Milio Mariño
Al filo de la semana pasada, decía Pepe Monteserín que nuestra inflación de Piraguas, Xiringüelos y Romerías era síntoma de crisis. Casi a la vez, la concejala de Festejos de Avilés, apuntaba que la reducción del gasto, a consecuencia de la crisis, haría que las fiestas fueran más populares y menos contemplativas.
Estamos en lo de siempre, en si la función hace al órgano o es al revés. Da igual porque lo que tenemos es menos dinero y las mismas ganas de divertirnos, así que la alternativa la pintan tan simple como volver a los festejos antiguos o inventar nuevos festejos que tendrían que ser más baratos.
Apuesto por seguir como estamos. Sería un atraso que volviéramos a tirar una cabra desde lo alto del campanario. Y un atraso mayor que optáramos por esos otros festejos que se empeñan en demostrar que seguimos siendo animales. Animales todos somos un poco pero, por extraño que parezca, España ocupa un lugar muy discreto dentro del ranking mundial de festejos tontos y absurdos. El segundo lugar de ese ranking es para la procesión de ataúdes de Santa Marta de Ribarteme y bastante más abajo, en mitad de la tabla, aparecen La Tomatina de Buñol y las Fallas de Valencia. No figuran, dentro del ranking, el Colacho de Castrillo, los encierros, o el Toro de Vega. En cambio ocupan un lugar destacado la Carrera de Quesos Rodantes, de Gloucester, la Carrera de los Hombres Pájaro, de Bognor, y el Campeonato Mundial de Levantamiento de Esposa, con sede en Sonkajärvi, Finlandia. Levantamiento físico, que nadie entienda que se trata de levantarle la señora al prójimo, la prueba consiste en cargar con una mujer a la espalda y recorrer medio kilómetro por un camino embarrado.
Los datos que hemos recopilado confirman que España no es una potencia en cuanto a festejos tontos y absurdos. En eso, como en casi todo, los americanos nos llevan ventaja. No obstante conviene ser precavidos porque como se ha puesto de moda ahorrar a toda costa, no me extrañaría que alguno de los nuevos concejales, que acaban de llegar a los Ayuntamientos, se mostrara dispuesto a importar el «Mooning- Amtrak»; un festejo, a coste cero, que en USA está haciendo furor.
El «Mooning-Amtrak» se celebra, desde hace ya treinta años, el segundo sábado de julio, en Laguna Niguel, un pueblo de California. Consiste, simple y sencillamente, en que la gente se sitúa a lo largo de una pequeña ladera, frente a las vías del tren, y enseña el culo a los pasajeros que viajan en el ferrocarril.
La iniciativa ha tenido tanto éxito, en sus dos vertientes, en cuanto al número de personas que se suben al tren para disfrutar viendo culos, como al de quienes se bajan faldas y pantalones para regalar la vista a los viajeros, que las autoridades se han visto obligadas a poner orden pues los participantes, llevados por el entusiasmo, no solo enseñan el culo sino que orinan y defecan en público para regocijo de todos.
Las Piraguas, Romerías, Xiringüelos y Sardinadas, cierto que salen más caras que el popular y, al parecer, divertido festejo americano. Lo malo es que si reducimos el gasto hasta lo que proponen algunos, corremos el riesgo de quedar con el culo al aire. Los programas de Begoña y San Agustín apuntan en ese sentido pero, como hay gente para todo, habrá a quien no le importe.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 15 de agosto de 2011
lunes, 8 de agosto de 2011
La buena sombra
Milio Mariño
Si hay algo que este verano echo de menos no es el sol, es no haber disfrutado de una buena sombra debajo de un árbol. Estamos en la fecha que estamos y ni un solo día, ni uno, pude gozar de ese placer tan barato. Y no pido tanto, la sombra no tendría que ser, necesariamente, la de un nogal, que al decir de los entendidos es la mejor, a mediados de agosto.
Esto que les cuento se me ocurrió comentarlo mientras tomaba un vino con los amigos. Y, al hijo de uno, un joven listísimo que va por las dos carreras y pico, le pareció una extravagancia propia de una generación de prejubilados ociosos que cobran el doble de lo que gana un universitario y les importa un carajo que el país vaya a la ruina.
Estuve por contestarle una grosería pero me contuve y respondí que esa afición por la sombra quizá se deba a que los de mi generación, la misma que la de su padre, damos por hecho que hubo un día en que descendimos de los árboles mientras que los de la suya todavía están calculando la altura y reconociendo el terreno.
Todos estamos nerviosos. Las cosas no mejoran y quizá fuera más propio que les hablara de la prima de riesgo y no de placeres baratos, pero me gusta la sombra y me disgusta que nos amarguen la vida, incluso en agosto. También me disgusta que asesinen árboles. Lo llamo así porque asesinato, y no tala, es como debería llamarse cuando, como sucedió en mi pueblo, se cargan unos cuantos para facilitar el paso de un carril bici. Hace bien la asociación de vecinos de Salinas en denunciar dos, tres o las veces que hagan falta. La tropelía no debería quedar impune. Sobre todo teniendo en cuenta que a los árboles les pasa como a nosotros con los bancos y las agencias de calificación, que están a merced del que manda y tiene la motosierra.
