martes, 17 de agosto de 2010

El Día de Asturias llevado al ridículo

Milio Mariño

Estaba leyéndolo y no acababa de creerlo. Me parecía inaudito que Isabel Pantoja, Sergio Dalma, Chenoa, Soraya, Tamara y Nacho Cano fueran los elegidos para poner letra y música al Día de Asturias. No estoy seguro, pero creo que grité algún improperio y pedí con todas mis fuerzas que la Virgen de Covadonga, como ya ocurriera en tiempos de Pelayo, viniera en nuestro auxilio y nos librara de la folclórica, y de todos esos cantantes, aunque solo fuera por razones humanitarias.

Debía estar bastante alterado porque mis amigos trataron de tranquilizarme con palabras de ánimo y palmadas en la espalda. Déjalo, no te preocupes, allá ellos. Pero si me preocupo. Y me avergüenzo. No puedo evitarlo. Se me cae la cara de vergüenza viendo lo que están haciendo con el Día de Asturias.

No hay derecho, los asturianos no merecemos esto. Para mi es maltrato y discriminación de género que nuestras señas de identidad y nuestra cultura sean ninguneadas en favor de la copla, la bata de cola y la peineta. Poner a la Pantoja como santo y seña del Día de Asturias es como si nos anunciaran que en la Maestranza de Sevilla El Juli y Pedro Tomas demostrarán todo su arte, y el valor que atesoran, toreando seis bravos rinocerontes de la afamada ganadería del presidente de Gambia. Semejante despropósito no sé yo si no se quedaría corto en relación con ese programa que anuncian para Ribadesella.

Pero es que hay más. Al despropósito y la ordinariez de los festejos hay que sumar lo que cuestan. Solamente La Pantoja cuesta 83.000 euros. Y más les digo, 83.000 euros del erario público para una persona que figura entre los procesados por el caso Malaya, está imputada por un posible delito de corrupción y blanqueo de capitales, y para quien la Fiscalía solicita tres años y medio de cárcel así como una multa de 3.680.000 euros.

Pues claro que respeto la ley, faltaría más. Prueba de ello es que no estoy pidiendo que a una persona, por el hecho de estar imputada le pongan una soga al cuello y la cuelguen del árbol más alto. Pero de eso a darle 83.000 euros y ponerla en un escenario? ¡Es que canta muy bien!, dijo un machaca de no recuerdo qué cargo. Cómo no va a cantar. Estará loca de contenta. Por ese precio cantaría hasta Julián Muñoz. Qué no sé yo como no se les habrá ocurrido incluirlo en el festejo.

Anda que lo de Los Morancos como pregoneros de San Mateo también tiene su mérito, remachó alguien en un intento por nivelar la balanza de estupideces asturfestivas. No lo discuto, pero ese es otro cantar. En lo que estamos es en lo de la folclórica y esa nómina de cantantes que nos saldrán por un ojo de la cara. Bueno, y también en la desfachatez con la que sonríen quienes han perpetrado semejante atropello. Que, de todo, es lo que peor llevo pues me indigna que nos tomen por tontos y se froten las manos pensando que los aplausos a la Pantoja serán, por añadidura, para ellos mismos. Seguramente que los habrá pero a mi me sonarán a bofetadas contra el buen gusto, la decencia y una fiesta que, más que al Día de Asturias, han logrado que se parezca a una romería de Murcia.

martes, 10 de agosto de 2010

Woody Allen Avilés

Milio Mariño

Mientras leo que dentro de unos días volverá por aquí, para estrenar su nueva película, pienso que si a Woody Allen le hicieron una estatua en Oviedo, en Avilés tendrían que hacerle un monumento. Uno bien grande, a la altura de las circunstancias y no esa estatua pedestre que lo rebaja hasta convertirlo en un turista liliputiense que pasea, despistado, buscando no sé si La Escandalera o «La gorda de Botero».

