Milio Mariño
Hay un partido que insiste en la idea de que es necesario un cambio. No hace falta que insista, estamos de acuerdo, pero sorprende que el cambio solo consista en cambiar al gobierno. De las cosas que nos preocupan no cambia nada, con cambiar al gobierno lo arregla todo. Bueno, cambiándolo y haciendo que baje el paro que, al parecer, bajará cuando haya un gobierno nuevo. Y, entonces, si baja el paro, habrá más gente trabajando, el gobierno tendrá más dinero y nosotros podremos seguir teniendo Seguridad Social, pensiones, escuelas y todo lo que tenemos.
Así de sencillo. Hasta un tonto lo entiende. Lo malo que los tontos suelen ser desconfiados y es difícil convencerlos. Se convence mejor a los listos. Los listos oyen el cuento de la lechera y no hacen preguntas, sacan papel y lápiz y se ponen a calcular las ganancias. Ya saben: como la leche es buena dará mucha nata. Batiré bien la nata hasta que se convierta en una mantequilla blanca y sabrosa que me pagarán muy bien en el mercado. Con el dinero compraré un canasto de huevos y en cuatro días tendré la granja llena de polluelos. Cuando los polluelos crezcan los venderé a buen precio, y con el dinero que saque…
Eso dice el partido que pide el cambio, que por lo visto ha recurrido a Esopo suprimiendo, a propósito, el final del cuento. El otro partido, no sé yo si por efecto de alguna moda o porque sus ideólogos y asesores estudiaron en el mismo colegio que los del partido que lleva como programa el cuento de la lechera, también ha echado mano de Esopo. También ha recurrido al celebre fabulista griego que fue asesinado después de una acusación falsa de robo.
Este otro partido insiste en la advertencia de qué viene el lobo. Y, para no ser menos que su rival político, solo menciona la primera parte del cuento. Pero el cuento, que no es muy largo, hay que leerlo entero.
Un pastor estaba guardando su rebaño no muy lejos del pueblo y pensó que sería divertido gastar una broma y asustar a los vecinos diciendo que lo atacaban los lobos. Así que empezó a gritar: “¡Que viene el lobo! ¡El lobo!” … Y, cuando los vecinos llegaron a toda prisa, se rió de sus temores. Repitió la broma varias veces y los vecinos, que siempre habían acudido, vieron que acudían en balde. No obstante, un día, vino el lobo y el pastor gritó: “¡Que viene el lobo!” Pero la gente estaba tan harta de oír siempre lo mismo que nadie le hizo caso ni corrió en su ayuda.
Las fabulas de Esopo, en uno y otro caso, están bien traídas, el problema para nosotros es que ambas se harán realidad en la parte que los partidos ocultan. La lechera, cuando tenga en la cabeza el cántaro del gobierno, tropezará con esa piedra que llaman crisis y sus sueños rodarán por el suelo hasta hacerse añicos y convertirse en pesadillas.
No les irá mejor a los otros. Los que echaron mano de la otra fábula para avisarnos de que viene el lobo, quizá se consuelen al comprobar que esta vez era verdad, pero será un triste consuelo pues verán como el lobo se come a las ovejas y no podrán evitar el remordimiento de que ha sido por su culpa.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 14 de noviembre de 2011
lunes, 7 de noviembre de 2011
No es seguro que Rajoy quiera ser presidente
Milio Mariño
Todos nos hacemos cábalas sobre qué hará Mariano cuando llegue al gobierno. Nadie cree que pueda hacer lo que dice y, menos, que sea capaz de acabar con la crisis. No obstante, las encuestas son claras. Indican que los electores le darán el gobierno y, aunque sea a regañadientes, tendrá que aceptarlo. Que se fastidie, que no lo hubiera pedido. Que no venga ahora con que, si por él fuera, se iría, ya mismo, a Santa Pola, donde todavía figura como Registrador de la Propiedad y donde nadie sabe el destino de los más de 20 millones de euros de las ganancias de ese registro y de la oficina liquidadora de impuestos.
Actualmente, Rajoy es el Registrador titular de Santa Pola, una bella localidad de Alicante, en la que el clima y la vida son más agradables que en Madrid y en su Pontevedra natal. Circunstancia que no deberíamos tomar a broma porque Mariano tenía dos opciones. Una, solicitar excedencia y que Santa Pola saliera a concurso y la plaza fuera cubierta por un registrador que, realmente, estuviera allí. Y otra, que fue la elegida, mantenerse como titular del Registro, acogiéndose a un decreto de 1947, que es contrario a las leyes constitucionales que ordenan la función pública y fue reformado cuando Rajoy era ministro de Aznar.
La opción que eligió Rajoy debió parecerle estupenda a su amigo, el Registrador colindante, Francisco Riquelme Rubira, que lo es de Elche y a quien corresponde ejercer como interino de Santa Pola, percibiendo por ello el 50 % de las ganancias por ser, de oficio, el registrador accidental.
Dicho lo dicho, imagino que algún malicioso estará pensando que, a mí, lo que me preocupa es saber si Mariano, por ser titular del Registro, ha cobrado, de bobilis bobilis, el otro 50 % de las ganancias; es decir, 10 millones de euros en los últimos 20 años.
