Milio Mariño
He recibido con expectación la noticia de que un buen número de hosteleros avilesinos ha elegido el sexo como protagonista para organizar unas jornadas gastronómicas que han dado en llamar «Pornotapas». Expectación crítica, pues no he podido resistirme al análisis de una idea que tiene su origen en la «Semana de la tapa erótica» que se organizó en Zaragoza y que, aquí, acaban de bautizar como «Pornotaping» para darle, según dicen, un carácter más avilesino.
Vaya por delante que no pongo en duda, ni mucho menos, la buena intención de los hosteleros avilesinos ni ese afán innovador que les ha llevado a discurrir y devanarse los sesos para ofrecernos algo nuevo que, a su entender, llevaría aparejado el marchamo de ser un invento propio, cuya valoración, en el orden científico y económico, cabe presuponer superior al que podría derivarse de haber copiado, al pie de la letra, la semana de Zaragoza.
Insisto, me parece loable el empeño, pero van a permitirme que albergue mis dudas sobre si los hosteleros valoraron, en su justa medida, las ventajas e inconvenientes de la variable que nos proponen.
La comida asociada al sexo no es nada nuevo, viene de muy antiguo, aunque más por la parte afrodisiaca, y su componente erótico, que por lo que se refiere al porno, término que, según se establece en su definición, consiste en la mera reproducción estética de escenas sexuales sin ningún sentido trascendente. De ahí que sea considerado un producto de consumo orientado hacia la estimulación sexual de quien lo recibe; un público que, libidinosamente hablando, suele tener una capacidad intelectual inferior a la media.
Ese detalle, quiero decir la consideración de lo porno, es el que me hace albergar serias dudas sobre el éxito de las jornadas; porque si nos atenemos a la definición del concepto, resultaría que las «pornotapas» no cabría considerarlas un producto comestible sino una composición estética cuya finalidad sería, únicamente, el disfrute de la vista. Extremo que se me antoja alejado de lo que pretenden los hosteleros avilesinos, pues no le veo yo la ganancia al hecho de elaborar vistosas tapas para que los clientes se pongan a mil por hora contemplándolas en las vitrinas de los bares y restaurantes.
Innovar está bien, pero a veces depara sorpresas cuyos efectos difieren de los propósitos iniciales. La comida asociada al disfrute del sexo es una posibilidad que ha ido ganando adeptos, pero intuyo que para los hosteleros solo es negocio cuando aborda la acción de ciertos elementos que, combinados con ingenio y buena mano, alteran la química corporal del cliente siempre que sean injeridos por vía digestiva y no contemplados de visu como puede entenderse por el titulo elegido para bautizar la ya citada semana gastronómica-sexual.
La diferencia entre tapa-porno y tapa-erótica parece arrojar, en principio, un balance más favorable por el lado erótico. No obstante, también se me alcanza que los hosteleros avilesinos debieron pensar que será difícil resistirse a tan sugerentes y visuales provocaciones. Por eso no descarto la posibilidad de que la gente olvide el pudor, deje de lado las inhibiciones y se anime a hincarles el diente a esas tapas que no fueron concebidas, como equivocadamente se apunta en el título, para verlas y nada más.
lunes, 12 de abril de 2010
lunes, 5 de abril de 2010
¿Son ciudadanos los funcionarios?
Milio Mariño
Hace un par de semanas, un juez de Oviedo dictó una sentencia en la que declaraba que los funcionarios no pueden dirigir escritos en bable a los órganos administrativos en los que prestan sus servicios. Cuestión que el Tribunal Constitucional había resuelto, hacía apenas un mes, reconociendo la validez del artículo 4 de la ley de Uso del Asturiano y, por tanto, el derecho a que cualquier ciudadano pueda utilizar dicha lengua para expresarse de forma verbal, o por escrito, ante las autoridades, los políticos o quien considere oportuno. Es por eso que la sentencia de Oviedo ha sido objeto de numerosas críticas y comentarios, pues a la vista de lo que el juez resuelve parece desprenderse que cuando un funcionario actúa como tal, deja de ser ciudadano.
