Milio Mariño
Cuando sale alguien y veo que empieza con la cantinela de que aquí lo que hacen falta son soluciones imaginativas, se me ocurre que, dentro de nada, los coches tendrán tres ruedas. Ríanse si quieren, pero seguro que no habrán olvidado que los coches venían, de fábrica, con cinco ruedas hermosas y, por una solución imaginativa, de esas que, solo, discurren los que están al mando, dejaron la de repuesto como un fideo, consiguieron que la autoridad la diera de paso y hace unos cuantos años que circulan por las autopistas como si usted saliera a la calle con un zapato y una zapatilla.
Las soluciones imaginativas suelen ser eso: un diez por ciento de imaginación y un noventa de chapuza adornada por cuatro expertos que la visten de modernidad y se empeñan en convencernos de que hay que cambiar, aunque sea a peor, porque seguir como estábamos es cosa de tontos.
Hace años, charlando con un americano, recién llegado a nuestro país, me picó la curiosidad y le pregunté si creía que España se había modernizado y estaba a la altura de Estados Unidos. Acabo de llegar, me dijo, pero respóndame a esto: ¿Ustedes son de los que todavía esperan a que les pongan gasolina en el coche o se la ponen ustedes mismos?
Por ahí van las soluciones imaginativas que, dicen, nos sacarán de la crisis. La última vez que estuve en París salí de una Terminal, anexa al Charles de Gaulle, que no tenía nadie en el mostrador, así que además de procurarte tu mismo la tarjeta de embarque también tenías que facturar tus maletas. Otra solución ingeniosa que ahorrará mucho dinero. El viajero hará todo el trabajo y se quedará sin premio.
Estas cosas ocurren porque alguien, en algún sitio, ha decidido que lo mejor es que nadie entienda nada de lo que está pasando. Decir que todo funciona mal, que no podemos seguir así y que hay que tomar medidas, por dolorosas que sean, abona el terreno para decisiones que no tienen sentido y leyes que son como inventos del TBO. Ahí tienen la flamante Ley de Empleo, cuyos promotores afirman que no solo no lo creará sino que este año habrá 600.000 parados más.
Este era un país que, hasta hace dos días, no tenía aceras, ni calles, ni agua corriente, ni alcantarillas, ni hospitales, ni bibliotecas ni nada parecido a lo que tenían Francia y Alemania en los años setenta. Tampoco tenía industria. Tenia terreno en barbecho, barro para hacer ladrillos y un batallón de listos.
Hay personas de buena fe que, realmente, piensan que pasar de aquella nada a esto poco que tenemos fue un lujo que nos llevó a la ruina. Una hemorragia que hay que atajar, cuanto antes, con un torniquete. Apretar fuerte, hasta que duela, y luego, cuando pase el peligro, deshacer el nudo para que todo vuelva a quedar como estaba.
No se lo crean, nada volverá a ser igual. Fíjense en las ruedas de repuesto. El argumento era que las de tipo galleta ahorran peso y espacio. Cierto, pero cuando uno pincha y quiere echar mano de lo que necesita se acuerda de la madre que parió al que tuvo la idea de la rueda fideo. Pero la cosa sigue, hay coches que ya no llevan ni rueda de repuesto, llevan un kit de auto reparación de pinchazos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión
lunes, 26 de marzo de 2012
lunes, 19 de marzo de 2012
Cura del paro
Milio Mariño
La primavera estaba por venir pero era tan bueno el tiempo que la gente había abierto las ventanas para ventilarse y dejar que corriera el aire. El agobio de la crisis nos tenia tan apesadumbrados que necesitábamos aire fresco aun a riesgo de que se colara alguna desfachatez, como aquella de Finlandia, que los desvergonzados habían empezado a proferir sin siquiera disimularlo, dando suelta a unos instintos que, antes, solían ocultar o reprimir porque sentían vergüenza de ser tan crueles e injustos.
Sabíamos sus intenciones pero estábamos acostumbrados a que se mordieran la lengua y no dijeran lo que pensaban. Algo era algo, pues en lo que va de noviembre a marzo han vuelto por sus fueros adoptando la desfachatez por bandera para que nos demos cuenta, seguramente, de que, por fin, han cambiado las cosas.
Hablo de desfachatez, por no emplear otra palabra más gorda, para referirme a ese anuncio, de la Conferencia Episcopal Española, en el que dicen a los jóvenes: Si te haces cura no te prometo un gran sueldo, te prometo un trabajo fijo. Ahí es nada el oportunismo de los obispos para hacer cosecha de la necesidad y la desesperación de los jóvenes.
Uno había vivido el caso a la inversa. Había tenido compañeros y amigos a los que unos padres sin recursos, imposibilitados para poder darles estudios, los metían en el Seminario de donde salían, antes de la adolescencia, para incorporarse al bachillerato. Algunos, incluso, apuraban más su estancia y no daban el paso atrás hasta poco antes de cantar misa.
También viví, y lo hice con admiración y respeto, otros casos a la inversa: los curas obreros. Una de las experiencias más importantes y originales que ha dado la iglesia y que, sin embargo, suscitó la desconfianza de la jerarquía eclesiástica hasta el punto de que acabó prohibiéndoles trabajar para mantener la concepción de un sacerdocio basado en que el mediador del Dios en la Tierra tenia que ser un hombre sagrado, separado de los otros hombres y de una sociedad mundana, en la que corrían el riesgo de contaminarse. Riesgo que advertían mayor en las fábricas, pues podían entrar en contacto con la lucha obrera y, sin quererlo, participar de los postulados marxistas.