Más le valdría, a quien fuera el que dio la orden de talar esos árboles, tomar nota de lo que hacen en Cheraw, Carolina del Norte, donde el Ayuntamiento impone la multa, a cualquiera que sorprenda borracho o portándose de manera incívica, de plantar un árbol y cuidarlo hasta que empiece a crecer sin problemas.
Habrán advertido, supongo, que los árboles son mi debilidad; me gustan todos. Aunque, bueno, tampoco les oculto que tengo mis preferencias; me gustan más unos que otros. De todas maneras no llego a tanto como Carlos Navarrete, aquel diputado del PSOE que, en una sesión del Congreso, dijo que el eucalipto era un árbol de derechas. Cierto que no lo escogería para cobijarme bajo su sombra, pero lo acepto y hasta informo de su presencia a quienes están confundidos. De veras que sí. Prueba de lo que digo es que hará dos o tres años estaba en un área recreativa, cercana a la costa, cuando dos señoras se bajaron de un coche y una le dijo a la otra: «Ves que distinto es Asturias, ves lo raros que son aquí los chopos».
Y tanto señora. Eso que usted llama chopos son eucaliptos, advertí de forma amable, sin extenderme en la adscripción política que les atribuye el señor Navarrete, ni alertarlas del peligro que supone confundirlos con otros árboles. Eran otros tiempos, de aquella nadie imaginaba lo de Álvarez-Cascos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
Si hay algo que este verano echo de menos no es el sol, es no haber disfrutado de una buena sombra debajo de un árbol. Estamos en la fecha que estamos y ni un solo día, ni uno, pude gozar de ese placer tan barato. Y no pido tanto, la sombra no tendría que ser, necesariamente, la de un nogal, que al decir de los entendidos es la mejor, a mediados de agosto.
Esto que les cuento se me ocurrió comentarlo mientras tomaba un vino con los amigos. Y, al hijo de uno, un joven listísimo que va por las dos carreras y pico, le pareció una extravagancia propia de una generación de prejubilados ociosos que cobran el doble de lo que gana un universitario y les importa un carajo que el país vaya a la ruina.
Estuve por contestarle una grosería pero me contuve y respondí que esa afición por la sombra quizá se deba a que los de mi generación, la misma que la de su padre, damos por hecho que hubo un día en que descendimos de los árboles mientras que los de la suya todavía están calculando la altura y reconociendo el terreno.
Todos estamos nerviosos. Las cosas no mejoran y quizá fuera más propio que les hablara de la prima de riesgo y no de placeres baratos, pero me gusta la sombra y me disgusta que nos amarguen la vida, incluso en agosto. También me disgusta que asesinen árboles. Lo llamo así porque asesinato, y no tala, es como debería llamarse cuando, como sucedió en mi pueblo, se cargan unos cuantos para facilitar el paso de un carril bici. Hace bien la asociación de vecinos de Salinas en denunciar dos, tres o las veces que hagan falta. La tropelía no debería quedar impune. Sobre todo teniendo en cuenta que a los árboles les pasa como a nosotros con los bancos y las agencias de calificación, que están a merced del que manda y tiene la motosierra.
Más le valdría, a quien fuera el que dio la orden de talar esos árboles, tomar nota de lo que hacen en Cheraw, Carolina del Norte, donde el Ayuntamiento impone la multa, a cualquiera que sorprenda borracho o portándose de manera incívica, de plantar un árbol y cuidarlo hasta que empiece a crecer sin problemas.
Habrán advertido, supongo, que los árboles son mi debilidad; me gustan todos. Aunque, bueno, tampoco les oculto que tengo mis preferencias; me gustan más unos que otros. De todas maneras no llego a tanto como Carlos Navarrete, aquel diputado del PSOE que, en una sesión del Congreso, dijo que el eucalipto era un árbol de derechas. Cierto que no lo escogería para cobijarme bajo su sombra, pero lo acepto y hasta informo de su presencia a quienes están confundidos. De veras que sí. Prueba de lo que digo es que hará dos o tres años estaba en un área recreativa, cercana a la costa, cuando dos señoras se bajaron de un coche y una le dijo a la otra: «Ves que distinto es Asturias, ves lo raros que son aquí los chopos».
Y tanto señora. Eso que usted llama chopos son eucaliptos, advertí de forma amable, sin extenderme en la adscripción política que les atribuye el señor Navarrete, ni alertarlas del peligro que supone confundirlos con otros árboles. Eran otros tiempos, de aquella nadie imaginaba lo de Álvarez-Cascos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 1 de agosto de 2011
El mes de Augusto
Milio Mariño
Quienes llevan la cuenta del tiempo, y ya son viejos, aseguran que no vieron, nunca, un verano como este. Sostienen que nuestros veranos no son para dormir en pelota y con la ventana abierta pero, entre eso y tiritar ateridos, exigen usar manga corta a la hora del vermú y dejar el jersey para las verbenas. Son fáciles de contentar, solo piden que agosto sea igual que otros años, que coincida, a ratos, con el calendario.