No pido tanto, por menos pusieron en un pedestal a la foca del parque, que también vino de visita pero no volvió que se sepa. Woody vuelve y esta vuelta a la villa se me antoja más importante que la tan celebrada de Michelle Obama a Marbella. No me importa si alguien movió los hilos o si el genio americano viene porque le apetece y le da la judía gana. Y, como no me importa, me fastidiaría que surgiera algún espontáneo imitando la fantasmada de Javier Arenas que, en un alarde de estupidez cateta, dijo que la visita de la señora Obama a Marbella se debía a las gestiones de la Alcaldesa del PP. Una alcaldesa que, ante el aluvión de criticas, mandó quitar la bochornosa pancarta que les daba la bienvenida en inglés.

Creo que es bueno, muy bueno, para Avilés que Woody Allen vuelva, con o sin película bajo el brazo. Que vuelva por compromiso o por el mero placer de volver, aunque sea sin clarinete y sin ese swing al estilo Beny Goodman. Y ya que salió Goodman quiero confesarles un secreto: no sé si por el apellido del clarinetista o por la apariencia del cineasta, pero cuando pienso en Woody Allen me viene a la memoria la figura de Gustavo Bueno, en mejor. Y que conste que lo de «mejor» no debe interpretarse como que defiendo el dualismo antropológico, sino como el resultado de aplicar el materialismo filosófico, pues es en ese ámbito dónde se dibuja la figura del individuo transformado, por anamórfosis, en persona.

Me consta que la anamórfosis es un defecto óptico pero no puedo evitarlo, veo a Woody Allen por la calle La Fruta y me acuerdo de Gustavo Bueno paseando calle arriba, con las manos en los bolsillos. Los dos son genios, cada uno en lo suyo y un poco en lo del otro. Gustavo dice que, a él, lo que le gusta es el cine de antes; el de aquellas películas en las que los personajes mostraban sus sentimientos mediante acciones físicas. Woody, por su parte, afirma que el cerebro es su segundo órgano en importancia, que prefiere la ciencia a la religión y que si le dieran a escoger entre Dios y el aire acondicionado, se quedaría con el aire.

Ya ven que ocurrencias pero, dejando a un lado lo que piensen que, seguramente, interesará solo a unos pocos, lo importante es que Woody Allen vuelve para estrenar en Avilés «Conocerás al hombre de tus sueños», como antes hizo con «El sueño de Cassandra» y el rodaje de «Vicky Cristina Barcelona». Eso es lo importante, que con Woody y sus visitas también estuvieron por aquí Javier Bardem, Penélope Cruz, Scarlett Johanson y hasta Brad Pitt. Así que reitero lo dicho, habría que hacerle un monumento porque hace unos años solo nos visitaban Lina Morgan y Arturo Fernández. Qué también daban lustre, pero menos que esos monstruos de Holliwood.

Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión

lunes, 2 de agosto de 2010

Lencería de escándalo

Milio Mariño

El catálogo de golferías de los cargos públicos es tan amplio que ya mueve a la ternura. Digan si no es enternecedor que la vicepresidenta del Parlamento de Canarias, Cristina Tavio, se compre unas bragas con cargo al erario público. A mi me lo parece y en eso discrepo con el presidente del PP canario, José Manuel Soria, que considera que comprar bragas, güisqui, corbatas o cajas de puros con dinero público no pasa de ser un error. Pues hombre, error sería que la señora, por equivocación, hubiera comprado corbatas o cajas de puros y los señores un par de braguitas pero, por lo visto, cada uno compró lo suyo. Hicieron como, al parecer, hizo Camps, que se equivocaría con lo de los trajes pero no cometió el error de comprarse un par de faldas o dos vestidos de Agatha Ruiz de la Prada.

