Milio Mariño
Después de desayunar un café con leche y una tostada con miel, leí, asombrado, que don Andrés García Torres, cura de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en Fuenlabrada, había dicho, para demostrar que no le gustan los hombres, que estaba dispuesto a que le hicieran una prueba rectal. «Que me hagan la prueba, que midan mi ano a ver si lo tengo dilatado», dijo, en tono desafiante, dirigiéndose a Don Joaquín, obispo de la diócesis de Getafe, que insistía en apartarlo del cargo sospechando que es gay y utilizando, como prueba, una foto en la que el cura aparece abrazado, y con el torso desnudo, a Yannik Delgado, un supuesto seminarista que, por lo visto, no lo es. Y aunque lo fuera, pensaría el obispo, en voz baja, razonando que la prueba, en el caso de que fuera superada y confirmara que el ano del señor cura no sobrepasa los limites de lo masculinamente correcto, tampoco demostraría que la imputación carece de fundamento pues, según la ley de Mahoma, adaptada, por imperativo legal, al lenguaje de nuestros tiempos, tan homosexual es el que da como el que toma.
Tal vez lo pensara pero no me consta que el obispo haya hecho referencia a la citada ley ni es previsible que lo haga. Puede echar mano de argumentaciones tan sólidas como la teoría de Ockam, un principio filosófico según el cual cuando dos teorías tienen las mismas consecuencias, la más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. De cualquier manera, el caso no viene aquí por la repercusión social de una prueba, hasta ahora, insólita que se ha convertido en la comidilla del verano. El caso merece nuestra atención porque, una vez más, estamos ante otro atropello de lo que se considera fundamental en un Estado de derecho. La carga de la prueba, sobre los hechos constitutivos de la pretensión punible, corresponde exclusivamente a la acusación, sin que sea exigible a la defensa que demuestre su inocencia y menos que acepte ser sometida a una «probatio diabólica».
Algunos de ustedes, a los que supongo legos en la materia, se estarán preguntando si la «probatio diabólica» tendrá que ver con la iglesia. A mi no me cabe duda pues consiste en qué si usted confiesa, es culpable. Y si no confiesa, ni aun en el caso de que le sometan a la tortura de la bañera, o le claven palillos entre las uñas, es que el diablo le ha dado fuerzas para soportar esas perrerías y, por tanto, también es culpable.
En resumidas cuentas que, don Andrés, lo tenía tan crudo que ni pidiendo que le midieran el culo podía salvarse. Y así fue, al final claudicó. Entregó las llaves de la parroquia y se armó la de Dios es Cristo. Los feligreses, visiblemente indignados, acamparon frente a la iglesia y amenazan con rezar rosarios hasta que repongan al cura en su puesto de párroco.
El conflicto va para largo y lo que me sorprende es que no veo el problema. ¿Qué más le dará, al obispo, que al cura de Fuenlabrada, o al de donde sea, le gusten las mujeres o los hombres? ¿No están sometidos al voto de castidad? Pues entonces. ¿No les parece una contradicción, o una probatio diabólica, que a los curas, para ser titulares de una parroquia, les exijan que tienen que gustarles las mujeres?
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
lunes, 18 de julio de 2011
lunes, 11 de julio de 2011
Estar pez y comer pescado
Milio Mariño
No me da reparo decirlo: he llegado a la edad que tengo por ignorancia. Hay que ser honestos, hay que decir la verdad. Cuando era niño, y hasta hace bien poco, no había autoridades sanitarias, así que como no sabíamos lo que era bueno, o malo, para la salud comíamos de todo. Lo que no mata engorda decían entonces. Y venga platos de cocido, venga chorizo, chuletas de cerdo y arroz con leche a la plancha. Y pescado, por supuesto. Bocarte, bonito, alguna merluza? Lo que pillaran. Dependía de la costera, que es a la mar lo que en tierra llamamos cosecha. Una época del año en la que se da esto o lo otro y no como ahora que lo mismo hay lechugas en diciembre que besugos en agosto.
Fíjense si éramos ignorantes que solo sabíamos que las lentejas tenían hierro y el pescado azul mucho fósforo. Ahora, en cambio, sabemos que el pescado tiene fósforo, mercurio y bifenilos policlorados, que no sé lo que serán pero, al oído, dan menos miedo que el e-coli del pepino.
Ya sé que eran otros tiempos, más duros que estos de ahora, y que los peces comían lo que pillaban. Lo cual explica que no se le ocurriera a nadie pedirles a las sardinas que tuvieran Omega-3. Tenían lo que tenían, por eso estaban tan baratas. Pero los tiempos cambian y al precio que está hoy el bonito solo faltaba que siguiera teniendo los mismos minerales y las mismas propiedades de entonces que, por lo que decían, mejoraba la visión nocturna y la resistencia a las infecciones. Eso está superado, ahora tenemos antibióticos y tocamos a farola y media por habitante. Es comprensible, por tanto, que, en su afán por aportar cosas nuevas, los peces y los crustáceos se hayan atiborrado de las sustancias que vertemos impunemente al mar, y que las autoridades sanitarias hayan puesto el grito en el cielo, advirtiendo de que las embarazadas han de tener cuidado con el bonito y las madres no deberían dárselo, ni a la plancha ni con tomate, a los niños lactantes.
