lunes, 27 de diciembre de 2010

La maldad de la Nochebuena

Milio Mariño

Como no pertenezco a ninguna minoría selecta, imagino que seriamos muchos los que llegamos a la cena de nochebuena superavisados. No la armes que te conozco. No se te ocurra hablar de política ni referirte a cuando vivía Franco y te zurraban los grises. No vuelvas con esa historia de que, ahora, los jóvenes son bovinos y la universidad un páramo donde pastan en rebaño. Olvídate de lo tuyo y de esa anormalidad, que tanto criticas e insistes en denunciar. Tengamos la fiesta en paz.

Y en paz la tuvimos, aunque no sé yo si aquel estado de alarma, por la conflictividad de la nochebuena, estaba justificado. Nunca me preocupé de esas cosas. Es más, soy tan inocente que creía que la vida consistía en hacer lo que a uno le diera la gana. Tuvieron que emplearse a fondo para convencerme de que consiste en lo contrario. Y, aunque no estoy de acuerdo, acabé por hacerles caso.

La cuestión fue que no solo yo estaba avisado. Se palpaba en el ambiente que el aviso había sido cursado, con carácter general, por la autoridad matriarcal. Y surtió efecto porque había como una especie de incómodo desconcierto. La cena estaba buenísima, para chuparse los dedos, pero la conversación no sabía nada, carecía de sustancia. Éramos lo que se espera de una familia de clase media en una situación normal. Actuábamos, educadamente, haciendo lo contrario de lo que nos pedía el cuerpo.

Ya sé que allá cada cual, pero yo sufro muchísimo cuando me piden que sea distinto, que no sea quien soy. Y, todavía lo llevo peor si oigo decir que las cosas tienen que ser así y no de otro modo. Respeto a los que opinan que discutir es vulgar pero la vulgaridad, en todo caso, estaría en el cómo, no en el hecho de discutir; que me parece muy natural, muy sano y muy necesario. Por eso que, al final, cuando ya estábamos con el café y el turrón, estuve a punto de hacer saltar por los aires aquella renuncia y subordinación cuyos perniciosos efectos eran demoledores. Parecíamos atrapados por la absurda creencia de que, en las fechas más señaladas, se entienden mejor los que no dicen nada y recurren a las tonterías como la única forma posible de poder conversar en familia. No recuerdo de qué hablaban pero si que me vino a la memoria una película de Billy Wilder en la que el protagonista decía: «No le digas a mi madre que soy periodista; dile que trabajo en un burdel».

Al final conseguí sujetarme pero eso no impidió que pensara que son, precisamente, los valores mezquinos y las relaciones fingidas las que imperan y hacen que el comportamiento servil y sumiso sean, ahora, la norma. Es el miedo, lo que induce normalmente a las personas a someterse y censurarse «por su propio bien», sin necesidad de represiones explícitas. De modo que allí estábamos, supongo que por nuestro bien, sujetándonos de manera absurda. Negándonos a ver y a sentir y obligando a nuestra conciencia a que hiciera zapping por el catalogo de tonterías al uso para poder hablar de algo y evitar lo que, a todas luces, era un fracaso.

No sé lo que haré el año que viene pero dudo que vuelva a plegarme a la maldad de la nochebuena. Una noche que, a cambio de paz, exige docilidad, renuncia y sumisión absoluta.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España

lunes, 20 de diciembre de 2010

¿Estamos locos o qué?

Milio Mariño

Dicen de Pere Puig, un albañil de 57 años que, después de no cobrar desde mayo y tener el piso embargado, lo echaron del trabajo pagándole con un cheque sin fondos y lo engañaron para que firmara un crédito, que es un tipo raro. Que debe de estar loco porque cogió una escopeta, fue a la empresa, mató a los propietarios, se desplazó hasta el banco, hizo lo mismo con dos empleados y se entregó a la Policía manifestando que ya estaba satisfecho.