Lo de Tenerife, que se ha conocido ahora, tampoco es que sea novedad. El Ayuntamiento de Castellón, presidido por el popular Alberto Fabra, también subvencionó la compra de ropa interior. Se gastó 1.470 euros en una partida de bragas, con el logotipo de Harley Davidson, que fueron repartidas en una concentración de motos. Por menos que eso se montó un pollo en Oviedo cuando Rivi Ramos reprochó a Gabino de Lorenzo que pagara una factura de lavandería que incluía el lavado de los calzoncillos de Mario Vargas Llosa.

Casos como estos que menciono, o que la factura de un mes de móvil del Alcalde de Villaquilambre, un pueblo de León de 17.000 habitantes, ascienda a 2.400 euros, suelen ser considerados por los partidos políticos como errores puntuales, o simples anécdotas que no deben empañar la honestidad y el abnegado trabajo de los miles de cargos públicos que cumplen con su deber. No lo pongo en duda, es más, lo suscribo. Pero siendo cierto que la honestidad es ampliamente mayoritaria entre quienes se dedican a la política no lo es menos que los partidos, todos los partidos, procuran tapar a sus corruptos utilizando cualquier excusa. Cuando no es que el juez les persigue y les tiene manía, es que a la sentencia todavía le cabe un recurso, o que se trata de un error, o una chiquillada de la que nadie está libre por aquello de que todos somos humanos. Y eso es lo grave. Que consideremos punible la recalificación de un terreno o un pelotazo urbanístico y nos parezca una chiquillada que un cargo público se compre unas bragas, que al parecer costaron 33,80 euros, con cargo a nuestros impuestos.

Para estos casos no estoy de acuerdo en que, como dice la ley, la pena deba ser un castigo proporcional al delito. No me parece justo que se les juzgue por unas bragas, unas cajas de puros o cuatro corbatas. La ofensa que supone, para la sociedad, no se corresponde con el valor económico. Comprarse unas bragas y que las pague el ayuntamiento no son 33,80 euros, es mucho más que eso. Es un escarnio ético y democrático que requiere, cuando menos, la inhabilitación inmediata, y de por vida, para ejercer cualquier cargo público. Y no es que, de repente, me haya dado un arrebato justiciero, es que para seguir manteniendo la fe en la honestidad de los políticos, necesita uno que le ayuden, aunque solo sea de vez en cuando, con un golpe de efecto. Qué menos.

Milio Mariño / La Nueva España / Artículos de Opinión

lunes, 26 de julio de 2010

Devolver los cascos

Milio Mariño

Un libro que estoy leyendo dice que desde la experiencia subjetiva de nuestro presente estamos construyendo nuestro pasado. No se me había ocurrido pero ahora me explico como fue que una noticia de hace unos días me devolvió al pasado y a la infancia de aquellos veranos en los que sacábamos cuatro pesetas gracias a un sistema de reciclaje del que ya nadie se acuerda: devolver los cascos.

Parecerá una tontería pero influido, seguramente, por lo que decía el libro resulta que mientras leía la nota del PP, anunciando su rechazo a la candidatura de Cascos, me acordé de aquellos otros cascos y de la recompensa que recibíamos por devolverlos. Sé lo que estarán pensando, que el juego de palabras, elemental y simplista, confirma que no soy excepcionalmente inteligente y que cuando leí la palabra Cascos mi cerebro se esforzó por agradarme y creyó que hacia una gracia relacionando el apellido del personaje ilustre con el sustantivo que pone nombre a los envases vacíos. Eso mismo pensaba yo, pero mi cerebro se puso terco y argumentó, muy serio, que el tal juego de palabras venía que ni pintado pues la trayectoria del personaje, y la decisión del PP asturiano, no podían entenderse de mejor forma que recurriendo al ejemplo de aquellos cascos que devolvíamos al chigrero a cambio de una pequeña recompensa con la que comprábamos caramelos.

El paralelismo parecía novedoso y como el día se presentaba aburrido acepté el reto de embarcarme en un repaso de méritos que arrojara alguna luz sobre si Cascos es, ahora mismo, un gigante político o un envase vacío.