La Iglesia, al menos entonces, cuidaba las formas. Presentaba la opción del sacerdocio como una cuestión vocacional que correspondía tomar a quienes estaban convencidos de entregar, por completo, su vida al prójimo. La idea que teníamos era que ser cura suponía una decisión personal que estaba muy lejos de convertirse en una salida profesional con la que poder hacer frente al paro.
Pensábamos como pensábamos porque la Iglesia decía que su reino era espiritual, jamás de este mundo. Pero una cosa son los sermones y otra la realidad pura y dura pues los hechos han demostrado que la Iglesia es temporal, material y tan de este mundo que en el reino de España sigue aprovechándose de los privilegios y tiene el descaro de ofrecer a los jóvenes puestos fijos, de funcionarios, con cargo a los 10.000 millones de euros que percibe del Estado.
Tal como están las cosas, no me extrañaría nada que a la opción de tener un trabajo fijo, si deciden meterse a curas, a los jóvenes también les ofrezcan alistarse en el ejército para solucionar la vida. No lo vería tan escandaloso como lo que acaban de hacer los obispos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
La primavera estaba por venir pero era tan bueno el tiempo que la gente había abierto las ventanas para ventilarse y dejar que corriera el aire. El agobio de la crisis nos tenia tan apesadumbrados que necesitábamos aire fresco aun a riesgo de que se colara alguna desfachatez, como aquella de Finlandia, que los desvergonzados habían empezado a proferir sin siquiera disimularlo, dando suelta a unos instintos que, antes, solían ocultar o reprimir porque sentían vergüenza de ser tan crueles e injustos.
Sabíamos sus intenciones pero estábamos acostumbrados a que se mordieran la lengua y no dijeran lo que pensaban. Algo era algo, pues en lo que va de noviembre a marzo han vuelto por sus fueros adoptando la desfachatez por bandera para que nos demos cuenta, seguramente, de que, por fin, han cambiado las cosas.
Hablo de desfachatez, por no emplear otra palabra más gorda, para referirme a ese anuncio, de la Conferencia Episcopal Española, en el que dicen a los jóvenes: Si te haces cura no te prometo un gran sueldo, te prometo un trabajo fijo. Ahí es nada el oportunismo de los obispos para hacer cosecha de la necesidad y la desesperación de los jóvenes.
Uno había vivido el caso a la inversa. Había tenido compañeros y amigos a los que unos padres sin recursos, imposibilitados para poder darles estudios, los metían en el Seminario de donde salían, antes de la adolescencia, para incorporarse al bachillerato. Algunos, incluso, apuraban más su estancia y no daban el paso atrás hasta poco antes de cantar misa.
También viví, y lo hice con admiración y respeto, otros casos a la inversa: los curas obreros. Una de las experiencias más importantes y originales que ha dado la iglesia y que, sin embargo, suscitó la desconfianza de la jerarquía eclesiástica hasta el punto de que acabó prohibiéndoles trabajar para mantener la concepción de un sacerdocio basado en que el mediador del Dios en la Tierra tenia que ser un hombre sagrado, separado de los otros hombres y de una sociedad mundana, en la que corrían el riesgo de contaminarse. Riesgo que advertían mayor en las fábricas, pues podían entrar en contacto con la lucha obrera y, sin quererlo, participar de los postulados marxistas.
La Iglesia, al menos entonces, cuidaba las formas. Presentaba la opción del sacerdocio como una cuestión vocacional que correspondía tomar a quienes estaban convencidos de entregar, por completo, su vida al prójimo. La idea que teníamos era que ser cura suponía una decisión personal que estaba muy lejos de convertirse en una salida profesional con la que poder hacer frente al paro.
Pensábamos como pensábamos porque la Iglesia decía que su reino era espiritual, jamás de este mundo. Pero una cosa son los sermones y otra la realidad pura y dura pues los hechos han demostrado que la Iglesia es temporal, material y tan de este mundo que en el reino de España sigue aprovechándose de los privilegios y tiene el descaro de ofrecer a los jóvenes puestos fijos, de funcionarios, con cargo a los 10.000 millones de euros que percibe del Estado.
Tal como están las cosas, no me extrañaría nada que a la opción de tener un trabajo fijo, si deciden meterse a curas, a los jóvenes también les ofrezcan alistarse en el ejército para solucionar la vida. No lo vería tan escandaloso como lo que acaban de hacer los obispos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 12 de marzo de 2012
Las vacas gordas y flacas existieron a la vez
Milio Mariño
Comentando con un amigo lo raro que viene el invierno, que apenas llueve y es como si la sequía afectara más a los altos hornos de Veriña que a las berzas y las lechugas, recibí como respuesta que está todo tan mal que a saber qué será de la juventud.
De la juventud y de nosotros, se me ocurrió contestar, sorprendido de que nos diera por amortizados y los años que aún nos resten pudiéramos vivirlos de cualquier manera. No entendía que solo pensara en los jóvenes y se lo dije. Le dije que no hay cosa que más deteste que acabar como cualquier imbécil que se refocila en ese sentimiento complacido de ser victima no importa de qué o de quién.