Sorprenderá que lo diga un juez, pero algunos ya lo sospechábamos, lo que pasa que no nos atrevíamos a manifestarlo por miedo a incurrir en malos entendidos y ser tildados de sectarios, xenófobos y cosas por el estilo. Dije algunos y posiblemente me quede corto porque la sospecha se me antoja bastante extendida y la razón de que muchos pensemos así no se debe, sólo, al hecho de habernos topado, alguna vez, con esos, y esas, perdonavidas de ventanilla que te hablan como si fueras tonto, si es que te hablan, o simplemente te gruñen. Tampoco por el trato que uno recibe, y la sensación que le queda en el cuerpo cuando el mismo médico de la Seguridad Social que te despacha con dos palabras se vuelve superamable y se deshace en explicaciones si acudes a su consulta privada. Todo eso influye, claro que influye, pero, por si fuera poco, lo que determina el convencimiento, casi definitivo, de que los funcionarios no deben ser ciudadanos, a semejanza del resto, es el trato que reciben de su patrono el Estado. Un Estado que nos exige lo que no está escrito pero permite que quienes trabajan para él, y para nosotros, sigan haciéndolo sin que les afecte la crisis ni las exigencias de productividad, responsabilidad, horario y todas las que rigen para quienes trabajan en cualquier empresa que no sea pública.
España necesita, de forma urgente, una reforma de la Administración. Pero no una reforma en el sentido de reducir el número de empleos, pues en eso aún estamos por debajo de la media europea, sino en el de que los funcionarios tengan los mismos derechos y las mismas obligaciones que el resto de los ciudadanos. Que sean, de verdad, aquello que decían los atenienses de los suyos, allá por el siglo IV a. de C., «sirvientes» de la ciudadanía.
La sospecha, como dije al principio, parte de que nuestra percepción, hablando siempre en términos generales, es que los funcionarios se aprovechan de su condición para servirse antes que para servirnos. Por eso que no considero que la controvertida sentencia del Juzgado numero 3 de Oviedo sea ningún escándalo. Imagino que el juez debió pensar, porque los jueces también piensan y, a veces, tienen incluso arrebatos de lucidez, que ya está bien. Que los funcionarios ya disfrutan de bastantes privilegios como para permitirles que puedan expresar una queja nada menos que en asturiano.
Hace un par de semanas, un juez de Oviedo dictó una sentencia en la que declaraba que los funcionarios no pueden dirigir escritos en bable a los órganos administrativos en los que prestan sus servicios. Cuestión que el Tribunal Constitucional había resuelto, hacía apenas un mes, reconociendo la validez del artículo 4 de la ley de Uso del Asturiano y, por tanto, el derecho a que cualquier ciudadano pueda utilizar dicha lengua para expresarse de forma verbal, o por escrito, ante las autoridades, los políticos o quien considere oportuno. Es por eso que la sentencia de Oviedo ha sido objeto de numerosas críticas y comentarios, pues a la vista de lo que el juez resuelve parece desprenderse que cuando un funcionario actúa como tal, deja de ser ciudadano.
Sorprenderá que lo diga un juez, pero algunos ya lo sospechábamos, lo que pasa que no nos atrevíamos a manifestarlo por miedo a incurrir en malos entendidos y ser tildados de sectarios, xenófobos y cosas por el estilo. Dije algunos y posiblemente me quede corto porque la sospecha se me antoja bastante extendida y la razón de que muchos pensemos así no se debe, sólo, al hecho de habernos topado, alguna vez, con esos, y esas, perdonavidas de ventanilla que te hablan como si fueras tonto, si es que te hablan, o simplemente te gruñen. Tampoco por el trato que uno recibe, y la sensación que le queda en el cuerpo cuando el mismo médico de la Seguridad Social que te despacha con dos palabras se vuelve superamable y se deshace en explicaciones si acudes a su consulta privada. Todo eso influye, claro que influye, pero, por si fuera poco, lo que determina el convencimiento, casi definitivo, de que los funcionarios no deben ser ciudadanos, a semejanza del resto, es el trato que reciben de su patrono el Estado. Un Estado que nos exige lo que no está escrito pero permite que quienes trabajan para él, y para nosotros, sigan haciéndolo sin que les afecte la crisis ni las exigencias de productividad, responsabilidad, horario y todas las que rigen para quienes trabajan en cualquier empresa que no sea pública.
España necesita, de forma urgente, una reforma de la Administración. Pero no una reforma en el sentido de reducir el número de empleos, pues en eso aún estamos por debajo de la media europea, sino en el de que los funcionarios tengan los mismos derechos y las mismas obligaciones que el resto de los ciudadanos. Que sean, de verdad, aquello que decían los atenienses de los suyos, allá por el siglo IV a. de C., «sirvientes» de la ciudadanía.