Dicen, los portavoces del Gobierno y algunos de los más prestigiosos juristas, que faltar a las obligaciones derivadas del contrato de trabajo y ausentarse porque a uno se le crucen los cables y le dé la gana de no ir a trabajar no es, como creíamos, una falta laboral merecedora de una fuerte sanción que podría acarrear el despido, sino un delito que puede ser castigado con hasta ocho años de cárcel. Dos años más que los que suelen imponer a quien comete un homicidio.

Dicen, los principales banqueros y los representantes de la élite financiera, económica y empresarial, que, para salir de la crisis, lo más urgente y necesario es que quienes cobran un sueldo de mil euros trabajen más, cobren menos y pierdan alguno de sus privilegios.

Dicen, los dirigentes de la CEOE y las empresas más importantes, que ahora lo que hay que hacer no es lo que hicieron ellos y siguen haciendo los bancos: jubilar con cargo a los ERE y al erario publico a trabajadores cincuentones que estaban en lo mejor de su vida laboral-, sino aumentar la edad de jubilación y obligar a la gente a que siga trabajando, como mínimo, hasta los 67 años.

Dicen, los que defienden que hemos avanzado algún puesto con respecto al Informe PISA del año 2006, que a pesar de estar 16 puntos por debajo de la media en matemáticas, 13 en ciencias y 12 en comprensión de lectura, hemos mejorado y progresamos adecuadamente. Progresión que sería mayor si tuviéramos en cuenta que el puesto que nos asignan es consecuencia de que en la encuesta incluyeron a los hijos de los emigrantes que vinieron de Rumanía, Sudamérica y el África tropical.

Dicen, quienes acusan a Julian Assange, fundador de Wikileaks, de un delito de abusos sexuales, que la tal acusación se fundamenta en que no usó condones durante sus relaciones con dos mujeres suecas y que se valió del «sexo por sorpresa» o «sexo inesperado» ya que se aprovechó de que estaban con él, en la cama, para violarlas mientras dormían. Detalle del que ellas se dieron cuenta pasados tres meses, que fue cuando presentaron la denuncia.

Del primer caso al que me refiero, el del albañil de Olot que el miércoles pasado cogió una escopeta y pegó cuatro tiros a quienes desde hace meses le debían dinero, lo engañaron, le embargaron el piso y se rieron en sus narices pagándole con un cheque sin fondos, insisten en que se trata de un hombre que no está en su sano juicio. De los otros, de quienes voy transcribiendo los comentarios que hicieron a propósito de distintos temas, no dicen nada, pero dan a entender que son personas de una cordura, una sensatez y una inteligencia que no sólo haría descartable cualquier reacción violenta sino que ni siquiera nos mandarían a la mierda si les dijéramos que tienen más cara que espalda.

Milio Mariño/ Articulo de Opinión / La Nueva España

martes, 14 de diciembre de 2010

Militarizar los bancos

Milio Mariño

Siempre fui partidario de utilizar la fuerza del dialogo antes que la de las armas pero viendo el resultado de lo que sucedió la semana pasada se me ocurre que lo mejor para solucionar esta crisis sería militarizar los bancos. Me refiero a que los militares, al mando de un teniente coronel o un cabo, según el tamaño de la sucursal bancaria, intervengan para que con su presencia, o a punta de pistola si es preciso, obliguen a los controladores del dinero a darnos los créditos que nos daban hace tres años sin que nos molestáramos en pedirlos.

La propuesta parte de que, seguramente, estarán conmigo en que lo de la banca, también, es alarmante. Que así no podemos seguir, que ya es el colmo soportar esta tiranía de miles de millones de nuestros impuestos para pagar los pufos de los banqueros. Que ya esta bien, que no podemos consentir que recorten las pensiones, los sueldos y nuestros derechos por culpa de estos impresentables y que algo tendremos que hacer.

