Milio Mariño
No pienso hablar de las elecciones. No porque el resultado sea el que me temía y considero la purga Benito, sino porque seríamos demasiados a comentar lo mismo y tanta insistencia aburre. Tiempo habrá para hacerlo. Las elecciones son el pasado. Ahora viene lo bueno. Ahora, después del festejo y la sidra El Gaitero, será cuando nos enteremos de que el chico listo, aquél al que muchos dieron su voto porque tenía un plan secreto para sacarnos del atolladero sin tocar los impuestos ni el Estado de bienestar, era un timador de cuidado. Y, entonces, descubriremos que no lo han votado ni la mitad de los que este domingo metieron la papeleta en la urna convencidos de que era lo mejor que podían hacer.
¿Quién… yo?... Yo tenía muy claro lo que iba a pasar. A mí no me engaña éste ni otros cuatro como él. Así que de voto nada.
Es la astucia de la razón, una especie de fuerza invisible que nos impulsa a expulsar las cosas que roen nuestro interior y necesitamos objetivar. No es nada nuevo. Es el resultado de que nuestras aspiraciones, sociales, políticas y del tipo que sean, acostumbramos a imaginarlas, más que como un sueño, como una fantasía que intenta suplantar la realidad.
Lo nuevo ilusiona cuando está por venir, pero resulta amenazante cuando ya lo tenemos aquí. Nos saca de una rutina que dominamos y nos exige desarrollar nuevas habilidades para hacer frente a lo desconocido. A lo que, en el fondo, temíamos que pudiera pasar y, al final, acaba pasando. Entonces echamos la vista atrás y añoramos lo que teníamos. Lo que conocíamos y criticábamos pero nos daba seguridad. Y, cuanto más nos aferramos a ello, más aumenta nuestra distancia y nuestro rechazo por lo que, aunque luego no queramos reconocerlo, pensábamos era la solución.
Decía que las elecciones son el pasado y vuelvo a insistir en lo dicho. Fíjense si serán el pasado que hace veinte días que no vemos a Zapatero y parece que fueran veinte meses. Desconozco si ha sido él que se apartó o fueron otros que lo apartaron, pero, sea lo que fuere, es como si las personas que pierden vigencia sufrieran el efecto de un abismo devastador que las engulle y las transforma, al instante, en algo lejano que apenas ni recordamos.
A las pruebas me remito. Veinte días y parece que fueran veinte meses que Zapatero ha dejado de ser presidente. Lo será hasta que se produzca el relevo, pero eso no quita para que haya empezado una cuenta atrás que irá transformando el desprecio, que tantos le profesaban, en un recuerdo que hará que unos cuantos, bastantes, le reconozcan algún mérito y quien sabe si no llegarán a echarlo de menos y citarlo con afecto. No por él en particular, sino porque así suele ser al respecto de los que estuvieron y ya no están.
El tiempo hace milagros. Si no fuera así no se explicaría que los votantes hayan puesto, esta vez, su confianza en los mismos de los que hace ocho años desconfiaron porque mintieron y les engañaron cuando el atentado del tren, los hilos de plastilina del «Prestige», la guerra ilegal de Irak o las víctimas del «Yakovlev».
Había prometido no hablarles de las elecciones, es cierto, pero si hubiera dicho lo que pensaba escribir igual no hubieran llegado leyendo hasta aquí.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
No hay comentarios:
Publicar un comentario