La sospecha, como dije al principio, parte de que nuestra percepción, hablando siempre en términos generales, es que los funcionarios se aprovechan de su condición para servirse antes que para servirnos. Por eso que no considero que la controvertida sentencia del Juzgado numero 3 de Oviedo sea ningún escándalo. Imagino que el juez debió pensar, porque los jueces también piensan y, a veces, tienen incluso arrebatos de lucidez, que ya está bien. Que los funcionarios ya disfrutan de bastantes privilegios como para permitirles que puedan expresar una queja nada menos que en asturiano.
lunes, 29 de marzo de 2010
El dinero hace la Pascua
Milio Mariño
Los anuncios, las ofertas y toda la propaganda que nos inunda estos días me ha devuelto la nostalgia por aquella Semana Santa que abolía la diversión mundana y nos obligaba a cambiar de vida hasta que Cristo resucitaba. Era, como recordarán, una imposición de la dictadura pero los pobres salíamos de la rutina sin gastarnos una peseta. Salíamos gratis, cosa que ahora resulta imposible porque si uno quiere cambiar de vida, aunque solo sea de Jueves Santo a Lunes de Pascua, necesita una fortuna. Necesita lo que no tiene, de modo que tocará resignarse y recurrir a lo de siempre: a pasear para mejorar nuestra salud y comer el plato del día en un chigre de alta montaña donde, con un poco de suerte, evitaremos tropezarnos con algún conocido, incluido ese vecino que, no sabemos como lo hace pero se las arregla para vivir mejor que nadie.
Difícil, muy difícil, se puesto para el común de los mortales y los damnificados por esta crisis superar la Semana Santa y regresar a lo cotidiano sin contraer una depresión de caballo. La televisión volverá, seguramente, a mostrarnos imágenes de playas abarrotadas, colas en las autopistas, aeropuertos de bote en bote y gente pasándolo pipa como si este país fuera Jauja. Como si disfrutar a cuerpo de rey estos días hubiera dejado de ser un lujo para convertirse en una obligación inexcusable. Algo a lo que uno está obligado si no quiere ingresar, por méritos propios, en el club de los marginados.
Hace falta mucha imaginación, muchísima, para darles un toque exótico a las jornadas gastronómicas de turno, las procesiones de Asturias, las carrozas de todos los años y comer en la calle el lunes de Pascua, de modo que parezca la opción elegida y no una imposición más detestable que aquella que recordamos de la odiosa dictadura.
Deseábamos tanto la abolición de las imposiciones que no imaginábamos, ni por asomo, que la libertad pusiera como condición, para poder disfrutarla, la exigencia de tener en caja más dinero que el indispensable para cubrir nuestras necesidades. Estábamos, como en otras muchas cosas, equivocados. La libertad, no recuerdo si lo leí en algún sitio o lo invente yo mismo, es como un huevo frito, demanda la presencia de cierta guarnición, presumiblemente patatas fritas acompañadas de un buen chorizo, que complemente su presencia cromática y redefina su contexto dotándolo de más sabor y de un marco referencial que reafirme su presencia.
Antes, cuando estos días nos preparábamos para ver películas de historia sagrada y escuchar música clásica, pensábamos que la libertad traería una Semana Santa distinta, pero resulta que el dinero es quien hace la Pascua. El dinero justifica el sufrimiento de esta y todas las semanas del año. Esas son las reglas. Unas reglas que aceptamos aun a sabiendas de que el sacrificio colectivo sirve, únicamente, para engrosar el botín de unos pocos que se siguen divirtiendo como se divertían cuando nosotros pensábamos que estaba al caer el día en qué podríamos festejar la Semana Santa con la libertad del que hace lo que le viene en gana sin que nada le coarte.
Los anuncios, las ofertas y toda la propaganda que nos inunda estos días me ha devuelto la nostalgia por aquella Semana Santa que abolía la diversión mundana y nos obligaba a cambiar de vida hasta que Cristo resucitaba. Era, como recordarán, una imposición de la dictadura pero los pobres salíamos de la rutina sin gastarnos una peseta. Salíamos gratis, cosa que ahora resulta imposible porque si uno quiere cambiar de vida, aunque solo sea de Jueves Santo a Lunes de Pascua, necesita una fortuna. Necesita lo que no tiene, de modo que tocará resignarse y recurrir a lo de siempre: a pasear para mejorar nuestra salud y comer el plato del día en un chigre de alta montaña donde, con un poco de suerte, evitaremos tropezarnos con algún conocido, incluido ese vecino que, no sabemos como lo hace pero se las arregla para vivir mejor que nadie.