Algunos responderán, seguramente, que siempre han comido bonito y que, además, les miraban la fiebre con un termómetro de mercurio. Bueno ya, pero las cosas se descubren cuando se descubren. Hace unos años el aceite de oliva era poco recomendable y el de girasol una bendición para la salud. Luego se supo que todo obedecía a una campaña de marketing ¿Quién nos dice que, en la próxima década, no descubran que cocinar con soplete, además de ser malo para la espalda, provoca estreñimiento y meteorismo descontrolado?
No me parece mal que las autoridades sanitarias alerten sobre el consumo excesivo de ciertos pescados. Lo que les reprocho es que carguen impunemente contra el bonito, el emperador? no sé, contra los peces en general. Lo digo porque, de todos los animales, los peces pasan por ser los más ignorantes y los más denostados. De ahí que cuando queremos señalar la torpeza de alguien, digamos que está pez.
Los peces nunca fueron apreciados, recuerden que se utilizaban, y se siguen utilizando, como penitencia allá por Cuaresma y en las vigilias y las témporas. Así es que pueden llamarme suicida, irresponsable o lo que quieran pero pienso seguir comiendo pescado. Si no como más, no será por lo que digan las autoridades sanitarias, será por su precio.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
No me da reparo decirlo: he llegado a la edad que tengo por ignorancia. Hay que ser honestos, hay que decir la verdad. Cuando era niño, y hasta hace bien poco, no había autoridades sanitarias, así que como no sabíamos lo que era bueno, o malo, para la salud comíamos de todo. Lo que no mata engorda decían entonces. Y venga platos de cocido, venga chorizo, chuletas de cerdo y arroz con leche a la plancha. Y pescado, por supuesto. Bocarte, bonito, alguna merluza? Lo que pillaran. Dependía de la costera, que es a la mar lo que en tierra llamamos cosecha. Una época del año en la que se da esto o lo otro y no como ahora que lo mismo hay lechugas en diciembre que besugos en agosto.
Fíjense si éramos ignorantes que solo sabíamos que las lentejas tenían hierro y el pescado azul mucho fósforo. Ahora, en cambio, sabemos que el pescado tiene fósforo, mercurio y bifenilos policlorados, que no sé lo que serán pero, al oído, dan menos miedo que el e-coli del pepino.
Ya sé que eran otros tiempos, más duros que estos de ahora, y que los peces comían lo que pillaban. Lo cual explica que no se le ocurriera a nadie pedirles a las sardinas que tuvieran Omega-3. Tenían lo que tenían, por eso estaban tan baratas. Pero los tiempos cambian y al precio que está hoy el bonito solo faltaba que siguiera teniendo los mismos minerales y las mismas propiedades de entonces que, por lo que decían, mejoraba la visión nocturna y la resistencia a las infecciones. Eso está superado, ahora tenemos antibióticos y tocamos a farola y media por habitante. Es comprensible, por tanto, que, en su afán por aportar cosas nuevas, los peces y los crustáceos se hayan atiborrado de las sustancias que vertemos impunemente al mar, y que las autoridades sanitarias hayan puesto el grito en el cielo, advirtiendo de que las embarazadas han de tener cuidado con el bonito y las madres no deberían dárselo, ni a la plancha ni con tomate, a los niños lactantes.
Algunos responderán, seguramente, que siempre han comido bonito y que, además, les miraban la fiebre con un termómetro de mercurio. Bueno ya, pero las cosas se descubren cuando se descubren. Hace unos años el aceite de oliva era poco recomendable y el de girasol una bendición para la salud. Luego se supo que todo obedecía a una campaña de marketing ¿Quién nos dice que, en la próxima década, no descubran que cocinar con soplete, además de ser malo para la espalda, provoca estreñimiento y meteorismo descontrolado?
No me parece mal que las autoridades sanitarias alerten sobre el consumo excesivo de ciertos pescados. Lo que les reprocho es que carguen impunemente contra el bonito, el emperador? no sé, contra los peces en general. Lo digo porque, de todos los animales, los peces pasan por ser los más ignorantes y los más denostados. De ahí que cuando queremos señalar la torpeza de alguien, digamos que está pez.
Los peces nunca fueron apreciados, recuerden que se utilizaban, y se siguen utilizando, como penitencia allá por Cuaresma y en las vigilias y las témporas. Así es que pueden llamarme suicida, irresponsable o lo que quieran pero pienso seguir comiendo pescado. Si no como más, no será por lo que digan las autoridades sanitarias, será por su precio.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 4 de julio de 2011
El niño con la pelota
Milio Mariño
Cuando Serrat cantaba aquello de: «niño deja ya de joder con la pelota», los niños eran más educados que ahora. Había algunos, como el que, seguramente, inspiró a Juan Manuel, que molestaban y daban la vara pero usted iba a un restaurante y los encontraba sentados, portándose como personas. Ahora no, ahora van cargados de juguetes y juegan a sus anchas mientras sus padres comen sin inmutarse y los demás echan pestes. Toca joderse porque si les reclama un mínimo de educación le acusan de intolerante. Lo civilizado es aceptar que los niños tomen el comedor por un parque de atracciones y que usted les aplauda.