Álvarez Cascos ya subió y bajó todos los escalones de la escena política. Fue concejal del Ayuntamiento de Gijón, diputado provincial, nacional, senador, ministro y hasta candidato a la presidencia del Principado, aspiración en la que fracasó pues Pedro de Silva se alzó con el triunfo por un margen de casi el doble de diputados. Como ministro tuvo aciertos y errores, apuntándose como el más sonoro que, siendo responsable del salvamento marítimo, permaneciera de cacería en el Pirineo mientras se producía el vertido del «Prestige». Una afición, la caza, que comparte con la pesca hasta el punto de que sus amigos lo llaman «El Chato Salmones». Defensor de la ortodoxia católica, sus profundas convicciones religiosas no le impidieron abandonar a su esposa y casarse en segundas nupcias con una mujer 27 años más joven, a quién luego dejó por la galerista María Porto y sus negocios inmobiliarios. Por lo que se refiere a sus amistades se le sitúa muy cerca de Francisco Correa y Jaume Matas y muy lejos de María Dolores de Cospedal y Soraya Sáez de Santamaría, a quienes trató, más de una vez, en tono despectivo. También cargó contra Rajoy, Camps y Valcárcel. Se lleva mal con Ovidio Sánchez y, al parecer, entre los actuales dirigentes del PP, sólo Esperanza Aguirre le tiene aprecio. Su estilo bronco y sus modales autoritarios le valieron incluso para que Aznar lo fuera apartando, así que la decisión del PP asturiano se sitúa en la órbita de lo que piensa el partido. Es decir, que Cascos tiene toda la pinta de ser un envase vacío y lo que procede, en estos casos, es hacer como se hacía antes: devolverlo. Suerte que tiene el playo porque lo que, ahora, hacen con los cascos no es lavarlos y utilizarlos de nuevo, ahora los machacan y los destruyen.

Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión

lunes, 19 de julio de 2010

Banderita, tú eres roja

Milio Mariño

Ahora que todo quedó como estaba se me ocurre que no debí ser el único que acabó hartándose del festejo y de lo que vino luego. Aclaro, para desterrar cualquier duda, que me alegré de qué la Selección Española de Fútbol quedara campeona del mundo. Me alegré muchísimo. Y más les digo, como vivo las emociones exteriorizando mis sentimientos quizá no tanto como Pepe Reina pero más que don Vicente del Bosque, se me notaba que estaba contento. Lo malo que, ya saben, basta que uno se divierta y todo marche de maravilla para que venga alguien y lo fastidie. Contaba con ello. Lo sospechaba desde el principio, y mi sospecha se acrecentó cuando, ante el temor de que el festejo fuera sonado pero sin salirse de madre, algunos periódicos, y algunas televisiones, lanzaron esta consigna: Emborracharos y haced el burro todo lo que podáis que, tal como está el país, no vais a tener muchas ocasiones como esta.

Me temí lo peor. Pero lo peor no fue que millones de españoles siguieran la consigna al pie de la letra. Lo peor fue la lectura que algunos hicieron de la explosión de alegría y la profusión de banderas. Les faltó tiempo para manifestar que era un toque de atención al Gobierno pues, según ellos, los ciudadanos habían demostrando, con su patriotismo, que apuestan por una España unida, en la que no caben las discordias territoriales ni los nacionalismos históricos.