En principio no parecía mala la idea la propuesta del ex futbolista francés Eric Cantona, eso de que daríamos un buen palo a los bancos si nos presentáramos todos a una, con la libreta en la mano, y sacáramos nuestros ahorros. Pero se trata de una propuesta arriesgada de muy difícil ejecución. Lo primero porque los bancos, que no son tontos, ya estarán sobre aviso y lo segundo porque muchos de nosotros lo único que podríamos retirar serian números rojos. Así que si nos presentáramos, todos a una, armando bulla y pidiéndoles que nos den los cuatro duros de la nómina, nos esperarían a la salida para darnos una buena paliza con el euribor de la hipoteca. Además, los ciudadanos, en general, solemos ser más prudentes que las elites que manejan el control aéreo o el tráfico del dinero. Casi preferimos soportar los abusos que un colapso en los aeropuertos o en nuestras tarjetas de crédito. De modo que la solución más viable, la única diría yo, seria disponer del ejército para acabar, de una vez por todas, con esa actitud arrogante del jefecillo de sucursal que se niega a recibirnos o que si nos recibe es para mirarnos de arriba a bajo, componer media sonrisa, y responder, encogiéndose de hombros: «Lo siento, pero con las garantías que nos ofrece no podemos darle ese crédito, no estamos seguros de su solvencia».

¿Cómo se atreve? Oiga una cosa, si no fuera por mi, ustedes ya hubieran quebrado. Ha sido con el dinero de mis impuestos con lo que han tapado el tremendo agujero que cavaron sus jefes haciendo barbaridades. El argumento, que además de sólido y contundente es una verdad como un templo, no impediría que el jefecillo siguiera negándose y se atreviera, incluso, a estrecharnos la mano para despedirse de forma amable. Pero -¡ay amigo!- con dos militares, o un par de guardias civiles, uno a cada lado, diciéndole: «Ya está dándole usted a este hombre el crédito que solicita y 20.000 euros más para que se compre un coche». Le iban a temblar las piernas y le faltaría tiempo para firmar.

Con el ejército, o la Guardia Civil, en los bancos todo cambiaría a mejor. Se reactivaría el consumo, daríamos un impulso al ladrillo, salvaríamos la industria del automóvil y creceríamos por encima del cuatro por ciento, que es de lo que se trata.

Milio Mariño / Artículo de Opinión/ La Nueva España

lunes, 6 de diciembre de 2010

La justicia, peor que la economía

Milio Mariño

Mientras luchamos por librarnos de la pandemia que amenaza al euro parece que todo lo que no sea el Ministerio de Economía funciona como tiene que funcionar. Todo, incluido la Justicia que sigue cosechando alabanzas sin que, por lo visto, nadie haya reparado en un informe de la Comisión Europea para la Eficacia, que señala que España tiene el índice más bajo de casos resueltos, el presupuesto más alto por habitante y el plazo más largo para resolver una demanda.

Lo que se desprende del citado informe es que la Justicia, en España, está peor que la economía; que ya es decir. Y, en este caso, con el agravante de que no podemos echarle la culpa al ladrillo, ni a la crisis, ni al Gobierno de Zapatero. Aquí el mérito, todo el mérito, es del propio estamento. Digo esto porque el problema de la Justicia, para mi sorpresa, y supongo que la de todos, no es económico. No lo es porque el presupuesto que España destina, para el conjunto de los tribunales, el Ministerio Público y la ayuda judicial, supone 86,3 euros por habitante, una cantidad que supera, de largo, lo que destinan otros países como puede ser Francia, donde el presupuesto por habitante es, solo, de 57,7 euros.

¿Qué pasa entonces? ¿Cómo es que la Justicia nos cuesta casi el doble que a los franceses, resolvemos muchos menos casos y el plazo medio para una demanda es el más elevado de Europa?

