Dice mi amigo Jaime Luís Martín, en su crónica de arte que hoy publica en La Nueva España, que no se puede obviar que la superficie del cuerpo es comparable a una pantalla sobre la que se van proyectando la vida y los acontecimientos.
Acierta de cine. Y vuelve acertar cuando, citando Lyotard, se refiere a una superficie llena de agujeros, que son parte de la piel y se desplazan hacia el interior.
No había yo caído en la deriva dermatológica del arte contemporáneo. No estoy al tanto, por eso nunca le agradeceré bastante que me abra los ojos y me haga ver que el impresionismo epitelial, más que una tendencia, es una realidad que ha tomado cuerpo y se impone de forma imparable.
Ahí está, sin ir más lejos, el meritorio trabajo de los artistas de FBI, que con su recreación sobre la cara de Osama Bin Laden, acaban de lograr un impacto sin precedentes. Y otro tanto se puede decir de las instalaciones, en soporte de Telediario, que nos han deparado los cuerpos mutilados, retorcidos, amontonados, colgados, atrapados, linchados... de Haití.
A partir de ya pienso seguir, con más atención, la obra los artistas de pincel y, también, de los de cámara en ristre, y los de bisturí y jeringuilla.
No sé si podré con tanto pero todo sea por el arte. Incluido el arte dermatológico, que desarrolla su recorrido existencial y creativo evocándonos cicatrices, catástrofes, pieles y caras de distinto pelaje, siempre a caballo entre el Sur y el Norte.
miércoles, 27 de enero de 2010
martes, 26 de enero de 2010
El timo de la Gripe-A
Como los lunes, en Avilés, siempre son fiesta uno aprovecha para salir y dar una vuelta por Las Meanas. Y en esas estaba, tomando un café, cuando me abordaron dos prebostes locales para reprocharme, periódico en mano, que dijera lo que decía el lunes pasado; aquello de que los políticos, en general, son más tontos ahora que en ninguna otra época.
Me sorprendió que se dieran por aludidos. El artículo apuntaba más alto. No obstante, como tampoco estoy por hacer distinciones, puedo incluirlos, si quieren, entre los muchos patanes que pueblan los Ayuntamientos. La tontería lo invade todo, viene a ser como una pandemia para la que nadie busca remedio porque no produce alarmismo. La población está tan acostumbrada a las bobadas de los políticos que ha acabado por asumirlas como un mal menor. Como la gripe común.
Si señor. Pero eso no quiere decir que la población sea tonta. La población sabe muy bien hasta donde pueden llegar los políticos con sus tonterías y por más que le metan miedo reacciona como cuando oyó lo de la gripe A; que nunca se creyó del todo que fuera a producir millones de muertos. Prueba de ello es que el Ministerio de Sanidad encargó 37 millones de vacunas, recibió trece, repartió nueve y sólo se vacunaron dos millones de españoles.
Me refiero a la Gripe A porque, comentando aquel artículo, los prebostes argumentaban que el trabajo de los políticos es, cada vez, más difícil. Y en vista de que no debían tener muy claro que fuera a entender lo que decían, pusieron como ejemplo la que podría haberse liado si no anduvieran listos y adoptaran las precauciones que adoptaron para atajar la pandemia.
Estoy de acuerdo, con la salud no se juega. Cualquier precaución es poca, pero la sensación general, lo que pensamos la mayoría, es que los políticos picaron como pardillos y contribuyeron a que los laboratorios hicieran su agosto. Las vacunas fueron compradas sin tener garantías de su eficacia ni de su seguridad. Los Gobiernos se gastaron un pastón en un producto que tendrán que tirar a la basura. Y no les quiero contar lo costoso y hasta ridículo de otras medidas de prevención que fueron tomadas, de prisa y corriendo, sin reparar en gastos.
Eso fue lo que sucedió. Lo malo que, ahora, nadi habla del asunto. Es como si, en vista de que no hubo ni apenas hay gripe, dieran por bien empleado todo lo que gastaron. No quieren ni oír mentar lo que dijo, en el Consejo de Europa, el parlamentario alemán y médico epidemiólogo Wolfgang Wodarg, quien sostiene que los laboratorios y la OMS incitaron a los Gobiernos a destinar ingentes sumas de dinero para favorecer estrategias de vacunación ineficaces y que eso se hizo, deliberadamente, para beneficiar a la industria farmacéutica.
La acusación apunta tan alto que dudo que pueda probarse. Todo indica que hemos sido manipulados y que, además, hubo incompetencia política. Los políticos no estuvieron listos, se les hizo el culo agua cuando los laboratorios y algunos científicos pusieron sus preediciones sobre la mesa. Creyeron que había motivos para tomarse en serio la amenaza. Y eso, hasta cierto punto, es disculpable. Lo que no tiene disculpa es que callen y no pidan responsabilidades. Si no las piden, si no salen a la palestra y nos dicen qué fue lo que realmente pasó, es lógico que los veamos como cómplices de una estafa. Y, para mí, es peor quedar por cómplice que por tonto.