El toque surtió efecto porque cuando retomamos la conversación estuvimos de acuerdo en que no se trata de que una generación salga peor o mejor parada; la crisis no entiende de edades, afecta a todos. Cierto que quienes todavía no somos viejos, pero lo seremos antes que otros, quizá oponemos más resistencia a los cambios que nos proponen pero, sobre todo, nos resistimos a cambiar a peor. A nadie le gusta que su calidad de vida empeore, y a nosotros con más motivo porque, en el supuesto de que fuera cierto que el sacrificio que ahora nos piden vaya a servir para que luego vivamos mejor, igual no llegamos a luego o, en todo caso, nos quedará menos tiempo para disfrutarlo.
Otro punto en el que coincidimos fue en no entender ese empeño por menguar nuestro entusiasmo. A un Gobierno que ofrecía, aunque solo fuera, una remota esperanza ha sucedido otro que no deja de machacarnos con la cantinela de que, nos pongamos como nos pongamos, las cosas iran a peor.
Entiendo que quieran quitarnos responsabilidad pero decir que no pintamos nada, que nuestro papel es el de meros espectadores y que, a lo sumo, lo que podemos hacer es quejarnos en privado, es volver al aquí mando yo y tú a callar.
Las cosas están como están. Y para comernos, aún más, la moral han vuelto a la maldición divina, a que la crisis es algo tan antiguo que ya sucedía en tiempos de las doce tribus. Después de las vacas gordas vienen las flacas.
Mienten como bellacos, han trucado la profecía. El detalle más importante, referido al sueño del Faraón, es que las vacas gordas y las flacas no venían unas después de otras, existían las dos a la vez.
José, el undécimo hijo de Jacob, que fue quien interpretó el sueño, dijo al Faraón que los siete años de abundancia coexistían con los siete de hambruna. La interpretación exacta fue la siguiente: “Si acumulas grano en los años de abundancia, las siete vacas gordas seguirán estando allí cuando las siete flacas emerjan del río y éstas tendrán que comer”.
El Faraón no hizo caso, no tomó en cuenta el consejo, y el resultado fue que las vacas flacas se comieron a las gordas. De acuerdo que era un sueño y que las vacas nunca fueron carnívoras, pero a falta de pan vienen las tortas.
La profecía es, realmente, como les digo, solo me queda la duda de si el refrán dice así o resulta que también lo interpreto a mi aire, igual que hacen los ricos con las vacas gordas y flacas.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
Comentando con un amigo lo raro que viene el invierno, que apenas llueve y es como si la sequía afectara más a los altos hornos de Veriña que a las berzas y las lechugas, recibí como respuesta que está todo tan mal que a saber qué será de la juventud.
De la juventud y de nosotros, se me ocurrió contestar, sorprendido de que nos diera por amortizados y los años que aún nos resten pudiéramos vivirlos de cualquier manera. No entendía que solo pensara en los jóvenes y se lo dije. Le dije que no hay cosa que más deteste que acabar como cualquier imbécil que se refocila en ese sentimiento complacido de ser victima no importa de qué o de quién.
El toque surtió efecto porque cuando retomamos la conversación estuvimos de acuerdo en que no se trata de que una generación salga peor o mejor parada; la crisis no entiende de edades, afecta a todos. Cierto que quienes todavía no somos viejos, pero lo seremos antes que otros, quizá oponemos más resistencia a los cambios que nos proponen pero, sobre todo, nos resistimos a cambiar a peor. A nadie le gusta que su calidad de vida empeore, y a nosotros con más motivo porque, en el supuesto de que fuera cierto que el sacrificio que ahora nos piden vaya a servir para que luego vivamos mejor, igual no llegamos a luego o, en todo caso, nos quedará menos tiempo para disfrutarlo.
Otro punto en el que coincidimos fue en no entender ese empeño por menguar nuestro entusiasmo. A un Gobierno que ofrecía, aunque solo fuera, una remota esperanza ha sucedido otro que no deja de machacarnos con la cantinela de que, nos pongamos como nos pongamos, las cosas iran a peor.
Entiendo que quieran quitarnos responsabilidad pero decir que no pintamos nada, que nuestro papel es el de meros espectadores y que, a lo sumo, lo que podemos hacer es quejarnos en privado, es volver al aquí mando yo y tú a callar.
Las cosas están como están. Y para comernos, aún más, la moral han vuelto a la maldición divina, a que la crisis es algo tan antiguo que ya sucedía en tiempos de las doce tribus. Después de las vacas gordas vienen las flacas.
Mienten como bellacos, han trucado la profecía. El detalle más importante, referido al sueño del Faraón, es que las vacas gordas y las flacas no venían unas después de otras, existían las dos a la vez.
José, el undécimo hijo de Jacob, que fue quien interpretó el sueño, dijo al Faraón que los siete años de abundancia coexistían con los siete de hambruna. La interpretación exacta fue la siguiente: “Si acumulas grano en los años de abundancia, las siete vacas gordas seguirán estando allí cuando las siete flacas emerjan del río y éstas tendrán que comer”.