Viendo los datos, y los resultados, cabe suponer que alguna culpa tendrán los jueces, los fiscales y los funcionarios porque ya seria el colmo que los culpables fueran los que recurren a un pleito para defender sus intereses, o quienes esperan a ser juzgados porque, presuntamente, han quebrantado la ley.

Las comparaciones, lejos de odiosas, pueden ser instructivas y, a este respeto, se me ocurre que solemos quejarnos de que los médicos de la Seguridad Social son parcos en explicaciones y ásperos en el trato. No digo que no, pero podíamos darnos con un canto en los dientes si los jueces, en general, fueran igual de eficaces y la mitad de amables. De ahí que no sea casualidad que la Justicia, según el CIS, aparezca como la institución peor valorada por los españoles, pues a su lentitud y su ineficacia hay que sumar que en ningún otro sitio suelen tratarnos como en los Jugados, donde además de dar la impresión de que siempre están enfadados sigue siendo frecuente que alguien responda: «Aquí el que manda soy yo».

Por supuesto que manda, pero manda mal, suele ser autoritario y muy poco eficaz. Actitudes que se corresponden con los que creen que están por encima del bien y del mal, no tienen que rendir cuentas a nadie y su presencia es como para que nos echemos a temblar.

La mejor justicia, no cabe duda, es la que no se utiliza. Ya saben, tengas pleitos y los ganes. Lo malo que, inevitablemente, tenemos que recurrir a los tribunales porque son muchas las circunstancias objeto de conflicto. Y, los tribunales, para eso están. Para atendernos con diligencia, eficacia y corrección. Si no es así, si la Justicia es nuestro peor servicio público, va siendo hora de que nos dejemos de alabanzas y abordemos una reforma que es más urgente que muchas de las que se piden y se acometen sin dilación.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España

lunes, 29 de noviembre de 2010

Morir de cine

Milio Mariño

Quizá me reprochen que la comparación clama al cielo, pero no seria honesto si no les dijera que cuando leí que el Gobierno iba a regular por ley el derecho a una muerte digna, lo primero que me vino a la cabeza fue la angustia que nos quitábamos de encima, y la satisfacción que sentíamos, cuando la película tenía un final feliz.

No sabría decirles por qué asocié la muerte con el cine. Acaso porque, cada vez con mayor descaro, las noticias son tratadas como espectáculo. Sea por lo que fuere, lo que si les digo es que, cuando era joven, no soportaba ver una película que acabara mal. Ni las que acababan mal ni aquellas que llamaban de final abierto. Las que te dejaban sin saber las decisiones que habían tomado los personajes, o el giro último de los acontecimientos.

Algo así, salvando las distancias, claro está, viene sucediendo con nuestro final, pues la decisión de que un paciente terminal tenga una muerte digna depende, en buena medida, de que el médico que se ocupa del enfermo sea sensible a la demanda de los allegados y se juegue el tipo aplicando, sin ninguna cobertura legal, lo que, a mi juicio, es un derecho humano con todas las de la ley.

Respeto, profundamente, a quienes atribuyen al dolor un valor positivo y consideran que es un medio de purificación que nos permite purgar los pecados y colocarnos en disposición de acceder al perdón de Dios. Pero, lo mismo que esa creencia merece ser respetada, también habrá de respetarse el derecho a morir sufriendo lo menos posible.

Sé que hablar de estas cosas conlleva meterse en un jardín complicado. Encontrar un sentido lógico a la realidad del dolor, y al sufrimiento humano, ha sido, siempre, una tarea difícil y controvertida. Sobre todo por la actitud de la religión católica, la musulmana y cualquier otra, que suelen premiar el sufrimiento con la vida eterna y la santidad. No obstante, ni siquiera la fe debería impedir a quienes profesan cualquier religión que atendieran a razones que se sustentan sobre la base del raciocinio y el sentido común.