La meteorología no es una ciencia exacta, advierten quienes se encargan de predecir que en agosto tendremos, de nuevo, chubascos. Y, aunque a veces aciertan, insisten en que jamás hacen pronósticos considerando ciertos indicios como la aparición de hormigas con alas, que se lave la cara el gato, que el gallo cante durante el día, o que nos piquen las cicatrices y las antiguas heridas. Tampoco hacen caso del Calendario Zaragozano, que además de hacer sus predicciones con un año de antelación y tener un índice de aciertos similar al de los meteorólogos, informa de cosas tan útiles como que el periodo de gestación de una burra es de trescientos ochenta días.
Aun caben las sorpresas. Y dándole vueltas a esto -al verano friolero, no a lo de la burra- encontré que nuestros antepasados, los primitivos, predecían el tiempo mirando al cielo y rigiéndose por un calendario sencillo basado en la salida y entrada del sol, y las fases de la luna. Así fue en principio pero, a medida que nos fuimos civilizando, todo se fue complicando. Prueba de ello es que hace siglos todos los meses pares, excepto febrero, tenían 30 días y los impares 31, cosa fácil de recordar. Pero Augusto, el emperador, exigió que el octavo mes del año llevara su nombre y, para no ser menos que Julio Cesar, que también tuviera 31 días. Y los tiene pero a costa de que quitarle un día a febrero.
Hicieron tantos apaños que agosto era entonces el sexto mes del año y no como ahora que es el octavo, así que quién sabe si nuestros reproches no serán injustificados. Otro tanto se puede decir de las predicciones meteorológicas que se empeñan en revestirlas con un halo científico pero quizá sean como comentan en ese cuento que no sé si conocen. Ese que se refiere a unos indios que vivían en una remota reserva y preguntaron a su joven y nuevo jefe si el invierno sería frío o templado. Y el jefe, que había ido a la universidad pero nadie le había enseñado los viejos secretos de la naturaleza, por más que miraba al cielo, no lograba arrancarle ni una pista sobre el tiempo que haría en invierno. Así que, para salir del paso, les dijo que el invierno seria frío y debían recoger mucha leña. No obstante, cuando quedó a solas, telefoneó al Servicio de Meteorología y preguntó como pensaban que iba a venir el invierno. Bastante frío, respondió el meteorólogo, de modo que el jefe volvió con su gente y les ordenó que juntaran todavía más leña, porque el invierno seria tremendo.
Dos semanas más tarde, llamó nuevamente al Servicio de Meteorología para preguntarles si estaban absolutamente seguros de que el invierno seria muy frío. Absolutamente, sin duda alguna, respondió el meteorólogo. ¿Y cómo pueden estar tan seguros? Volvió a preguntar, extrañado. Pues muy sencillo… Porque los indios no paran de recoger leña.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
Quienes llevan la cuenta del tiempo, y ya son viejos, aseguran que no vieron, nunca, un verano como este. Sostienen que nuestros veranos no son para dormir en pelota y con la ventana abierta pero, entre eso y tiritar ateridos, exigen usar manga corta a la hora del vermú y dejar el jersey para las verbenas. Son fáciles de contentar, solo piden que agosto sea igual que otros años, que coincida, a ratos, con el calendario.
La meteorología no es una ciencia exacta, advierten quienes se encargan de predecir que en agosto tendremos, de nuevo, chubascos. Y, aunque a veces aciertan, insisten en que jamás hacen pronósticos considerando ciertos indicios como la aparición de hormigas con alas, que se lave la cara el gato, que el gallo cante durante el día, o que nos piquen las cicatrices y las antiguas heridas. Tampoco hacen caso del Calendario Zaragozano, que además de hacer sus predicciones con un año de antelación y tener un índice de aciertos similar al de los meteorólogos, informa de cosas tan útiles como que el periodo de gestación de una burra es de trescientos ochenta días.
Aun caben las sorpresas. Y dándole vueltas a esto -al verano friolero, no a lo de la burra- encontré que nuestros antepasados, los primitivos, predecían el tiempo mirando al cielo y rigiéndose por un calendario sencillo basado en la salida y entrada del sol, y las fases de la luna. Así fue en principio pero, a medida que nos fuimos civilizando, todo se fue complicando. Prueba de ello es que hace siglos todos los meses pares, excepto febrero, tenían 30 días y los impares 31, cosa fácil de recordar. Pero Augusto, el emperador, exigió que el octavo mes del año llevara su nombre y, para no ser menos que Julio Cesar, que también tuviera 31 días. Y los tiene pero a costa de que quitarle un día a febrero.
Hicieron tantos apaños que agosto era entonces el sexto mes del año y no como ahora que es el octavo, así que quién sabe si nuestros reproches no serán injustificados. Otro tanto se puede decir de las predicciones meteorológicas que se empeñan en revestirlas con un halo científico pero quizá sean como comentan en ese cuento que no sé si conocen. Ese que se refiere a unos indios que vivían en una remota reserva y preguntaron a su joven y nuevo jefe si el invierno sería frío o templado. Y el jefe, que había ido a la universidad pero nadie le había enseñado los viejos secretos de la naturaleza, por más que miraba al cielo, no lograba arrancarle ni una pista sobre el tiempo que haría en invierno. Así que, para salir del paso, les dijo que el invierno seria frío y debían recoger mucha leña. No obstante, cuando quedó a solas, telefoneó al Servicio de Meteorología y preguntó como pensaban que iba a venir el invierno. Bastante frío, respondió el meteorólogo, de modo que el jefe volvió con su gente y les ordenó que juntaran todavía más leña, porque el invierno seria tremendo.
