Milio Mariño
Ahora que todo quedó como estaba se me ocurre que no debí ser el único que acabó hartándose del festejo y de lo que vino luego. Aclaro, para desterrar cualquier duda, que me alegré de qué la Selección Española de Fútbol quedara campeona del mundo. Me alegré muchísimo. Y más les digo, como vivo las emociones exteriorizando mis sentimientos quizá no tanto como Pepe Reina pero más que don Vicente del Bosque, se me notaba que estaba contento. Lo malo que, ya saben, basta que uno se divierta y todo marche de maravilla para que venga alguien y lo fastidie. Contaba con ello. Lo sospechaba desde el principio, y mi sospecha se acrecentó cuando, ante el temor de que el festejo fuera sonado pero sin salirse de madre, algunos periódicos, y algunas televisiones, lanzaron esta consigna: Emborracharos y haced el burro todo lo que podáis que, tal como está el país, no vais a tener muchas ocasiones como esta.
Me temí lo peor. Pero lo peor no fue que millones de españoles siguieran la consigna al pie de la letra. Lo peor fue la lectura que algunos hicieron de la explosión de alegría y la profusión de banderas. Les faltó tiempo para manifestar que era un toque de atención al Gobierno pues, según ellos, los ciudadanos habían demostrando, con su patriotismo, que apuestan por una España unida, en la que no caben las discordias territoriales ni los nacionalismos históricos.
Interpretar de esa forma lo que estaba sucediendo, permítanme que les diga, es liar la madeja y jugar sucio. Es aprovecharse del festejo para colarnos un gol de mala manera. Viene a ser, salvando las distancias, lo que quiso hacer Holanda. Utilizar la táctica del juego sucio, las marrullerías y las protestas para alzarse con el triunfo. Lo malo que así, y contando incluso con un árbitro que proteja esas fechorías, está visto que no se gana. Deberían saberlo quienes utilizan la sana alegría de los éxitos deportivos para proclamar su patriotismo de pacotilla y decir que se tome como ejemplo la unidad de la selección española. Deberían empezar por aplicarse ellos la receta ya que, obviamente, si el seleccionador hubiera tenido en cuenta la procedencia de los jugadores y hubiera actuado en función de si tal o cual era catalán, asturiano o vasco, habría hecho un pan como unas hostias. Si algo ha mostrado este triunfo es cómo deben hacerse las cosas. Es más, empezamos perdiendo pero, lejos de caer en nuestro tradicional derrotismo, salimos adelante y quedamos campeones, que era de lo que se trataba. Así que la profusión de banderas y el apoyo unánime a la Selección Española hay que tomarlo como lo que fue y no como lo que algunos quisieron ver.
Cierto que somos muchos millones los que nos sentimos orgullosos de ser españoles pero de ahí a que, por manifestarlo, nos identifiquen con los que suspiran por la vuelta a la España de las provincias y a unas señas de identidad que incluyen el toro de Osborne y las canciones de Manolo Escobar, media un abismo. Por eso he titulado así este articulo. Para mostrar, con un ejemplo, que el titulo dice lo que quiere decir y que, el hecho de que haya una coincidencia, no debería ser utilizado, por nadie, para ponerle música de pasodoble y entonar la cancioncilla de marras.
Milio Mariño / Artículos de Opinión / La Nueva España / 19-07-2010
lunes, 19 de julio de 2010
lunes, 12 de julio de 2010
El problema de la basura
El mundo ha cambiado tanto, en tan poco tiempo, que si hace cuarenta años alguien nos dijera que, a estas alturas, andaríamos por la calle con una bolsa en la mano recogiendo del suelo los excrementos de nuestro perro responderíamos que estaba chiflado. Esa escena, analizada con la mentalidad de entonces, serviría para que nos tomaran por locos. ¿Qué pudo haber pasado para que consideremos no solo normal sino un acto de civismo que una persona se agache y, en plena calle, limpie la cagada de su perro?
Si nos atenemos a lo que dicen quienes entienden de esto, lo que, realmente ha pasado es que somos más responsables y hemos tomado conciencia. Antes creíamos que todo consistía en pagar una tasa y que el ayuntamiento tenía la obligación de recoger la basura y las inmundicias que arrojábamos a la calle. Éramos unos cafres; no nos importaba el sostenimiento del planeta, ni el calentamiento global, ni nada por el estilo. Lo que echábamos a la basura, lo metíamos todo en un cubo y allá que se arreglen. Ahora es distinto, ahora seleccionamos cada porquería en su sitio. Así da gusto. Así, fruto de la concienciación y el civismo, la cosa ha cambiado hasta el punto de que nuestra basura puede llegar, incluso, a ser un negocio. Lo cual significa que no era, como pensábamos, un problema de asco, o de tener más o menos escrúpulos.
Como no soy experto en nada y menos en esto, para mí la basura era, hasta hace poco, algo tan desagradable, y tan ruinoso, que solo podía interesarles a los Ayuntamientos. Empecé a sospechar que debía estar equivocado cuando me enteré de que Florentino Pérez y las hermanas Koplowitz se dedicaban, entre otras cosas, a recoger la basura de no sé cuantas ciudades. Un trabajo duro donde los haya, pero que les permite vivir dignamente y tener cuatro euros para gastárselos en un yate, que bien se lo merecen.