Hombre, no niego que me gustaría saberlo pero lo que no para de darme vueltas es que no haya pedido excedencia. Es que Rajoy lleve 20 años en cargos públicos, primero como ministro, luego como jefe de la oposición y ahora como candidato a Presidente de Gobierno, y siga como titular de un puesto por el que no ha pasado ni para pisar el felpudo.
Me preocupa porque no es alentador, ni menos un buen ejemplo, que un líder político lleve 20 años como titular de un puesto que no ha ejercido nunca, pero al que tampoco renuncia ni pide, siquiera, excedencia como es exigible a cualquiera que se dedique a la política a tiempo completo.
No sé, pero todo esto me huele a que, Mariano, algo se guarda. A lo mejor ha pensado que no le trae cuenta ser Presidente. Igual estaba feliz en su cargo, ejerciendo como Jefe de la Oposición, y conocida su poca afición al trabajo le da cien patadas que le regalen un cargo en el que se trabaja a destajo.
Tratándose de un gallego nunca se sabe. Puede ser que se las pire, que se vaya a Santa Pola para ejercer de Registrador, de ahí que no hubiera pedido excedencia, o que lo tengamos de Presidente y haga lo que ha venido haciendo en Santa Pola: ser titular del puesto pero dejando que ejerza el colindante (que en este caso sería Sarkozy) y repartiéndose las ganancias a medias.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
Todos nos hacemos cábalas sobre qué hará Mariano cuando llegue al gobierno. Nadie cree que pueda hacer lo que dice y, menos, que sea capaz de acabar con la crisis. No obstante, las encuestas son claras. Indican que los electores le darán el gobierno y, aunque sea a regañadientes, tendrá que aceptarlo. Que se fastidie, que no lo hubiera pedido. Que no venga ahora con que, si por él fuera, se iría, ya mismo, a Santa Pola, donde todavía figura como Registrador de la Propiedad y donde nadie sabe el destino de los más de 20 millones de euros de las ganancias de ese registro y de la oficina liquidadora de impuestos.
Actualmente, Rajoy es el Registrador titular de Santa Pola, una bella localidad de Alicante, en la que el clima y la vida son más agradables que en Madrid y en su Pontevedra natal. Circunstancia que no deberíamos tomar a broma porque Mariano tenía dos opciones. Una, solicitar excedencia y que Santa Pola saliera a concurso y la plaza fuera cubierta por un registrador que, realmente, estuviera allí. Y otra, que fue la elegida, mantenerse como titular del Registro, acogiéndose a un decreto de 1947, que es contrario a las leyes constitucionales que ordenan la función pública y fue reformado cuando Rajoy era ministro de Aznar.
La opción que eligió Rajoy debió parecerle estupenda a su amigo, el Registrador colindante, Francisco Riquelme Rubira, que lo es de Elche y a quien corresponde ejercer como interino de Santa Pola, percibiendo por ello el 50 % de las ganancias por ser, de oficio, el registrador accidental.
Dicho lo dicho, imagino que algún malicioso estará pensando que, a mí, lo que me preocupa es saber si Mariano, por ser titular del Registro, ha cobrado, de bobilis bobilis, el otro 50 % de las ganancias; es decir, 10 millones de euros en los últimos 20 años.
Hombre, no niego que me gustaría saberlo pero lo que no para de darme vueltas es que no haya pedido excedencia. Es que Rajoy lleve 20 años en cargos públicos, primero como ministro, luego como jefe de la oposición y ahora como candidato a Presidente de Gobierno, y siga como titular de un puesto por el que no ha pasado ni para pisar el felpudo.
Me preocupa porque no es alentador, ni menos un buen ejemplo, que un líder político lleve 20 años como titular de un puesto que no ha ejercido nunca, pero al que tampoco renuncia ni pide, siquiera, excedencia como es exigible a cualquiera que se dedique a la política a tiempo completo.
No sé, pero todo esto me huele a que, Mariano, algo se guarda. A lo mejor ha pensado que no le trae cuenta ser Presidente. Igual estaba feliz en su cargo, ejerciendo como Jefe de la Oposición, y conocida su poca afición al trabajo le da cien patadas que le regalen un cargo en el que se trabaja a destajo.
Tratándose de un gallego nunca se sabe. Puede ser que se las pire, que se vaya a Santa Pola para ejercer de Registrador, de ahí que no hubiera pedido excedencia, o que lo tengamos de Presidente y haga lo que ha venido haciendo en Santa Pola: ser titular del puesto pero dejando que ejerza el colindante (que en este caso sería Sarkozy) y repartiéndose las ganancias a medias.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
martes, 1 de noviembre de 2011
Pelillos a la mar
Milio Mariño
Borrón y cuenta nueva era una frase que decíamos antes y, ahora, apenas decimos, tal vez por qué se refiere a una mancha de tinta sobre el papel que solía caer cuando escribíamos con pluma y tintero. Así es que la frase ha ido perdiendo vigencia y no parece que volvamos a usarla en lo que era su verdadero sentido: el de tirar el papel manchado y empezar de nuevo.
Hay frases con las que sucede lo que Javier Marías decía a propósito de algunas palabras: que se gastan, se estropean y acaban resultando inútiles, sobre todo si se apoderan de ellas quienes luego las manosean y las utilizan para decir lo que ellos quieren que digan.