Me sorprendió que se dieran por aludidos. El artículo apuntaba más alto. No obstante, como tampoco estoy por hacer distinciones, puedo incluirlos, si quieren, entre los muchos patanes que pueblan los Ayuntamientos. La tontería lo invade todo, viene a ser como una pandemia para la que nadie busca remedio porque no produce alarmismo. La población está tan acostumbrada a las bobadas de los políticos que ha acabado por asumirlas como un mal menor. Como la gripe común.
Si señor. Pero eso no quiere decir que la población sea tonta. La población sabe muy bien hasta donde pueden llegar los políticos con sus tonterías y por más que le metan miedo reacciona como cuando oyó lo de la gripe A; que nunca se creyó del todo que fuera a producir millones de muertos. Prueba de ello es que el Ministerio de Sanidad encargó 37 millones de vacunas, recibió trece, repartió nueve y sólo se vacunaron dos millones de españoles.
Me refiero a la Gripe A porque, comentando aquel artículo, los prebostes argumentaban que el trabajo de los políticos es, cada vez, más difícil. Y en vista de que no debían tener muy claro que fuera a entender lo que decían, pusieron como ejemplo la que podría haberse liado si no anduvieran listos y adoptaran las precauciones que adoptaron para atajar la pandemia.
Estoy de acuerdo, con la salud no se juega. Cualquier precaución es poca, pero la sensación general, lo que pensamos la mayoría, es que los políticos picaron como pardillos y contribuyeron a que los laboratorios hicieran su agosto. Las vacunas fueron compradas sin tener garantías de su eficacia ni de su seguridad. Los Gobiernos se gastaron un pastón en un producto que tendrán que tirar a la basura. Y no les quiero contar lo costoso y hasta ridículo de otras medidas de prevención que fueron tomadas, de prisa y corriendo, sin reparar en gastos.
Eso fue lo que sucedió. Lo malo que, ahora, nadi habla del asunto. Es como si, en vista de que no hubo ni apenas hay gripe, dieran por bien empleado todo lo que gastaron. No quieren ni oír mentar lo que dijo, en el Consejo de Europa, el parlamentario alemán y médico epidemiólogo Wolfgang Wodarg, quien sostiene que los laboratorios y la OMS incitaron a los Gobiernos a destinar ingentes sumas de dinero para favorecer estrategias de vacunación ineficaces y que eso se hizo, deliberadamente, para beneficiar a la industria farmacéutica.
La acusación apunta tan alto que dudo que pueda probarse. Todo indica que hemos sido manipulados y que, además, hubo incompetencia política. Los políticos no estuvieron listos, se les hizo el culo agua cuando los laboratorios y algunos científicos pusieron sus preediciones sobre la mesa. Creyeron que había motivos para tomarse en serio la amenaza. Y eso, hasta cierto punto, es disculpable. Lo que no tiene disculpa es que callen y no pidan responsabilidades. Si no las piden, si no salen a la palestra y nos dicen qué fue lo que realmente pasó, es lógico que los veamos como cómplices de una estafa. Y, para mí, es peor quedar por cómplice que por tonto.
viernes, 22 de enero de 2010
La miopía del ordenador como la del masturbador
Una prueba evidente de que los políticos son más tontos ahora que en ninguna otra época es su desvergüenza. Hace unos años, no demasiados, a ningún político se le habría ocurrido decir que los niños que usen un ordenador personal acabarán siendo miopes. Antes tenían más cuidado de no decir tonterías.Eran conscientes de que los ciudadanos habíamos espabilado lo suficiente como para saber que la miopía no se genera por el uso de ese aparato ni tampoco del otro; de aquel que, según los curas, podía dejarnos ciegos si insistíamos en la costumbre de tocarnos entre las piernas.
En aquel tiempo, pongamos hace veinte años, políticos y ciudadanos íbamos, mal que bien, a la par.Ahora no. Ahora la sociedad evidencia un desapego y una desconfianza, hacia quienes se dedican a la política, que debe entenderse no como un tópico, sino como la consecuencia de un proceso degenerativo propiciado por la excesiva acumulación de poder, la no autocrítica y, sobre todo, de haber perdido la desvergüenza y vivir muy al margen de la sociedad. Solo así se explica que alguien sea capaz de decir que los niños que usen un ordenador personal, con una pantalla de diez pugadas, corren el riesgo de quedarse miopes. Y quien lo dice no es cualquiera, es el Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid. Un político, alto cargo de un partido, el PP, que trata de convencernos de que ellos gobernarían mejor.
Indicios que desbaratan semejante hipótesis hay para llenar varios folios. Este que comentamos es, solo, una muestra, una más, de las muchas tonterías que suelen decir algunos políticos con mando en plaza.