Les parecerá una tontería una tontería pero me costaba aceptar que gente de su nivel; fina, educada y de muy buena familia, no le importara vivir de una actividad tan cutre. Estaba tan convencido que llegué a pensar que podía haber un componente de altruismo y una toma de conciencia. Algo así como lo que nos pasa a nosotros con las cagadas de nuestros perros. Pero claro, todo se me vino abajo cuando leí que, en torno a la basura, se habían montado unos negocios de aúpa y que, allá por Alicante, había una telaraña que suponía 18 millones de euros y presuntos delitos de extorsión, tráfico de influencias, amenazas y cohecho.
El resultado fue que me hice un lío. Esas noticias, y otras por el estilo, me produjeron tal cantidad de basura mental que dudo que vaya a poder reciclarla. Se me ha metido en la cabeza que el círculo de mierda, lejos de reducirse, es cada vez más grande. Y lo grave del caso es que, por lo visto, no tienen intención de depurar responsabilidades. Al parecer los únicos que hemos tomado conciencia somos nosotros. Los políticos meten su basura en un cubo y dejan que se amontone en los juzgados. Y así, claro, es tal la cantidad que ya huele que apesta. De modo que no les cuento lo que puede pasar con estos calores y como estará al final del verano.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
Si nos atenemos a lo que dicen quienes entienden de esto, lo que, realmente ha pasado es que somos más responsables y hemos tomado conciencia. Antes creíamos que todo consistía en pagar una tasa y que el ayuntamiento tenía la obligación de recoger la basura y las inmundicias que arrojábamos a la calle. Éramos unos cafres; no nos importaba el sostenimiento del planeta, ni el calentamiento global, ni nada por el estilo. Lo que echábamos a la basura, lo metíamos todo en un cubo y allá que se arreglen. Ahora es distinto, ahora seleccionamos cada porquería en su sitio. Así da gusto. Así, fruto de la concienciación y el civismo, la cosa ha cambiado hasta el punto de que nuestra basura puede llegar, incluso, a ser un negocio. Lo cual significa que no era, como pensábamos, un problema de asco, o de tener más o menos escrúpulos.
Como no soy experto en nada y menos en esto, para mí la basura era, hasta hace poco, algo tan desagradable, y tan ruinoso, que solo podía interesarles a los Ayuntamientos. Empecé a sospechar que debía estar equivocado cuando me enteré de que Florentino Pérez y las hermanas Koplowitz se dedicaban, entre otras cosas, a recoger la basura de no sé cuantas ciudades. Un trabajo duro donde los haya, pero que les permite vivir dignamente y tener cuatro euros para gastárselos en un yate, que bien se lo merecen.
Les parecerá una tontería una tontería pero me costaba aceptar que gente de su nivel; fina, educada y de muy buena familia, no le importara vivir de una actividad tan cutre. Estaba tan convencido que llegué a pensar que podía haber un componente de altruismo y una toma de conciencia. Algo así como lo que nos pasa a nosotros con las cagadas de nuestros perros. Pero claro, todo se me vino abajo cuando leí que, en torno a la basura, se habían montado unos negocios de aúpa y que, allá por Alicante, había una telaraña que suponía 18 millones de euros y presuntos delitos de extorsión, tráfico de influencias, amenazas y cohecho.
El resultado fue que me hice un lío. Esas noticias, y otras por el estilo, me produjeron tal cantidad de basura mental que dudo que vaya a poder reciclarla. Se me ha metido en la cabeza que el círculo de mierda, lejos de reducirse, es cada vez más grande. Y lo grave del caso es que, por lo visto, no tienen intención de depurar responsabilidades. Al parecer los únicos que hemos tomado conciencia somos nosotros. Los políticos meten su basura en un cubo y dejan que se amontone en los juzgados. Y así, claro, es tal la cantidad que ya huele que apesta. De modo que no les cuento lo que puede pasar con estos calores y como estará al final del verano.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 5 de julio de 2010
Hay que tener valor
Milio Mariño
No sé lo que pensaran ustedes pero, en mi opinión, hay que tener valor, mucho valor, para hacer lo que hizo Cristian Hernández, que después de dar dos capotazos y sufrir medio revolcón, corrió hasta la barrera, saltó de cabeza y dijo: Me faltan huevos, no merezco ser torero. Y se cortó la coleta.
Sucedió el pasado trece de junio pero aun me da vueltas en la cabeza aquella imagen en la que aparecía el torero confesando sus carencias, mientras el respetable lo abucheaba y le lanzaba todo tipo de objetos. Mal por el público y peor por los periodistas que, con sus risitas, se sumaron al cachondeo. Habría que ver si, cuando los embiste el director, tienen lo que el torero echaba de menos. Habría que verlo. En cualquier caso, ya que hablamos de valor, aprovecho para comentarles que hemos perdido la costumbre de revelarnos y decir lo que pensamos. Que somos, cada vez, más cobardes.