El Faraón no hizo caso, no tomó en cuenta el consejo, y el resultado fue que las vacas flacas se comieron a las gordas. De acuerdo que era un sueño y que las vacas nunca fueron carnívoras, pero a falta de pan vienen las tortas.
La profecía es, realmente, como les digo, solo me queda la duda de si el refrán dice así o resulta que también lo interpreto a mi aire, igual que hacen los ricos con las vacas gordas y flacas.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 5 de marzo de 2012
Mujeres al mando
Milio Mariño
Que todo vuelve no es una frase hecha, es la realidad pura y dura. Ya ven: en Holywood premian al cine mudo, los gobiernos gobiernan en blanco y negro y las mujeres que triunfan, en cuanto se ponen al mando, son más duras e inflexibles que los hombres autoritarios. Ahí tienen a Ángela Merkel, que parece el revival de aquella Margaret Thatcher que masacró a los mineros, duplicó la tasa de pobreza y citaba a San Pablo para decir: a quien no le guste el trabajo que tampoco coma.
Asomándome a esos recuerdos, se me aparecen, cada una por su lado, Maria Teresa Fernández de la Vega y Esperanza Aguirre, que me riñen no como abuelas dulces que después de una reprimenda ofrecen su regazo, en una muestra de comprensión y cariño, sino insistiendo en qué el castigo ha sido benévolo para mis merecimientos.
Sigo buscando mujeres al mando y me encuentro con Rita Barberá, la diva de las alcaldesas, que por mucho que se de un aire a la Caballé, en cuanto al volumen que desaloja y el tamaño de su sonrisa, tampoco se queda corta a la hora de repartir estacazos.
Al final, mientras discurro si esas mujeres: Thatcher, Merkel, Maria Teresa, Rita y Esperanza, tienen algo en común, acabo delante del televisor, un viernes al medio día, aguantando la bronca de Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidenta y portavoz que, desde que llegó al gobierno, no hay aparición publica en la que no comparezca en tono desafiante y amenazando con hundirme en la miseria.
No se lo tomo en cuenta. No sé si por ser la más joven, la ultima en llegar o que tiene cara de niña buena, pero pienso que ese mal genio lo expresa sin ser consciente de lo que trasmite. La forma en que comunica las decisiones del gobierno hace que realmente parezcan castigos antes que medidas para favorecernos. Estoy convencido de que adopta ese tono para desahogarse y expulsar la frustración de no poder ofrecernos cosas mejores. Bueno y, también, por lo que ella misma ha dicho más de una vez: que si eres joven, mujer y, además, mides 1,50, te ven como muy vulnerable y tienes que estar siempre alerta para mantenerlos a raya.
Puedo entenderlo; de ahí que esté dispuesto a concederle un plazo no mayor de dos meses para que se serene y deje de reñirme. Se que, allá por Madrid, la han comparado con Lisa, la de los Simpson, y eso tiene que doler. No es lo mismo que te comparen con Lisa Simpson que con Margaret o Ángela Merkel, sobre todo si eres la segunda de abordo y te han elegido para gritar mande firmes y pasar revista a la tropa de ministras y ministros sabihondos, subsecretarios, cabos con mando en plaza y diputados que nunca la vieron tan gorda.
Expulsar la energía reprimida es muy sano pero Soraya debe entender que los ciudadanos no somos culpables de que Rajoy la haya elegido para que se encargue de lo desagradable. Debería portarse como se porta en privado, donde al parecer es amable y muy afectiva. Así que si no se corrige habrá que ponerle el apodo que se le ocurra al primer graciosillo de turno y que no será, desde luego, el de lideresa o Dama de Hierro. Será otro más gordo, y desagradable, porque también nosotros tenemos derecho a desahogarnos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
Que todo vuelve no es una frase hecha, es la realidad pura y dura. Ya ven: en Holywood premian al cine mudo, los gobiernos gobiernan en blanco y negro y las mujeres que triunfan, en cuanto se ponen al mando, son más duras e inflexibles que los hombres autoritarios. Ahí tienen a Ángela Merkel, que parece el revival de aquella Margaret Thatcher que masacró a los mineros, duplicó la tasa de pobreza y citaba a San Pablo para decir: a quien no le guste el trabajo que tampoco coma.
Asomándome a esos recuerdos, se me aparecen, cada una por su lado, Maria Teresa Fernández de la Vega y Esperanza Aguirre, que me riñen no como abuelas dulces que después de una reprimenda ofrecen su regazo, en una muestra de comprensión y cariño, sino insistiendo en qué el castigo ha sido benévolo para mis merecimientos.
Sigo buscando mujeres al mando y me encuentro con Rita Barberá, la diva de las alcaldesas, que por mucho que se de un aire a la Caballé, en cuanto al volumen que desaloja y el tamaño de su sonrisa, tampoco se queda corta a la hora de repartir estacazos.
Al final, mientras discurro si esas mujeres: Thatcher, Merkel, Maria Teresa, Rita y Esperanza, tienen algo en común, acabo delante del televisor, un viernes al medio día, aguantando la bronca de Soraya Sáenz de Santamaría, la vicepresidenta y portavoz que, desde que llegó al gobierno, no hay aparición publica en la que no comparezca en tono desafiante y amenazando con hundirme en la miseria.