Quienes mandan en la Comunidad de Madrid han decidido que los niños madrileños no tengan ordenador. Consideran, junto con los de la Comunidad Valenciana, que el modelo de "portátil" que propone el Gobierno perjudica la salud visual. Excusa con la que tratan de darle una bofetada a Zapatero y acaban dándosela a los niños.
No es nuevo que los políticos de ciertas Comunidades utilicen lo que haga falta para dejar patente su enfrentamiento personal con el Presidente del Gobierno,aunque ello suponga restar servicios y derechos a los ciudadanos.
Una primera reflexión podría llevarnos a pensar que si los votantes de dichas Comunidades están dispuestos a renunciar a determinados bienes a cambio del placer de ver a sus líderes insultando a Zapatero, allá ellos. Podría ser una reflexión válida si no fuera que también se quedan sin prestaciones quienes no los votan o no están de acuerdo en que se les utilicie para dejar patente el enfrentamiento. Y son muchas las víctimas.
Las víctimas son quienes tienen menos recursos. Los que tienen posibles mandan a sus hijos a buenos, y caros, colegios de pago y les compran ordenadores de última generación. Ese es el tema. Una cuestión que viene a sumarse a la actitud de esas dos Comunidades, la madrileña y la valenciana, en cuanto a las trabas que están poniendo para aplicar la Ley de Dependencia. Se agarran a las excusas más peregrinas para negarles, a los más necesitados, las ayudas a las que tienen derecho y que Zapatero no se apunte el tanto.
Tamaña desvergüenza no era pensable hace unos años. Había más respeto Institucional y más respeto por los ciudadanos. Por eso que la impresión que uno tiene, cuando ve todo esto y oye cosas como que los ordenadores producen miopía, es que nos toman por tontos. De ahí que parezca oportuno dejar constancia de que los tontos son ellos por más que alguien les haya elegido para gobernarnos.
En aquel tiempo, pongamos hace veinte años, políticos y ciudadanos íbamos, mal que bien, a la par.Ahora no. Ahora la sociedad evidencia un desapego y una desconfianza, hacia quienes se dedican a la política, que debe entenderse no como un tópico, sino como la consecuencia de un proceso degenerativo propiciado por la excesiva acumulación de poder, la no autocrítica y, sobre todo, de haber perdido la desvergüenza y vivir muy al margen de la sociedad. Solo así se explica que alguien sea capaz de decir que los niños que usen un ordenador personal, con una pantalla de diez pugadas, corren el riesgo de quedarse miopes. Y quien lo dice no es cualquiera, es el Consejero de Educación de la Comunidad de Madrid. Un político, alto cargo de un partido, el PP, que trata de convencernos de que ellos gobernarían mejor.
Indicios que desbaratan semejante hipótesis hay para llenar varios folios. Este que comentamos es, solo, una muestra, una más, de las muchas tonterías que suelen decir algunos políticos con mando en plaza.
Quienes mandan en la Comunidad de Madrid han decidido que los niños madrileños no tengan ordenador. Consideran, junto con los de la Comunidad Valenciana, que el modelo de "portátil" que propone el Gobierno perjudica la salud visual. Excusa con la que tratan de darle una bofetada a Zapatero y acaban dándosela a los niños.
No es nuevo que los políticos de ciertas Comunidades utilicen lo que haga falta para dejar patente su enfrentamiento personal con el Presidente del Gobierno,aunque ello suponga restar servicios y derechos a los ciudadanos.
Una primera reflexión podría llevarnos a pensar que si los votantes de dichas Comunidades están dispuestos a renunciar a determinados bienes a cambio del placer de ver a sus líderes insultando a Zapatero, allá ellos. Podría ser una reflexión válida si no fuera que también se quedan sin prestaciones quienes no los votan o no están de acuerdo en que se les utilicie para dejar patente el enfrentamiento. Y son muchas las víctimas.
Las víctimas son quienes tienen menos recursos. Los que tienen posibles mandan a sus hijos a buenos, y caros, colegios de pago y les compran ordenadores de última generación. Ese es el tema. Una cuestión que viene a sumarse a la actitud de esas dos Comunidades, la madrileña y la valenciana, en cuanto a las trabas que están poniendo para aplicar la Ley de Dependencia. Se agarran a las excusas más peregrinas para negarles, a los más necesitados, las ayudas a las que tienen derecho y que Zapatero no se apunte el tanto.
Tamaña desvergüenza no era pensable hace unos años. Había más respeto Institucional y más respeto por los ciudadanos. Por eso que la impresión que uno tiene, cuando ve todo esto y oye cosas como que los ordenadores producen miopía, es que nos toman por tontos. De ahí que parezca oportuno dejar constancia de que los tontos son ellos por más que alguien les haya elegido para gobernarnos.
lunes, 11 de enero de 2010
Empezar dando los buenos días
Hace poco leí que en época de crisis la gente se vuelve más educada. Eso decía un estudio de no recuerdo que universidad, que cuando la crisis aprieta las personas procuran ofrecer, de si mismas, una imagen correcta cuidando más los modales y demostrando un mayor respeto, en la creencia de que así tendrán más posibilidades de éxito y serán mejor aceptadas.