La culpa de que seamos así la tiene ese empeño por considerarnos ciudadanos y la mania de sentirnos obligados a decir siempre lo que algunos consideran correcto. Antes, casi todos, nacíamos en un pueblo, de ahí que la vida estuviera impregnada por un ruralismo, elemental y muy practico, que lo primero que nos enseñaba era a regirnos por la ley del instinto.
Ahora no. Ahora la gente cree que vive en el mundo de Jauja y que todos los animales son como el que tiene en casa; que no muerde ni da patadas. Ese es el problema que los niños llegan a mayores pensando de los animales lo que los hindúes de sus vacas; que son puntales básicos del sistema y tenemos que alimentarlos para luego recoger sus boñigas. Unas boñigas que, allá en la India, se utilizan como combustible al que los técnicos atribuyen el equivalente térmico de 27 millones de toneladas de petróleo. Así que por mucho que algunos pensemos que las vacas serian más útiles en filetes, no es para reírse. Confirma la regla de que a ciertos animales aún se les puede sacar provecho, pero son los menos. Sobre todo en los países occidentales, que es donde viven con nosotros, y a nuestra costa, no por su utilidad material sino por ese componente psicológico que nos empuja a buscar compañía.
La idea de que los animales deberían ser amables y corresponder al trato que les damos era la que, a buen seguro, debía tener Cristian Hernández cuando saltó al ruedo. Estaba equivocado. Estaba, si me permiten la comparación, como Rodriguez Zapatero, que cuando se vio frente al morlaco fue cuando se dio cuenta de que el animal no se prestaba al juego del capotazo sino que embestía a muerte con todas sus fuerzas.
Para algunos, quizá para el respetable, Zapatero tuvo el valor de hacerle frente y no salir corriendo pero, en mi opinión, ser, de verdad, valiente hubiera sido abandonar el ruedo, saltar la barrera y decir no tengo huevos. No señor, no los tengo. Ahí les queda la Reforma Laboral, los recortes sociales, la subida de impuestos y el mogollón de la crisis; toréenla ustedes si quieren. Pero claro, para eso, hay que tener mucho valor. Hay que tener el valor que tuvo Cristian Hernández cuando dijo, yo no valgo para esto y, allí mismo, se cortó la coleta.
No sé lo que pensaran ustedes pero, en mi opinión, hay que tener valor, mucho valor, para hacer lo que hizo Cristian Hernández, que después de dar dos capotazos y sufrir medio revolcón, corrió hasta la barrera, saltó de cabeza y dijo: Me faltan huevos, no merezco ser torero. Y se cortó la coleta.
Sucedió el pasado trece de junio pero aun me da vueltas en la cabeza aquella imagen en la que aparecía el torero confesando sus carencias, mientras el respetable lo abucheaba y le lanzaba todo tipo de objetos. Mal por el público y peor por los periodistas que, con sus risitas, se sumaron al cachondeo. Habría que ver si, cuando los embiste el director, tienen lo que el torero echaba de menos. Habría que verlo. En cualquier caso, ya que hablamos de valor, aprovecho para comentarles que hemos perdido la costumbre de revelarnos y decir lo que pensamos. Que somos, cada vez, más cobardes.
La culpa de que seamos así la tiene ese empeño por considerarnos ciudadanos y la mania de sentirnos obligados a decir siempre lo que algunos consideran correcto. Antes, casi todos, nacíamos en un pueblo, de ahí que la vida estuviera impregnada por un ruralismo, elemental y muy practico, que lo primero que nos enseñaba era a regirnos por la ley del instinto.
Ahora no. Ahora la gente cree que vive en el mundo de Jauja y que todos los animales son como el que tiene en casa; que no muerde ni da patadas. Ese es el problema que los niños llegan a mayores pensando de los animales lo que los hindúes de sus vacas; que son puntales básicos del sistema y tenemos que alimentarlos para luego recoger sus boñigas. Unas boñigas que, allá en la India, se utilizan como combustible al que los técnicos atribuyen el equivalente térmico de 27 millones de toneladas de petróleo. Así que por mucho que algunos pensemos que las vacas serian más útiles en filetes, no es para reírse. Confirma la regla de que a ciertos animales aún se les puede sacar provecho, pero son los menos. Sobre todo en los países occidentales, que es donde viven con nosotros, y a nuestra costa, no por su utilidad material sino por ese componente psicológico que nos empuja a buscar compañía.
La idea de que los animales deberían ser amables y corresponder al trato que les damos era la que, a buen seguro, debía tener Cristian Hernández cuando saltó al ruedo. Estaba equivocado. Estaba, si me permiten la comparación, como Rodriguez Zapatero, que cuando se vio frente al morlaco fue cuando se dio cuenta de que el animal no se prestaba al juego del capotazo sino que embestía a muerte con todas sus fuerzas.