No se lo tomo en cuenta. No sé si por ser la más joven, la ultima en llegar o que tiene cara de niña buena, pero pienso que ese mal genio lo expresa sin ser consciente de lo que trasmite. La forma en que comunica las decisiones del gobierno hace que realmente parezcan castigos antes que medidas para favorecernos. Estoy convencido de que adopta ese tono para desahogarse y expulsar la frustración de no poder ofrecernos cosas mejores. Bueno y, también, por lo que ella misma ha dicho más de una vez: que si eres joven, mujer y, además, mides 1,50, te ven como muy vulnerable y tienes que estar siempre alerta para mantenerlos a raya.
Puedo entenderlo; de ahí que esté dispuesto a concederle un plazo no mayor de dos meses para que se serene y deje de reñirme. Se que, allá por Madrid, la han comparado con Lisa, la de los Simpson, y eso tiene que doler. No es lo mismo que te comparen con Lisa Simpson que con Margaret o Ángela Merkel, sobre todo si eres la segunda de abordo y te han elegido para gritar mande firmes y pasar revista a la tropa de ministras y ministros sabihondos, subsecretarios, cabos con mando en plaza y diputados que nunca la vieron tan gorda.
Expulsar la energía reprimida es muy sano pero Soraya debe entender que los ciudadanos no somos culpables de que Rajoy la haya elegido para que se encargue de lo desagradable. Debería portarse como se porta en privado, donde al parecer es amable y muy afectiva. Así que si no se corrige habrá que ponerle el apodo que se le ocurra al primer graciosillo de turno y que no será, desde luego, el de lideresa o Dama de Hierro. Será otro más gordo, y desagradable, porque también nosotros tenemos derecho a desahogarnos.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 27 de febrero de 2012
Nadie quiere ser clase baja
Milio Mariño
Hace años, cuando uno encaraba la vida desde los albores de su juventud, la primera recomendación familiar era que no sobresalieras, que te mimetizaras con el rebaño. No te signifiques, procura pasar desapercibido, era el consejo que oías a todas horas y valía para casi todo: para la escuela, la mili, el trabajo, la calle… Lo importante era no sacar la cabeza porque, quienes la sacaban, corrían el riesgo de que se la cortaran. Nuestras madres habían sufrido la posguerra, vivían la dictadura y sabían como se las gastaban los de la clase que estaba al mando. Si querías llegar más lejos, o más arriba, tenia que ser con su permiso, tenía que ser por que ellos lo consentían, no porque te rebelaras y exigieras tus derechos.
La nueva reforma laboral, el modelo que ha elegido España, apunta en ese sentido. La creciente desigualdad, la crisis y la rebaja del Estatuto de los Trabajadores se perciben con un efecto devastador que hará estragos entre los más débiles y sacará a la luz su pertenencia a una clase que parecía olvidada. Quizá, aunque tengo mis dudas, no volvamos a las relaciones laborales de la época franquista ni a los tiempos del proletariado pero, en esencia, es lo mismo; es volver a una sociedad dual de pobres y ricos porque solo así, con esa fórmula, se garantiza el progreso.
El argumento será que los pobres de ahora no son tan pobres como aquellos. Nos ha jodido, tampoco los ricos. Los ricos son mucho más ricos y, como no les basta, como quieren que la diferencia se note sin que haya que fijarse, exigen que volvamos a tratarlos como a señores feudales.
En medio de los dos, de los de arriba y los de abajo, está, como siempre, la clase media y aquí si que voy a detenerme porque el tema lo merece. Merecería un estudio sociológico pero uno no llega a tanto y le alcanza con preguntarse por qué será que todo el mundo se apunta a la clase media y pocos, por no decir nadie, reconoce que es clase baja.
Lo hablaba el otro día con un antiguo compañero de estudios que también está prejubilado y cobra una pensión que le permite vivir con cierto desahogo. No doy abasto -me decía- no paro de salir al paso y llamarles la atención a quienes se tienen por lo que no son. Conozco multitud de gente que, con menos ingresos que yo, presume de ser clase media. Es inaudito. Quedan con la boca abierta cuando les digo que lo suyo es clase baja, que la clase media les queda muy lejos.
Las expectativas han caído de tal manera que quien tiene trabajo y gana mil euros considera que es clase media. La posibilidad de ser explotado a cambio de un empleo se vive ahora como un privilegio. Hasta ahí hemos llegado. Algunos sociólogos han empezado a llamarlo el precariado, dicen que proletario no encaja. Igual llevan razón. El nombre es lo de menos, lo preocupante es que no tienen conciencia de que son clase baja ni comparten identidad. Lo que les une no son las ideas ni la pertenencia a una clase social, es el iPod. Viven en su mundo virtual, echan la culpa a sus padres y creen que esto es un juego que se resuelve con darle a un botón.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
Hace años, cuando uno encaraba la vida desde los albores de su juventud, la primera recomendación familiar era que no sobresalieras, que te mimetizaras con el rebaño. No te signifiques, procura pasar desapercibido, era el consejo que oías a todas horas y valía para casi todo: para la escuela, la mili, el trabajo, la calle… Lo importante era no sacar la cabeza porque, quienes la sacaban, corrían el riesgo de que se la cortaran. Nuestras madres habían sufrido la posguerra, vivían la dictadura y sabían como se las gastaban los de la clase que estaba al mando. Si querías llegar más lejos, o más arriba, tenia que ser con su permiso, tenía que ser por que ellos lo consentían, no porque te rebelaras y exigieras tus derechos.