Nadie ha dicho, al menos yo no lo he oído, que con ETA haya que hacer borrón y cuenta nueva. De todas maneras, como la sociedad no es un invento sino la consecuencia de la genética del comportamiento, tarde o temprano, habrá que llegar a un arreglo. ¿Cual? Pues no sé, ahora no se me ocurre, pero no me extrañaría que quienes ponen el grito en el cielo diciendo que nada de borrón y cuenta nueva se despachen, de aquí a unos meses, con pelillos a la mar. Y tendremos que soportar que es totalmente distinto; faltaría más.
Quienes mañana abanderen esa solución, serán los que hoy montan bronca diciendo que no se puede tirar a la papelera semejante borrón. Pero no importa, verán como encuentran argumentos para darle la vuelta al asunto. Recurrirán, como poco, a lo que dice la Real Academia de la Lengua para demostrar que pelillos a la mar no se parece, en nada, a borrón y cuenta nueva.
El origen de esta segunda frase data del siglo XVI, cuando en Málaga un hombre que iba a cortarse el pelo, siempre al mismo barbero, se enteró de que el barbero había decidido emigrar a las Américas. Lo primero que hizo fue retirarle el saludo. Decidió no saludarlo a pesar de que el barbero le había recomendado a un colega suyo de total confianza. Pero fue inútil, nunca llego a congeniar con el nuevo barbero. Es más se dedicó a criticarle y hacerle tan mala propaganda que el barbero acabó peleándose con la clientela y tuvo que cerrar el negocio. Decía, de él, que guardaba el pelo que cortaba para luego hacer brujería.
Antes de cerrar el negocio, el barbero retó en duelo a quien tanto le difamaba. A florete, como era costumbre entonces. El resultado fue que quien echaba pestes del barbero estuvo a punto de morir en el envite. Acabó desarmado y con una herida profunda. Pero, cuando se vio perdido, dijo que había sido injusto, que se había sobrepasado en sus críticas.
Al final todo quedó en un susto y, así que sanó de las heridas y se recompuso, ambos hicieron las paces y acordaron hacer las Américas juntos, llevándose al barco todo el pelo almacenado para poder tirarlo al mar y empezar una nueva vida.
La historia está llena de casos parecidos. No hace falta que nos remontemos a los tiempos de Napoleón, Hitler o Franco. Es un ciclo perpetuo que unos llaman borrón y cuenta nueva y otros pelillos a la mar. Da igual como lo llamen porque, obviamente, significan lo mismo. Así es que, en vez de decir tonterías, mejor se callaban y dejaban que la historia siguiera su curso.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
Borrón y cuenta nueva era una frase que decíamos antes y, ahora, apenas decimos, tal vez por qué se refiere a una mancha de tinta sobre el papel que solía caer cuando escribíamos con pluma y tintero. Así es que la frase ha ido perdiendo vigencia y no parece que volvamos a usarla en lo que era su verdadero sentido: el de tirar el papel manchado y empezar de nuevo.
Hay frases con las que sucede lo que Javier Marías decía a propósito de algunas palabras: que se gastan, se estropean y acaban resultando inútiles, sobre todo si se apoderan de ellas quienes luego las manosean y las utilizan para decir lo que ellos quieren que digan.
Nadie ha dicho, al menos yo no lo he oído, que con ETA haya que hacer borrón y cuenta nueva. De todas maneras, como la sociedad no es un invento sino la consecuencia de la genética del comportamiento, tarde o temprano, habrá que llegar a un arreglo. ¿Cual? Pues no sé, ahora no se me ocurre, pero no me extrañaría que quienes ponen el grito en el cielo diciendo que nada de borrón y cuenta nueva se despachen, de aquí a unos meses, con pelillos a la mar. Y tendremos que soportar que es totalmente distinto; faltaría más.
Quienes mañana abanderen esa solución, serán los que hoy montan bronca diciendo que no se puede tirar a la papelera semejante borrón. Pero no importa, verán como encuentran argumentos para darle la vuelta al asunto. Recurrirán, como poco, a lo que dice la Real Academia de la Lengua para demostrar que pelillos a la mar no se parece, en nada, a borrón y cuenta nueva.
El origen de esta segunda frase data del siglo XVI, cuando en Málaga un hombre que iba a cortarse el pelo, siempre al mismo barbero, se enteró de que el barbero había decidido emigrar a las Américas. Lo primero que hizo fue retirarle el saludo. Decidió no saludarlo a pesar de que el barbero le había recomendado a un colega suyo de total confianza. Pero fue inútil, nunca llego a congeniar con el nuevo barbero. Es más se dedicó a criticarle y hacerle tan mala propaganda que el barbero acabó peleándose con la clientela y tuvo que cerrar el negocio. Decía, de él, que guardaba el pelo que cortaba para luego hacer brujería.
Antes de cerrar el negocio, el barbero retó en duelo a quien tanto le difamaba. A florete, como era costumbre entonces. El resultado fue que quien echaba pestes del barbero estuvo a punto de morir en el envite. Acabó desarmado y con una herida profunda. Pero, cuando se vio perdido, dijo que había sido injusto, que se había sobrepasado en sus críticas.
Al final todo quedó en un susto y, así que sanó de las heridas y se recompuso, ambos hicieron las paces y acordaron hacer las Américas juntos, llevándose al barco todo el pelo almacenado para poder tirarlo al mar y empezar una nueva vida.