Para algunos, quizá para el respetable, Zapatero tuvo el valor de hacerle frente y no salir corriendo pero, en mi opinión, ser, de verdad, valiente hubiera sido abandonar el ruedo, saltar la barrera y decir no tengo huevos. No señor, no los tengo. Ahí les queda la Reforma Laboral, los recortes sociales, la subida de impuestos y el mogollón de la crisis; toréenla ustedes si quieren. Pero claro, para eso, hay que tener mucho valor. Hay que tener el valor que tuvo Cristian Hernández cuando dijo, yo no valgo para esto y, allí mismo, se cortó la coleta.
lunes, 28 de junio de 2010
Refundación de los verdes y de la marchita IU
Milio Mariño
Cuentan que en IU andan atareados buscando ingredientes para cocinar una nueva refundación y presentarse a las elecciones con una imagen distinta y más atractiva. Algo parecido a lo que hicieron hace tres décadas. Disfrazarse de nueva coalición de izquierdas para atraer a los socialistas descontentos, los ecologistas, los verdes, los republicanos y todos los que, a las siglas de marca, añadieron dos o tres letras. Un empeño en el que también participan Iniciativa del Poble Valencià, Iniciativa d'Esquerres, Chunta Aragonesista, Nueva Canarias y la plataforma andaluza Paralelo 36.
En principio parecen muchos, pero como en lo ideológico IU se parece a la tripa de Jorge, seguro que caben todos y alguno más que se apunte, pues no es previsible, tampoco, que vayan a tener problemas de aforo.
La idea es de Cayo Lara, que a diferencia del conde Arnaldos, que dijo aquello de que yo no digo mi canción sino a quien conmigo va, se ha apresurado a decir que aboga por una convergencia de rebeldía que haga frente al ataque financiero y a los especuladores que atentan contra la soberanía nacional.
Ahí queda eso. A mi me pasó como a ustedes, que no daba crédito, pero como la refundación debe ser abrir las puertas para que entre todo hijo de vecino, incluidos los del pelo engominado y el polo con cocodrilo, igual resulta que IU se refunda hasta el punto de enmendarle la plana a Marx y defender el capitalismo nacional frente al universal. Vaya usted a saber. El caso que no sé por qué, pero Cayo Lara me parece algo así como una refundación de Julio Anguita, a quien conocí la víspera de que saliera elegido, un momento antes de que dijera a los periodistas: «Cómo quieren que les diga que yo no me presento».
Recordado aquello también recuerdo que, a mediados de los ochenta, solía ir, de vez en cuando, por la tertulia de Bocaccio y, siempre que iba, allí estaba Gerardo. Quiero decir Gerardín, a quien si algo tengo que reprocharle es que olvidara que había nacido en La Cerezal y hablara con ese «egg qué» horroroso que tanto prodiga Bono. Por lo demás me caía bien, incluido aquel porte de dandy y aquella trinchera blanca que llevaba a todas partes. Me caía estupendamente porque no era lo que Santiago Carrillo había querido que fuera; era él mismo, con sus virtudes y sus defectos. Luego ya fue diferente. Luego llegó Julio Anguita con la teoría de las dos orillas, el sorpaso y sus comidas, en comandita con Aznar y Pedro J Ramírez.
Dije en comandita porque las sociedades así constituidas, según el derecho mercantil, son las que se salen de las formas tradicionales y permiten que toda persona que tuviera impedimento moral o jurídico para dedicarse al comercio pueda hacerlo y repartirse luego las ganancias.
La cosa es que Los Verdes, siguiendo los pasos de los europeos de Cohn-Bendit, también andan de refundación y se están llevando a muchos militantes de Izquierda Unida. No sé lo que al final saldrá de todo eso pero no parece lógico que IU esté convocando una convergencia de rebeldía contra lo que llaman el gobierno socio-liberal del PSOE y siga formando parte de esos gobiernos, o reclamando el apoyo de los socialistas, en numerosas comunidades, diputaciones y ayuntamientos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
Cuentan que en IU andan atareados buscando ingredientes para cocinar una nueva refundación y presentarse a las elecciones con una imagen distinta y más atractiva. Algo parecido a lo que hicieron hace tres décadas. Disfrazarse de nueva coalición de izquierdas para atraer a los socialistas descontentos, los ecologistas, los verdes, los republicanos y todos los que, a las siglas de marca, añadieron dos o tres letras. Un empeño en el que también participan Iniciativa del Poble Valencià, Iniciativa d'Esquerres, Chunta Aragonesista, Nueva Canarias y la plataforma andaluza Paralelo 36.
En principio parecen muchos, pero como en lo ideológico IU se parece a la tripa de Jorge, seguro que caben todos y alguno más que se apunte, pues no es previsible, tampoco, que vayan a tener problemas de aforo.
La idea es de Cayo Lara, que a diferencia del conde Arnaldos, que dijo aquello de que yo no digo mi canción sino a quien conmigo va, se ha apresurado a decir que aboga por una convergencia de rebeldía que haga frente al ataque financiero y a los especuladores que atentan contra la soberanía nacional.
Ahí queda eso. A mi me pasó como a ustedes, que no daba crédito, pero como la refundación debe ser abrir las puertas para que entre todo hijo de vecino, incluidos los del pelo engominado y el polo con cocodrilo, igual resulta que IU se refunda hasta el punto de enmendarle la plana a Marx y defender el capitalismo nacional frente al universal. Vaya usted a saber. El caso que no sé por qué, pero Cayo Lara me parece algo así como una refundación de Julio Anguita, a quien conocí la víspera de que saliera elegido, un momento antes de que dijera a los periodistas: «Cómo quieren que les diga que yo no me presento».