Difícil, muy difícil, se puesto para el común de los mortales y los damnificados por esta crisis superar la Semana Santa y regresar a lo cotidiano sin contraer una depresión de caballo. La televisión volverá, seguramente, a mostrarnos imágenes de playas abarrotadas, colas en las autopistas, aeropuertos de bote en bote y gente pasándolo pipa como si este país fuera Jauja. Como si disfrutar a cuerpo de rey estos días hubiera dejado de ser un lujo para convertirse en una obligación inexcusable. Algo a lo que uno está obligado si no quiere ingresar, por méritos propios, en el club de los marginados.
Hace falta mucha imaginación, muchísima, para darles un toque exótico a las jornadas gastronómicas de turno, las procesiones de Asturias, las carrozas de todos los años y comer en la calle el lunes de Pascua, de modo que parezca la opción elegida y no una imposición más detestable que aquella que recordamos de la odiosa dictadura.
Deseábamos tanto la abolición de las imposiciones que no imaginábamos, ni por asomo, que la libertad pusiera como condición, para poder disfrutarla, la exigencia de tener en caja más dinero que el indispensable para cubrir nuestras necesidades. Estábamos, como en otras muchas cosas, equivocados. La libertad, no recuerdo si lo leí en algún sitio o lo invente yo mismo, es como un huevo frito, demanda la presencia de cierta guarnición, presumiblemente patatas fritas acompañadas de un buen chorizo, que complemente su presencia cromática y redefina su contexto dotándolo de más sabor y de un marco referencial que reafirme su presencia.
Antes, cuando estos días nos preparábamos para ver películas de historia sagrada y escuchar música clásica, pensábamos que la libertad traería una Semana Santa distinta, pero resulta que el dinero es quien hace la Pascua. El dinero justifica el sufrimiento de esta y todas las semanas del año. Esas son las reglas. Unas reglas que aceptamos aun a sabiendas de que el sacrificio colectivo sirve, únicamente, para engrosar el botín de unos pocos que se siguen divirtiendo como se divertían cuando nosotros pensábamos que estaba al caer el día en qué podríamos festejar la Semana Santa con la libertad del que hace lo que le viene en gana sin que nada le coarte.
martes, 23 de marzo de 2010
Jueces y toros bravos
Milio Mariño
Las ideas, además de ser muy suyas, quiero decir de ellas mismas, aparecen cuando ellas lo deciden y se asocian por misteriosas y extrañas afinidades. No sé yo si por capricho o por ganas de fastidiar porque el otro día estaba leyendo lo del maltrato animal y, de repente, se me apareció el juez Garzón travestido de toro bravo. Pura palenginesia pues seguía conservando su mechón de pelo blanco, sus gafas y su corbata, pero correteaba, frente a la Audiencia, con el rabo a media asta, el lomo de color negro y dos grandes cuernos.
Menuda sorpresa. Sobre todo porque con el trajín de ideas que tenemos en la cabeza, lo más lógico hubiera sido relacionar a Garzón con un torero cualquiera. Seria lo propio para alguien que ha hecho tantas faenas sin reparar en qué plaza pero, por lo visto, todos conservamos, en alguna parte de nuestro cerebro, un reducto del pensamiento al que la razón no alcanza. Somos, no conviene olvidarlo, animales y los animales se rigen por una ley que llamamos instinto.
No trato de disculparme, reflexiono, simplemente, sobre uno de esos pensamientos raros que solemos tener a diario y ocultamos por aquello de que no nos tomen por descerebrados. Yo también me pregunto a que vino relacionar a Garzón con un toro bravo. Sería, imagino, que mi mente se hizo un lío y mezcló lo del maltrato animal con las querellas que le impusieron al juez. Ya se que no tiene nada que ver pero como uno trata de dar sentido a sus propias contradicciones, estuve a vueltas con la idea hasta que llegué a la conclusión de que no era, ni mucho menos, descabellada.
