martes, 19 de febrero de 2013

El deber indebido

Milio Mariño

La semana pasada la pasé a medias entre el Pitecantropus y el Homo erectus por culpa de un lumbago que hizo que algo tan sencillo como atar los zapatos fuera una hazaña. Para animarme, los buenos amigos dijeron que debía ser cosa del tiempo pero intuyo que debió ser del tiempo referido a la edad. Así que procuré llevarlo con dignidad y recordé lo que un día le oí decir a Juanjo Millas, que el lumbago es al cuerpo lo que la depresión al alma: un dolor indeterminado y muy difícil de curar.

Recuperé la vertical poco antes de escribir este artículo, y créanme si les digo que me sentí como esos héroes de las películas cuya vida comienza cuando comienza la acción. Estaba tan contento que se me ocurrió pensar que, quizá, hubiera sido una metáfora del antroxu que me disfrazó de simio para recordarme que las libertades están siempre en peligro. Las dos, la física y la otra, porque si la espalda está a merced de un aire traidor quién nos dice que en cualquier momento, ahora mismo, no pueda haber alguien que esté subrayando nuestro nombre con un lápiz rojo y que ese sea el inicio de un procedimiento que dará como resultado que nos rebajen la pensión, nos quiten la paga extra, nos hagan pagar los medicamentos, nos desahucien y nos echen a la calle o nos incluyan en un ERE que acabe en despido.

¿Cómo llegamos a conocer el origen de lo que sucede? Pues nada, que no llegamos. Y, cuando digo que no llegamos, me refiero a que esa ignorancia igual puede aplicarse al lumbago que a los motivos por los que un Presidente de Gobierno hace lo contrario de lo que prometió.

Si le preguntáramos a Rajoy qué quiso decir con eso de que no ha cumplido sus promesas pero sí con su deber, respondería como cuando le preguntan a uno por cómo fue que le dio el lumbago. Ni puta idea. Es decir que nos toca a nosotros establecer la relación causa efecto. Discurrir y especular cuál debería ser el deber primero, si ese que, al parecer, obligó a Rajoy a incumplir las promesas o el de mantenerlas contra viento y marea.

El dilema no es tontería, se parece bastante al del huevo y la gallina. Algo tan antiguo que ya traía de cabeza al filósofo Aristóteles. Desde entonces, hace 23 siglos, todo fueron conjeturas pero en 2001 aparecieron Stephen Hawking y Christopher Langan y concluyeron que lo primero fue el huevo. Fue el huevo sin discusión, dijeron los científicos, pero, claro, no aclararon si era de gallina.

Rajoy, pienso yo, se inclina más por hacerle caso a la Biblia, apuesta por la gallina. La gallina sería lo primero, sería el instrumento. Es decir, que estaría al servicio del huevo y no al revés.

De todas formas lo cuenta es el resultado, no el origen de la cuestión. Y, el resultado, ya lo están viendo, es doloroso. El deber que dice haber cumplido Rajoy es el deber malo, es el que se asemeja a ese bicho de dos patas y pico que solemos relacionar con el miedo. Claro que lo peor es que, el pollo, para mayor escarnio, se ufana de lo que ha hecho. Es como si yo presumiera de lumbago e intentara hacerles creer que caminar como un simio es mejor que caminar erguido.


Milio Mariño/ Artículo de Opinión/ Diario La Nueva España

miércoles, 30 de enero de 2013

El frío antiguo

Milio Mariño

El frío es tan antiguo que mucha gente creía que estaba en vías de extinción. Por eso, a pesar de que los medios venían anunciando que volvería por estas fechas, pocos creían que pudiera volver. Pero volvió. Y, como llevábamos no sé cuánto hablando de dinero negro y cuentas en Suiza, agradecimos cambiar de tema y retomar el viejo discurso de que no hace ni la mitad de frio que cuando éramos niños. Que ya no caen aquellas heladas ni nieva como entonces.