Dos semanas más tarde, llamó nuevamente al Servicio de Meteorología para preguntarles si estaban absolutamente seguros de que el invierno seria muy frío. Absolutamente, sin duda alguna, respondió el meteorólogo. ¿Y cómo pueden estar tan seguros? Volvió a preguntar, extrañado. Pues muy sencillo… Porque los indios no paran de recoger leña.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
lunes, 25 de julio de 2011
Tonto de verano
Milio Mariño
Si aceptáramos que tonto es el que hace tonterías, y que la vida es como una caja de bombones, quedaría por definir cómo llamaríamos al que las padece y las sufre sin rechistar. Merecería que lo llamáramos imbécil pero uno se mira al espejo y se contiene. A lo mejor no es para tanto. Podemos enfadarnos y creer que nos toman el pelo, pero también cabe pasar de largo y tomar las tonterías por lo que son. Sobre todo las que aparecen en los periódicos así que llega el verano.
En verano, los periódicos publican tonterías para dar y tomar. En portada o en las páginas interiores, eso lo decide el director y el consejo de redacción, que, por lo visto, coinciden en el criterio de que el tonto de verano refresca la letra impresa y entretiene más que otra cosa, pues raro es el día que, a lo largo de julio y agosto, sea cual sea el periódico, no encontramos noticias de alguna competición irrisoria, como el Rally de Caracoles de Tricio, o entrevistan a un tipo como aquel pastor de Gerona que el verano pasado, en una entrevista difundida por Europa-press, afirmaba: Si me roban unas cuantas ovejas acepto que las maten y se las coman pero no que graben y me envíen un video en el que se ve como practican zoofilia con una de ellas. Lo hacen para fastidiarme.
Algunos directores se justifican diciendo que estas cosas se publican porque, en verano, escasean las noticias y los periódicos se llenan de becarios pero, por mucho que las noticias escaseen y los becarios sean legión, no creo que sea para llegar a lo que publicaba El Norte de Castilla el pasado 7 de julio: “Una mujer sufre un mareo en su domicilio”. Si esto alcanza a ser noticia no me extrañaría que cualquier día publicaran que nos hemos cortado al afeitarnos.
La disculpa es que estamos en verano y como, en verano, todo tiene sentido se insiste en que los lectores para eso compran el periódico, para leer tonterías o noticias intrascendentes que les entretengan y no les causen problemas. Noticias como la que aparecía hace unos días, la de ese chino, Chen De, que a pesar de sus 71 años y de que no supera el metro y medio de estatura, se mete unos lingotazos de gasolina y queroseno, para aliviar el catarro y la carraspera, que no baja de los tres o cuatro litros al mes.
Las tonterías parece que están de moda y, ahora, en verano copan las páginas de los periódicos en detrimento del reportaje o el relato. Ya verán como, de aquí a septiembre, volvemos a leer noticias, como aquella del verano pasado, en la que se daba cuenta de lo sucedido a un artista enano, de nombre Capitán Dan, que atascó su miembro viril en el tubo de una aspiradora. O, aquella otra que hablaba de un gato que vivía en un asilo y sabía cuando los ancianos iban a morir.
Nadie discute que, en verano, puedan suceder tonterías dignas de ser contadas, pero no más que en invierno. Sirva como ejemplo lo que le ocurrió al genial Tennessee Williams, que murió en el baño cuando, tratando de abrir con la boca un bote de pastillas, el tapón salió hacia su garganta y le produjo la muerte por asfixia. Una muerte tonta que no sucedió en verano, sucedió un 25 de febrero.
Milio Mariño / Artículo de Opinión
Si aceptáramos que tonto es el que hace tonterías, y que la vida es como una caja de bombones, quedaría por definir cómo llamaríamos al que las padece y las sufre sin rechistar. Merecería que lo llamáramos imbécil pero uno se mira al espejo y se contiene. A lo mejor no es para tanto. Podemos enfadarnos y creer que nos toman el pelo, pero también cabe pasar de largo y tomar las tonterías por lo que son. Sobre todo las que aparecen en los periódicos así que llega el verano.
En verano, los periódicos publican tonterías para dar y tomar. En portada o en las páginas interiores, eso lo decide el director y el consejo de redacción, que, por lo visto, coinciden en el criterio de que el tonto de verano refresca la letra impresa y entretiene más que otra cosa, pues raro es el día que, a lo largo de julio y agosto, sea cual sea el periódico, no encontramos noticias de alguna competición irrisoria, como el Rally de Caracoles de Tricio, o entrevistan a un tipo como aquel pastor de Gerona que el verano pasado, en una entrevista difundida por Europa-press, afirmaba: Si me roban unas cuantas ovejas acepto que las maten y se las coman pero no que graben y me envíen un video en el que se ve como practican zoofilia con una de ellas. Lo hacen para fastidiarme.
Algunos directores se justifican diciendo que estas cosas se publican porque, en verano, escasean las noticias y los periódicos se llenan de becarios pero, por mucho que las noticias escaseen y los becarios sean legión, no creo que sea para llegar a lo que publicaba El Norte de Castilla el pasado 7 de julio: “Una mujer sufre un mareo en su domicilio”. Si esto alcanza a ser noticia no me extrañaría que cualquier día publicaran que nos hemos cortado al afeitarnos.