Interpretar de esa forma lo que estaba sucediendo, permítanme que les diga, es liar la madeja y jugar sucio. Es aprovecharse del festejo para colarnos un gol de mala manera. Viene a ser, salvando las distancias, lo que quiso hacer Holanda. Utilizar la táctica del juego sucio, las marrullerías y las protestas para alzarse con el triunfo. Lo malo que así, y contando incluso con un árbitro que proteja esas fechorías, está visto que no se gana. Deberían saberlo quienes utilizan la sana alegría de los éxitos deportivos para proclamar su patriotismo de pacotilla y decir que se tome como ejemplo la unidad de la selección española. Deberían empezar por aplicarse ellos la receta ya que, obviamente, si el seleccionador hubiera tenido en cuenta la procedencia de los jugadores y hubiera actuado en función de si tal o cual era catalán, asturiano o vasco, habría hecho un pan como unas hostias. Si algo ha mostrado este triunfo es cómo deben hacerse las cosas. Es más, empezamos perdiendo pero, lejos de caer en nuestro tradicional derrotismo, salimos adelante y quedamos campeones, que era de lo que se trataba. Así que la profusión de banderas y el apoyo unánime a la Selección Española hay que tomarlo como lo que fue y no como lo que algunos quisieron ver.

Cierto que somos muchos millones los que nos sentimos orgullosos de ser españoles pero de ahí a que, por manifestarlo, nos identifiquen con los que suspiran por la vuelta a la España de las provincias y a unas señas de identidad que incluyen el toro de Osborne y las canciones de Manolo Escobar, media un abismo. Por eso he titulado así este articulo. Para mostrar, con un ejemplo, que el titulo dice lo que quiere decir y que, el hecho de que haya una coincidencia, no debería ser utilizado, por nadie, para ponerle música de pasodoble y entonar la cancioncilla de marras.

Milio Mariño / Artículos de Opinión / La Nueva España / 19-07-2010

lunes, 12 de julio de 2010

El problema de la basura

El mundo ha cambiado tanto, en tan poco tiempo, que si hace cuarenta años alguien nos dijera que, a estas alturas, andaríamos por la calle con una bolsa en la mano recogiendo del suelo los excrementos de nuestro perro responderíamos que estaba chiflado. Esa escena, analizada con la mentalidad de entonces, serviría para que nos tomaran por locos. ¿Qué pudo haber pasado para que consideremos no solo normal sino un acto de civismo que una persona se agache y, en plena calle, limpie la cagada de su perro?

Si nos atenemos a lo que dicen quienes entienden de esto, lo que, realmente ha pasado es que somos más responsables y hemos tomado conciencia. Antes creíamos que todo consistía en pagar una tasa y que el ayuntamiento tenía la obligación de recoger la basura y las inmundicias que arrojábamos a la calle. Éramos unos cafres; no nos importaba el sostenimiento del planeta, ni el calentamiento global, ni nada por el estilo. Lo que echábamos a la basura, lo metíamos todo en un cubo y allá que se arreglen. Ahora es distinto, ahora seleccionamos cada porquería en su sitio. Así da gusto. Así, fruto de la concienciación y el civismo, la cosa ha cambiado hasta el punto de que nuestra basura puede llegar, incluso, a ser un negocio. Lo cual significa que no era, como pensábamos, un problema de asco, o de tener más o menos escrúpulos.

Como no soy experto en nada y menos en esto, para mí la basura era, hasta hace poco, algo tan desagradable, y tan ruinoso, que solo podía interesarles a los Ayuntamientos. Empecé a sospechar que debía estar equivocado cuando me enteré de que Florentino Pérez y las hermanas Koplowitz se dedicaban, entre otras cosas, a recoger la basura de no sé cuantas ciudades. Un trabajo duro donde los haya, pero que les permite vivir dignamente y tener cuatro euros para gastárselos en un yate, que bien se lo merecen.

Les parecerá una tontería una tontería pero me costaba aceptar que gente de su nivel; fina, educada y de muy buena familia, no le importara vivir de una actividad tan cutre. Estaba tan convencido que llegué a pensar que podía haber un componente de altruismo y una toma de conciencia. Algo así como lo que nos pasa a nosotros con las cagadas de nuestros perros. Pero claro, todo se me vino abajo cuando leí que, en torno a la basura, se habían montado unos negocios de aúpa y que, allá por Alicante, había una telaraña que suponía 18 millones de euros y presuntos delitos de extorsión, tráfico de influencias, amenazas y cohecho.