La historia está llena de casos parecidos. No hace falta que nos remontemos a los tiempos de Napoleón, Hitler o Franco. Es un ciclo perpetuo que unos llaman borrón y cuenta nueva y otros pelillos a la mar. Da igual como lo llamen porque, obviamente, significan lo mismo. Así es que, en vez de decir tonterías, mejor se callaban y dejaban que la historia siguiera su curso.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 24 de octubre de 2011
Culpable, aunque se demuestre lo contrario
Milio Mariño
A menudo pienso que soy culpable. Es un sentimiento que me quedó de la educación que me dieron los curas y luego, en la mili, completaron los militares. Para ampliar mi formación, posgrado, pasé cuarenta años en una fábrica, donde la presunción de inocencia consiste en que el empresario te manda a la calle porque llevas una corbata a rayas y eres tú el que tiene que demostrar que las rayas eran lunares. Pero eso no es todo porque, aun en el caso de que demuestres, y el juez sentencie, que la corbata era como decías, el empresario compra tu culpabilidad, paga cuatro perras y te sigue dejando en la calle.
Así es la historia; entre el colegio, la mili y la fábrica, uno cumple 60 años y resulta que, en lo que lleva de vida, nunca ha sido inocente. Y entonces piensa que algo raro debe estar ocurriendo con su percepción del tiempo o, aún peor, con su comprensión de la vida y la suerte de haber pasado de una dictadura despreciable a un régimen de libertades.
Ahora es la mía, dices cuando te prejubilas y cobras una pensión que no es para tirar cohetes, pero te permite disfrutar, lo que te quede de vida, como si vivieras en una isla ajena a lo que sucede en un continente de políticos derrochadores, estrategas de chicha y nabo, especuladores, estafadores de guante blanco y ladrones avariciosos que se sirven del dinero público para fijarse sueldos millonarios e indemnizaciones escandalosas. Piensas que, a pesar de tu indefensión, has logrado sobrevivir a la catástrofe. Y te alegras. Te alegras tanto que casi te sientes en deuda, de modo que al verte vivo y rodeado de escombros, y aún a pesar de que ni siquiera puedes apoyarte en el bastón de tus convicciones, pues han caído en el descrédito y se tienen por obsoletas, inservibles y anticuadas, vuelves a lo que hacías de joven. Vuelves a la calle para acompañar a los que la ocupan por creer que tienen razones más que sobradas y merecen que sacrifiques tu tiempo libre para echarles una mano. Vuelves sintiéndote casi invisible, pero quienes estaban, y están, arriba consideran que has cometido un delito de insubordinación intolerable contra el que sólo cabe la carga policial sin contemplaciones y la rebaja de tu condición de persona a la de animal perro flauta.
Sigues siendo culpable. Creías que habías pagado tus culpas cumpliendo con la condena que la sociedad impone a los que son de tu condición y que incluso, siendo agnóstico, habías aceptado lo que sentencia ese dios al que adoran los poderosos por su empeño en que la gente se gane el pan sudando a raudales. Pensabas que, aunque sólo fuera al final de la vida, ibas a sentirte libre, pero adviertes que no has dejado de ser culpable y que esa libertad, que creías disfrutar, es una libertad condicional que puede ser retirada, en cualquier momento, por orden de una superioridad que tú mismo has votado. Una superioridad que pone tanta vehemencia en sus mentiras que esa certeza tuya, de que te roban y te mienten, carece de consecuencias objetivas y reales. De modo que tanto da que te convoquen a las urnas que a un concierto de los «Rolling». Hagas lo que hagas, sólo te queda aceptar que eres culpable y atenerte a las consecuencias.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
A menudo pienso que soy culpable. Es un sentimiento que me quedó de la educación que me dieron los curas y luego, en la mili, completaron los militares. Para ampliar mi formación, posgrado, pasé cuarenta años en una fábrica, donde la presunción de inocencia consiste en que el empresario te manda a la calle porque llevas una corbata a rayas y eres tú el que tiene que demostrar que las rayas eran lunares. Pero eso no es todo porque, aun en el caso de que demuestres, y el juez sentencie, que la corbata era como decías, el empresario compra tu culpabilidad, paga cuatro perras y te sigue dejando en la calle.
Así es la historia; entre el colegio, la mili y la fábrica, uno cumple 60 años y resulta que, en lo que lleva de vida, nunca ha sido inocente. Y entonces piensa que algo raro debe estar ocurriendo con su percepción del tiempo o, aún peor, con su comprensión de la vida y la suerte de haber pasado de una dictadura despreciable a un régimen de libertades.