Lo del restaurante vale, también, para los aviones, los aeropuertos o cualquier recinto cerrado. No sé quién, pero alguien debería hacerles ver a esos padres la diferencia entre un niño inquieto, educado, y otro asilvestrado o semi salvaje.
La culpa, claro está, no es de los niños, es de los padres. De algunos, por supuesto, pero algunos bastantes porque la excepción confirma lo que no debería ser regla, que los padres entiendan que sus hijos tienen derecho a portarse como les venga en gana.
Con todo, eso no es lo peor. Lo peor viene cuando los niños, a juicio de los padres, se portan mejor de lo que debieran. Y ahí quería llegar porque cualquiera que vaya a ver un partido de fútbol entre alevines o infantiles sabrá de qué hablo. Habrá comprobado que muchos padres reclaman de sus hijos una conducta que nada tiene que ver con la práctica del deporte. «Dale fuerte», o «Machácalo», son gritos que abundan y se mezclan con órdenes de hazle esto o lo otro, insultos al arbitro, y a los contrarios, y estallidos histéricos de las madres que, en ocasiones, son incluso más radicales, posiblemente porque entienden como una agresión contra su hijo cualquier lance normal de juego.
Esto que les comento viene siendo una queja constante de los responsables del fútbol modesto, que se las ven y se las desean para tratar con algunos padres. Y lo que te rondaré morena porque si lo traigo aquí es por la sorpresa que me llevé al leer una noticia que apareció estos días, en letra pequeña, pero que, en mi opinión, tiene una gran trascendencia.
Brahim Abdelkader Díaz, es un niño, de 11 años de edad, que la semana pasada ha sido fichado por el Málaga CF, mediante un contrato suscrito con su padre, a razón de 10.000 euros este año y 20.000 el que viene, más la puesta a disposición de la familia de una confortable vivienda y todos los gastos que la misma conlleve, así como los que correspondan a la educación del chico. No se incluye en el contrato pero también ha tenido que ver, en la decisión final, la promesa de un nuevo contrato laboral para el padre y alguna propina para el abuelo, que es quien lleva al niño a entrenar y lo acompaña en las salidas del equipo.
Seguramente que en ese espejo se mirarán muchos padres. Ahí lo tienen: con 11 años, ganando una pasta y facilitando la vida a su familia. Y todo por darle patadas a la pelotita. Esperemos que el triunfo inmediato y la obtención de dinero no hagan que el niño desarrolle un sentimiento de superioridad y un estilo de vida que lo conviertan en un energúmeno.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
Cuando Serrat cantaba aquello de: «niño deja ya de joder con la pelota», los niños eran más educados que ahora. Había algunos, como el que, seguramente, inspiró a Juan Manuel, que molestaban y daban la vara pero usted iba a un restaurante y los encontraba sentados, portándose como personas. Ahora no, ahora van cargados de juguetes y juegan a sus anchas mientras sus padres comen sin inmutarse y los demás echan pestes. Toca joderse porque si les reclama un mínimo de educación le acusan de intolerante. Lo civilizado es aceptar que los niños tomen el comedor por un parque de atracciones y que usted les aplauda.
Lo del restaurante vale, también, para los aviones, los aeropuertos o cualquier recinto cerrado. No sé quién, pero alguien debería hacerles ver a esos padres la diferencia entre un niño inquieto, educado, y otro asilvestrado o semi salvaje.
La culpa, claro está, no es de los niños, es de los padres. De algunos, por supuesto, pero algunos bastantes porque la excepción confirma lo que no debería ser regla, que los padres entiendan que sus hijos tienen derecho a portarse como les venga en gana.
Con todo, eso no es lo peor. Lo peor viene cuando los niños, a juicio de los padres, se portan mejor de lo que debieran. Y ahí quería llegar porque cualquiera que vaya a ver un partido de fútbol entre alevines o infantiles sabrá de qué hablo. Habrá comprobado que muchos padres reclaman de sus hijos una conducta que nada tiene que ver con la práctica del deporte. «Dale fuerte», o «Machácalo», son gritos que abundan y se mezclan con órdenes de hazle esto o lo otro, insultos al arbitro, y a los contrarios, y estallidos histéricos de las madres que, en ocasiones, son incluso más radicales, posiblemente porque entienden como una agresión contra su hijo cualquier lance normal de juego.
Esto que les comento viene siendo una queja constante de los responsables del fútbol modesto, que se las ven y se las desean para tratar con algunos padres. Y lo que te rondaré morena porque si lo traigo aquí es por la sorpresa que me llevé al leer una noticia que apareció estos días, en letra pequeña, pero que, en mi opinión, tiene una gran trascendencia.
Brahim Abdelkader Díaz, es un niño, de 11 años de edad, que la semana pasada ha sido fichado por el Málaga CF, mediante un contrato suscrito con su padre, a razón de 10.000 euros este año y 20.000 el que viene, más la puesta a disposición de la familia de una confortable vivienda y todos los gastos que la misma conlleve, así como los que correspondan a la educación del chico. No se incluye en el contrato pero también ha tenido que ver, en la decisión final, la promesa de un nuevo contrato laboral para el padre y alguna propina para el abuelo, que es quien lleva al niño a entrenar y lo acompaña en las salidas del equipo.
