lunes, 31 de mayo de 2010

Y un cuerno

Milio Mariño

Acabo de caer en la cuenta de que llevo semanas escribiendo de la crisis, los recortes y el déficit publico. Ingredientes que, a la hora de escribir un artículo, no tienen por qué restarle valor ni relegar a un papel secundario la palabra y la imaginación. Cierto que no, pero insistir en lo mismo aburre muchísimo y antes de que se cansen, y me abandonen, había pensado cambiar de tercio y hablarles de toros. Bueno, más que de toros, de esa foto en la que aparece un torero con un cuerno que le entra por la garganta y le sale por la boca. Cuanto más la miro más me impresiona.

Cuentan los testigos que el toro retiró con rapidez el cuerno y el torero pudo salir del ruedo y ser atendido. Para que luego digan… Ya ven lo buenos y nobles que son los toros. Creen que se trata de un juego, que lo suyo es embestir haciendo como que tienen intención de hincarle un cuerno al torero pero procurando no hacer daño.

Vaya valor, vaya lo que hay que tener para salir ahí y jugarse la vida, decía un señor mientras veía, por televisión, una corrida de San Isidro. No es por contradecirle, pero, para mí, de los dos que saltan al ruedo, quien más peligro corre es el toro. El torero sabe a lo que va, pero el toro piensa que va de fiesta. Ve todo aquel gentío y, al oír la música y los olés, se presta a seguir la broma para que el público se divierta. No imagina, ni por asomo, que van a matarlo. Cuando se da cuenta ya es demasiado tarde. Hombre, siempre hay alguno que no se fía ni de su padre y embiste a muerte desde el primer momento, pero son los menos. Otra cosa sería si los toros salieran advertidos de lo que viene luego. Si lo supieran, no quedaba un torero vivo.

Las corridas de toros, que tanto nos caracterizan y forman parte de nuestra cultura, escenifican la lucha entre la buena fe y el engaño. Casi siempre triunfa el engaño. Y, cuando no ocurre así, le echan la culpa al torero. Dicen que no supo hacer bien su papel.

El toro no sabe de qué va la fiesta hasta que no ha recibido un par de puyazos, tiene clavados tres pares de banderillas y está frente al estoque. Se lo decía a un amigo, mientras le comentaba la foto del cuerno y el gesto noble del animal, que no quiso ensañarse con el torero. Y ese amigo, bueno y noble donde los haya, estaba de acuerdo, pero, al marcharse, dejó una pregunta en el aire: «Oye, ¿no me estarás tú a mí toreando?».

Desde luego que no, contesté poniéndome serio y añadiendo que lo que pienso yo de ese toro lo hago extensible a otros animales que, por instinto, obran de buena fe. Lo sabían quienes escribían las fábulas, de ahí que los pusieran siempre como ejemplo. Lo malo es que los hombres ya no son, como decía Aristóteles, animales políticos. Eso era antes, ahora se han humanizado tanto que si alguno consigue meter el cuerno en el cuello de su adversario no hace como hizo el toro «Opíparo» con Julio Aparicio. Lo clava hasta el fondo.

martes, 25 de mayo de 2010

Quizás, quizás, quizás...

Milio Mariño

Hace ya muchos años conocí a un tipo que tenía la costumbre de poner letra y música a los momentos difíciles. Solía acertar de plano; siempre encontraba la canción adecuada. Me acordé de él mientras asistía, mudo, a una tertulia de amigos en la que se discutía sobre las medidas que convendría adoptar para reducir el gasto publico sin hacer demasiada sangre. Y, allí, era tal el guirigay que por más voces que daban no llegaban a ningún acuerdo.

Extrañados de mi silencio, pidieron que me mojara. Y fue entonces cuando me acordé del tipo que dije antes y me salió, sin pensarlo, el estribillo de aquella canción que cantaba Nat King Cole: «Siempre que te pregunto? Qué, cuándo, cómo y dónde, tú me respondes: Quizás, quizás, quizás?»

Fue como un acto reflejo. En aquel momento no pensaba que la música es la forma más práctica de dar rienda suelta a nuestros sentimientos de placer o desagrado. Eso decía Pitágoras, que descubrió la naturaleza del orden numérico del sonido y consideraba que la música venía a ser la expresión perfecta de la proporción y la medida. Cuestiones de las que no deben andar muy sobrados quienes gobiernan nuestras comunidades autónomas pues desafinan en el gasto más que una orquesta de feria. Desafinan, sobre todo, por lo que gastan en sus respectivas televisiones. Y, en eso, tanto da que gobierne el PSOE como que lo haga el PP: todos gastan a manos llenas en algo que se ha convertido en un juguete o capricho.