El peligro de este debate es la alusión interesada que, algunos, hacen de la eutanasia a sabiendas de que, mayoritariamente, provoca rechazo. Quienes actúan así, tergiversando el propósito de la futura ley, recurren, también, a la falacia de que el Gobierno debería prestar atención a cuestiones más importantes, como la crisis económica, antes de preocuparse porque los últimos momentos de una persona transcurran sin dolor.

Se podrá estar de acuerdo, o no, con el propósito de regular, por ley, el acceso a una muerte digna, pero me parece de un sarcasmo cruel, y de un cinismo que no tiene perdón, esa alusión a que, las personas, cuando hay que evitarles el sufrimiento es durante toda la vida y no en el momento de su muerte.

Dicen esto los que, precisamente, menos defienden que haya justicia social. Y coincide, también, que los defensores del dolor suelen ser los que menos han sufrido en la vida y tienen medios y recursos para no sufrir tampoco cuando les llegue la hora final. Así que no me arrepiento de haber relacionado la muerte con el cine: ya que tenemos que morir que sea como en aquellas películas en las que, los que morían, lo hacían con una sonrisa en los labios. ¿Por qué no?

Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España

lunes, 22 de noviembre de 2010

El perro único

Milio Mariño

Entre las muchas cosas que no entiendo está que consideremos al perro el mejor amigo del hombre y que cualquier referencia que hagamos del hombre, en relación con el perro, sea para insultarlo. Ahí tienen, todavía calientes, las declaraciones de Manolo Preciado. Manolo llamó canalla a Mourinho. Y, canalla viene de can: se dice del que es despreciable y se comporta de manera malvada. Pero no teman, la cosa no va de insultos ni de nada relacionado con el fútbol. Va de perros. De una medida que piensan adoptar en Shangai, para mí, con gran visión de futuro: el perro único. En eso andan ahora allá por la ciudad más rica y moderna de China, redactando una nueva ley que prohibirá a las familias tener más de un perro.

No será fácil. Las prohibiciones suelen ser mal recibidas, así que lo más probable es que esa ley suscite el mismo rechazo que la nuestra antitabaco, considerando, incluso, que las molestias no son comparables. Los fumadores pueden tener malos humos pero, generalmente, no ladran, ni muerden, ni hacen pis en los tiestos o dejan las aceras que parecen semilleros de setas marrón oscuro. No obstante, ruego perdonen el lapsus de este fumador indignado. Olvídenlo, olvídenlo todo, porque de lo que yo quería hablarles era de la ley que están pensando los chinos para frenar el crecimiento perruno.

Quizá no se lo hayan planteado nunca, de modo que igual se sorprenden si les digo que aquí, en España, hay entre 9 y 13 millones de perros. Lamento no ser más concreto. El dato proviene de una agencia europea ya que por más esfuerzos que hice no fui capaz de encontrar un censo fiable y más ajustado. Sé que las autoridades están en ello y que en algunas ciudades han avanzado mucho. En Gijón, por ejemplo, hay censados 19.679 perros. Qué no sé si serán pocos o muchos pero, siguiendo la proporción perro-habitante, resultaría que en Avilés andaríamos por los 6.000, más o menos. Me refiero a perros oficialmente censados, a los que habría que sumar los perros sin papeles, los asilvestrados y los que buscan amo sin pasar por el registro.

La cifra, a nivel local, no parece alarmante. Otra cosa es Europa donde, según la Consultora Euromonitor, hay nada menos que 41 millones de perros. Así que entra dentro de lo sensato que las autoridades comiencen a plantearse la política del perro único. Los perros han venido recibiendo un trato cada vez mas humanizado, de modo que si, en su día, la orientación fue hacia el hijo único, no debería extrañarnos que ahora se plantee lo mismo con el perro.