Seguramente que en ese espejo se mirarán muchos padres. Ahí lo tienen: con 11 años, ganando una pasta y facilitando la vida a su familia. Y todo por darle patadas a la pelotita. Esperemos que el triunfo inmediato y la obtención de dinero no hagan que el niño desarrolle un sentimiento de superioridad y un estilo de vida que lo conviertan en un energúmeno.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
lunes, 27 de junio de 2011
Menos Ayuntamientos y Diputaciones ninguna
Milio Mariño
Reducir el número actual de ayuntamientos es un ejercicio de lógica que no debería plantearse por exigencia de la crisis sino del sentido común. Cualquiera que se tome la molestia de analizar la organización administrativa de España estará de acuerdo en que es todo un lujo que tengamos nada menos que 8.114 Ayuntamientos y 40 Diputaciones Provinciales. Diputaciones que nadie se explica como es que siguen siendo necesarias treinta años después de constituirse el Estado de las Autonomías. Solo el Estatut abordó este tema y estableció la división territorial de Cataluña en siete Veguerías, pero mantuvo la división provincial vigente para no alterar el número de senadores y diputados que Cataluña aporta a las Cortes. Es decir, hicieron como que hacían algo pero estamos en las mismas.
La reducción necesaria, en el caso de los Ayuntamientos, no se justifica para disminuir el número de funcionarios ni por el hecho de que un Ayuntamiento grande vaya a mejorar la eficiencia de uno pequeño. No está demostrado, sino más bien al contrario, que los Ayuntamientos grandes sean más eficaces. Lo que si convendría plantearse es cual seria el tamaño idóneo de un Ayuntamiento, por extensión y numero de habitantes, y cual el de un Ayuntamiento insostenible desde el punto de vista práctico.
Si tomamos Asturias, como ejemplo, resulta que para una población de apenas un millón de habitantes tenemos 78 Ayuntamientos. Una cifra que parece excesiva pero que se queda en nada si la comparamos con Zamora que, con solo 194.214 habitantes, tiene la friolera de 248 municipios. El triple que Asturias y, además, una Diputación Provincial. Un autentico disparate que nadie se ha preocupado de corregir ni hay indicios de que vaya a corregirse en los próximos años.
El caso de Zamora no es único, hay otras provincias que arrojan datos muy parecidos. Y ante una realidad que quizá intuíamos pero no separábamos que llegara a tales extremos, seguro que coincidimos en que no hay Estado que resista el coste de una división administrativa que ha quedado desfasada y no responde a la realidad, pues mientras los habitantes y los servicios se agrupan, por pura necesidad, en núcleos de población más grandes la estructura administrativa se mantiene intacta en poblaciones cada vez más reducidas, más envejecidas y menos contribuyentes.
La división administrativa de España data de 1833, cuando se acometió la reforma en base a crear un Estado centralizado dividido en provincias. De aquella división resultaron 49, tomándose como criterios, además de la coherencia geográfica y que tuvieran entre 100.000 y 400.000 habitantes, que desde el punto más alejado de la provincia debería poder llegarse a la capital en un solo día. Resultaron 49 cuando deberían haber sido 48 pues, al decir de algunos, Canovas del Castillo se inventó Cuenca por un compromiso que tenia con un amigo.
Anécdotas aparte, plantear la necesaria reducción de Ayuntamientos desde una Comarca, relativamente pequeña, en la que dos de ellos parecen la continuidad urbana del principal puede llevarnos a pensar que, en nuestro caso, la solución sería sencilla. Bastaría que Avilés absorbiera a los otros dos. No es tan fácil, no estamos hablando de Concejos con unos cientos de habitantes. Hablamos, sin que pretenda suscitar ninguna polémica, de racionalidad y eficacia. De que Illas, por ejemplo, podría estar integrado en Avilés o Corvera y Castrillón podría llegar hasta Soto del Barco.
Reducir el número actual de ayuntamientos es un ejercicio de lógica que no debería plantearse por exigencia de la crisis sino del sentido común. Cualquiera que se tome la molestia de analizar la organización administrativa de España estará de acuerdo en que es todo un lujo que tengamos nada menos que 8.114 Ayuntamientos y 40 Diputaciones Provinciales. Diputaciones que nadie se explica como es que siguen siendo necesarias treinta años después de constituirse el Estado de las Autonomías. Solo el Estatut abordó este tema y estableció la división territorial de Cataluña en siete Veguerías, pero mantuvo la división provincial vigente para no alterar el número de senadores y diputados que Cataluña aporta a las Cortes. Es decir, hicieron como que hacían algo pero estamos en las mismas.
La reducción necesaria, en el caso de los Ayuntamientos, no se justifica para disminuir el número de funcionarios ni por el hecho de que un Ayuntamiento grande vaya a mejorar la eficiencia de uno pequeño. No está demostrado, sino más bien al contrario, que los Ayuntamientos grandes sean más eficaces. Lo que si convendría plantearse es cual seria el tamaño idóneo de un Ayuntamiento, por extensión y numero de habitantes, y cual el de un Ayuntamiento insostenible desde el punto de vista práctico.