A mí también me lo parece, de modo que soy de los que meten baza cuando oigo hablar de que los charcos eran cubiteras de hielo, los carámbanos colgaban de los tejados y las orejas cambiaban de color, convirtiéndose en berenjenas adornadas por unos sabañones que ríanse ustedes de los piercing exagerados. Aquello sí era frio, un frio como el que debe hacer en Suiza. Que, por cierto, no sé si será bueno para las personas pero al dinero le sienta de maravilla.

Imagino que muchos habrán reparado en que el frío depende mucho del sitio. El de Suiza, por poner un ejemplo, siempre fue un frio de prestigio, un frio elegante y aristocrático muy alejado del nuestro, que tuvo y tiene fama de pobre porque en lugar de traernos millonarios a esquiar trajo gripes y catarros y prendas tan horrorosas como la pelliza de paño y el pasamontañas negro.

Aquí hablamos de frio y, enseguida, nos viene el recuerdo del calor de la cocina. Lo cual, además de ser agradable, nos lleva a la reflexión sensata de que no conviene confundir el frio que haga con el que sentimos. Quiere decirse que no es lo mismo vivir en un piso con calefacción y pasear bien abrigado, con el estómago lleno, que vivir en un banco del parque o estar en el paro y dar vueltas por la calle tratando de encontrar trabajo. El frio es el mismo pero se siente distinto.

De todas maneras, para mí que es verdad que el clima ha cambiado, pero también hemos cambiado nosotros. La vida, ahora, es más fácil. Hablo desde la perspectiva de la gente de mi generación, aquellos que cuando éramos niños, el único calor que había en casa era el que salía del fuego de la cocina. Esa es la memoria que algunos tenemos del frío. Quienes, entonces, ya tenían calefacción quizá piensen de otra manera. Por eso nos parece que hace menos frio que antes. Nos parece aunque no sea del todo cierto pues mientras estaba dándole vueltas a esto, en la barra de un bar y con un caldo de pita delante, en la televisión apareció un reportero que le puso el micro a una madre que se lamentaba de que su hija tuviera que estudiar metida en la cama porque, ella y el padre, estaban en paro y el dinero no les llegaba para poner la calefacción.

Fue como volver al frío antiguo. Como darme cuenta, al instante, de que el frio había regresado y se había colado por las rendijas de un progreso desmemoriado que decidió acabar con el calor de las cocinas de carbón, convenciéndonos de que era un calor sentimental que no iba con estos tiempos. Quizá no haga el frio de entonces pero es, realmente, un atraso que la niña que estudia en la cama no pueda hacerlo en una de aquellas cocinas que algunos recordamos.


Milio Mariño/ Artículo de Opinión/ Diario La Nueva España


viernes, 25 de enero de 2013

Pensando en España S.A.

Milio Mariño

Una de estas noches que llovió con ganas desperté de madrugada y permanecí entre las sábanas por miedo a que el sueño fuera la realidad. Acababa de soñar que España había dejado de existir como país para constituirse en una empresa que se llamaba igual. Es decir que ya no éramos un estado social y democrático de derecho que propugnaba, como valores del ordenamiento jurídico, la libertad, la justicia y la igualdad, sino que habíamos pasado a ser España SA, una sociedad anónima que cotizaba en la Bolsa de Berlín y tenía un consejo de administración presidido por un Registrador de la propiedad llamado Mariano Rajoy.

Estuve un buen rato, quieto en la cama, dilucidando si aquella idea vendría de lo soñado o del recuerdo de una película que viera la noche anterior. Llegué a pensar que quizá fuera una fantasía de esas que se le ocurren a uno cuando intenta escribir un artículo y no da con el tema adecuado. No paraba de darle vueltas porque era pronto para levantarme pero la incertidumbre se hizo insoportable y los nervios me empujaron, primero al baño y luego a la cocina, donde preparé el desayuno y encendí la radio, a la espera de que las noticias me devolvieran al mundo real.