Recordado aquello también recuerdo que, a mediados de los ochenta, solía ir, de vez en cuando, por la tertulia de Bocaccio y, siempre que iba, allí estaba Gerardo. Quiero decir Gerardín, a quien si algo tengo que reprocharle es que olvidara que había nacido en La Cerezal y hablara con ese «egg qué» horroroso que tanto prodiga Bono. Por lo demás me caía bien, incluido aquel porte de dandy y aquella trinchera blanca que llevaba a todas partes. Me caía estupendamente porque no era lo que Santiago Carrillo había querido que fuera; era él mismo, con sus virtudes y sus defectos. Luego ya fue diferente. Luego llegó Julio Anguita con la teoría de las dos orillas, el sorpaso y sus comidas, en comandita con Aznar y Pedro J Ramírez.
Dije en comandita porque las sociedades así constituidas, según el derecho mercantil, son las que se salen de las formas tradicionales y permiten que toda persona que tuviera impedimento moral o jurídico para dedicarse al comercio pueda hacerlo y repartirse luego las ganancias.
La cosa es que Los Verdes, siguiendo los pasos de los europeos de Cohn-Bendit, también andan de refundación y se están llevando a muchos militantes de Izquierda Unida. No sé lo que al final saldrá de todo eso pero no parece lógico que IU esté convocando una convergencia de rebeldía contra lo que llaman el gobierno socio-liberal del PSOE y siga formando parte de esos gobiernos, o reclamando el apoyo de los socialistas, en numerosas comunidades, diputaciones y ayuntamientos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 21 de junio de 2010
Elogio del burro (animal)
Milio Mariño
Cuentan, allá por El Bao y otros pueblos de Navia, que el río Barayo había avisado, hace tiempo, que lo suyo era obedecer a la naturaleza y que si las autoridades se empeñaban en hacerlo pasar por un tubo, pues que, al final, pasaría, pero dejando claro que no se hacía responsable de las riadas ni de sus consecuencias.
El caso que los ribereños, por amistad o por lo que fuera, se pusieron de parte del río y, para que constara por escrito, recogieron un montón de firmas. Dio lo mismo, a pesar de las firmas, y las protestas de los vecinos, la carretera se hizo como mandaron los ingenieros. Lo cual era previsible pues las autoridades, ya sean del Principado o de la capital del Reino, suelen considerar insensato que sus técnicos acepten consejos y menos de cuatro aldeanos. No estaría bien visto, sobre todo porque los ministerios están plagados de expertos, y cargos de confianza, que vienen a ser como diamantes en bruto al servicio de su señorito.
Esto que les comento podría ser el comienzo de un cuento para niños pero, desgraciadamente, es la historia de un desastre anunciado. Uno de tantos porque los destrozos de estos días pasados van a cargarlos, seguramente, a la lluvia cuando en no pocos casos deberían ser imputables a esos técnicos de trazo atrevido que les importa un comino por donde discurra el cauce de un río. No lo saben ni lo necesitan, así que faltaría más que escucharan ningún consejo. Se creen tan sabios que su soberbia supera cualquier reflexión al respecto.
Ejemplos de meteduras de pata en carreteras, ríos, puentes y barrancos hay para hacer un catalogo, por eso me extraña, ahora que tanto se habla de ahorro, que nadie haya reparado en la cantidad de sabios que, vaya usted a la administración que vaya, siempre aparecen para darle a uno un repaso. Hay tantos técnicos y tantos sabelotodo que ignorantes, lo que se dice ignorantes, vamos quedando muy pocos. Apenas cuatro contados. Nos pasa como a los burros, a los animales me refiero, que por su escasa utilidad, y porque, según tengo entendido, les han prohibido opositar a cualquier plaza de funcionario, están al borde de la extinción. Ese es el problema. Antes, pongamos hace cien años, había más burros que abogados. Bueno, y que ingenieros ya ni les cuento. Por eso que cuando tenían que hacer una carretera no se rompían la cabeza, cogían un burro, lo cargaban de piedras y marchaban tras él tomando notas. Así fue como se hicieron las carreteras antiguas, esas que ya pueden caer chuzos de punta que no provocan inundaciones ni hacen que las montañas se vengan abajo en forma de argayos. Lo malo que cuando empezaron a escasear los burros tuvieron que contratar ingenieros. Y así nos luce el pelo. Sobre todo a los burros, que se han liberado de tirar por el carro y también de guiarnos para que no cometamos errores. Ahora viven tan ricamente, protegidos en sus reservas, y como seres inteligentes que son nos ignoran de medio a medio. Es más, para mí que se ríen cuando ven que ni siquiera exigimos que se cumpla la ley. Si, eso de que los animales, para circular por las vías públicas, deben ir acompañados de alguien que los custodie.
Cuentan, allá por El Bao y otros pueblos de Navia, que el río Barayo había avisado, hace tiempo, que lo suyo era obedecer a la naturaleza y que si las autoridades se empeñaban en hacerlo pasar por un tubo, pues que, al final, pasaría, pero dejando claro que no se hacía responsable de las riadas ni de sus consecuencias.