Si tomamos Asturias, como ejemplo, resulta que para una población de apenas un millón de habitantes tenemos 78 Ayuntamientos. Una cifra que parece excesiva pero que se queda en nada si la comparamos con Zamora que, con solo 194.214 habitantes, tiene la friolera de 248 municipios. El triple que Asturias y, además, una Diputación Provincial. Un autentico disparate que nadie se ha preocupado de corregir ni hay indicios de que vaya a corregirse en los próximos años.
El caso de Zamora no es único, hay otras provincias que arrojan datos muy parecidos. Y ante una realidad que quizá intuíamos pero no separábamos que llegara a tales extremos, seguro que coincidimos en que no hay Estado que resista el coste de una división administrativa que ha quedado desfasada y no responde a la realidad, pues mientras los habitantes y los servicios se agrupan, por pura necesidad, en núcleos de población más grandes la estructura administrativa se mantiene intacta en poblaciones cada vez más reducidas, más envejecidas y menos contribuyentes.
La división administrativa de España data de 1833, cuando se acometió la reforma en base a crear un Estado centralizado dividido en provincias. De aquella división resultaron 49, tomándose como criterios, además de la coherencia geográfica y que tuvieran entre 100.000 y 400.000 habitantes, que desde el punto más alejado de la provincia debería poder llegarse a la capital en un solo día. Resultaron 49 cuando deberían haber sido 48 pues, al decir de algunos, Canovas del Castillo se inventó Cuenca por un compromiso que tenia con un amigo.
Anécdotas aparte, plantear la necesaria reducción de Ayuntamientos desde una Comarca, relativamente pequeña, en la que dos de ellos parecen la continuidad urbana del principal puede llevarnos a pensar que, en nuestro caso, la solución sería sencilla. Bastaría que Avilés absorbiera a los otros dos. No es tan fácil, no estamos hablando de Concejos con unos cientos de habitantes. Hablamos, sin que pretenda suscitar ninguna polémica, de racionalidad y eficacia. De que Illas, por ejemplo, podría estar integrado en Avilés o Corvera y Castrillón podría llegar hasta Soto del Barco.
lunes, 20 de junio de 2011
Saltar la hoguera o echar leña al fuego
Milio Mariño
He llegado a la conclusión de que para purificar mi espíritu y acabar con la empanada mental que tengo me vendría muy bien saltar sobre la hoguera de San Juan, aun a riesgo de quemarme y salir chamuscado. Mi agilidad no es la que era, de modo que me expongo a que las quemaduras se sumen a la estopa que me están dando, por arriba y por abajo. Me la dan los «indignados», que respondieron al artículo de la semana pasada poniéndome a caer de un burro y me la da mi padre que, con 85 años, me cogió por banda y me dijo que le explicara cómo fue que los de Sol se tiraron un mes en la calle, así por las buenas. Si es que no estudian ni trabajan ni tienen nada que hacer, pues no veía lógico que, a su edad, se dedicaran a rotular tonterías en un cartón mientras sus padres estarían trabajando para darles de comer. Tampoco veía qué pintaban allí algunos de los que llama yeyés, gente que, según él, ya se le ha pasado el arroz y su presencia le recordaba las concentraciones de viejos moteros, algunos con chupa y todo, que parecían sacados de esas películas americanas que los presentan como niños grandes, o medio tontos.
-Qué sé yo papá.
-Pues deberías saberlo porque he leído que los defiendes. Y lo que yo entiendo que piden, lejos de ser algo nuevo, es que todo vuelva a ser como antes. Antes de no sé cuándo. Quizá cuando gobernaba Aznar, porque los votos de mayo no son de la gente de mi edad, nosotros no pusimos ahí al PP; los viejos sabemos la leche que dan. Así es que no entiendo que los «indignados» pasen días y días reunidos en asambleas y luego levanten las manos como quien dice: «A mí que me registren».
-Son otros tiempos, papá. Tú hablas del 36; hablas por ti y por el abuelo, que andaba, pistola al cinto, defendiendo los postulados de la FAI. Aquello de colectivizar los bancos, las tierras, las industrias y el municipalismo libertario. Los de Sol no han oído hablar, ni quieren saber nada, de Bakunin. No pretenden destruir el Estado y todos los poderes para acabar con la injusticia social. Son otra cosa. Es un desafío que se apoya en la no violencia, el respeto, el lenguaje despolitizado, la apertura sin límites y la búsqueda del consenso. Es una especie de politización despolitizada. Una alternativa simpática y radical que está intentando nacer, pero que todavía no ha nacido ni tiene entidad. Es la contradicción entre el querer, el saber y el poder. Lo dice Stéphane Hessel en ese pequeño libro titulado «¡Indignaos!».