La disculpa es que estamos en verano y como, en verano, todo tiene sentido se insiste en que los lectores para eso compran el periódico, para leer tonterías o noticias intrascendentes que les entretengan y no les causen problemas. Noticias como la que aparecía hace unos días, la de ese chino, Chen De, que a pesar de sus 71 años y de que no supera el metro y medio de estatura, se mete unos lingotazos de gasolina y queroseno, para aliviar el catarro y la carraspera, que no baja de los tres o cuatro litros al mes.
Las tonterías parece que están de moda y, ahora, en verano copan las páginas de los periódicos en detrimento del reportaje o el relato. Ya verán como, de aquí a septiembre, volvemos a leer noticias, como aquella del verano pasado, en la que se daba cuenta de lo sucedido a un artista enano, de nombre Capitán Dan, que atascó su miembro viril en el tubo de una aspiradora. O, aquella otra que hablaba de un gato que vivía en un asilo y sabía cuando los ancianos iban a morir.
Nadie discute que, en verano, puedan suceder tonterías dignas de ser contadas, pero no más que en invierno. Sirva como ejemplo lo que le ocurrió al genial Tennessee Williams, que murió en el baño cuando, tratando de abrir con la boca un bote de pastillas, el tapón salió hacia su garganta y le produjo la muerte por asfixia. Una muerte tonta que no sucedió en verano, sucedió un 25 de febrero.
Milio Mariño / Artículo de Opinión
lunes, 18 de julio de 2011
Probatio diabólica
Milio Mariño
Después de desayunar un café con leche y una tostada con miel, leí, asombrado, que don Andrés García Torres, cura de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en Fuenlabrada, había dicho, para demostrar que no le gustan los hombres, que estaba dispuesto a que le hicieran una prueba rectal. «Que me hagan la prueba, que midan mi ano a ver si lo tengo dilatado», dijo, en tono desafiante, dirigiéndose a Don Joaquín, obispo de la diócesis de Getafe, que insistía en apartarlo del cargo sospechando que es gay y utilizando, como prueba, una foto en la que el cura aparece abrazado, y con el torso desnudo, a Yannik Delgado, un supuesto seminarista que, por lo visto, no lo es. Y aunque lo fuera, pensaría el obispo, en voz baja, razonando que la prueba, en el caso de que fuera superada y confirmara que el ano del señor cura no sobrepasa los limites de lo masculinamente correcto, tampoco demostraría que la imputación carece de fundamento pues, según la ley de Mahoma, adaptada, por imperativo legal, al lenguaje de nuestros tiempos, tan homosexual es el que da como el que toma.
Tal vez lo pensara pero no me consta que el obispo haya hecho referencia a la citada ley ni es previsible que lo haga. Puede echar mano de argumentaciones tan sólidas como la teoría de Ockam, un principio filosófico según el cual cuando dos teorías tienen las mismas consecuencias, la más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. De cualquier manera, el caso no viene aquí por la repercusión social de una prueba, hasta ahora, insólita que se ha convertido en la comidilla del verano. El caso merece nuestra atención porque, una vez más, estamos ante otro atropello de lo que se considera fundamental en un Estado de derecho. La carga de la prueba, sobre los hechos constitutivos de la pretensión punible, corresponde exclusivamente a la acusación, sin que sea exigible a la defensa que demuestre su inocencia y menos que acepte ser sometida a una «probatio diabólica».
Algunos de ustedes, a los que supongo legos en la materia, se estarán preguntando si la «probatio diabólica» tendrá que ver con la iglesia. A mi no me cabe duda pues consiste en qué si usted confiesa, es culpable. Y si no confiesa, ni aun en el caso de que le sometan a la tortura de la bañera, o le claven palillos entre las uñas, es que el diablo le ha dado fuerzas para soportar esas perrerías y, por tanto, también es culpable.
En resumidas cuentas que, don Andrés, lo tenía tan crudo que ni pidiendo que le midieran el culo podía salvarse. Y así fue, al final claudicó. Entregó las llaves de la parroquia y se armó la de Dios es Cristo. Los feligreses, visiblemente indignados, acamparon frente a la iglesia y amenazan con rezar rosarios hasta que repongan al cura en su puesto de párroco.
El conflicto va para largo y lo que me sorprende es que no veo el problema. ¿Qué más le dará, al obispo, que al cura de Fuenlabrada, o al de donde sea, le gusten las mujeres o los hombres? ¿No están sometidos al voto de castidad? Pues entonces. ¿No les parece una contradicción, o una probatio diabólica, que a los curas, para ser titulares de una parroquia, les exijan que tienen que gustarles las mujeres?