La deuda de las televisiones autonómicas supera los 4.000 millones de euros. No me extraña porque, si venimos a lo nuestro, no parece que tenga sentido que nuestra TPA gaste 2,4 millones en la retransmisión de los partidos de fútbol que podemos ver gratis, sólo con cambiar de cadena. Tampoco lo tiene, a mi juicio, que la Fórmula 1 nos esté costando, entre unas cosas y otras, 4 millones de euros cuando también podemos verla sin que nos cueste un duro.

No sé a ustedes, pero a mí me parece que gastar más de mil millones de pesetas en algo que sólo cuesta apretar el mando a distancia es poco menos que tirar el dinero. Y que conste que siempre defendí y, defiendo, la necesidad de tener una televisión autonómica. Aunque, visto lo visto, no se yo si nos traerá cuenta porque el presupuesto consolidado de la TPA, para este año, sobrepasa los 39 millones de euros. Casi siete mil millones de pesetas para, según decían, difundir la cultura asturiana, reforzar nuestra identidad y hablar de lo nuestro. Objetivos que no creo que se consigan dando partidos de fútbol, retransmitiendo la Fórmula 1 y regalándonos películas de vaqueros de los años cincuenta.

Poner orden y frenar el despilfarro de las televisiones autonómicas quizá no solucione el problema del déficit público, pero por algo se empieza. Sobre todo, cuando, como en nuestro caso, la televisión del Principado regala dinero al fútbol millonario y se olvida del fútbol modesto.

Así están las cosas. El inconveniente que yo le veo a cantar las verdades, como hacía aquel tipo, es que siguiendo con la canción que citábamos al principio alguien puede responderme: "Estas perdiendo el tiempo… Pensando, pensando…

Milio Mariño /Artículo de Opinión/ La Nueva España

lunes, 17 de mayo de 2010

Ajo y agua

Milio Mariño

El otro día había gente que se partía de risa mientras Zapatero casi lloraba explicando las medidas de ajuste. Que se jodan, decía una señora, a eso de la media tarde, delante de un café con leche y dos tortitas con mermelada. No pude oír lo que dijo luego pero, por el regocijo y los aspavientos, era fácil adivinar que la señora celebraba que los desfavorecidos tuvieran su merecido. La señora y alguno más, pues me consta que no eran pocos los que estaban al acecho, esperando por un momento así. Gente que consideraba un desatino que el Gobierno repitiera, una y otra vez, que no estaba dispuesto a recortar los gastos sociales. Hasta ahí podíamos llegar. Sólo faltaba que los pobres se fueran de rositas y superaran la crisis sin tener que pasar por el aro. Sería un mal precedente porque lo relevante de las medidas no es su contenido, sino la percepción de que la crisis tienen que pagarla los que la pagaron siempre. Sería fatal, para la buena marcha del negocio, que la gente se reafirmara en lo que piensa: que el déficit público no fue, ni es, la causa del problema, sino su consecuencia.

Vaya palo, pensaba yo. La izquierda, una vez más, ha tenido que plegar velas y avenirse a las exigencias del capitalismo. Créanme si les digo que me sentía desamparado. Lo curioso fue que, para mi sorpresa, apareció Mariano Rajoy como caído de un árbol. Hasta hace dos días todo parecía indicar que esas medidas era lo que reclamaba el PP con machacona insistencia. Estaba convencido de que les había oído decir que Zapatero tenía que dar un paso al frente con la tijera en la mano. Pero, una de dos, o estaba equivocado o han vuelto a tomarme el pelo; porque Rajoy se puso hecho una fiera y defendió, como nadie, mantener y mejorar las prestaciones sociales.

No entiendo nada. No entiendo que la derecha se haya vuelto de izquierdas y la izquierda actúe como lo haría el PP si estuviera en el Gobierno. Tengo un lío que no me aclaro. Un lío que alimenta la sospecha de que quienes mandan, de verdad, no son los que elegimos en las urnas sino esa tropa de especuladores y chantajistas que hicieron negocio metiéndonos en el pozo y siguen haciéndolo al precio de ofrecerse para sacarnos.