Ahora es la mía, dices cuando te prejubilas y cobras una pensión que no es para tirar cohetes, pero te permite disfrutar, lo que te quede de vida, como si vivieras en una isla ajena a lo que sucede en un continente de políticos derrochadores, estrategas de chicha y nabo, especuladores, estafadores de guante blanco y ladrones avariciosos que se sirven del dinero público para fijarse sueldos millonarios e indemnizaciones escandalosas. Piensas que, a pesar de tu indefensión, has logrado sobrevivir a la catástrofe. Y te alegras. Te alegras tanto que casi te sientes en deuda, de modo que al verte vivo y rodeado de escombros, y aún a pesar de que ni siquiera puedes apoyarte en el bastón de tus convicciones, pues han caído en el descrédito y se tienen por obsoletas, inservibles y anticuadas, vuelves a lo que hacías de joven. Vuelves a la calle para acompañar a los que la ocupan por creer que tienen razones más que sobradas y merecen que sacrifiques tu tiempo libre para echarles una mano. Vuelves sintiéndote casi invisible, pero quienes estaban, y están, arriba consideran que has cometido un delito de insubordinación intolerable contra el que sólo cabe la carga policial sin contemplaciones y la rebaja de tu condición de persona a la de animal perro flauta.
Sigues siendo culpable. Creías que habías pagado tus culpas cumpliendo con la condena que la sociedad impone a los que son de tu condición y que incluso, siendo agnóstico, habías aceptado lo que sentencia ese dios al que adoran los poderosos por su empeño en que la gente se gane el pan sudando a raudales. Pensabas que, aunque sólo fuera al final de la vida, ibas a sentirte libre, pero adviertes que no has dejado de ser culpable y que esa libertad, que creías disfrutar, es una libertad condicional que puede ser retirada, en cualquier momento, por orden de una superioridad que tú mismo has votado. Una superioridad que pone tanta vehemencia en sus mentiras que esa certeza tuya, de que te roban y te mienten, carece de consecuencias objetivas y reales. De modo que tanto da que te convoquen a las urnas que a un concierto de los «Rolling». Hagas lo que hagas, sólo te queda aceptar que eres culpable y atenerte a las consecuencias.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
lunes, 17 de octubre de 2011
Los números cantan
Milio Mariño
Desde muy antiguo he oído decir que los números cantan. Yo me lo creo. Estoy convencido a pesar de que hubo quien hizo la prueba, cogió un puñado de números, los metió en una jaula, les puso lechuga, agua y alpiste, los sacó al sol, y no dijeron ni pío. Nada, ni un trino. No sé, quizá tuvieran un mal día, pero sigo creyendo que cantan. Habría que ver quien era el dueño, como era la jaula y que razones tendrían para no abrir el pico. Habría que saber el motivo, pues hay números que se arrancan por Pedro Guerra, cantando Contra el Poder, y resulta que el dueño quiere que canten España cañí.
Los míos, unos que el otro día se dejaron ver de improviso, me cantaron que destinamos 9.000 millones de euros para las fuerzas armadas y 6.800 para la iglesia católica. Es decir que entre curas y soldados se nos van 15.800 millones de euros.
Es lo que tiene sentarse a la sombra y oír cantar a los números. Sobre todo si, como en mi caso, uno se limita a escuchar y les deja cantar lo que quieran. Así fue que siguieron cantando cosas como que el Gobierno le dio, de propina, a la iglesia una subvención de veinticinco millones de euros, para la visita del Papa, y acabaron con el estribillo de que la iglesia casi nos cuesta lo que nos cuestan las fuerzas armadas.
Los números, en contra de lo que algunos piensan, y quieren hacernos creer, no son caprichosos, son de una racionalidad pasmosa. Se me ocurrió advertir que no entendía por qué juntaban al ejército con la iglesia y respondieron con una lógica que me dejo estupefacto: los metemos en el mismo saco porque son gastos de defensa. El ejército nos defiende contra una hipotética invasión externa y la iglesia contra los ataques del diablo y los enemigos de la fe cristiana.
No se me había ocurrido pero tiene sentido. Eso explica que ninguno de los candidatos, de los principales partidos que se presentan a las elecciones, hable de recortar lo que se destina al ejército y a la iglesia católica, más allá de un porcentaje simbólico. Nada de tijeretazo, la defensa es lo primero, primero que la sanidad, la enseñanza, las pensiones y el gasto social.
Sorprendido de que los números cantaran de ese modo, eché en falta que no hicieran referencia al rescate de los bancos y lo incluyeran también como gasto de defensa. Ahí se les vio el plumero, no obstante sigo pensando que es preferible dejarlos que canten a tapar la jaula y decir que es mejor tenerlos tapados hasta que escampe la crisis. Entre cante y cante uno se entera de lo que no sabia, se entera de que Cáritas consta como una ONG y se financia con cargo a la casilla del 0'7, entre otros ingresos, y no, como yo creía, por donaciones de la iglesia católica. La Iglesia apenas destina recursos a paliar la crisis social. En el pasado ejercicio obtuvo 250 millones de euros, de quienes la consignaron en su casilla del IRPF, y solo aportó 4, a Cáritas.
La sensación que uno tiene es que los números están ahí y siguen cantando como cantaron toda la vida pero hay tanto ruido que unas veces no los oímos y otras estamos tan distraídos que no sabemos de qué va la copla.
Milio Mariño / Artículo de Opinión
Desde muy antiguo he oído decir que los números cantan. Yo me lo creo. Estoy convencido a pesar de que hubo quien hizo la prueba, cogió un puñado de números, los metió en una jaula, les puso lechuga, agua y alpiste, los sacó al sol, y no dijeron ni pío. Nada, ni un trino. No sé, quizá tuvieran un mal día, pero sigo creyendo que cantan. Habría que ver quien era el dueño, como era la jaula y que razones tendrían para no abrir el pico. Habría que saber el motivo, pues hay números que se arrancan por Pedro Guerra, cantando Contra el Poder, y resulta que el dueño quiere que canten España cañí.