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
Después de desayunar un café con leche y una tostada con miel, leí, asombrado, que don Andrés García Torres, cura de la parroquia de Nuestra Señora de Fátima, en Fuenlabrada, había dicho, para demostrar que no le gustan los hombres, que estaba dispuesto a que le hicieran una prueba rectal. «Que me hagan la prueba, que midan mi ano a ver si lo tengo dilatado», dijo, en tono desafiante, dirigiéndose a Don Joaquín, obispo de la diócesis de Getafe, que insistía en apartarlo del cargo sospechando que es gay y utilizando, como prueba, una foto en la que el cura aparece abrazado, y con el torso desnudo, a Yannik Delgado, un supuesto seminarista que, por lo visto, no lo es. Y aunque lo fuera, pensaría el obispo, en voz baja, razonando que la prueba, en el caso de que fuera superada y confirmara que el ano del señor cura no sobrepasa los limites de lo masculinamente correcto, tampoco demostraría que la imputación carece de fundamento pues, según la ley de Mahoma, adaptada, por imperativo legal, al lenguaje de nuestros tiempos, tan homosexual es el que da como el que toma.
Tal vez lo pensara pero no me consta que el obispo haya hecho referencia a la citada ley ni es previsible que lo haga. Puede echar mano de argumentaciones tan sólidas como la teoría de Ockam, un principio filosófico según el cual cuando dos teorías tienen las mismas consecuencias, la más simple tiene más probabilidades de ser correcta que la compleja. De cualquier manera, el caso no viene aquí por la repercusión social de una prueba, hasta ahora, insólita que se ha convertido en la comidilla del verano. El caso merece nuestra atención porque, una vez más, estamos ante otro atropello de lo que se considera fundamental en un Estado de derecho. La carga de la prueba, sobre los hechos constitutivos de la pretensión punible, corresponde exclusivamente a la acusación, sin que sea exigible a la defensa que demuestre su inocencia y menos que acepte ser sometida a una «probatio diabólica».
Algunos de ustedes, a los que supongo legos en la materia, se estarán preguntando si la «probatio diabólica» tendrá que ver con la iglesia. A mi no me cabe duda pues consiste en qué si usted confiesa, es culpable. Y si no confiesa, ni aun en el caso de que le sometan a la tortura de la bañera, o le claven palillos entre las uñas, es que el diablo le ha dado fuerzas para soportar esas perrerías y, por tanto, también es culpable.
En resumidas cuentas que, don Andrés, lo tenía tan crudo que ni pidiendo que le midieran el culo podía salvarse. Y así fue, al final claudicó. Entregó las llaves de la parroquia y se armó la de Dios es Cristo. Los feligreses, visiblemente indignados, acamparon frente a la iglesia y amenazan con rezar rosarios hasta que repongan al cura en su puesto de párroco.
El conflicto va para largo y lo que me sorprende es que no veo el problema. ¿Qué más le dará, al obispo, que al cura de Fuenlabrada, o al de donde sea, le gusten las mujeres o los hombres? ¿No están sometidos al voto de castidad? Pues entonces. ¿No les parece una contradicción, o una probatio diabólica, que a los curas, para ser titulares de una parroquia, les exijan que tienen que gustarles las mujeres?
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
lunes, 11 de julio de 2011
Estar pez y comer pescado
Milio Mariño
No me da reparo decirlo: he llegado a la edad que tengo por ignorancia. Hay que ser honestos, hay que decir la verdad. Cuando era niño, y hasta hace bien poco, no había autoridades sanitarias, así que como no sabíamos lo que era bueno, o malo, para la salud comíamos de todo. Lo que no mata engorda decían entonces. Y venga platos de cocido, venga chorizo, chuletas de cerdo y arroz con leche a la plancha. Y pescado, por supuesto. Bocarte, bonito, alguna merluza? Lo que pillaran. Dependía de la costera, que es a la mar lo que en tierra llamamos cosecha. Una época del año en la que se da esto o lo otro y no como ahora que lo mismo hay lechugas en diciembre que besugos en agosto.
Fíjense si éramos ignorantes que solo sabíamos que las lentejas tenían hierro y el pescado azul mucho fósforo. Ahora, en cambio, sabemos que el pescado tiene fósforo, mercurio y bifenilos policlorados, que no sé lo que serán pero, al oído, dan menos miedo que el e-coli del pepino.
Ya sé que eran otros tiempos, más duros que estos de ahora, y que los peces comían lo que pillaban. Lo cual explica que no se le ocurriera a nadie pedirles a las sardinas que tuvieran Omega-3. Tenían lo que tenían, por eso estaban tan baratas. Pero los tiempos cambian y al precio que está hoy el bonito solo faltaba que siguiera teniendo los mismos minerales y las mismas propiedades de entonces que, por lo que decían, mejoraba la visión nocturna y la resistencia a las infecciones. Eso está superado, ahora tenemos antibióticos y tocamos a farola y media por habitante. Es comprensible, por tanto, que, en su afán por aportar cosas nuevas, los peces y los crustáceos se hayan atiborrado de las sustancias que vertemos impunemente al mar, y que las autoridades sanitarias hayan puesto el grito en el cielo, advirtiendo de que las embarazadas han de tener cuidado con el bonito y las madres no deberían dárselo, ni a la plancha ni con tomate, a los niños lactantes.
Algunos responderán, seguramente, que siempre han comido bonito y que, además, les miraban la fiebre con un termómetro de mercurio. Bueno ya, pero las cosas se descubren cuando se descubren. Hace unos años el aceite de oliva era poco recomendable y el de girasol una bendición para la salud. Luego se supo que todo obedecía a una campaña de marketing ¿Quién nos dice que, en la próxima década, no descubran que cocinar con soplete, además de ser malo para la espalda, provoca estreñimiento y meteorismo descontrolado?