Tanto da que gobierne el PSOE como el PP o Rita la encantadora; sabemos lo que nos espera. Y, lo peor de todo, es que lo sabemos por boca del «Washington Post», que fue el que anunció, antes de que lo hiciera el Gobierno, que teníamos que ponernos a dieta. Pero nada de pescado blanco y carne a la plancha; ajo y agua. Eso decía el periódico: «Europa, como precio por su salvación, debe reescribir el contrato social pues, desde la posguerra, ha sido muy generosa con los trabajadores y los jubilados».

Ahí queda eso. Da lo mismo que nuestra gordura fuera la gordura del pobre: una barriga incipiente con piernas de alambre. No importa, nos han prescrito ajo y agua. Tenemos que adelgazar de hoy para mañana. No queda otra. Y, a todo esto, el PP, como siempre, picando entre horas.

lunes, 3 de mayo de 2010

Nube negra y números rojos

Milio Mariño

Acabo de recibir el borrador de la declaración de la renta y advierto que he perdido la cuenta de lo que llevo pagado por estafas y desastres en los que no tuve arte ni parte. Menos mal que mi torpeza aritmética es tan manifiesta que me da igual lo que carguen. Pago lo que me piden y allá que se las compongan, pero estoy convencido de que mis impuestos no pueden dar para tanto. No puede ser que alcancen para sufragar el paro, las obras públicas, el fondo para que los bancos no quiebren, las ayudas para que la gente compre coches, el rescate de Grecia y, ahora, los miles de millones que piden las compañías aéreas para resarcirse de la nube negra.

Aquí todo el mundo pide. Aquí las empresas, los bancos y cualquiera que se precie piden ayudas y subvenciones, exigiendo, sin cortarse, que se reduzca el gasto público por la vía de quitar prestaciones y todo lo que suponga ayudar a los que menos tienen.

No conozco en qué se basan las compañías aéreas para pedir compensaciones por lo de la nube negra, pero no me extrañaría nada que los gobiernos cedieran a lo que piden e hicieran el apunte contable considerando que Iberia o Lufthansa vienen a ser como un agricultor de Cancienes que pierde la cosecha de fabes por un «nublao» de granizo. Ya verán cómo encuentran la fórmula. Total, después de pagar la estafa de los bonos basura, la quiebra de los especuladores y el «crash» de Grecia, tampoco sería un escándalo que con nuestro dinero pagaran el capricho de un volcán que vomita ceniza allá por Islandia.

Lo curioso del caso es que cuando uno oye decir que destinarán tantos miles de millones para esto y tantos para lo otro no puede evitar preguntarse qué hacían con nuestro dinero cuando no había el paro que hay ahora, ni teníamos que pagar las estafas de los especuladores, ni las nubes negras solían tener mayor trascendencia, a efectos económicos, que comprar un paraguas en las tiendas de los chinos.

Así estábamos hace poco, pero como es muy cierto que una cosa lleva a la otra, el asombro que me produce ver, ahora, cómo nuestros impuestos dan para tanto me trae el recuerdo de aquello que se decía hace tiempo, que España es un país tan rico que por más que se empeñen no conseguirán arruinarlo.

«Que te crees tú eso», me dijo uno que sabe muchísimo y sufre en silencio los avatares de esa almorrana económica que cuando ya parecía casi curada vuelve a irritarse para sacarnos los cuartos. España respiró aliviada con lo que le dieron sus socios europeos, pero nuestra desgracia es que somos tan pobres que no podemos permitirnos lo que dicen los ricos. Todo eso del despido gratis, la supresión de las prestaciones sociales y los sueldos más baratos es carísimo. No podríamos pagarlo, de ahí que lo más sensato sea aguantar el envite y esperar que lo de la crisis sea como lo de la nube negra. Algún día tendrá que escampar.

Y, mientras escampa, tampoco parece descabellado exigir que el Gobierno nos trate como tratará, seguramente, a las compañías aéreas.