Los míos, unos que el otro día se dejaron ver de improviso, me cantaron que destinamos 9.000 millones de euros para las fuerzas armadas y 6.800 para la iglesia católica. Es decir que entre curas y soldados se nos van 15.800 millones de euros.
Es lo que tiene sentarse a la sombra y oír cantar a los números. Sobre todo si, como en mi caso, uno se limita a escuchar y les deja cantar lo que quieran. Así fue que siguieron cantando cosas como que el Gobierno le dio, de propina, a la iglesia una subvención de veinticinco millones de euros, para la visita del Papa, y acabaron con el estribillo de que la iglesia casi nos cuesta lo que nos cuestan las fuerzas armadas.
Los números, en contra de lo que algunos piensan, y quieren hacernos creer, no son caprichosos, son de una racionalidad pasmosa. Se me ocurrió advertir que no entendía por qué juntaban al ejército con la iglesia y respondieron con una lógica que me dejo estupefacto: los metemos en el mismo saco porque son gastos de defensa. El ejército nos defiende contra una hipotética invasión externa y la iglesia contra los ataques del diablo y los enemigos de la fe cristiana.
No se me había ocurrido pero tiene sentido. Eso explica que ninguno de los candidatos, de los principales partidos que se presentan a las elecciones, hable de recortar lo que se destina al ejército y a la iglesia católica, más allá de un porcentaje simbólico. Nada de tijeretazo, la defensa es lo primero, primero que la sanidad, la enseñanza, las pensiones y el gasto social.
Sorprendido de que los números cantaran de ese modo, eché en falta que no hicieran referencia al rescate de los bancos y lo incluyeran también como gasto de defensa. Ahí se les vio el plumero, no obstante sigo pensando que es preferible dejarlos que canten a tapar la jaula y decir que es mejor tenerlos tapados hasta que escampe la crisis. Entre cante y cante uno se entera de lo que no sabia, se entera de que Cáritas consta como una ONG y se financia con cargo a la casilla del 0'7, entre otros ingresos, y no, como yo creía, por donaciones de la iglesia católica. La Iglesia apenas destina recursos a paliar la crisis social. En el pasado ejercicio obtuvo 250 millones de euros, de quienes la consignaron en su casilla del IRPF, y solo aportó 4, a Cáritas.
La sensación que uno tiene es que los números están ahí y siguen cantando como cantaron toda la vida pero hay tanto ruido que unas veces no los oímos y otras estamos tan distraídos que no sabemos de qué va la copla.
Milio Mariño / Artículo de Opinión
lunes, 10 de octubre de 2011
Eficacia policial
Milio Mariño
Cuando uno descubre que le cuesta entender alguno de esos discursos que clausuran las celebraciones, no suele ser, desde luego, por la complejidad de su contenido. Abunda lo insulso, la simpleza y lo ya sabido de modo que siempre cabe la duda de si merece la pena interesarse o es mejor olvidarlo. En mi caso ganan los olvidos, pero uno también se cansa de ejercer la autocensura y pasar por alto lo que luego acaba dándole la matraca. Cosas como lo que leí que dijo nuestra autoridad policial, la semana pasada: que la gran mayoría de los delincuentes que actúan en Avilés son de casa y que no tenemos tantos malos.
No sé por qué, pero lo suponía. Lo que no suponía era que contando con que tenemos pocos malos, y que los malos son de casa, pudiera darse por bueno que la tasa de esclarecimiento sea del 56,8 por ciento.
El dato, aunque a uno le extrañe, debe ser óptimo. No tendría sentido que lo citaran en un discurso si no fuera para atribuirse el mérito de una eficacia que, comparándola con lo que normalmente se tiene por eficaz, deja mucho que desear. De todas maneras no se me ocurrió, ni se me va a ocurrir, indagar si la estadística, en otras localidades, da como resultado que la policía apenas resuelve la mitad de los casos. Prefiero no saberlo. Prefiero seguir con aquella idea infantil de que el delincuente, por mucho que se las ingenie, siempre acaba en la cárcel.
Mi extrañeza de que, en una localidad pequeña como Avilés que no importa malos de otros sitios, los casos resueltos sean, solo, el 56,8 por ciento, debe tener su origen, además de en mis creencias infantiles, en qué este verano me di un atracón leyendo a Henning Mankel, Hammett Dashiell y Andrea Camilleri, escritores todos de genero negro y creadores, cada uno en su estilo, de una saga de comisarios, eficaces y astutos, a los que es muy difícil engañar, pues están al tanto de todo. Mi sorpresa, al conocer el dato estadístico, debe entenderse en ese contexto y no en el de la crítica ya que si podía tener alguna duda queda disipada, de facto, por el hecho de que a nuestra autoridad policial tampoco se le escapa una. Prueba de ello es que sin desatender su trabajo y con todo lo que supone preparar la fiesta de la policía, los diplomas y los discursos, aún tuvo tiempo de interesarse por las actividades del movimiento ciudadano y advertir que, a la reciente manifestación a favor del Niemeyer, quizá le faltaran algunos papeles.