No me parece mal que las autoridades sanitarias alerten sobre el consumo excesivo de ciertos pescados. Lo que les reprocho es que carguen impunemente contra el bonito, el emperador? no sé, contra los peces en general. Lo digo porque, de todos los animales, los peces pasan por ser los más ignorantes y los más denostados. De ahí que cuando queremos señalar la torpeza de alguien, digamos que está pez.
Los peces nunca fueron apreciados, recuerden que se utilizaban, y se siguen utilizando, como penitencia allá por Cuaresma y en las vigilias y las témporas. Así es que pueden llamarme suicida, irresponsable o lo que quieran pero pienso seguir comiendo pescado. Si no como más, no será por lo que digan las autoridades sanitarias, será por su precio.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
No me da reparo decirlo: he llegado a la edad que tengo por ignorancia. Hay que ser honestos, hay que decir la verdad. Cuando era niño, y hasta hace bien poco, no había autoridades sanitarias, así que como no sabíamos lo que era bueno, o malo, para la salud comíamos de todo. Lo que no mata engorda decían entonces. Y venga platos de cocido, venga chorizo, chuletas de cerdo y arroz con leche a la plancha. Y pescado, por supuesto. Bocarte, bonito, alguna merluza? Lo que pillaran. Dependía de la costera, que es a la mar lo que en tierra llamamos cosecha. Una época del año en la que se da esto o lo otro y no como ahora que lo mismo hay lechugas en diciembre que besugos en agosto.
Fíjense si éramos ignorantes que solo sabíamos que las lentejas tenían hierro y el pescado azul mucho fósforo. Ahora, en cambio, sabemos que el pescado tiene fósforo, mercurio y bifenilos policlorados, que no sé lo que serán pero, al oído, dan menos miedo que el e-coli del pepino.
Ya sé que eran otros tiempos, más duros que estos de ahora, y que los peces comían lo que pillaban. Lo cual explica que no se le ocurriera a nadie pedirles a las sardinas que tuvieran Omega-3. Tenían lo que tenían, por eso estaban tan baratas. Pero los tiempos cambian y al precio que está hoy el bonito solo faltaba que siguiera teniendo los mismos minerales y las mismas propiedades de entonces que, por lo que decían, mejoraba la visión nocturna y la resistencia a las infecciones. Eso está superado, ahora tenemos antibióticos y tocamos a farola y media por habitante. Es comprensible, por tanto, que, en su afán por aportar cosas nuevas, los peces y los crustáceos se hayan atiborrado de las sustancias que vertemos impunemente al mar, y que las autoridades sanitarias hayan puesto el grito en el cielo, advirtiendo de que las embarazadas han de tener cuidado con el bonito y las madres no deberían dárselo, ni a la plancha ni con tomate, a los niños lactantes.
Algunos responderán, seguramente, que siempre han comido bonito y que, además, les miraban la fiebre con un termómetro de mercurio. Bueno ya, pero las cosas se descubren cuando se descubren. Hace unos años el aceite de oliva era poco recomendable y el de girasol una bendición para la salud. Luego se supo que todo obedecía a una campaña de marketing ¿Quién nos dice que, en la próxima década, no descubran que cocinar con soplete, además de ser malo para la espalda, provoca estreñimiento y meteorismo descontrolado?
No me parece mal que las autoridades sanitarias alerten sobre el consumo excesivo de ciertos pescados. Lo que les reprocho es que carguen impunemente contra el bonito, el emperador? no sé, contra los peces en general. Lo digo porque, de todos los animales, los peces pasan por ser los más ignorantes y los más denostados. De ahí que cuando queremos señalar la torpeza de alguien, digamos que está pez.
Los peces nunca fueron apreciados, recuerden que se utilizaban, y se siguen utilizando, como penitencia allá por Cuaresma y en las vigilias y las témporas. Así es que pueden llamarme suicida, irresponsable o lo que quieran pero pienso seguir comiendo pescado. Si no como más, no será por lo que digan las autoridades sanitarias, será por su precio.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 4 de julio de 2011
El niño con la pelota
Milio Mariño
Cuando Serrat cantaba aquello de: «niño deja ya de joder con la pelota», los niños eran más educados que ahora. Había algunos, como el que, seguramente, inspiró a Juan Manuel, que molestaban y daban la vara pero usted iba a un restaurante y los encontraba sentados, portándose como personas. Ahora no, ahora van cargados de juguetes y juegan a sus anchas mientras sus padres comen sin inmutarse y los demás echan pestes. Toca joderse porque si les reclama un mínimo de educación le acusan de intolerante. Lo civilizado es aceptar que los niños tomen el comedor por un parque de atracciones y que usted les aplauda.
Lo del restaurante vale, también, para los aviones, los aeropuertos o cualquier recinto cerrado. No sé quién, pero alguien debería hacerles ver a esos padres la diferencia entre un niño inquieto, educado, y otro asilvestrado o semi salvaje.
La culpa, claro está, no es de los niños, es de los padres. De algunos, por supuesto, pero algunos bastantes porque la excepción confirma lo que no debería ser regla, que los padres entiendan que sus hijos tienen derecho a portarse como les venga en gana.