El primer informativo llegó cuando la cocina ya olía a café. Dijeron que un señor, que había sido tesorero del PP, tenía veintidós millones de euros en Suiza, que un hijo de Jordi Pujol había vendido su colección de coches antiguos y que un kamikaze, condenado a trece años de cárcel, había sido indultado por el gobierno. Nadie dijo nada de que España fuera una empresa pero entrevistaron a un mandamás que habló de que era necesario prescindir de las urgencias médicas para reducir el gasto. Por el tono daba a entender que la decisión no tenía marcha atrás, de modo que todo apuntaba a que debía de haber sido tomada por el consejo de administración.

Tuve la certeza entonces de que, al margen de lo que hubiera podido soñar, España había dejado de ser un Estado para convertirse en una sociedad anónima. Lo curioso era que, al contrario de lo que había sucedido cuando estaba en la cama, no me supuso ninguna inquietud. Tal vez, pienso yo, porque no soy lo bastante listo como para calibrar el alcance de un cambio de tal magnitud. De ahí que solo me preocupara por cuál sería mi papel en la España SA, pues descartado que pudiera ser accionista solo quedaba ser empleado o cliente. No tenía más opciones, pero tampoco encajaba en ninguna. Empleado no podía ser porque ya estoy jubilado. Y cliente menos aún. Mis necesidades básicas están cubiertas por lo que estuve pagando durante cuarenta años, así es que no estoy dispuesto a pagar dos veces y comprar nada de lo que ofrecen.

Cuando acabé de desayunar llegué a la conclusión de que soy un crónico de los desajustes orgánicos. Tuve que jubilarme por exceso de personal y ahora quedo fuera de esta empresa, que era mi país, por un reajuste contable. A saber lo que me espera de aquí en adelante pues al no ser accionista ni empleado ni cliente, deduzco que debo ser un ente virtual. Tal vez sea esa la única forma de sobrevivir. Sería peligroso que supieran que existo y que no estoy dispuesto a cambiar de hábitos.

Artículo de Opinión/ Diario La Nueva España 

jueves, 10 de enero de 2013

Palabras del año pasado

Milio Mariño

En el primer periódico de 2013, leí que el año pasado habían surgido palabras nuevas como chaturbarse (masturbarse mientras se participa en un chat), tróspido (raro y negativo además de hortera) o yayoflauta (persona de la tercera edad que defiende activamente los derechos de sus hijos y sus nietos).

Estas palabras y hasta un total de veinte son las que, al parecer, se han colado en nuestro vocabulario, a lo largo de 2012. Lo cual, de ser cierto, demostraría que el lenguaje evoluciona, como nosotros, hacia el empobrecimiento y que casi siempre lo hace por cuestiones extralingüísticas. Por temor a que las palabras que conocemos no basten para designar la nueva realidad que se impone y nos empuja a pensar que esto de ahora no va a cabernos en la cabeza. Por eso surgen palabras nuevas como las que dijimos y otras que venimos usando, aunque nadie sepa qué significan ni se ajusten a ninguna regla. Ahí está decrecimiento, palabra inventada por los economistas y los políticos, que no tiene que ver con la construcción española derivada del prefijo des, pues lo correcto sería decir descrecimiento igual que se dice desvestir, deshacer o descomponer.

Todo esto lo digo con la prudencia de quien no es, ni mucho menos, lingüista pero entiende que no hace falta ser un experto para darse cuenta de que los poderosos han prescindido de los poetas por qué piensan que son prescindibles. Piensan que cualquiera puede hacer lo que ellos hacen, pero no es fácil meter esta nueva realidad que tenemos en una o varias palabras. Recuerdo que hace tiempo leí un libro en el que Giovani Papini relataba su encuentro, en un manicomio, con un multimillonario aburrido que había decidido entretenerse entrevistando a personalidades de la época, a las que intentaba sonsacar lo peor de sí mismas y de la sociedad en que vivían. El resultado final, después de haber recogido todo lo que dijeron, fue que intentó resumirlo en un único verbo y se encontró con la sorpresa de que le salió un sustantivo. Le salió estupor, como síntesis de lo real.