El caso que los ribereños, por amistad o por lo que fuera, se pusieron de parte del río y, para que constara por escrito, recogieron un montón de firmas. Dio lo mismo, a pesar de las firmas, y las protestas de los vecinos, la carretera se hizo como mandaron los ingenieros. Lo cual era previsible pues las autoridades, ya sean del Principado o de la capital del Reino, suelen considerar insensato que sus técnicos acepten consejos y menos de cuatro aldeanos. No estaría bien visto, sobre todo porque los ministerios están plagados de expertos, y cargos de confianza, que vienen a ser como diamantes en bruto al servicio de su señorito.
Esto que les comento podría ser el comienzo de un cuento para niños pero, desgraciadamente, es la historia de un desastre anunciado. Uno de tantos porque los destrozos de estos días pasados van a cargarlos, seguramente, a la lluvia cuando en no pocos casos deberían ser imputables a esos técnicos de trazo atrevido que les importa un comino por donde discurra el cauce de un río. No lo saben ni lo necesitan, así que faltaría más que escucharan ningún consejo. Se creen tan sabios que su soberbia supera cualquier reflexión al respecto.
Ejemplos de meteduras de pata en carreteras, ríos, puentes y barrancos hay para hacer un catalogo, por eso me extraña, ahora que tanto se habla de ahorro, que nadie haya reparado en la cantidad de sabios que, vaya usted a la administración que vaya, siempre aparecen para darle a uno un repaso. Hay tantos técnicos y tantos sabelotodo que ignorantes, lo que se dice ignorantes, vamos quedando muy pocos. Apenas cuatro contados. Nos pasa como a los burros, a los animales me refiero, que por su escasa utilidad, y porque, según tengo entendido, les han prohibido opositar a cualquier plaza de funcionario, están al borde de la extinción. Ese es el problema. Antes, pongamos hace cien años, había más burros que abogados. Bueno, y que ingenieros ya ni les cuento. Por eso que cuando tenían que hacer una carretera no se rompían la cabeza, cogían un burro, lo cargaban de piedras y marchaban tras él tomando notas. Así fue como se hicieron las carreteras antiguas, esas que ya pueden caer chuzos de punta que no provocan inundaciones ni hacen que las montañas se vengan abajo en forma de argayos. Lo malo que cuando empezaron a escasear los burros tuvieron que contratar ingenieros. Y así nos luce el pelo. Sobre todo a los burros, que se han liberado de tirar por el carro y también de guiarnos para que no cometamos errores. Ahora viven tan ricamente, protegidos en sus reservas, y como seres inteligentes que son nos ignoran de medio a medio. Es más, para mí que se ríen cuando ven que ni siquiera exigimos que se cumpla la ley. Si, eso de que los animales, para circular por las vías públicas, deben ir acompañados de alguien que los custodie.
lunes, 14 de junio de 2010
Vuelve la lucha de clases
Milio Mariño
El eminente sociólogo, y profesor de la Universidad de Coimbra, Boaventura de Sousa dijo, hace poco, que la lucha de clases ha vuelto. Y, dicho así, en pocas palabras, suena como una bofetada de esas que te espabilan cuando estás atontado. Lo leí hace unos días y, desde entonces, no he dejado de darle vueltas. Fue un golpe tan brusco que todavía me escuece. ¿Será posible? ¿Cómo es qué no me di cuenta? Pensé, lamentando el despiste. Y, después de pensarlo, no sé si treinta o cuarenta veces, quedé, si cabe, más asombrado. Viendo como están las cosas, no cabe duda, la lucha de clases ha vuelto, pero no de la mano del proletariado sino en brazos de una burguesía implacable que ahora detenta el capital financiero y, al parecer, se ha propuesto acabar con la Europa Social y el bienestar de los europeos.
Volvemos a la lucha de clases. Las cosas es mejor llamarlas por su nombre. Digo esto porque cuando estaba allá por París y Bruselas solía discutir con quienes se resistían a reconocer que, lo que hacíamos realmente, era negociar la pelea entre el capital y el trabajo. Un invento europeo que dio resultados a las dos partes. El capital consentía pagar altos impuestos a cambio de no ver amenazada su prosperidad y los trabajadores conquistaban importantes derechos a cambio de renunciar a la movilización. Así fue como nació la concertación. Y no pudo haber invento mejor: altos niveles de competitividad, buena protección social, el Estado del Bienestar y la posibilidad, sin precedentes, de que los trabajadores y sus familias pudieran vivir tranquilos y disfrutar de una vejez aceptable.
Después de muchas y muy laboriosas negociaciones, y de equilibrios que parecían casi imposibles, se había reducido, de forma considerable, la desigualdad social. Y el resultado fue que estábamos tan felices que casi no lo creíamos. Es más, algunos, entre los que me cuento, y no lo digo por presumir, pensábamos que aquella situación no podía durar. Y no porque fuera injusta, sino por que se estaba corriendo la voz de que habíamos llegado tan lejos que había que pararnos los pies.