A ver si es verdad. A ver si la crisis sirve aunque solo sea para eso, para corrregir los malos modales y una falta de cortesía verbal y pedestre cada vez más alarmante porque no sé ustedes pero yo doy los buenos días a todo bicho viviente y solo me contestan los que tienen mi edad y de ahí para arriba. Hablo de los buenos días no entro en otras profundidades como ceder el asiento o tratar al profesor de usted, que hace tiempo dejaron de ser muestras de educación y respeto para convertirse en antiguallas que solo usan los viejos y algunos nostálgicos.
Hay quien asegura que la culpa de qué nos hayamos vuelto maleducados y desagradecidos la tiene la vida. Que la vida, al parecer, es ahora tan dura que la única forma de enfrentarse a ella con éxito es ser exigente, inculto, maleducado y muy desagradecido. Esa es la pauta de los que luchan por abrirse camino. Es la forma de ser, y estar, que, inexplicablemente, ha ido ganando terreno. Los modelos de conducta que se relacionan con la buena educación, el esfuerzo, la solidaridad y la justicia social han quedado arrinconados por inservibles. Lo que ahora se lleva, por encima de todo, es la mala educación, la exigencia y la falta de compromiso.
Los valores y los ideales han pasado a mejor vida. Eso dicen los jóvenes cuando se les pregunta. Dicen que mientras puedan divertirse pasan de preocuparse por ese rollo de la política y los problemas sociales. Pero claro, el tiempo va haciéndolos mayores, muy mayores diría yo, y cuando las posibilidades de divertirse desaparecen es cuando explotan, ponen el grito en el cielo y culpan a los políticos de ineficientes a la sociedad adulta de hacerles la vida imposible.
Imposible no sé, pero dificil seguro. Las esperanza es que todos los años por estas fechas aprovechamos para renovar nuestros buenos propósitos y este, que apenas tiene unos días, llega dispuesto a vencer la crisis con remedios más o menos universales y alguna receta casera como cambiar el modelo productivo. Un modelo precario que reclama una cura en toda regla. Un cambio profundo que debería llevar aparejado otro, no menos profundo, que nos obligara a revisar las pautas de esta sociedad de exigentes y maleducados que reclaman vivir mejor pero no están dispuestos a asumir ningún compromiso que no sea el de su satisfacción personal.
Hay medidas que son costosas y llevan su tiempo. Otras, como dar las gracias, ser agradecido o dar los buenos días, no cuestan nada. Por eso que el propósito que se me ocurre es que empecemos el año recapacitando sobre las propiedades que poseen, para la convivencia, las palabras sencillas, aquellas a las que no damos ningún valor porque solo se necesita un poco de voluntad para decirlas.
A ver si es verdad. A ver si la crisis sirve aunque solo sea para eso, para corrregir los malos modales y una falta de cortesía verbal y pedestre cada vez más alarmante porque no sé ustedes pero yo doy los buenos días a todo bicho viviente y solo me contestan los que tienen mi edad y de ahí para arriba. Hablo de los buenos días no entro en otras profundidades como ceder el asiento o tratar al profesor de usted, que hace tiempo dejaron de ser muestras de educación y respeto para convertirse en antiguallas que solo usan los viejos y algunos nostálgicos.
Hay quien asegura que la culpa de qué nos hayamos vuelto maleducados y desagradecidos la tiene la vida. Que la vida, al parecer, es ahora tan dura que la única forma de enfrentarse a ella con éxito es ser exigente, inculto, maleducado y muy desagradecido. Esa es la pauta de los que luchan por abrirse camino. Es la forma de ser, y estar, que, inexplicablemente, ha ido ganando terreno. Los modelos de conducta que se relacionan con la buena educación, el esfuerzo, la solidaridad y la justicia social han quedado arrinconados por inservibles. Lo que ahora se lleva, por encima de todo, es la mala educación, la exigencia y la falta de compromiso.
Los valores y los ideales han pasado a mejor vida. Eso dicen los jóvenes cuando se les pregunta. Dicen que mientras puedan divertirse pasan de preocuparse por ese rollo de la política y los problemas sociales. Pero claro, el tiempo va haciéndolos mayores, muy mayores diría yo, y cuando las posibilidades de divertirse desaparecen es cuando explotan, ponen el grito en el cielo y culpan a los políticos de ineficientes a la sociedad adulta de hacerles la vida imposible.
Imposible no sé, pero dificil seguro. Las esperanza es que todos los años por estas fechas aprovechamos para renovar nuestros buenos propósitos y este, que apenas tiene unos días, llega dispuesto a vencer la crisis con remedios más o menos universales y alguna receta casera como cambiar el modelo productivo. Un modelo precario que reclama una cura en toda regla. Un cambio profundo que debería llevar aparejado otro, no menos profundo, que nos obligara a revisar las pautas de esta sociedad de exigentes y maleducados que reclaman vivir mejor pero no están dispuestos a asumir ningún compromiso que no sea el de su satisfacción personal.