Estupor es palabra antigua que apenas ya ni se usa. Los medios, y la sociedad, la han apartado de nuestro vocabulario pero creo que es la que mejor podría definir el momento que vivimos. Quizá se preste a confusión. Quizá se confunda, a veces, con asombro pero, aunque de asombro tiene bastante, lo principal, de su significado, es que añade la renuncia. El estupefacto se sorprende y se asombra pero, a la vez, se siente incapaz de reaccionar porque entiende que los acontecimientos violan todos los principios en los que se funda su concepción de la sociedad y enfrentarse a ellos sería absurdo.

Aún estamos en esa fase, de modo que habría motivos para el revival de esa palabra pero sospecho que estupor no estará entre elegidas, al final de este año. Antes inventarán otra que sea más confusa e ininteligible. Alguna palabra nueva que defina estas realidades difíciles que no nos caben en la cabeza.

Ya ven en qué quedan las nuevas palabras de 2012: charturbarse, tróspido y yayoflauta. Bueno y esa otra, decrecimiento, a la que atribuyen un significado que no corresponde.

Jodorowsky dijo que las palabras forjan la realidad pero no la son. Y Saramago añadió que hay que darles la vuelta y arrancarles la piel para entender de qué están hechas.

Milio Mariño/ Artículo de Opinión/ Diario La Nueva España.

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martes, 25 de diciembre de 2012

Cena sin discusión

Milio Mariño

No es por discutir, no es por nada, pero algunos pensamos que la cena de Nochebuena debe seguir celebrándose como manda la tradición: con el menú comestible de toda la vida y ese otro menú que incluye que cualquier familiar la lie parda y, antes de llegar al turrón, se monte una bronca que suele acabar de forma feliz, a los postres, con la familia ciega de sidra y el broncas contando chistes.

Dicen que, por desgracia, ocurre bastante. Es más, me consta que hay familias que para tener la noche en paz y no repetir experiencias así, han llegado a establecer una norma sobre lo que se puede discutir en Nochebuena y lo que no admite la más mínima discusión. Nada de política, nada de religión, nada de fútbol, nada de restregarse unos a otros lo bien o lo mal que les va en la vida, nada de hablar de lo listos y educados que son los niños… Total, que una cena deliciosa, en cuanto a los ingredientes comestibles, acaba siendo enormemente aburrida por la salsa de los monosílabos, las miradas de soslayo y los comentarios chorra que nos hacen parecer idiotas o, simplemente, ridículos. Un verdadero tostón que nos obliga a plantearnos si no será mejor prescindir de cualquier norma y dejar que la familia se diga todo lo que tenga que decirse para luego cerrar la disputa, si es que la hay, y acabar cantando hacia Belén va una burra, rin, rin, yo me remendaba yo me remendé.

Hablar en la mesa pienso que es tan importante, o más, que el menú. No niego que por la emotividad de las fiestas, o el ritmo que impone la vida, la sensibilidad esté tan a flor de piel que en seguida salte la chispa. Lo que hemos ido acumulando durante todo el año puede agolparse en nuestro cerebro y, ayudado por el alcohol, salir, de forma abrupta, sin reparar en modales ni sutilezas. Puede ser, no digo que no, que la cena de Nochebuena sirva, en algunos casos, como desahogo y elemento purificador.

Estoy de acuerdo, también, en que quizá no sea el mejor momento, pero conviene tener presente que hemos perdido mucho en todo lo que se refiere a nuestra empanada mental. Antes se compartía más, no se tenía tanto miedo a decir lo que pensamos, había más trato, más intercambio y más intimidad con la familia. Ahora es diferente. Ahora no tenemos tiempo para estar con los demás, ni casi con nosotros mismos. Estamos solos en medio de la multitud y cuando nos vemos rodeados de familiares o amigos nos damos cuenta de que hay cosas que necesitamos decir para liberarnos y quedar más a gusto.