Por desgracia estábamos en lo cierto. Ya ven cómo se las gastan, están disparándonos ahí donde más nos duele, en la boca del estomago. Han ordenado fuego a discreción con el pretexto de que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Qué no puede ser que un obrero tenga un piso atestado de electrodomésticos, un coche de gama media, tome cañas, tan feliz, y encima se permita el lujo de jubilarse, con apenas sesenta años, y marchar de vacaciones a Benidorm. Que eso no puede ser. Que tenemos que reducir el gasto para generar más dinero y dárselo a los bancos. Y que si no lo hacemos van a darnos una paliza, en nuestros derechos, que quedaremos tullidos para los restos.
Nos han cogido desprevenidos. Bueno, si ¿y ahora qué hacemos? ¿Les pedimos que la paliza sea leve o nos arremangamos y volvemos a hacerles frente como hicieron nuestros abuelos? Hacerles frente seria lo propio, pero la cosa está como está. La gente dice que cuanto menos política y menos gobierno mejor para todos. Y eso, hablando en plata, significa que el fascismo está a la vuelta de la esquina y se acerca a pasos agigantados.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
El eminente sociólogo, y profesor de la Universidad de Coimbra, Boaventura de Sousa dijo, hace poco, que la lucha de clases ha vuelto. Y, dicho así, en pocas palabras, suena como una bofetada de esas que te espabilan cuando estás atontado. Lo leí hace unos días y, desde entonces, no he dejado de darle vueltas. Fue un golpe tan brusco que todavía me escuece. ¿Será posible? ¿Cómo es qué no me di cuenta? Pensé, lamentando el despiste. Y, después de pensarlo, no sé si treinta o cuarenta veces, quedé, si cabe, más asombrado. Viendo como están las cosas, no cabe duda, la lucha de clases ha vuelto, pero no de la mano del proletariado sino en brazos de una burguesía implacable que ahora detenta el capital financiero y, al parecer, se ha propuesto acabar con la Europa Social y el bienestar de los europeos.
Volvemos a la lucha de clases. Las cosas es mejor llamarlas por su nombre. Digo esto porque cuando estaba allá por París y Bruselas solía discutir con quienes se resistían a reconocer que, lo que hacíamos realmente, era negociar la pelea entre el capital y el trabajo. Un invento europeo que dio resultados a las dos partes. El capital consentía pagar altos impuestos a cambio de no ver amenazada su prosperidad y los trabajadores conquistaban importantes derechos a cambio de renunciar a la movilización. Así fue como nació la concertación. Y no pudo haber invento mejor: altos niveles de competitividad, buena protección social, el Estado del Bienestar y la posibilidad, sin precedentes, de que los trabajadores y sus familias pudieran vivir tranquilos y disfrutar de una vejez aceptable.
Después de muchas y muy laboriosas negociaciones, y de equilibrios que parecían casi imposibles, se había reducido, de forma considerable, la desigualdad social. Y el resultado fue que estábamos tan felices que casi no lo creíamos. Es más, algunos, entre los que me cuento, y no lo digo por presumir, pensábamos que aquella situación no podía durar. Y no porque fuera injusta, sino por que se estaba corriendo la voz de que habíamos llegado tan lejos que había que pararnos los pies.
Por desgracia estábamos en lo cierto. Ya ven cómo se las gastan, están disparándonos ahí donde más nos duele, en la boca del estomago. Han ordenado fuego a discreción con el pretexto de que vivimos por encima de nuestras posibilidades. Qué no puede ser que un obrero tenga un piso atestado de electrodomésticos, un coche de gama media, tome cañas, tan feliz, y encima se permita el lujo de jubilarse, con apenas sesenta años, y marchar de vacaciones a Benidorm. Que eso no puede ser. Que tenemos que reducir el gasto para generar más dinero y dárselo a los bancos. Y que si no lo hacemos van a darnos una paliza, en nuestros derechos, que quedaremos tullidos para los restos.
Nos han cogido desprevenidos. Bueno, si ¿y ahora qué hacemos? ¿Les pedimos que la paliza sea leve o nos arremangamos y volvemos a hacerles frente como hicieron nuestros abuelos? Hacerles frente seria lo propio, pero la cosa está como está. La gente dice que cuanto menos política y menos gobierno mejor para todos. Y eso, hablando en plata, significa que el fascismo está a la vuelta de la esquina y se acerca a pasos agigantados.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 7 de junio de 2010
Animalada
Milio Mariño
Viendo como una señora tomaba café, sentada en una terraza, con su perro en brazos se me ocurrió pensar que los animales son como las personas: los hay que sólo viven para trabajar y los hay que disfrutan de la vida y aquí me las den todas. Era lo que parecía decir aquel chucho mientras contemplaba, divertido, a la gente que pasaba a su lado, agobiada, seguramente, por las preocupaciones y el quehacer cotidiano. Y es que los perros, gracias a su amistad con el hombre, y con la mujer, por supuesto, han evolucionado tanto que hoy disfrutan de un status que para sí quisieran muchas personas, incluidos nuestros antepasados.