Decía, anteriormente, que todos somos animales y, dejando a un lado que la distinción fundamental es entre los racionales y el resto, me permito señalar otras dos que considero importantes: domésticos y salvajes. Una la tengo clara, domésticos son aquellos con los que establecemos deberes recíprocos: les damos comida y cobijo a cambio de que nos devuelvan seguridad y afecto. Pero: ¿Y el toro?... Ah el toro. El toro no es doméstico ni salvaje. Es una mezcla de ambos y ahí reside, pienso yo, el intríngulis de mi confusión pues los defensores de la fiesta aseguran que domesticarlo, haciéndolo que entre al trapo, es todo un arte mientras los detractores proclaman que solo es crueldad y maltrato.
Meter en el mismo saco las banderillas y los puyazos junto con las querellas al juez no digo que no sea forzado. Pero bueno, tampoco cuela sin calzador eso de que ha sido casualidad que hayan coincidido la Falange, los ultras de Manos Limpias, el capo de la Gurtel y la actitud de algunos jueces escocidos que no soportan el protagonismo de un compañero brillante. Costumbre, esta última, que se ha revelado típicamente española y casi tan vieja como las corridas de toros.
España es un país moderno en el que, aun, persisten algunos anacronismos. Las corridas de toros, obviamente, no tienen nada que ver ni son comparables con esas querellas contra Garzón, sin embargo coincide que, los defensores de unas y otras, son prácticamente los mismos y emplean argumentos muy parecidos. Invocan el derecho a la libertad y justifican el amplio rechazo que suscitan algunas de sus posturas aludiendo a la incomprensión. Yo, que quieren que les diga, si esas querellas llegaran a prosperar no tendría reparo en considerarlas maltrato animal. Me pasa como a Manuel Vicent que dice que admitiría que el toreo es un arte si se le concediera que el canibalismo es alta gastronomía.
Las ideas, además de ser muy suyas, quiero decir de ellas mismas, aparecen cuando ellas lo deciden y se asocian por misteriosas y extrañas afinidades. No sé yo si por capricho o por ganas de fastidiar porque el otro día estaba leyendo lo del maltrato animal y, de repente, se me apareció el juez Garzón travestido de toro bravo. Pura palenginesia pues seguía conservando su mechón de pelo blanco, sus gafas y su corbata, pero correteaba, frente a la Audiencia, con el rabo a media asta, el lomo de color negro y dos grandes cuernos.
Menuda sorpresa. Sobre todo porque con el trajín de ideas que tenemos en la cabeza, lo más lógico hubiera sido relacionar a Garzón con un torero cualquiera. Seria lo propio para alguien que ha hecho tantas faenas sin reparar en qué plaza pero, por lo visto, todos conservamos, en alguna parte de nuestro cerebro, un reducto del pensamiento al que la razón no alcanza. Somos, no conviene olvidarlo, animales y los animales se rigen por una ley que llamamos instinto.
No trato de disculparme, reflexiono, simplemente, sobre uno de esos pensamientos raros que solemos tener a diario y ocultamos por aquello de que no nos tomen por descerebrados. Yo también me pregunto a que vino relacionar a Garzón con un toro bravo. Sería, imagino, que mi mente se hizo un lío y mezcló lo del maltrato animal con las querellas que le impusieron al juez. Ya se que no tiene nada que ver pero como uno trata de dar sentido a sus propias contradicciones, estuve a vueltas con la idea hasta que llegué a la conclusión de que no era, ni mucho menos, descabellada.
Decía, anteriormente, que todos somos animales y, dejando a un lado que la distinción fundamental es entre los racionales y el resto, me permito señalar otras dos que considero importantes: domésticos y salvajes. Una la tengo clara, domésticos son aquellos con los que establecemos deberes recíprocos: les damos comida y cobijo a cambio de que nos devuelvan seguridad y afecto. Pero: ¿Y el toro?... Ah el toro. El toro no es doméstico ni salvaje. Es una mezcla de ambos y ahí reside, pienso yo, el intríngulis de mi confusión pues los defensores de la fiesta aseguran que domesticarlo, haciéndolo que entre al trapo, es todo un arte mientras los detractores proclaman que solo es crueldad y maltrato.
Meter en el mismo saco las banderillas y los puyazos junto con las querellas al juez no digo que no sea forzado. Pero bueno, tampoco cuela sin calzador eso de que ha sido casualidad que hayan coincidido la Falange, los ultras de Manos Limpias, el capo de la Gurtel y la actitud de algunos jueces escocidos que no soportan el protagonismo de un compañero brillante. Costumbre, esta última, que se ha revelado típicamente española y casi tan vieja como las corridas de toros.