Milio Mariño /La Nueva España /Opinión 03-04-2010

martes, 27 de abril de 2010

El velo que no vemos bien

Milio Mariño

Por más que el padre de Najwa Malha se haga el ofendido y apele a la libertad como un derecho que no se puede coartar, todos sabemos que el hiyab, el burka, el chador y cualquier otra prenda que sirva para tapar a las mujeres, como exige la religión del Islam, tiene la finalidad de hacerlas desaparecer a ojos de los demás. Es un signo de sumisión. Una imposición religiosa que, desde el punto de vista de quienes defendemos que las personas son todas iguales, habría que suprimir; cuanto antes, mejor. No se puede tolerar que, a día de hoy, las mujeres sigan siendo discriminadas. Pero hay que contar, también, con que la religión, para algunos, está por encima de todo. Y eso complica las cosas porque Dios, llámese Yahvé, Alá, Buda o Bumba-Kalunda, suele ser, según sus corresponsales en la Tierra, muy estricto en cuanto a la conducta y la vestimenta de los humanos. Sobremanera por lo que se refiere a las mujeres y esa afición, al parecer diabólica, que las lleva a lucir faldas cortas, largos escotes, frondosas melenas y todo lo que se tercie para encandilar a los hombres.

Ése es el origen del problema que tanto ha dado que hablar estos días, el de esa alumna, de un instituto de Madrid que insiste en ir a clase con su hiyab, no porque libremente lo quiera, sino porque así se lo exige el Islam.

El hiyab es un símbolo religioso que, lógicamente, estaría prohibido si la educación fuera laica, pero aquí parece que hay un empeño, no sé si mayoritario, por mantener la religión en las aulas. Aquí los católicos creen que tienen todo el derecho del mundo a inculcar su religión y sus símbolos a los alumnos, que las aulas deben seguir con sus vírgenes y sus crucifijos y que los curas y las monjas está bien que ejerzan su apostolado en los centros educativos.

No digo que una educación laica fuera a resolver todos los problemas, pero sí que pondría las religiones en el sitio donde deben estar: en las mezquitas y en las iglesias. Necesitamos que los maestros enseñen a sus alumnos a combatir el sectarismo, el fanatismo y la intolerancia religiosa. No es cuestión de creer o no creer, de ser católico o ateo, es cuestión de abordar, con sentido común, una realidad que forma parte de nuestras vidas.

La escuela no debería ser el sitio donde las religiones ejerzan la catequesis, esa tarea de adoctrinamiento que busca hacer prosélitos y convencer al resto de lo que uno piensa. Eso habría que modificarlo, habría que sustituir a quienes, en el seno de la escuela, dan clases de catolicismo, o de la religión que sea, por docentes que enseñen historia, filosofía y ciencia de las religiones. La formación religiosa, como la política, debería darse en otro ámbito. En un ámbito particular y privado que no interfiera ni coarte la educación de ningún alumno.

Las aulas deberían estar limpias de hiyabs, santos, crucifijos, budas y toda la parafernalia que, según sea el país, lucen ahora. Sólo debería permitirse, como único adorno, un mapa del mundo de colores.

La Nueva España 26-04-2010

lunes, 19 de abril de 2010

Memoria histérica

Esta semana pasada, coincidiendo con el aniversario de la República, hemos vuelto a lo que decía Franco cuando pescaba salmones en Cornellana: somos el asombro de Europa. De Europa y parte del extranjero, pues cuanto más lejos de nuestras fronteras menos se explican que aún haya gente en España que se pone de los nervios cuando oye hablar de la Guerra y los cuarenta años de dictadura. Un asunto que fue despachado, al final de los setenta, con una ley de borrón y cuenta nueva por aquello de no liarla y tener la fiesta en paz con la democracia. Actitud que volvió a repetirse cuando el pueblo decidió tirar por la calle de en medio y darle el primer Gobierno a un partido que no era de izquierdas ni de derechas, sino una mezcla que resultó menos franquista y más democrática que quienes ahora se proclaman de centro.

La causa de que hayamos vuelto a ser noticia por lo mismo que cuando Franco se mojaba el culo para pescar peces en nuestros ríos se debe a que una buena parte de la derecha sigue considerándose heredera de aquellos tiempos y aún no se ha atrevido a romper con el franquismo ni a reconocer que para instaurar y mantener dicho régimen se cometieron atrocidades que cualquier persona decente condenaría sin paliativos. Dejar que aquellos hechos sigan impunes supone una prevaricación manifiesta contra la honradez ética y contra lo que en Francia, Alemania, Italia y otros muchos países hicieron al respecto de quienes, por ideología y conducta, eran hermanos gemelos de los que aquí camparon a sus anchas.

No se trata, pues, como algunos pretenden hacer creer, de alimentar viejos rencores ni venganzas o revanchismo. Se trata, simple y llanamente, de un acto de justicia que, a estas alturas, no tendría otro efecto que el simbólico. Puro simbolismo, pero parece que hasta eso molesta. Molesta que, aunque sólo sea en el papel, treinta y tantos años después de aquella ley que se firmó con el ruido de sables como música de fondo, alguien se atreva siquiera a plantear que deberíamos cerrar ese triste capítulo de nuestra historia devolviendo el honor a quienes nunca debieron perderlo.