-O sea que, según tú, están que muerden, pero no piensan morder. No me extraña. Se movilizaron por lo que dice alguien más viejo que yo, 93 años, que escribió un libro que, aquí, prologó José Luis Sampedro, otro que también pasa de los 90 y tiene el mérito de haber desertado del Ejército republicano para hacer la guerra con Franco. Entiendo lo de la empanada mental. No eres tan viejo como yo ni tan joven como ellos. Eres de los que estuvieron dudando entre ruptura y consenso. Y ahora, vuelta la burra al trigo, tampoco sabes si saltar sobre la hoguera o echar leña al fuego.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
He llegado a la conclusión de que para purificar mi espíritu y acabar con la empanada mental que tengo me vendría muy bien saltar sobre la hoguera de San Juan, aun a riesgo de quemarme y salir chamuscado. Mi agilidad no es la que era, de modo que me expongo a que las quemaduras se sumen a la estopa que me están dando, por arriba y por abajo. Me la dan los «indignados», que respondieron al artículo de la semana pasada poniéndome a caer de un burro y me la da mi padre que, con 85 años, me cogió por banda y me dijo que le explicara cómo fue que los de Sol se tiraron un mes en la calle, así por las buenas. Si es que no estudian ni trabajan ni tienen nada que hacer, pues no veía lógico que, a su edad, se dedicaran a rotular tonterías en un cartón mientras sus padres estarían trabajando para darles de comer. Tampoco veía qué pintaban allí algunos de los que llama yeyés, gente que, según él, ya se le ha pasado el arroz y su presencia le recordaba las concentraciones de viejos moteros, algunos con chupa y todo, que parecían sacados de esas películas americanas que los presentan como niños grandes, o medio tontos.
-Qué sé yo papá.
-Pues deberías saberlo porque he leído que los defiendes. Y lo que yo entiendo que piden, lejos de ser algo nuevo, es que todo vuelva a ser como antes. Antes de no sé cuándo. Quizá cuando gobernaba Aznar, porque los votos de mayo no son de la gente de mi edad, nosotros no pusimos ahí al PP; los viejos sabemos la leche que dan. Así es que no entiendo que los «indignados» pasen días y días reunidos en asambleas y luego levanten las manos como quien dice: «A mí que me registren».
-Son otros tiempos, papá. Tú hablas del 36; hablas por ti y por el abuelo, que andaba, pistola al cinto, defendiendo los postulados de la FAI. Aquello de colectivizar los bancos, las tierras, las industrias y el municipalismo libertario. Los de Sol no han oído hablar, ni quieren saber nada, de Bakunin. No pretenden destruir el Estado y todos los poderes para acabar con la injusticia social. Son otra cosa. Es un desafío que se apoya en la no violencia, el respeto, el lenguaje despolitizado, la apertura sin límites y la búsqueda del consenso. Es una especie de politización despolitizada. Una alternativa simpática y radical que está intentando nacer, pero que todavía no ha nacido ni tiene entidad. Es la contradicción entre el querer, el saber y el poder. Lo dice Stéphane Hessel en ese pequeño libro titulado «¡Indignaos!».
-O sea que, según tú, están que muerden, pero no piensan morder. No me extraña. Se movilizaron por lo que dice alguien más viejo que yo, 93 años, que escribió un libro que, aquí, prologó José Luis Sampedro, otro que también pasa de los 90 y tiene el mérito de haber desertado del Ejército republicano para hacer la guerra con Franco. Entiendo lo de la empanada mental. No eres tan viejo como yo ni tan joven como ellos. Eres de los que estuvieron dudando entre ruptura y consenso. Y ahora, vuelta la burra al trigo, tampoco sabes si saltar sobre la hoguera o echar leña al fuego.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 13 de junio de 2011
Los políticos también están indignados
Milio Mariño
Un amigo me puso en la pista de que el número de indignados no solo va en aumento sino que se ha extendido a la clase política, pues según sus noticias, el movimiento por un Electorado Sensato y la Plataforma 23-M, dos organizaciones que surgieron a raíz de las elecciones, han mostrado su indignación por la poca seriedad de la gente, la corrupción mental de los electores y su escaso rigor democrático.
De momento no han hecho nada pero no están dispuestos a permanecer impasibles ante las protestas y caceroladas de que son objeto. Dicen que tienen razones más que sobradas para indignarse. Reclaman más rigor, menos despilfarro del voto y una verdadera regeneración ética que ponga fin a los criterios de chicha y nabo por los que, de un tiempo a esta parte, los electores vienen rigiéndose. Ponen como ejemplo que un elector mil eurista, con un empleo en precario, que hace dos años compró un piso de 300.000 euros, un coche de gama media, un camión de muebles de Ikea y firmó una hipoteca que afectará incluso a sus nietos, es realmente indignante que reclame, de los políticos, más rigor en el gasto. También señalan que les causa indignación y sonrojo que los electores clamen contra la corrupción y utilicen el voto para encumbrar en un cargo publico a personajes como Rafael Gómez, «Sandokan», imputado en la operación Malaya, que debe al Ayuntamiento de Córdoba, del que ahora es concejal electo, 24,6 millones de euros y ha confesado que en su vida ha leído un libro ni piensa leerlo.
Los ejemplos citados, dicen los políticos que son solo una muestra de las pruebas que tienen en su poder ya que, en apenas quince días, han logrado reunir un auténtico dossier de utilización escandalosa del voto que los ha llevado a revelarse y manifestar que están hartos de un electorado que, desde luego, no se merecen.
Si son, o no, razones para indignarse se lo dejo a ustedes. Por una vez, y sin que sirva de precedente, prefiero no mojarme. Me limito a trasladarles lo que, el sábado, era un clamor en la toma de posesión de los nuevos alcaldes y concejales. De lo que pasaba afuera, y no de la nueva legislatura, era de lo que hablaban. Muchos, la gran mayoría, no entendían los gritos, ni las cacerolas, ni los chorizos ni que la policía tuviera que protegerles, antes de tomar posesión del cargo, de quienes no hace un mes les habían votado.