La nueva reforma laboral, el modelo que ha elegido España, apunta en ese sentido. La creciente desigualdad, la crisis y la rebaja del Estatuto de los Trabajadores se perciben con un efecto devastador que hará estragos entre los más débiles y sacará a la luz su pertenencia a una clase que parecía olvidada. Quizá, aunque tengo mis dudas, no volvamos a las relaciones laborales de la época franquista ni a los tiempos del proletariado pero, en esencia, es lo mismo; es volver a una sociedad dual de pobres y ricos porque solo así, con esa fórmula, se garantiza el progreso.
El argumento será que los pobres de ahora no son tan pobres como aquellos. Nos ha jodido, tampoco los ricos. Los ricos son mucho más ricos y, como no les basta, como quieren que la diferencia se note sin que haya que fijarse, exigen que volvamos a tratarlos como a señores feudales.
En medio de los dos, de los de arriba y los de abajo, está, como siempre, la clase media y aquí si que voy a detenerme porque el tema lo merece. Merecería un estudio sociológico pero uno no llega a tanto y le alcanza con preguntarse por qué será que todo el mundo se apunta a la clase media y pocos, por no decir nadie, reconoce que es clase baja.
Lo hablaba el otro día con un antiguo compañero de estudios que también está prejubilado y cobra una pensión que le permite vivir con cierto desahogo. No doy abasto -me decía- no paro de salir al paso y llamarles la atención a quienes se tienen por lo que no son. Conozco multitud de gente que, con menos ingresos que yo, presume de ser clase media. Es inaudito. Quedan con la boca abierta cuando les digo que lo suyo es clase baja, que la clase media les queda muy lejos.
Las expectativas han caído de tal manera que quien tiene trabajo y gana mil euros considera que es clase media. La posibilidad de ser explotado a cambio de un empleo se vive ahora como un privilegio. Hasta ahí hemos llegado. Algunos sociólogos han empezado a llamarlo el precariado, dicen que proletario no encaja. Igual llevan razón. El nombre es lo de menos, lo preocupante es que no tienen conciencia de que son clase baja ni comparten identidad. Lo que les une no son las ideas ni la pertenencia a una clase social, es el iPod. Viven en su mundo virtual, echan la culpa a sus padres y creen que esto es un juego que se resuelve con darle a un botón.
Milio Mariño / Artículo de Opinión / La Nueva España
lunes, 20 de febrero de 2012
Maria Dolores me quiere gobernar
Milio Mariño
No, no es un lapsus. Se que era Maria Cristina, pero como Maria Dolores está empeñada en gobernarnos y ha vuelto con la canción de que el PP es el partido de los trabajadores, en vez de decirle un piropo le canto un bolero.
Te mueves mejor que las olas y llevas la gracia del cielo, la noche en tu pelo, mujer española. Envidia te tienen las flores pero excuso decirte que siempre han sido los trabajadores quienes han elegido partido y no al revés. Agradezco tu sentido del humor y el de Fátima, la ministra que citó a los líderes sindicales para explicarles lo que no acaban de entender. Hizo bien, la explicación los dejó helados, de ahí que convocaran un paseo, en domingo, por las calles de Madrid, para ver si entraban en calor.
Antes, las decisiones se tomaban en caliente y por las bravas, pero ahora nadie decide nada antes de dar un paseo y tomarse unas cañas. Ya lo dijo Cristina, la de la canción no, la presidenta Argentina: Rajoy es un suertudo, los empresarios, y el gobierno, anuncian rebajas de sueldos y despidos masivos y los dirigentes sindicales están pensando a futuro si convocan huelga general.
Tiene razón señora Kirchner, y aun le digo más, debería leer el comentario de un periodista español que no pertenece al diario que usted llevaba en la mano. Si, un periodista que dijo que ver a los dirigentes sindicales sentados delante de la ministra le parecía como si un carnicero, sonriente y peinado de peluquería, se reuniera con dos corderos para explicarles como iba a ser su despiece.
Asumo el comentario, solo que en este caso el encargado de las explicaciones no era el carnicero, era su distinguida empleada Fátima Bañez. Y los sindicalistas, los dos, el oso Méndez y el Toxo con gafas, como pulpos en un garaje; no sabían donde meterse. Todo un síntoma de que se les ha pasado el arroz. Los de su generación ya están jubilados o prejubilados. Hicieron su trabajo y ahora se dedican a levantarse tarde, caminar un par de kilómetros, vigilar el colesterol y cuidar de los nietos. Luego, al anochecer, recuerdan los viejos tiempos. Dicen que por mucho menos que esto convocaron huelga general a un partido que, entonces, era de los trabajadores porque, ellos, lo habían votado.
Las cosas han cambiado una barbaridad. Los de aquella generación cuentan sus batallas, insistiendo en que Maria Dolores pertenece al partido que no votarían nunca pero no dejan de reconocer que estos trabajadores de ahora, los que han tomado su relevo, eligieron al PP porque sus ojos son tan pintureros que cuando los miran de cerca, les prende su embrujo y gritan te quiero.