Con todo, eso no es lo peor. Lo peor viene cuando los niños, a juicio de los padres, se portan mejor de lo que debieran. Y ahí quería llegar porque cualquiera que vaya a ver un partido de fútbol entre alevines o infantiles sabrá de qué hablo. Habrá comprobado que muchos padres reclaman de sus hijos una conducta que nada tiene que ver con la práctica del deporte. «Dale fuerte», o «Machácalo», son gritos que abundan y se mezclan con órdenes de hazle esto o lo otro, insultos al arbitro, y a los contrarios, y estallidos histéricos de las madres que, en ocasiones, son incluso más radicales, posiblemente porque entienden como una agresión contra su hijo cualquier lance normal de juego.
Esto que les comento viene siendo una queja constante de los responsables del fútbol modesto, que se las ven y se las desean para tratar con algunos padres. Y lo que te rondaré morena porque si lo traigo aquí es por la sorpresa que me llevé al leer una noticia que apareció estos días, en letra pequeña, pero que, en mi opinión, tiene una gran trascendencia.
Brahim Abdelkader Díaz, es un niño, de 11 años de edad, que la semana pasada ha sido fichado por el Málaga CF, mediante un contrato suscrito con su padre, a razón de 10.000 euros este año y 20.000 el que viene, más la puesta a disposición de la familia de una confortable vivienda y todos los gastos que la misma conlleve, así como los que correspondan a la educación del chico. No se incluye en el contrato pero también ha tenido que ver, en la decisión final, la promesa de un nuevo contrato laboral para el padre y alguna propina para el abuelo, que es quien lleva al niño a entrenar y lo acompaña en las salidas del equipo.
Seguramente que en ese espejo se mirarán muchos padres. Ahí lo tienen: con 11 años, ganando una pasta y facilitando la vida a su familia. Y todo por darle patadas a la pelotita. Esperemos que el triunfo inmediato y la obtención de dinero no hagan que el niño desarrolle un sentimiento de superioridad y un estilo de vida que lo conviertan en un energúmeno.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
Cuando Serrat cantaba aquello de: «niño deja ya de joder con la pelota», los niños eran más educados que ahora. Había algunos, como el que, seguramente, inspiró a Juan Manuel, que molestaban y daban la vara pero usted iba a un restaurante y los encontraba sentados, portándose como personas. Ahora no, ahora van cargados de juguetes y juegan a sus anchas mientras sus padres comen sin inmutarse y los demás echan pestes. Toca joderse porque si les reclama un mínimo de educación le acusan de intolerante. Lo civilizado es aceptar que los niños tomen el comedor por un parque de atracciones y que usted les aplauda.
Lo del restaurante vale, también, para los aviones, los aeropuertos o cualquier recinto cerrado. No sé quién, pero alguien debería hacerles ver a esos padres la diferencia entre un niño inquieto, educado, y otro asilvestrado o semi salvaje.
La culpa, claro está, no es de los niños, es de los padres. De algunos, por supuesto, pero algunos bastantes porque la excepción confirma lo que no debería ser regla, que los padres entiendan que sus hijos tienen derecho a portarse como les venga en gana.
Con todo, eso no es lo peor. Lo peor viene cuando los niños, a juicio de los padres, se portan mejor de lo que debieran. Y ahí quería llegar porque cualquiera que vaya a ver un partido de fútbol entre alevines o infantiles sabrá de qué hablo. Habrá comprobado que muchos padres reclaman de sus hijos una conducta que nada tiene que ver con la práctica del deporte. «Dale fuerte», o «Machácalo», son gritos que abundan y se mezclan con órdenes de hazle esto o lo otro, insultos al arbitro, y a los contrarios, y estallidos histéricos de las madres que, en ocasiones, son incluso más radicales, posiblemente porque entienden como una agresión contra su hijo cualquier lance normal de juego.
Esto que les comento viene siendo una queja constante de los responsables del fútbol modesto, que se las ven y se las desean para tratar con algunos padres. Y lo que te rondaré morena porque si lo traigo aquí es por la sorpresa que me llevé al leer una noticia que apareció estos días, en letra pequeña, pero que, en mi opinión, tiene una gran trascendencia.
Brahim Abdelkader Díaz, es un niño, de 11 años de edad, que la semana pasada ha sido fichado por el Málaga CF, mediante un contrato suscrito con su padre, a razón de 10.000 euros este año y 20.000 el que viene, más la puesta a disposición de la familia de una confortable vivienda y todos los gastos que la misma conlleve, así como los que correspondan a la educación del chico. No se incluye en el contrato pero también ha tenido que ver, en la decisión final, la promesa de un nuevo contrato laboral para el padre y alguna propina para el abuelo, que es quien lleva al niño a entrenar y lo acompaña en las salidas del equipo.
Seguramente que en ese espejo se mirarán muchos padres. Ahí lo tienen: con 11 años, ganando una pasta y facilitando la vida a su familia. Y todo por darle patadas a la pelotita. Esperemos que el triunfo inmediato y la obtención de dinero no hagan que el niño desarrolle un sentimiento de superioridad y un estilo de vida que lo conviertan en un energúmeno.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
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