Estoy por apostar que, de todos los que estábamos en la terraza, el perro era el único que disfrutaba sin preocuparse de nada. No tengo la menor duda y eso que, según un estudio dado a conocer, hace poco, por la compañía Pedigree, los perros también han comenzado a padecer los efectos de la crisis. Eso dice el estudio, que da cifras y datos sobre el impacto de la crisis en la población canina, pero pasa por alto algo, para mí, muy importante: que, en lo tocante a los perros, no parece que ni en Grecia, ni aquí, en España, vayan a adoptar ninguna medida que suponga un recorte de sus derechos.
Antes de seguir con el tema, y en previsión de que algún malicioso interprete mal mis palabras, aclaro que no insinúo ni pretendo decir que debamos sentirnos discriminados o peor tratados que los animales. Las cosas hay que situarlas en su contexto. Y situándolas ahí, donde deben estar, es justo reconocer que la actuación del Gobierno español, al menos en este caso, parece irreprochable, pues los efectos de la crisis en cuanto a su incidencia en la vida de los perros, y en la de las personas, no admite comparación. No la admite porque de una población activa cifrada, para nuestro país, en 5.000.000 de perros sólo 110.000 han sido abandonados por sus dueños. Lo cual indica que estaríamos hablando de sólo un 0,22 por ciento, una cantidad cien veces inferior a la tasa de abandono que han sufrido los humanos por parte de sus patronos.
Es cierto que también habrá perros que son autónomos y, en consecuencia, en peor situación que el resto, pero ni aun así estaría justificado que el Gobierno adoptara medidas sobre un colectivo que, en general, vive mejor que antes, pero tampoco parece que su bienestar pueda ser el causante del desaguisado económico. La política de café para todos no suele solucionar los problemas. Y si a eso añadimos que, de acuerdo con los postulados del más puro liberalismo económico, cada palo debería aguantar su vela, sería tan injusto que el Gobierno intentara paliar la crisis adoptando alguna medida que afectara directamente a los perros como que lo haga aumentando los impuestos a los ricos. Ya sé que dicho así, juntando perros y ricos, la coincidencia puede parecer sospechosa; pero quienes escriben saben de sobra que la vecindad de las palabras es fortuita. En cualquier caso, el problema no es que los animales vivan como las personas. El problema es que hay muchas personas que viven como los animales. Como los animales de la selva, no como el perro de aquella señora.
Viendo como una señora tomaba café, sentada en una terraza, con su perro en brazos se me ocurrió pensar que los animales son como las personas: los hay que sólo viven para trabajar y los hay que disfrutan de la vida y aquí me las den todas. Era lo que parecía decir aquel chucho mientras contemplaba, divertido, a la gente que pasaba a su lado, agobiada, seguramente, por las preocupaciones y el quehacer cotidiano. Y es que los perros, gracias a su amistad con el hombre, y con la mujer, por supuesto, han evolucionado tanto que hoy disfrutan de un status que para sí quisieran muchas personas, incluidos nuestros antepasados.
Estoy por apostar que, de todos los que estábamos en la terraza, el perro era el único que disfrutaba sin preocuparse de nada. No tengo la menor duda y eso que, según un estudio dado a conocer, hace poco, por la compañía Pedigree, los perros también han comenzado a padecer los efectos de la crisis. Eso dice el estudio, que da cifras y datos sobre el impacto de la crisis en la población canina, pero pasa por alto algo, para mí, muy importante: que, en lo tocante a los perros, no parece que ni en Grecia, ni aquí, en España, vayan a adoptar ninguna medida que suponga un recorte de sus derechos.
Antes de seguir con el tema, y en previsión de que algún malicioso interprete mal mis palabras, aclaro que no insinúo ni pretendo decir que debamos sentirnos discriminados o peor tratados que los animales. Las cosas hay que situarlas en su contexto. Y situándolas ahí, donde deben estar, es justo reconocer que la actuación del Gobierno español, al menos en este caso, parece irreprochable, pues los efectos de la crisis en cuanto a su incidencia en la vida de los perros, y en la de las personas, no admite comparación. No la admite porque de una población activa cifrada, para nuestro país, en 5.000.000 de perros sólo 110.000 han sido abandonados por sus dueños. Lo cual indica que estaríamos hablando de sólo un 0,22 por ciento, una cantidad cien veces inferior a la tasa de abandono que han sufrido los humanos por parte de sus patronos.
Es cierto que también habrá perros que son autónomos y, en consecuencia, en peor situación que el resto, pero ni aun así estaría justificado que el Gobierno adoptara medidas sobre un colectivo que, en general, vive mejor que antes, pero tampoco parece que su bienestar pueda ser el causante del desaguisado económico. La política de café para todos no suele solucionar los problemas. Y si a eso añadimos que, de acuerdo con los postulados del más puro liberalismo económico, cada palo debería aguantar su vela, sería tan injusto que el Gobierno intentara paliar la crisis adoptando alguna medida que afectara directamente a los perros como que lo haga aumentando los impuestos a los ricos. Ya sé que dicho así, juntando perros y ricos, la coincidencia puede parecer sospechosa; pero quienes escriben saben de sobra que la vecindad de las palabras es fortuita. En cualquier caso, el problema no es que los animales vivan como las personas. El problema es que hay muchas personas que viven como los animales. Como los animales de la selva, no como el perro de aquella señora.
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