Los perros tendrán que adaptarse, necesariamente, a la crisis, al cambio en el estilo de vida y a las posibilidades económicas de sus propietarios. A las malas y a las buenas porque, en España, ya hay restaurantes que anuncian que los perros pueden sentarse a la mesa junto a sus dueños y hoteles que ofrecen cama king size, paseador personal, peluquería canina y comida de primera calidad. Lo cual confirma que son un miembro más de la familia y eso, además de imponer un control demográfico, debería traer consigo que también les afecte la ley de igualdad de genero pues, según revela una encuesta, quienes se encargan de sacar el perro a la calle son, en la mayoría de los hogares, en el 80 por ciento, el padre y los hijos.

martes, 16 de noviembre de 2010

La Roja, de vergüenza

Milio Mariño

A veces pienso si España no será un país antipático al que pertenecemos porque estamos obligados y no hay razones de peso para que nos admitan en ningún otro sitio. Digo esto porque van a ver lo españoles que son algunos.

Doy por hecho que estarán al tanto de que los jugadores de la selección española son campeones del mundo en dos modalidades: en lo de jugar al fútbol y en lo de forrarse luciendo la camiseta de su país. Recordarán que les habían prometido 600.000 euros, por barba, si ganaban el Mundial. Una cantidad que doblaba o triplicaba lo que podía percibir cualquier jugador de las otras 31 selecciones que participaron en Sudáfrica.

Pues bien. Algunos, entre los que me cuento, pensábamos que 100 millones, para cada uno, era mucho, mientras que otros consideraban que lo tenían bien merecido, si es que, al final, ganaban. Pero claro, lo que no sabíamos era que los dirigentes de la Federación Española de Fútbol y los jugadores internacionales se hubieran puesto de acuerdo para aprovechar una triquiñuela, servirse de una posibilidad que recoge el régimen fiscal para quienes trabajan fuera de nuestro país, y tributar no en España, sino en Sudáfrica; donde cada jugador se ahorra, en impuestos, nada menos que 132.000 euros.

Tampoco sabíamos que, a nuestros héroes de la Roja, la prima por haber ganado el Campeonato de Europa, les fue abonada en Suiza para que, igual que sucede ahora, pudieran ahorrarse otro pastón en impuestos.

Toma castaña. Eso si qué es ser español, español, español? Español de primera, de los que llevan la bandera tatuada en el pecho y la cartera la ponen en Suiza, las Seychelles o cualquiera de los paraísos fiscales a los que se acogen los patriotas de pacotilla.

Lo escandaloso es que los jugadores de la selección no son los únicos. No, ni mucho menos. Si hacemos recuento resulta que, de todos nuestros deportistas de élite, sólo Rafa Nadal y Alberto Contador tributan en España. El resto: Fernando Alonso, Carlos Moyá, Dani Pedrosa, Jorge Lorenzo y un largo etcétera tributan en paraísos fiscales donde apenas pagan impuestos.

La relación de españoles que se escaquean y no tributan en España es tan amplia que nos ha llevado a preguntarnos si, realmente, hay diferencia entre evitar y evadir impuestos. Y sí, sí que la hay. Evitar impuestos es legal mientras que evadirlos está considerado delito.

No sé lo que pensarán, pero a mí me sorprende que ambos casos no se traten igual. Me sorprende porque, en el fondo, estamos en lo mismo. La intención, de quien evita o evade impuestos, es idéntica. Es beneficiarse a sí mismo hurtando a la Hacienda Pública, y al resto de ciudadanos, lo que debería pagar en impuestos. Así que no veo la diferencia. Y, no sólo no la veo, sino que me parece vergonzoso que quienes están en el ajo, de este escaqueo de 3 millones de euros a las arcas del Estado, sean los jugadores internacionales y un organismo oficial como la Federación Española de Fútbol. Una Federación y unos jugadores que son españoles para cobrar y suizos o sudafricanos cuando toca pagar impuestos.

Ésa es la historia, de modo que, en buena lógica, les hubiera correspondido el premio «Príncipe de Beckelar» y pasear en autobús por Johannesburgo. Es lo que merecen, y aún me parece mucho.