Hay medidas que son costosas y llevan su tiempo. Otras, como dar las gracias, ser agradecido o dar los buenos días, no cuestan nada. Por eso que el propósito que se me ocurre es que empecemos el año recapacitando sobre las propiedades que poseen, para la convivencia, las palabras sencillas, aquellas a las que no damos ningún valor porque solo se necesita un poco de voluntad para decirlas.
martes, 29 de diciembre de 2009
El hombre como calamidad
Hay temas que parece como que no hubiera forma de tratarlos sin quedar mal. Vean sino la que se ha liado a propósito de las declaraciones de ese juez de familia que ha dicho que ve injusta la Ley contra la Violencia de Género. De inmediato, como impulsadas por un resorte, han respondido varias asociaciones acusándolo de prevaricador y machista, sin que se tomaran la molestia de seguir leyendo y advertir que el Juez también dijo cosas tan positivas como que la Ley ha servido para que la sociedad ya no tolere la violencia de género, pero que la situación que está generando no obedece a la realidad de lo que tenemos que combatir.
Yo también pienso así. Y no lo digo por provocar, lo digo porque estoy convencido de que es verdad. A los hombres, con carácter general, nos prescriben roles y actitudes que dejan mucho que desear y están haciendo que nuestra consideración social sea poco menos que la de una calamidad. Nos han convertido en sospechosos por el mero hecho de ser hombres y la situación ha llegado hasta el punto de que ser hombre, hoy, supone una especie de agravante nadie sabe muy bien por qué.
Los hombres, en ese aspecto, están siendo discriminados; una discriminación distinta de la que padecen las mujeres pero eso no significa que no exista y esté basada en las mismas estructuras sexistas.
En las mismas, solo que con una diferencia: parece como que hubiera un empeño por discriminarlos a toda costa pues la Ley no los considera iguales ni tampoco inocentes. En principio considera que son culpables, así que tienen que empezar por demostrar su inocencia y, por si no fuera bastante, la Ley les reserva un trato claramente diferenciado del que puede servir como ejemplo que se sancione con entre seis meses y un año de cárcel a los hombres que causen a su pareja, o ex pareja, "algún tipo de menoscabo psiquíco". Una lesión tan subjetiva y difícil de cuantificar que no está ni tipificada como delito. Pues bien, si es una mujer la que infringe ese mismo daño a un hombre, sólo podrán imponérsele penas de hasta 3 meses de cárcel.
Siempre he pensado que las Leyes deberían hacerse para las personas, no para los hombres y para las mujeres. Si una persona, por razón de su sexo, es juzgada de una manera distinta que el resto parece evidente que se está vulnerando el principio de igualdad.
Para justificar este disparate, este trato desigual avalado, en su día por el Constitucional, he oído decir a personas muy relevantes que lo que se intenta es compensar la desigualdad que existe en la vida real. La burrada, con todos mis respetos, no tiene desperdicio. Es como si nos estuvieran diciendo que las penas por hurto, para los gitanos, deberían de ser más altas que para el resto.
No entiendo como es que se insiste en qué la fórmula para acabar con la discriminación que padecen las mujeres es aplicar, sobre los hombres, los mismos postulados sexistas que se condenan. No me cabe en la cabeza que quienes se consideran, y presumen de progresistas, aplaudan y celebren la peregrina idea de que las mujeres son una clase social. Ese empeño, lejos de contribuir a resolver el problema,está fomentando una visión demonizada del hombre que no ayuda a la igualdad en las relaciones. Pero, claro, decir todo esto, por más que sea una realidad, es lo que dije al principio; es quedar mal.
Yo también pienso así. Y no lo digo por provocar, lo digo porque estoy convencido de que es verdad. A los hombres, con carácter general, nos prescriben roles y actitudes que dejan mucho que desear y están haciendo que nuestra consideración social sea poco menos que la de una calamidad. Nos han convertido en sospechosos por el mero hecho de ser hombres y la situación ha llegado hasta el punto de que ser hombre, hoy, supone una especie de agravante nadie sabe muy bien por qué.
Los hombres, en ese aspecto, están siendo discriminados; una discriminación distinta de la que padecen las mujeres pero eso no significa que no exista y esté basada en las mismas estructuras sexistas.
En las mismas, solo que con una diferencia: parece como que hubiera un empeño por discriminarlos a toda costa pues la Ley no los considera iguales ni tampoco inocentes. En principio considera que son culpables, así que tienen que empezar por demostrar su inocencia y, por si no fuera bastante, la Ley les reserva un trato claramente diferenciado del que puede servir como ejemplo que se sancione con entre seis meses y un año de cárcel a los hombres que causen a su pareja, o ex pareja, "algún tipo de menoscabo psiquíco". Una lesión tan subjetiva y difícil de cuantificar que no está ni tipificada como delito. Pues bien, si es una mujer la que infringe ese mismo daño a un hombre, sólo podrán imponérsele penas de hasta 3 meses de cárcel.