España es un país moderno en el que, aun, persisten algunos anacronismos. Las corridas de toros, obviamente, no tienen nada que ver ni son comparables con esas querellas contra Garzón, sin embargo coincide que, los defensores de unas y otras, son prácticamente los mismos y emplean argumentos muy parecidos. Invocan el derecho a la libertad y justifican el amplio rechazo que suscitan algunas de sus posturas aludiendo a la incomprensión. Yo, que quieren que les diga, si esas querellas llegaran a prosperar no tendría reparo en considerarlas maltrato animal. Me pasa como a Manuel Vicent que dice que admitiría que el toreo es un arte si se le concediera que el canibalismo es alta gastronomía.
lunes, 8 de marzo de 2010
El mundo de buenos y malos, según los medios
Milio Mariño / La Nueva España
La semana pasada se me ocurrió comentar, en la cancha de Facebook, las declaraciones que los medios atribuían a ese actor español que opinaba del preso cubano muerto por huelga de hambre. Me apetecía entrar en la polémica y el resultado fue que coincidí con bastantes en la condena al régimen castrista, pero discrepé con otros en cuanto al tratamiento de la noticia, pues el actor había dicho más de lo que le atribuían algunos periódicos, que mutilaban sus declaraciones y las sacaban de contexto para coger sólo lo que interesaba y lincharlo públicamente, jactándose de que perteneciera al denominado sindicato de la ceja que apoyó a Zapatero.
No sé para otros, pero para mí no es lo mismo mentir que tergiversar. Desde luego que no. Tergiversar es más dañino y mucho más peligroso. Supone aprovecharse de la verdad y manipularla para conseguir un determinado objetivo. Algo cada vez más frecuente y, si cabe, más detestable que la censura, pues aquella se ejercía por amputación, y esto de ahora por aderezo de una verdad que sale a la luz después de haber sido cocinada para construir una realidad que es la que conviene, en función de ciertos intereses o, incluso, como ha confesado algún director, de lo que la gente espera leer. Cuestión que es como para echarse a temblar, pues significa admitir que algunas empresas de comunicación parten del convencimiento de que los lectores estamos ávidos de carnaza y preferimos el escándalo antes que la verdad.
Los medios hablan, casi en exclusiva, de un único mundo posible en el que la solución de la crisis pasa por reducir el gasto social, reducir los derechos de los trabajadores, aumentar las subvenciones a los bancos y no regular ni controlar las maniobras financieras que han dado lugar a la situación que tenemos. Hablan de un mundo, a la medida de ciertos intereses, que va logrando cada vez más adeptos porque cualquiera que opine de forma distinta se expone al ridículo de que lo tilden de visionario y cosas peores.
Por si no estaba convencido del todo, que lo estaba, de que los medios han construido un mundo en el que ser bueno o malo no depende de los hechos sino de los intereses, al despliegue de titulares que recogían las declaraciones del actor a propósito del fallecido preso cubano sucedieron otros sobre los indicios de que el Gobierno de Venezuela pudo haber colaborado con ETA. Lo justo para sacar de paseo al ogro, Chávez, y explayarse sobre las amistades y los supuestos apoyos que le brindan Zapatero y todos los que se consideran de izquierdas.
A mí en concreto, y supongo que a otros muchos que no tienen reparo en confesarse de izquierdas, no me gustan Fidel, ni su hermano Raúl ni tampoco Chávez. Tampoco me gusta Berlusconi, pero ese, según los medios, es el Cavalieri y el otro, una bestia parda. Poco importa que haya sido imputado por corrupción, falsedades, sobornos, tratos con la mafia y otros delitos por el estilo. Berlusconi es punto y aparte. Dice, más o menos, las mismas tonterías que Chávez, pero, claro, Chávez no tiene la fortuna ni el imperio mediático que maneja el italiano.
Ese es el tema. Para la inmensa mayoría de los medios el mundo bueno, civilizado y económicamente viable es el que cae del lado de Berlusconi y la culpa de que parezca imposible otro mundo más decente, como bien dice un refrán mexicano, no la tienen sólo los chanchos, sino quienes les dan de comer y les rascan el lomo.