Por eso pienso que no sirve de gran cosa imponer unas normas que nos lleven a cenar en torno a una mesa rodeada por rostros que renuncian a la normalidad, obligados por la cursilería de una paz artificiosa que acabará sacándonos de quicio cuando estemos, de nuevo, a solas. No creo que nos beneficie abordar la cena de Nochebuena como si nos enfrentáramos a un tribunal que solo exige elegancia formal. Al turrón tenemos que llegar contentos y satisfechos. Si hay algo que decir, se dice. Si hay algo que discutir, se discute. Lo importante es que todo discurra por cauces civilizados y que al final pasemos un rato agradable que merezca ser recordado.


Milio Mariño / Artículo de Opinión diario La Nueva España


martes, 18 de diciembre de 2012

Pocas luces

Milio Mariño

En un alarde de recursos contra la crisis es muy probable que estas navidades aparezca cualquier político espabilado y proponga que la mala uva en el ambiente se corrige sustituyendo las doce uvas tradicionales por doce aceitunas sin hueso. No lo descarten. Tampoco sé enfaden. Hagan como Camus, que decía que lo absurdo siempre es mejor tomarlo como punto de partida que como conclusión.

Cuesta entender la que han liado entorno a la crisis, lo hemos hablado ya muchas veces, pero resulta, aún, más difícil comprender ciertas medidas que se visten de soluciones sensatas y acaban siendo disparates que recuerdan las astracanadas de aquel maestro de la comedia que conseguía hacernos reír con la famosa escena, ambientada en la Gran Depresión, en la que el hambre le empujaba a comerse su propio zapato.

Por ahí va lo del ahorro en bombillas. No recuerdo otras navidades tan tristes. No recuerdo que las autoridades y los mandamases unieran sus voces para decirnos que no podemos comprar más regalos que los que venden en los chinos, que los Reyes Magos hasta el Papa dice que vienen de la Andalucía del PER y los ERES y que el marisco de la Noche Buena tendremos que sustituirlo por mejillones en escabeche porque así lo manda la OCDE y el tendencioso y sentenciado capitalismo, que aprieta pero tiene la deferencia de aflojar cuando los ojos están a punto de salírsenos de las orbitas.

Lo extraño, lo que me parece raro, es que a nadie se le haya ocurrido que estas Navidades hay que celebrarlas como si no hubiera un mañana. Como si fuéramos uno de esos enfermos terminales a los que el médico recomienda que disfrute y haga lo que le venga en gana porque solo le quedan cuatro días de vida.

Digo esto porque suponiendo que las previsiones se cumplan, que, al final, todo se vaya al carajo, el país al rescate y nosotros a la miseria, sin que esté en nuestras manos salvarnos, cada vez entiendo menos qué pintan los Ayuntamientos organizando nuestro funeral por anticipado. No sé por qué, en lugar de hacer más llevadera nuestra agonía, han optado por contribuir a la tristeza privándonos de cuatro luces de colores que nos alegraban la vida aunque siguiéramos sin un duro.

Los Ayuntamientos, me atrevo a decir que todos, presumen de que estas Navidades han puesto menos bombillas que el año pasado y menos aún que el año anterior. Quiere decirse que los alcaldes, las alcaldesas y sus respectivas Corporaciones, han llegado a la conclusión de que una buena medida para arreglar el desaguisado de la crisis es pasar del Siglo de las Luces, que no era, siquiera, el XX, al oscurantismo de la Edad Media. Han pensado que la crisis se combate quitando cuatro bombillas y dejando a la población a oscuras.

Tiene su explicación. El Siglo de las Luces fue aquel en el que se empezó a considerar, como base principal, el razonamiento de las personas. El de la libertad, la igualdad y la equidad como derechos humanos inalienables y, también, el de la separación de poderes.