No les oculto que quizá estuvieran más afectados los que perdieron que los que ganaron, pero todos estaban realmente indignados, de modo que, para hacerse respetar, no les queda otra que sumarse a la moda de protestar en la calle y montar sus tenderetes y sus tiendas de campaña frente a las Consistoriales. Dicen que si no lo han hecho ya no es por falta de ganas sino porque seria un lío de iglús y cochambre, apenas quedaría sitio, estarían todos mezclados y una nueva incorporación haría que los comerciantes reclamaran apoyo psiquiátrico, pero no descartan protagonizar una sonora protesta, antes de que llegue el otoño.
Lo malo que si los electores están indignados, los políticos también, los sindicatos otro tanto y los empresarios iden de lienzo, ya me dirán contra quien protestamos. Igual contra nosotros mismos. Sería lo más acertado.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
Un amigo me puso en la pista de que el número de indignados no solo va en aumento sino que se ha extendido a la clase política, pues según sus noticias, el movimiento por un Electorado Sensato y la Plataforma 23-M, dos organizaciones que surgieron a raíz de las elecciones, han mostrado su indignación por la poca seriedad de la gente, la corrupción mental de los electores y su escaso rigor democrático.
De momento no han hecho nada pero no están dispuestos a permanecer impasibles ante las protestas y caceroladas de que son objeto. Dicen que tienen razones más que sobradas para indignarse. Reclaman más rigor, menos despilfarro del voto y una verdadera regeneración ética que ponga fin a los criterios de chicha y nabo por los que, de un tiempo a esta parte, los electores vienen rigiéndose. Ponen como ejemplo que un elector mil eurista, con un empleo en precario, que hace dos años compró un piso de 300.000 euros, un coche de gama media, un camión de muebles de Ikea y firmó una hipoteca que afectará incluso a sus nietos, es realmente indignante que reclame, de los políticos, más rigor en el gasto. También señalan que les causa indignación y sonrojo que los electores clamen contra la corrupción y utilicen el voto para encumbrar en un cargo publico a personajes como Rafael Gómez, «Sandokan», imputado en la operación Malaya, que debe al Ayuntamiento de Córdoba, del que ahora es concejal electo, 24,6 millones de euros y ha confesado que en su vida ha leído un libro ni piensa leerlo.
Los ejemplos citados, dicen los políticos que son solo una muestra de las pruebas que tienen en su poder ya que, en apenas quince días, han logrado reunir un auténtico dossier de utilización escandalosa del voto que los ha llevado a revelarse y manifestar que están hartos de un electorado que, desde luego, no se merecen.
Si son, o no, razones para indignarse se lo dejo a ustedes. Por una vez, y sin que sirva de precedente, prefiero no mojarme. Me limito a trasladarles lo que, el sábado, era un clamor en la toma de posesión de los nuevos alcaldes y concejales. De lo que pasaba afuera, y no de la nueva legislatura, era de lo que hablaban. Muchos, la gran mayoría, no entendían los gritos, ni las cacerolas, ni los chorizos ni que la policía tuviera que protegerles, antes de tomar posesión del cargo, de quienes no hace un mes les habían votado.
No les oculto que quizá estuvieran más afectados los que perdieron que los que ganaron, pero todos estaban realmente indignados, de modo que, para hacerse respetar, no les queda otra que sumarse a la moda de protestar en la calle y montar sus tenderetes y sus tiendas de campaña frente a las Consistoriales. Dicen que si no lo han hecho ya no es por falta de ganas sino porque seria un lío de iglús y cochambre, apenas quedaría sitio, estarían todos mezclados y una nueva incorporación haría que los comerciantes reclamaran apoyo psiquiátrico, pero no descartan protagonizar una sonora protesta, antes de que llegue el otoño.
Lo malo que si los electores están indignados, los políticos también, los sindicatos otro tanto y los empresarios iden de lienzo, ya me dirán contra quien protestamos. Igual contra nosotros mismos. Sería lo más acertado.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 6 de junio de 2011
Gatos, perros y otros animales domésticos
Milio Mariño
Como imagino que ya estarán hartos de leer artículos sobre el resultado de las elecciones y comentarios tan atinados como el firmado por el columnista de un diario de Madrid, que decía que la mayoría de los votantes del PSOE echaban tanto de menos una verdadera política de izquierdas que por eso había ganado el PP, me he propuesto no insistir en lo mismo y hablarles de los animales domésticos. Sé que parece una broma pero espero que lo tomen en serio y al final compartan conmigo que no está mal traído hablar de animales después de las elecciones.
Los animales, sobre todo los domésticos, se parecen mucho a nosotros. Se parecen tanto que, para mí, los perros y los gatos no son tan enemigos como el tópico los pinta. Somos nosotros los que insistimos en esa enemistad y lo hacemos hasta el punto de que muchas personas no entienden el amor por uno sin el odio al otro. Circunstancia que nos ha llevado a la situación de que haya gente que deteste a los dos y busque animales distintos por aquello de que ya están hartos de tener que pronunciarse a favor de unos u otros.