La situación es complicada. Por eso los viejos sindicalistas, que representan a los nuevos trabajadores, proponen dar un paseo antes de convocar huelga. Mientras pasean sugiero que canten Maria Dolores me quiere gobernar… Y yo le sigo, le sigo la corriente. Que vamos pa la playa, allá voy. Que móntate en el carro, y me monto. Que bájate del carro, y me bajo. Que súbete en el puente, y me subo. Que quítate la ropa, me la quito. Que tírate en el agua… No, no, no, María Dolores, que no, que no…
Eso dice la letra. La música es lo de menos, da igual que sea merengue, que chachachá o rocanrol.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
No, no es un lapsus. Se que era Maria Cristina, pero como Maria Dolores está empeñada en gobernarnos y ha vuelto con la canción de que el PP es el partido de los trabajadores, en vez de decirle un piropo le canto un bolero.
Te mueves mejor que las olas y llevas la gracia del cielo, la noche en tu pelo, mujer española. Envidia te tienen las flores pero excuso decirte que siempre han sido los trabajadores quienes han elegido partido y no al revés. Agradezco tu sentido del humor y el de Fátima, la ministra que citó a los líderes sindicales para explicarles lo que no acaban de entender. Hizo bien, la explicación los dejó helados, de ahí que convocaran un paseo, en domingo, por las calles de Madrid, para ver si entraban en calor.
Antes, las decisiones se tomaban en caliente y por las bravas, pero ahora nadie decide nada antes de dar un paseo y tomarse unas cañas. Ya lo dijo Cristina, la de la canción no, la presidenta Argentina: Rajoy es un suertudo, los empresarios, y el gobierno, anuncian rebajas de sueldos y despidos masivos y los dirigentes sindicales están pensando a futuro si convocan huelga general.
Tiene razón señora Kirchner, y aun le digo más, debería leer el comentario de un periodista español que no pertenece al diario que usted llevaba en la mano. Si, un periodista que dijo que ver a los dirigentes sindicales sentados delante de la ministra le parecía como si un carnicero, sonriente y peinado de peluquería, se reuniera con dos corderos para explicarles como iba a ser su despiece.
Asumo el comentario, solo que en este caso el encargado de las explicaciones no era el carnicero, era su distinguida empleada Fátima Bañez. Y los sindicalistas, los dos, el oso Méndez y el Toxo con gafas, como pulpos en un garaje; no sabían donde meterse. Todo un síntoma de que se les ha pasado el arroz. Los de su generación ya están jubilados o prejubilados. Hicieron su trabajo y ahora se dedican a levantarse tarde, caminar un par de kilómetros, vigilar el colesterol y cuidar de los nietos. Luego, al anochecer, recuerdan los viejos tiempos. Dicen que por mucho menos que esto convocaron huelga general a un partido que, entonces, era de los trabajadores porque, ellos, lo habían votado.
Las cosas han cambiado una barbaridad. Los de aquella generación cuentan sus batallas, insistiendo en que Maria Dolores pertenece al partido que no votarían nunca pero no dejan de reconocer que estos trabajadores de ahora, los que han tomado su relevo, eligieron al PP porque sus ojos son tan pintureros que cuando los miran de cerca, les prende su embrujo y gritan te quiero.
La situación es complicada. Por eso los viejos sindicalistas, que representan a los nuevos trabajadores, proponen dar un paseo antes de convocar huelga. Mientras pasean sugiero que canten Maria Dolores me quiere gobernar… Y yo le sigo, le sigo la corriente. Que vamos pa la playa, allá voy. Que móntate en el carro, y me monto. Que bájate del carro, y me bajo. Que súbete en el puente, y me subo. Que quítate la ropa, me la quito. Que tírate en el agua… No, no, no, María Dolores, que no, que no…
Eso dice la letra. La música es lo de menos, da igual que sea merengue, que chachachá o rocanrol.
Milio Mariño / La Nueva España / Artículo de Opinión
lunes, 13 de febrero de 2012
El miedo que viene y el que ya estaba aquí
Milio Mariño
La semana pasada vi una imagen que algunos de ustedes quizá vieron también pero que, tal vez, no les causó la misma impresión que a mí. La TPA entrevistaba a una señora que había estado a punto de quedar aislada, por las inundaciones que anegaron Asturias, y su máxima preocupación era poder acudir, puntualmente, al trabajo porque las cosas – dijo- no están como para que uno falte aunque sea por una catástrofe.
No era la primera vez, sobre todo de un tiempo a esta parte, que oía anteponer el trabajo a cuestiones como la salud, el riesgo de un accidente o la convivencia familiar. Para aquella mujer, de mediana edad, conservar el trabajo era su prioridad absoluta. El tono en que lo decía evidenciaba que tenia miedo a perderlo, que hay un miedo, construido desde el poder, que cuenta con nuestro silencio o, lo que es peor, con nuestro consejo de sumisión aunque vaya en ello la dignidad y el decoro de nuestros hijos o el de quienes buscan apoyo o una palabra de aliento.