La tarea de la policía, me consta que no es moco de pavo. Que haya más o menos delincuentes no depende de la sociedad, ni de las fuerzas del orden. Depende de quien dicta las leyes y decide lo qué es y no es delito y, por tanto, lo que debe perseguirse. A este respecto, el campo es tan amplio y la confusión tan grande que uno puede verse en la cárcel por fumar dentro de una cafetería y, en cambio, no tener ningún problema si levanta 10 millones de euros de una Caja de Ahorros en quiebra. Es por eso que me atrevo a sugerir que, en lo sucesivo, la policía debería abstenerse de dar el dato estadístico de los casos resueltos. La gente honrada estaría más tranquila y los delincuentes más preocupados.
Milio Mariño Artículo de Opinión/ La Nueva España
Cuando uno descubre que le cuesta entender alguno de esos discursos que clausuran las celebraciones, no suele ser, desde luego, por la complejidad de su contenido. Abunda lo insulso, la simpleza y lo ya sabido de modo que siempre cabe la duda de si merece la pena interesarse o es mejor olvidarlo. En mi caso ganan los olvidos, pero uno también se cansa de ejercer la autocensura y pasar por alto lo que luego acaba dándole la matraca. Cosas como lo que leí que dijo nuestra autoridad policial, la semana pasada: que la gran mayoría de los delincuentes que actúan en Avilés son de casa y que no tenemos tantos malos.
No sé por qué, pero lo suponía. Lo que no suponía era que contando con que tenemos pocos malos, y que los malos son de casa, pudiera darse por bueno que la tasa de esclarecimiento sea del 56,8 por ciento.
El dato, aunque a uno le extrañe, debe ser óptimo. No tendría sentido que lo citaran en un discurso si no fuera para atribuirse el mérito de una eficacia que, comparándola con lo que normalmente se tiene por eficaz, deja mucho que desear. De todas maneras no se me ocurrió, ni se me va a ocurrir, indagar si la estadística, en otras localidades, da como resultado que la policía apenas resuelve la mitad de los casos. Prefiero no saberlo. Prefiero seguir con aquella idea infantil de que el delincuente, por mucho que se las ingenie, siempre acaba en la cárcel.
Mi extrañeza de que, en una localidad pequeña como Avilés que no importa malos de otros sitios, los casos resueltos sean, solo, el 56,8 por ciento, debe tener su origen, además de en mis creencias infantiles, en qué este verano me di un atracón leyendo a Henning Mankel, Hammett Dashiell y Andrea Camilleri, escritores todos de genero negro y creadores, cada uno en su estilo, de una saga de comisarios, eficaces y astutos, a los que es muy difícil engañar, pues están al tanto de todo. Mi sorpresa, al conocer el dato estadístico, debe entenderse en ese contexto y no en el de la crítica ya que si podía tener alguna duda queda disipada, de facto, por el hecho de que a nuestra autoridad policial tampoco se le escapa una. Prueba de ello es que sin desatender su trabajo y con todo lo que supone preparar la fiesta de la policía, los diplomas y los discursos, aún tuvo tiempo de interesarse por las actividades del movimiento ciudadano y advertir que, a la reciente manifestación a favor del Niemeyer, quizá le faltaran algunos papeles.
La tarea de la policía, me consta que no es moco de pavo. Que haya más o menos delincuentes no depende de la sociedad, ni de las fuerzas del orden. Depende de quien dicta las leyes y decide lo qué es y no es delito y, por tanto, lo que debe perseguirse. A este respecto, el campo es tan amplio y la confusión tan grande que uno puede verse en la cárcel por fumar dentro de una cafetería y, en cambio, no tener ningún problema si levanta 10 millones de euros de una Caja de Ahorros en quiebra. Es por eso que me atrevo a sugerir que, en lo sucesivo, la policía debería abstenerse de dar el dato estadístico de los casos resueltos. La gente honrada estaría más tranquila y los delincuentes más preocupados.
Milio Mariño Artículo de Opinión/ La Nueva España
lunes, 3 de octubre de 2011
Otoño antipático
Milio Mariño
A la vuelta de quince días en una cala de Ibiza, sin ver la televisión ni leer el periódico, retorné a la realidad cotidiana y tuve la impresión de que algo había cambiado. Quince días son nada pero me pareció como que la gente ya no distinguía entre lo regular y lo malo a rabiar. Es como si lo detestara todo. Como si escuchara con aburrimiento y siguiera a lo suyo convencida de que, después de las elecciones, iremos, inevitablemente, a peor.
Esa impresión me dio. Y no solo eso, también creí advertir que los políticos que se presentan y parecen destinados a tomar el relevo y ocupar cargos de relevancia lo hacen convencidos de que si resultan elegidos será por desgracia de sus antecesores, no porque la población se entusiasme y los perciba como personas capaces de sacar esto adelante con el menor daño posible para el cautivo y desarmado estado de bienestar que, aún, disfrutamos.
Quizá influyera que uno venía de estar tumbado, a la sombra, escuchando «chill-out» pero la impresión fue como si, por encima de todo, se hubiera impuesto el modelo Mouriño. Como si lo que estuviera de moda fuera la antipatía y el dedo en el ojo. No hay respeto por las instituciones, ni por lo que otros hicieron, ni por el adversario político. Hay desprecio, desdén y un afán de revancha que evidencia que algunos entienden la utilidad de la democracia, únicamente, cuando son ellos los que gobiernan. Solo así se explica que aprovechen cualquier ocasión para el exabrupto, el talante pendenciero, el comentario despreciativo, la burla y hasta el insulto.