No habría nada que objetar, estaríamos ante el simple ejercicio de la pluralidad animal, a la que todo humano tiene derecho, si no fuera que la consecuencia, de que adoptemos animales raros y, sobre todo, exóticos, entraña el riesgo de una fractura en el ecosistema y pone en peligro el equilibrio de las especies.
Aparentemente no pasa nada pero así, sin quererlo, desaparecieron muchos mamíferos. Y más que pueden desaparecer porque España, y Asturias en concreto, está sometida a una explotación desmedida de sus recursos naturales y eso obliga a que los animales tengan que modificar su hábitat natural para buscar otras áreas donde satisfacer las necesidades vitales.
Nada impide que usted adopte el animal que quiera pero conviene ser prudentes ya que los animales que llegan del otro lado del Pajares, nadie sabe como pueden comportarse. Es más, cabe la sospecha de que, quienes les abren sus puertas y los adoptan como capricho, por despecho o por hartazgo hacia los tradicionales gatos y perros, se olviden pronto de ellos y los abandonen pasado un tiempo. De modo que no todo vale cuando se trata de elegir animal doméstico. No vale porque aun estamos lejos de llegar a lo que profetizaba Isaías. Aquello de: “Habitará el lobo con el cordero, el pardo se echará con el cabrito, el león y la oveja andarán juntos y las fieras comerán hierba como el buey”.
Comprendo que haya gente, cansada del perro, el gato y de ese tercero en discordia que es el gochu vietnamita, que adopta un animal cualquiera. Un animal que, seguramente, tendrá dificultades para adaptarse. Pero, lo malo no es eso, lo malo es que si el animal, finalmente, se adapta tampoco desaparece el peligro pues podría llevarlo al cruce con otras especies, que le parezcan afines, y entonces resultaría un engendro de consecuencias imprevisibles.
La culpa de que les haya hablado de los animales domésticos la tiene un ratón: que unos piensan que lo caza mejor el gato, otros que el perro y algunos que la solución es un pulpo. Pero, como les dije al principio, es puro entretenimiento, no tiene nada que ver con la política, así que no insistan en buscarle similitudes.
Milio Mariño / Artículo de Opinión
Como imagino que ya estarán hartos de leer artículos sobre el resultado de las elecciones y comentarios tan atinados como el firmado por el columnista de un diario de Madrid, que decía que la mayoría de los votantes del PSOE echaban tanto de menos una verdadera política de izquierdas que por eso había ganado el PP, me he propuesto no insistir en lo mismo y hablarles de los animales domésticos. Sé que parece una broma pero espero que lo tomen en serio y al final compartan conmigo que no está mal traído hablar de animales después de las elecciones.
Los animales, sobre todo los domésticos, se parecen mucho a nosotros. Se parecen tanto que, para mí, los perros y los gatos no son tan enemigos como el tópico los pinta. Somos nosotros los que insistimos en esa enemistad y lo hacemos hasta el punto de que muchas personas no entienden el amor por uno sin el odio al otro. Circunstancia que nos ha llevado a la situación de que haya gente que deteste a los dos y busque animales distintos por aquello de que ya están hartos de tener que pronunciarse a favor de unos u otros.
No habría nada que objetar, estaríamos ante el simple ejercicio de la pluralidad animal, a la que todo humano tiene derecho, si no fuera que la consecuencia, de que adoptemos animales raros y, sobre todo, exóticos, entraña el riesgo de una fractura en el ecosistema y pone en peligro el equilibrio de las especies.
Aparentemente no pasa nada pero así, sin quererlo, desaparecieron muchos mamíferos. Y más que pueden desaparecer porque España, y Asturias en concreto, está sometida a una explotación desmedida de sus recursos naturales y eso obliga a que los animales tengan que modificar su hábitat natural para buscar otras áreas donde satisfacer las necesidades vitales.
Nada impide que usted adopte el animal que quiera pero conviene ser prudentes ya que los animales que llegan del otro lado del Pajares, nadie sabe como pueden comportarse. Es más, cabe la sospecha de que, quienes les abren sus puertas y los adoptan como capricho, por despecho o por hartazgo hacia los tradicionales gatos y perros, se olviden pronto de ellos y los abandonen pasado un tiempo. De modo que no todo vale cuando se trata de elegir animal doméstico. No vale porque aun estamos lejos de llegar a lo que profetizaba Isaías. Aquello de: “Habitará el lobo con el cordero, el pardo se echará con el cabrito, el león y la oveja andarán juntos y las fieras comerán hierba como el buey”.
Comprendo que haya gente, cansada del perro, el gato y de ese tercero en discordia que es el gochu vietnamita, que adopta un animal cualquiera. Un animal que, seguramente, tendrá dificultades para adaptarse. Pero, lo malo no es eso, lo malo es que si el animal, finalmente, se adapta tampoco desaparece el peligro pues podría llevarlo al cruce con otras especies, que le parezcan afines, y entonces resultaría un engendro de consecuencias imprevisibles.
La culpa de que les haya hablado de los animales domésticos la tiene un ratón: que unos piensan que lo caza mejor el gato, otros que el perro y algunos que la solución es un pulpo. Pero, como les dije al principio, es puro entretenimiento, no tiene nada que ver con la política, así que no insistan en buscarle similitudes.
Milio Mariño / Artículo de Opinión
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