Hablamos mucho del paro, el desencanto y la corrupción pero apenas se habla del miedo. Y, el miedo, existe. No me refiero a ese miedo que, en mayor o menor medida, todos tenemos: el miedo a la muerte, al dolor, la soledad o la vejez. Me refiero al miedo a perder el trabajo, al que insiste en atemorizarnos amenazando con que si no aceptamos lo que nos imponen iremos al paro.
Lo peor de todo es que no les basta con imponerlo, quieren que estemos de acuerdo, que nos rindamos. Llevan tiempo con eso, insistiendo en que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y esa forma de vivir fue la que trajo la crisis. Según esa teoría deberíamos pagar por ello, deberíamos aceptar el castigo. La disciplina es lo primero. El empresario debe volver a lo que era uso y costumbre a principios del siglo pasado. El que abona un salario no tiene por qué estar sujeto a ninguna otra limitación que no sea la de pagar lo que le convenga y exigir lo que tenga a bien. Al fin y al cabo, de él depende que el trabajador pueda comer.
Les parecerá que exagero. Así, con esas palabras, no lo dicen pero ese es el motivo. Tampoco son tan torpes como para no endulzar su crueldad con un discurso amable y exculpatorio. Si nos quitan los derechos que teníamos es para favorecernos, para que podamos encontrar trabajo.
Ya ven, a los empresarios no les valía con el miedo, con ese miedo a perder el empleo que atemoriza y angustia a los que todavía lo tienen y hace que quienes aspiran a tenerlo acepten lo que quieran ofrecerles. No es suficiente. Además de miedo los trabajadores tienen que sentirse desamparados, tienen que percibir que no habrá ley que les ampare.
Un estudio reciente indica que el miedo a perder el trabajo produce más depresión y angustia que estar en paro. El Gobierno y los empresarios seguro que lo conocen. Confían en que el miedo atenaza; paraliza. En principio así es, pero como dice Armand Feiguenbaum, un famoso gurú empresarial, con el miedo hay que tener cuidado, es como un iceberg. Solo vemos el 15 %. El 85 % restante no está a la vista, no se ve, pero fue lo que hundió al Titanic.
Milio Mariño / Articulo de Opinión / La Nueva España
La semana pasada vi una imagen que algunos de ustedes quizá vieron también pero que, tal vez, no les causó la misma impresión que a mí. La TPA entrevistaba a una señora que había estado a punto de quedar aislada, por las inundaciones que anegaron Asturias, y su máxima preocupación era poder acudir, puntualmente, al trabajo porque las cosas – dijo- no están como para que uno falte aunque sea por una catástrofe.
No era la primera vez, sobre todo de un tiempo a esta parte, que oía anteponer el trabajo a cuestiones como la salud, el riesgo de un accidente o la convivencia familiar. Para aquella mujer, de mediana edad, conservar el trabajo era su prioridad absoluta. El tono en que lo decía evidenciaba que tenia miedo a perderlo, que hay un miedo, construido desde el poder, que cuenta con nuestro silencio o, lo que es peor, con nuestro consejo de sumisión aunque vaya en ello la dignidad y el decoro de nuestros hijos o el de quienes buscan apoyo o una palabra de aliento.
Hablamos mucho del paro, el desencanto y la corrupción pero apenas se habla del miedo. Y, el miedo, existe. No me refiero a ese miedo que, en mayor o menor medida, todos tenemos: el miedo a la muerte, al dolor, la soledad o la vejez. Me refiero al miedo a perder el trabajo, al que insiste en atemorizarnos amenazando con que si no aceptamos lo que nos imponen iremos al paro.
Lo peor de todo es que no les basta con imponerlo, quieren que estemos de acuerdo, que nos rindamos. Llevan tiempo con eso, insistiendo en que vivíamos por encima de nuestras posibilidades y esa forma de vivir fue la que trajo la crisis. Según esa teoría deberíamos pagar por ello, deberíamos aceptar el castigo. La disciplina es lo primero. El empresario debe volver a lo que era uso y costumbre a principios del siglo pasado. El que abona un salario no tiene por qué estar sujeto a ninguna otra limitación que no sea la de pagar lo que le convenga y exigir lo que tenga a bien. Al fin y al cabo, de él depende que el trabajador pueda comer.
Les parecerá que exagero. Así, con esas palabras, no lo dicen pero ese es el motivo. Tampoco son tan torpes como para no endulzar su crueldad con un discurso amable y exculpatorio. Si nos quitan los derechos que teníamos es para favorecernos, para que podamos encontrar trabajo.
Ya ven, a los empresarios no les valía con el miedo, con ese miedo a perder el empleo que atemoriza y angustia a los que todavía lo tienen y hace que quienes aspiran a tenerlo acepten lo que quieran ofrecerles. No es suficiente. Además de miedo los trabajadores tienen que sentirse desamparados, tienen que percibir que no habrá ley que les ampare.
Un estudio reciente indica que el miedo a perder el trabajo produce más depresión y angustia que estar en paro. El Gobierno y los empresarios seguro que lo conocen. Confían en que el miedo atenaza; paraliza. En principio así es, pero como dice Armand Feiguenbaum, un famoso gurú empresarial, con el miedo hay que tener cuidado, es como un iceberg. Solo vemos el 15 %. El 85 % restante no está a la vista, no se ve, pero fue lo que hundió al Titanic.
Milio Mariño / Articulo de Opinión / La Nueva España
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