Eso es lo que está en juego. A mí, y supongo que a bastantes más, lo que le suceda a Garzón nos importa un bledo. Por encima de si hay o no razones para enjuiciarlo, está la nueva condena que se infringe a los vencidos. No es extraño, por tanto, que la prensa extranjera comentara que se ha señalado como penalti lo que no deja de ser una caída en el área, similar a otras muchas en las que el árbitro miró para otro lado. Digo esto porque, aplicando el mismo criterio, habría que enjuiciar, por prevaricadores, a todos los que juraron defender los Principios del Movimiento y luego se lo cargaron. Todavía hay por ahí unos cuantos y alguno ocupando las más altas jerarquías del Estado. Así que menos cogérsela con papel de fumar y más sensatez y sentido común. Será difícil, lo sé. Sobre todo si los jueces insisten, como parece, en ser protagonistas y se sienten más a gusto como poder dictatorial que como poder democrático.

Milio Mariño / La Nueva España /Opinión/ 19-04-2010

lunes, 12 de abril de 2010

Pornotapas

Milio Mariño

He recibido con expectación la noticia de que un buen número de hosteleros avilesinos ha elegido el sexo como protagonista para organizar unas jornadas gastronómicas que han dado en llamar «Pornotapas». Expectación crítica, pues no he podido resistirme al análisis de una idea que tiene su origen en la «Semana de la tapa erótica» que se organizó en Zaragoza y que, aquí, acaban de bautizar como «Pornotaping» para darle, según dicen, un carácter más avilesino.

Vaya por delante que no pongo en duda, ni mucho menos, la buena intención de los hosteleros avilesinos ni ese afán innovador que les ha llevado a discurrir y devanarse los sesos para ofrecernos algo nuevo que, a su entender, llevaría aparejado el marchamo de ser un invento propio, cuya valoración, en el orden científico y económico, cabe presuponer superior al que podría derivarse de haber copiado, al pie de la letra, la semana de Zaragoza.

Insisto, me parece loable el empeño, pero van a permitirme que albergue mis dudas sobre si los hosteleros valoraron, en su justa medida, las ventajas e inconvenientes de la variable que nos proponen.

La comida asociada al sexo no es nada nuevo, viene de muy antiguo, aunque más por la parte afrodisiaca, y su componente erótico, que por lo que se refiere al porno, término que, según se establece en su definición, consiste en la mera reproducción estética de escenas sexuales sin ningún sentido trascendente. De ahí que sea considerado un producto de consumo orientado hacia la estimulación sexual de quien lo recibe; un público que, libidinosamente hablando, suele tener una capacidad intelectual inferior a la media.

Ese detalle, quiero decir la consideración de lo porno, es el que me hace albergar serias dudas sobre el éxito de las jornadas; porque si nos atenemos a la definición del concepto, resultaría que las «pornotapas» no cabría considerarlas un producto comestible sino una composición estética cuya finalidad sería, únicamente, el disfrute de la vista. Extremo que se me antoja alejado de lo que pretenden los hosteleros avilesinos, pues no le veo yo la ganancia al hecho de elaborar vistosas tapas para que los clientes se pongan a mil por hora contemplándolas en las vitrinas de los bares y restaurantes.

Innovar está bien, pero a veces depara sorpresas cuyos efectos difieren de los propósitos iniciales. La comida asociada al disfrute del sexo es una posibilidad que ha ido ganando adeptos, pero intuyo que para los hosteleros solo es negocio cuando aborda la acción de ciertos elementos que, combinados con ingenio y buena mano, alteran la química corporal del cliente siempre que sean injeridos por vía digestiva y no contemplados de visu como puede entenderse por el titulo elegido para bautizar la ya citada semana gastronómica-sexual.

La diferencia entre tapa-porno y tapa-erótica parece arrojar, en principio, un balance más favorable por el lado erótico. No obstante, también se me alcanza que los hosteleros avilesinos debieron pensar que será difícil resistirse a tan sugerentes y visuales provocaciones. Por eso no descarto la posibilidad de que la gente olvide el pudor, deje de lado las inhibiciones y se anime a hincarles el diente a esas tapas que no fueron concebidas, como equivocadamente se apunta en el título, para verlas y nada más.