Siempre he pensado que las Leyes deberían hacerse para las personas, no para los hombres y para las mujeres. Si una persona, por razón de su sexo, es juzgada de una manera distinta que el resto parece evidente que se está vulnerando el principio de igualdad.
Para justificar este disparate, este trato desigual avalado, en su día por el Constitucional, he oído decir a personas muy relevantes que lo que se intenta es compensar la desigualdad que existe en la vida real. La burrada, con todos mis respetos, no tiene desperdicio. Es como si nos estuvieran diciendo que las penas por hurto, para los gitanos, deberían de ser más altas que para el resto.
No entiendo como es que se insiste en qué la fórmula para acabar con la discriminación que padecen las mujeres es aplicar, sobre los hombres, los mismos postulados sexistas que se condenan. No me cabe en la cabeza que quienes se consideran, y presumen de progresistas, aplaudan y celebren la peregrina idea de que las mujeres son una clase social. Ese empeño, lejos de contribuir a resolver el problema,está fomentando una visión demonizada del hombre que no ayuda a la igualdad en las relaciones. Pero, claro, decir todo esto, por más que sea una realidad, es lo que dije al principio; es quedar mal.
viernes, 25 de diciembre de 2009
Este año el gallo canta primero
Créanme si les digo que admiro esa inteligencia de los obispos que les lleva a saber cuando tienen que indignarse y por qué. A veces pienso que se indignan por nada pero como pertenezco a la generación del cambio, es posible que no advierta el trauma que supone, para la Iglesia Católica, que se cambien las tradiciones. La prueba del nueve es la polémica que se ha suscitado por esa sentencia del Tribunal Europeo de los Derechos Humanos, que viene a modificar una tradición como la del crucifijo en las escuelas. Una tradición que, en España, data de hace setenta años, cuando lo impuso la dictadura.
Creía yo, equivocadamente, claro, que las tradiciones valían su peso en años, de ahí que pensara que si se había suscitado una fuerte polémica por algo que venía siendo costumbre desde mediados del siglo pasado se armaría la marimorena si, a quien fuera, se le ocurría modificar una tradición que tuviera quince siglos. Parecía de libro, por eso me llamó la atención el mínimo, por no decir nulo, efecto polémico, y traumatico, que está suponiendo, para la iglesia católica y los fieles cristianos, esa decisión del Vaticano de celebrar la tradicional misa de Nochebuena a las diez de la noche, en lugar de a las doce como era costumbre desde mediados del siglo V.
Dice el portavoz Papal, Federico Lombardi, que la decisión se ha tomado en base a que así se contribuye a disminuir el esfuerzo del Papa, de los empleados y de los fieles cristianos que, en noche tan hogareña, agradecerán retirarse primero a sus casas.
La medida, desde el punto de vista legal, es irreprochable pues el Vaticano no hace otra cosa que ajustarse a lo establecido en el artículo 34 del texto refundido de la Ley del Estatuto de los Trabajadores, mediante el cual se dispone que entre el final de una jornada y el comienzo de la siguiente habrán de mediar, como mínimo, doce horas de descanso. Cuestión que no se venía cumpliendo ya que la Misa del Gallo finalizaba bien pasada la media noche y el Día de Navidad, a las doce en punto, el Papa tenía que dar la bendición Urbi et Orbi.
A esa decisión, de ajustarse a la ley que prescribe un descanso mínimo, hay que añadir la oportunidad de hacer más llevadero el esfuerzo a quien ya tiene más de ochenta años. Y, en este sentido, supongo que todos recordaremos aquella imagen de Juan Pablo II, viejo y enfermo, que nos sobrecogía por lo que se adivinaba de sufrumiento.
Quiero decir con esto que la medida me parece acertada y más acertado aun que el cambio que supone modificar una tradición que tiene quinientos años años se haya visto como algo razonable y no haya suscitado polémica alguna.
No estaría mal aplicar el mismo rasero cuando se modifican otras tradiciones. Imagino que nos iría mejor, a todos, si la iglesia desterrara ese sentimiento de superioridad que la lleva a sentirse depositaria de la única religión verdadera y autorizada para gobernarnos y gobernar nuestras vidas. No pasa nada por adelantar dos horas el canto del gallo. Así lo ha entendido la mayoría de la gente. Tampoco me consta que los políticos y los columnistas de opinión hayan arremetido contra la jerarquía eclesiástica por modificar, de un plumazo, una tradición tan antigua. Deberían tomar nota los jerarcas católicos. Debería servirles para la mesura y el buen gobierno de su tradicional intransigencia.
