mala fama, de juerguistas, tramposos y holgazanes, que nos perseguía desde que éramos los dueños de Flandes. Si es así, como parece darse a entender, habría que preguntarle al embajador cuando volvimos a las andadas. Pregunta que parece innecesaria pues mucho me temo que debió ser desde que comenzó esta crisis, que nos ha devuelto al recuerdo de aquella gente que emigraba con una maleta atada con cuerdas y sin haber pasado, siquiera, del primer tomo de la Enciclopedia Álvarez.
Ciertamente, es mala cosa que, en Europa, vuelvan a tener ese concepto de los españoles pero como no todo iba a ser negativo me quedo con lo dicho por Vallaure de Acha al final de su conferencia: “Tanto yo como tantísimos otros funcionarios que servimos en el exterior estamos intentando contrarrestar estos tópicos, sobre los españoles, que, como tales, no son buenos”.
Es muy viejo decir que en Europa se cree, o hacer creer que en Europa se cree, que los españoles solo sabemos dormir la siesta, ir a los toros y cantar flamenco. Lamento discrepar con Vallaure. Los europeos no piensan como él dice que piensan. Piensan como la mayoría de nosotros y mucho me temo que esa similitud de pensamiento debe extenderse, también, al papel que desempeñan muchos de los miles de funcionarios de los cientos de Embajadas que pueblan La Haya, una ciudad del tamaño de Gijón que es la capital administrativa de los Países Bajos.
Tantos funcionarios y tantas embajadas, en una ciudad tan pequeña, hacen que recuerde una preciosa anécdota de Ramón Gómez de la Serna. Quien, por cierto, veraneaba en Salinas, acabó la carrera de derecho en Oviedo y empezó a escribir, en Asturias, lo que sería una fabulosa obra literaria, con más de trescientas obras suyas censadas en la Biblioteca Nacional.
Gómez de la Serna disfrutaba escribiendo, lo que más le gustaba era escribir, dar conferencias y divertirse en las tertulias de los cafés. Por eso, viendo que no tenía intención de ejercer como abogado, su padre lo enchufó en el Ministerio de Ultramar, equivalente a lo que, actualmente, es el Ministerio de Exteriores, donde le asignaron un puesto de funcionario. Allí estuvo durante un tiempo pero como no daba un palo al agua y su jefe de negociado estaba de sus vagancias hasta las narices, un día le pidió que redactara un informe acerca de lo que hacía y la marcha de su sección.
La sección está al corriente/ y los papeles en regla. / Sólo me queda pendiente/ este bolo que me cuelga. Escribió Ramón, que dimitió después de entregar el informe y se largó a su tertulia del café Pombo.
Milio Mariño/ Artículo de Opinión/ La Nueva España
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