En esas estamos. Estamos en un otoño lleno de broncas y salidas de tono, en el que los rostros ceñudos sobresalen por encima de la amabilidad y el buen gusto. Ser antipático, además de los tonos marrones, es lo que se lleva. En diciembre quizá cambie la moda y se lleve otra cosa. No obstante, corremos el peligro de que acabe por parecernos normal lo que no deja de ser anómalo; ese el alarde de mala leche que se ha convertido en la principal ocupación de quienes hace poco llegaron a las comunidades autónomas y los ayuntamientos y de los que aspiran a llegar al Gobierno después de las elecciones.
Lejos de estar contentos, siempre están enfadados. En cuanto tienen la menor oportunidad, despliegan una mala leche descomunal para con sus antecesores, quizá porque acaban de darse cuenta de que, ahora, son ellos los que tendrán que hacer lo que no se cansaban de criticar.
Ignoro si el saber estar y el buen humor cotizan en algún mercado de valores o sirven para rebajar la prima de riesgo, aunque sólo sea de infarto, pero tengo el convencimiento de que nada ayuda tanto como la simpatía y los buenos modales para obtener beneficios, sobre todo en relación a la convivencia entre los seres humanos.
Con el optimismo que regala el Mediterráneo, en el aeropuerto, ya de regreso a casa, compré tres periódicos y me puse a leer con ganas, pero al subir al avión tuve la sensación como si los que viajaban en business class fueran los que aspiran a gobernar y el resto fuéramos, a granel, de la cortina hacia atrás. Debe ser que, en el fondo, uno todavía conserva lo que, ahora, se cuidan de pronunciar y antes llamábamos conciencia de clase. De clase turista, por supuesto.
Milio Mariño /La Nueva España / Artículo de Opinión
A la vuelta de quince días en una cala de Ibiza, sin ver la televisión ni leer el periódico, retorné a la realidad cotidiana y tuve la impresión de que algo había cambiado. Quince días son nada pero me pareció como que la gente ya no distinguía entre lo regular y lo malo a rabiar. Es como si lo detestara todo. Como si escuchara con aburrimiento y siguiera a lo suyo convencida de que, después de las elecciones, iremos, inevitablemente, a peor.
Esa impresión me dio. Y no solo eso, también creí advertir que los políticos que se presentan y parecen destinados a tomar el relevo y ocupar cargos de relevancia lo hacen convencidos de que si resultan elegidos será por desgracia de sus antecesores, no porque la población se entusiasme y los perciba como personas capaces de sacar esto adelante con el menor daño posible para el cautivo y desarmado estado de bienestar que, aún, disfrutamos.
Quizá influyera que uno venía de estar tumbado, a la sombra, escuchando «chill-out» pero la impresión fue como si, por encima de todo, se hubiera impuesto el modelo Mouriño. Como si lo que estuviera de moda fuera la antipatía y el dedo en el ojo. No hay respeto por las instituciones, ni por lo que otros hicieron, ni por el adversario político. Hay desprecio, desdén y un afán de revancha que evidencia que algunos entienden la utilidad de la democracia, únicamente, cuando son ellos los que gobiernan. Solo así se explica que aprovechen cualquier ocasión para el exabrupto, el talante pendenciero, el comentario despreciativo, la burla y hasta el insulto.
En esas estamos. Estamos en un otoño lleno de broncas y salidas de tono, en el que los rostros ceñudos sobresalen por encima de la amabilidad y el buen gusto. Ser antipático, además de los tonos marrones, es lo que se lleva. En diciembre quizá cambie la moda y se lleve otra cosa. No obstante, corremos el peligro de que acabe por parecernos normal lo que no deja de ser anómalo; ese el alarde de mala leche que se ha convertido en la principal ocupación de quienes hace poco llegaron a las comunidades autónomas y los ayuntamientos y de los que aspiran a llegar al Gobierno después de las elecciones.
Lejos de estar contentos, siempre están enfadados. En cuanto tienen la menor oportunidad, despliegan una mala leche descomunal para con sus antecesores, quizá porque acaban de darse cuenta de que, ahora, son ellos los que tendrán que hacer lo que no se cansaban de criticar.
Ignoro si el saber estar y el buen humor cotizan en algún mercado de valores o sirven para rebajar la prima de riesgo, aunque sólo sea de infarto, pero tengo el convencimiento de que nada ayuda tanto como la simpatía y los buenos modales para obtener beneficios, sobre todo en relación a la convivencia entre los seres humanos.
Con el optimismo que regala el Mediterráneo, en el aeropuerto, ya de regreso a casa, compré tres periódicos y me puse a leer con ganas, pero al subir al avión tuve la sensación como si los que viajaban en business class fueran los que aspiran a gobernar y el resto fuéramos, a granel, de la cortina hacia atrás. Debe ser que, en el fondo, uno todavía conserva lo que, ahora, se cuidan de pronunciar y antes llamábamos conciencia de clase. De clase turista, por supuesto.
Milio Mariño /La Nueva España / Artículo de Opinión
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