Creía yo, equivocadamente, claro, que las tradiciones valían su peso en años, de ahí que pensara que si se había suscitado una fuerte polémica por algo que venía siendo costumbre desde mediados del siglo pasado se armaría la marimorena si, a quien fuera, se le ocurría modificar una tradición que tuviera quince siglos. Parecía de libro, por eso me llamó la atención el mínimo, por no decir nulo, efecto polémico, y traumatico, que está suponiendo, para la iglesia católica y los fieles cristianos, esa decisión del Vaticano de celebrar la tradicional misa de Nochebuena a las diez de la noche, en lugar de a las doce como era costumbre desde mediados del siglo V.
Dice el portavoz Papal, Federico Lombardi, que la decisión se ha tomado en base a que así se contribuye a disminuir el esfuerzo del Papa, de los empleados y de los fieles cristianos que, en noche tan hogareña, agradecerán retirarse primero a sus casas.
La medida, desde el punto de vista legal, es irreprochable pues el Vaticano no hace otra cosa que ajustarse a lo establecido en el artículo 34 del texto refundido de la Ley del Estatuto de los Trabajadores, mediante el cual se dispone que entre el final de una jornada y el comienzo de la siguiente habrán de mediar, como mínimo, doce horas de descanso. Cuestión que no se venía cumpliendo ya que la Misa del Gallo finalizaba bien pasada la media noche y el Día de Navidad, a las doce en punto, el Papa tenía que dar la bendición Urbi et Orbi.
A esa decisión, de ajustarse a la ley que prescribe un descanso mínimo, hay que añadir la oportunidad de hacer más llevadero el esfuerzo a quien ya tiene más de ochenta años. Y, en este sentido, supongo que todos recordaremos aquella imagen de Juan Pablo II, viejo y enfermo, que nos sobrecogía por lo que se adivinaba de sufrumiento.
Quiero decir con esto que la medida me parece acertada y más acertado aun que el cambio que supone modificar una tradición que tiene quinientos años años se haya visto como algo razonable y no haya suscitado polémica alguna.
No estaría mal aplicar el mismo rasero cuando se modifican otras tradiciones. Imagino que nos iría mejor, a todos, si la iglesia desterrara ese sentimiento de superioridad que la lleva a sentirse depositaria de la única religión verdadera y autorizada para gobernarnos y gobernar nuestras vidas. No pasa nada por adelantar dos horas el canto del gallo. Así lo ha entendido la mayoría de la gente. Tampoco me consta que los políticos y los columnistas de opinión hayan arremetido contra la jerarquía eclesiástica por modificar, de un plumazo, una tradición tan antigua. Deberían tomar nota los jerarcas católicos. Debería servirles para la mesura y el buen gobierno de su tradicional intransigencia.
lunes, 14 de diciembre de 2009
Escribir al Rey y a Papá Noel
Milio Mariño
Entre las muchas cosas que aún me quedaban por ver, una debía ser que el Secretario General del Partido Comunista de España y los artistas e intelectuales que se consideran muy de izquierdas,es decir los que antaño suspiraban porque nuestro régimen político fuera como el de China o la Unión Soviética, ejercieran de buenos vasallos y escribieran una carta dirigida a su Magestad, el Rey, pidiendo que intervenga para salvarnos.
Ahí los tenemos, escribiendo a Juan Carlos I, como quien escribe a los Reyes Magos. Tampooco me estraña mucho,el tiempo ha contribuido a rebajar mi asombro hasta el punto de solo me causa sorpresa lo que encuentro en el cuarto trastero. Todavía recuerdo cuando esos que dije al principio se mofaban de quienes nos proclamábamos socialdemócratas y republicanos. Decían que no éramos de izquierdas, que éramos unos flojos.
El caso que en el otro extremo aparecen quienes presumen de querer a España, la patria,por encima de todas las cosas.Aparecen diciendo que somos el hazmereir del mundo por nuestra debilidad manifiesta para afrontar las crisis con un par entre las piernas. Coinciden, con los otros, en exigir mano dura. Cosa que, reconozco, tampoco debería ser causa de asombro pues todavía sigue vigente aquello de: "Los extremeños se tocan". Aquella obra de Muñoz seca en la que, como es sabido, un tal Pancorbo andaba en tratos, para timarlo, con Ali Benamal.
Quienes abogan porque el conflicto de Aminatou Haidar se resuelva a tiros o lo resuelvan los dos monarcas se olvidan de que, al menos, España es un país democrático.Deberían saberlo y cortarse un poco antes de devolvernos, con sus proclamas y su misiva, a tiempos de la Edad Media. Pero, claro, instalados en su tradicional pragmatismo no me extraña que hayan llegado a la revolucionaria conclusión de que los monarcas de todo el mundo se llevan muy bien entre ellos. Despues de todo son, prácticamente, familia y resulta de lo más lógico que los profesionales del mismo ramo se apoyen y se defiendan.