Desde 2007, el gasto de los Ayuntamientos, en luces navideñas, ha caído un 70 por ciento. Perfecto. Y los millonetis partiéndose el culo con el ahorro en alumbrado navideño. Celebrando que los políticos tengan tan pocas luces y se presten a engañar a los ciudadanos con estas pijadas, mientras ellos siguen a lo suyo.



Milio Mariño/ Artículo de Opinión/ Diario La Nueva España



martes, 4 de diciembre de 2012

Regalos

Milio Mariño

Aprovechando que esta semana celebramos el aniversario de la Constitución, y tomándolo como una obligación constitucional, mi mujer acaba de trasladarme que, en los próximos días, abrirá un período de consultas para que podamos hacerle llegar nuestras sugerencias en todo lo concerniente a los regalos de Navidad.

En cuestiones de procedimiento, mi mujer es inflexible, sigue al pie de la letra la norma parlamentaria. Primero abre el período de consultas y luego regala lo que le viene en gana. Hace como el gobierno, toma las decisiones que quiere, y cree conveniente, y si te atreves con alguna queja dice que la culpa es tuya, que tuviste tiempo de sobra para hacer tus propuestas y si no las hiciste fue porque es más cómodo criticar que implicarse.

El caso que ahí estamos, trabajando en comisión, los hijos y sus conyugues por un lado, mi cuñada y mi cuñado por otro, los sobrinos por libre y un servidor en el grupo mixto, un poco desamparado y sin esperanza de que nadie vaya a tener en cuenta lo que proponga o deje de proponer.

Imagino los comentarios, dirán que regalar está al alcance de cualquiera que disponga aunque solo sea de diez euros. No lo discuto pero lo cierto es que acaba convirtiéndose en una entelequia. Un reto cada vez más difícil, no sé yo si por las expectativas del regalador o las del regalado, que se reparten, según sea el caso, entre algo útil, algo bonito, algo difícil de encontrar, algo gracioso, algo barato...

Posibilidades hay muchas, es cierto, pero convendrán que no son lo mismo los regalos, digamos, vocacionales que los regalos sacrificio, ni tampoco los regalos útiles que los regalos chorra para cumplir el trámite y salir del paso.

Dicen que, últimamente, se ha impuesto la lógica del regalo útil, una lógica que ya se empleaba en tiempos preconstitucionales, pues por mucho que ahora nos hablen de precocidades, los niños dejábamos de ser niños a los trece o catorce años, momento en que los juguetes se transformaban en ropa que llegaba a lomos de un camello sin que nos explicáramos, aun sabiendo que los Reyes eran los padres, como podían atreverse mirarnos a la cara, esperando que respondiéramos con satisfacción y alegría al vernos delante de un pijama, dos pares de calcetines y tres calzoncillos.

Debió ser por aquella época cuando comenzó a modificarse el significado de regalar, una de esas definiciones que no ha resistido el paso del tiempo, pues si en 1803 la Real Academia afirmaba que era agasajar o contribuir a otro con alguna cosa, voluntariamente o por obligación, ahora dice que es dar una dádiva, voluntariamente o por costumbre. Definición que nos lleva a sospechar que los académicos han debido de ir cambiando de parecer a medida que fueron recibiendo regalos y les entró la duda de si lo que sus familiares y amigos les regalaban sería por caridad, por lástima, por cariño, o, porque como ya lo habían hecho durante tanto tiempo, a ver quién se atrevía a dejar de hacerlo.

Que el hecho de regalar pasara de ser agasajo a ser una dádiva, no parece estar en consonancia con la creencia de que el regalo es una manera egoísta de hacernos un homenaje. Teoría con la que tampoco estoy muy de acuerdo, pues, viendo los regalos que pienso hacer a los míos, sería una manera muy pobre de homenajearme a mí mismo.

Milio Mariño / Artículo de Opinión / Diario La Nueva España