El resultado fue que me hice un lío. Esas noticias, y otras por el estilo, me produjeron tal cantidad de basura mental que dudo que vaya a poder reciclarla. Se me ha metido en la cabeza que el círculo de mierda, lejos de reducirse, es cada vez más grande. Y lo grave del caso es que, por lo visto, no tienen intención de depurar responsabilidades. Al parecer los únicos que hemos tomado conciencia somos nosotros. Los políticos meten su basura en un cubo y dejan que se amontone en los juzgados. Y así, claro, es tal la cantidad que ya huele que apesta. De modo que no les cuento lo que puede pasar con estos calores y como estará al final del verano.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España

lunes, 5 de julio de 2010

Hay que tener valor

Milio Mariño

No sé lo que pensaran ustedes pero, en mi opinión, hay que tener valor, mucho valor, para hacer lo que hizo Cristian Hernández, que después de dar dos capotazos y sufrir medio revolcón, corrió hasta la barrera, saltó de cabeza y dijo: Me faltan huevos, no merezco ser torero. Y se cortó la coleta.

Sucedió el pasado trece de junio pero aun me da vueltas en la cabeza aquella imagen en la que aparecía el torero confesando sus carencias, mientras el respetable lo abucheaba y le lanzaba todo tipo de objetos. Mal por el público y peor por los periodistas que, con sus risitas, se sumaron al cachondeo. Habría que ver si, cuando los embiste el director, tienen lo que el torero echaba de menos. Habría que verlo. En cualquier caso, ya que hablamos de valor, aprovecho para comentarles que hemos perdido la costumbre de revelarnos y decir lo que pensamos. Que somos, cada vez, más cobardes.

La culpa de que seamos así la tiene ese empeño por considerarnos ciudadanos y la mania de sentirnos obligados a decir siempre lo que algunos consideran correcto. Antes, casi todos, nacíamos en un pueblo, de ahí que la vida estuviera impregnada por un ruralismo, elemental y muy practico, que lo primero que nos enseñaba era a regirnos por la ley del instinto.

Ahora no. Ahora la gente cree que vive en el mundo de Jauja y que todos los animales son como el que tiene en casa; que no muerde ni da patadas. Ese es el problema que los niños llegan a mayores pensando de los animales lo que los hindúes de sus vacas; que son puntales básicos del sistema y tenemos que alimentarlos para luego recoger sus boñigas. Unas boñigas que, allá en la India, se utilizan como combustible al que los técnicos atribuyen el equivalente térmico de 27 millones de toneladas de petróleo. Así que por mucho que algunos pensemos que las vacas serian más útiles en filetes, no es para reírse. Confirma la regla de que a ciertos animales aún se les puede sacar provecho, pero son los menos. Sobre todo en los países occidentales, que es donde viven con nosotros, y a nuestra costa, no por su utilidad material sino por ese componente psicológico que nos empuja a buscar compañía.

La idea de que los animales deberían ser amables y corresponder al trato que les damos era la que, a buen seguro, debía tener Cristian Hernández cuando saltó al ruedo. Estaba equivocado. Estaba, si me permiten la comparación, como Rodriguez Zapatero, que cuando se vio frente al morlaco fue cuando se dio cuenta de que el animal no se prestaba al juego del capotazo sino que embestía a muerte con todas sus fuerzas.

Para algunos, quizá para el respetable, Zapatero tuvo el valor de hacerle frente y no salir corriendo pero, en mi opinión, ser, de verdad, valiente hubiera sido abandonar el ruedo, saltar la barrera y decir no tengo huevos. No señor, no los tengo. Ahí les queda la Reforma Laboral, los recortes sociales, la subida de impuestos y el mogollón de la crisis; toréenla ustedes si quieren. Pero claro, para eso, hay que tener mucho valor. Hay que tener el valor que tuvo Cristian Hernández cuando dijo, yo no valgo para esto y, allí mismo, se cortó la coleta.