La alta capacidad intelectual de Cayo Lara, Almodovar y los partidarios de la guerra de África es evidente que está poor encima del pueblo llano, de ahí que no sepan, como cualquier persona medianamente informada, que los países serios y democráticos resulven sus problemas por la vía diplomática y no tienen más embajadores que los que designa el gobierno salido de las urnas.
España, al menos en esto, no debería ser diferente pero ya vemos que lo es. Vemos que quienes piden leña y quienes piden la intervención del rey son los mismos que están diciendo que, a nivel internacional, somos el hazmereir. Lógico, con semejante tropa nunca nos tomarán en serio. Nos seguirán viendo como un país de floklóricas y toreros.
¿ Tan difícil es que éstos activistas de salón y micrófono, éstos que se creen la esencia mmisma de la libertad en frascos de Loewe, se sujeten un poco y dejen el protagonismo a quien lo debe tener?
¿Será mucho pedir que los asuntos de Estado estén por encima de la confrontación partidista, que cuando el país tenga un conflicto lo que prime no sea criticar al gobierno y se imponga defender, por encima de todo, el buen nombre de España?
A lo mejor si, a lo mejor es exagerado pedir todo esto que, por cierto, no lo estoy pidiendo a los Reyes Magos o a Papá Noel, lo pido a quienes escriben cartas al Rey y a los que abogan por resolver los conflictos a tiros y ponen como ejemplo la conquista de Perejil.
Entre las muchas cosas que aún me quedaban por ver, una debía ser que el Secretario General del Partido Comunista de España y los artistas e intelectuales que se consideran muy de izquierdas,es decir los que antaño suspiraban porque nuestro régimen político fuera como el de China o la Unión Soviética, ejercieran de buenos vasallos y escribieran una carta dirigida a su Magestad, el Rey, pidiendo que intervenga para salvarnos.
Ahí los tenemos, escribiendo a Juan Carlos I, como quien escribe a los Reyes Magos. Tampooco me estraña mucho,el tiempo ha contribuido a rebajar mi asombro hasta el punto de solo me causa sorpresa lo que encuentro en el cuarto trastero. Todavía recuerdo cuando esos que dije al principio se mofaban de quienes nos proclamábamos socialdemócratas y republicanos. Decían que no éramos de izquierdas, que éramos unos flojos.
El caso que en el otro extremo aparecen quienes presumen de querer a España, la patria,por encima de todas las cosas.Aparecen diciendo que somos el hazmereir del mundo por nuestra debilidad manifiesta para afrontar las crisis con un par entre las piernas. Coinciden, con los otros, en exigir mano dura. Cosa que, reconozco, tampoco debería ser causa de asombro pues todavía sigue vigente aquello de: "Los extremeños se tocan". Aquella obra de Muñoz seca en la que, como es sabido, un tal Pancorbo andaba en tratos, para timarlo, con Ali Benamal.
Quienes abogan porque el conflicto de Aminatou Haidar se resuelva a tiros o lo resuelvan los dos monarcas se olvidan de que, al menos, España es un país democrático.Deberían saberlo y cortarse un poco antes de devolvernos, con sus proclamas y su misiva, a tiempos de la Edad Media. Pero, claro, instalados en su tradicional pragmatismo no me extraña que hayan llegado a la revolucionaria conclusión de que los monarcas de todo el mundo se llevan muy bien entre ellos. Despues de todo son, prácticamente, familia y resulta de lo más lógico que los profesionales del mismo ramo se apoyen y se defiendan.
La alta capacidad intelectual de Cayo Lara, Almodovar y los partidarios de la guerra de África es evidente que está poor encima del pueblo llano, de ahí que no sepan, como cualquier persona medianamente informada, que los países serios y democráticos resulven sus problemas por la vía diplomática y no tienen más embajadores que los que designa el gobierno salido de las urnas.
España, al menos en esto, no debería ser diferente pero ya vemos que lo es. Vemos que quienes piden leña y quienes piden la intervención del rey son los mismos que están diciendo que, a nivel internacional, somos el hazmereir. Lógico, con semejante tropa nunca nos tomarán en serio. Nos seguirán viendo como un país de floklóricas y toreros.
¿ Tan difícil es que éstos activistas de salón y micrófono, éstos que se creen la esencia mmisma de la libertad en frascos de Loewe, se sujeten un poco y dejen el protagonismo a quien lo debe tener?
¿Será mucho pedir que los asuntos de Estado estén por encima de la confrontación partidista, que cuando el país tenga un conflicto lo que prime no sea criticar al gobierno y se imponga defender, por encima de todo, el buen nombre de España?
A lo mejor si, a lo mejor es exagerado pedir todo esto que, por cierto, no lo estoy pidiendo a los Reyes Magos o a Papá Noel, lo pido a quienes escriben cartas al Rey y a los que abogan por resolver los conflictos a tiros y ponen como ejemplo la conquista de Perejil.
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