La semana pasada se me ocurrió comentar, en la cancha de Facebook, las declaraciones que los medios atribuían a ese actor español que opinaba del preso cubano muerto por huelga de hambre. Me apetecía entrar en la polémica y el resultado fue que coincidí con bastantes en la condena al régimen castrista, pero discrepé con otros en cuanto al tratamiento de la noticia, pues el actor había dicho más de lo que le atribuían algunos periódicos, que mutilaban sus declaraciones y las sacaban de contexto para coger sólo lo que interesaba y lincharlo públicamente, jactándose de que perteneciera al denominado sindicato de la ceja que apoyó a Zapatero.
No sé para otros, pero para mí no es lo mismo mentir que tergiversar. Desde luego que no. Tergiversar es más dañino y mucho más peligroso. Supone aprovecharse de la verdad y manipularla para conseguir un determinado objetivo. Algo cada vez más frecuente y, si cabe, más detestable que la censura, pues aquella se ejercía por amputación, y esto de ahora por aderezo de una verdad que sale a la luz después de haber sido cocinada para construir una realidad que es la que conviene, en función de ciertos intereses o, incluso, como ha confesado algún director, de lo que la gente espera leer. Cuestión que es como para echarse a temblar, pues significa admitir que algunas empresas de comunicación parten del convencimiento de que los lectores estamos ávidos de carnaza y preferimos el escándalo antes que la verdad.
Los medios hablan, casi en exclusiva, de un único mundo posible en el que la solución de la crisis pasa por reducir el gasto social, reducir los derechos de los trabajadores, aumentar las subvenciones a los bancos y no regular ni controlar las maniobras financieras que han dado lugar a la situación que tenemos. Hablan de un mundo, a la medida de ciertos intereses, que va logrando cada vez más adeptos porque cualquiera que opine de forma distinta se expone al ridículo de que lo tilden de visionario y cosas peores.
Por si no estaba convencido del todo, que lo estaba, de que los medios han construido un mundo en el que ser bueno o malo no depende de los hechos sino de los intereses, al despliegue de titulares que recogían las declaraciones del actor a propósito del fallecido preso cubano sucedieron otros sobre los indicios de que el Gobierno de Venezuela pudo haber colaborado con ETA. Lo justo para sacar de paseo al ogro, Chávez, y explayarse sobre las amistades y los supuestos apoyos que le brindan Zapatero y todos los que se consideran de izquierdas.
A mí en concreto, y supongo que a otros muchos que no tienen reparo en confesarse de izquierdas, no me gustan Fidel, ni su hermano Raúl ni tampoco Chávez. Tampoco me gusta Berlusconi, pero ese, según los medios, es el Cavalieri y el otro, una bestia parda. Poco importa que haya sido imputado por corrupción, falsedades, sobornos, tratos con la mafia y otros delitos por el estilo. Berlusconi es punto y aparte. Dice, más o menos, las mismas tonterías que Chávez, pero, claro, Chávez no tiene la fortuna ni el imperio mediático que maneja el italiano.
Ese es el tema. Para la inmensa mayoría de los medios el mundo bueno, civilizado y económicamente viable es el que cae del lado de Berlusconi y la culpa de que parezca imposible otro mundo más decente, como bien dice un refrán mexicano, no la tienen sólo los chanchos, sino quienes les dan de comer y les rascan el lomo.
lunes, 1 de marzo de 2010
Votar en bronca
Milio Mariño/La Nueva España/
Uno de los síntomas más evidentes de que la mediocridad ha llegado a invadirlo todo es el abaratamiento del mérito para hacerse famoso. Ser ahora una celebridad cuesta muy poco; un instante en televisión. Además no se exige talento ni ninguna habilidad especial. Prueba de ello es ese ejemplar que, recientemente, ha saltado a la fama por el detestable gesto de invitarnos a que le comamos lo que agarraba tocándose la bragueta.
Un año más, y van dos, han vuelto a liarla con la elección del representante español en Eurovisión. El espectáculo ha sido, casi, como el del año pasado y lo sorprendente es que la insistencia en lo mismo ha servido para que algunos comiencen a preguntarse si lo cómico no se estará convirtiendo en un refugio de rebeldía contra el sistema. En esa dirección apuntan los comentarios de algunos sociólogos empeñados en salvar a esta generación de jóvenes lagarto que cada vez piensan menos y cuando lo hacen es para convencerse de que los adultos y el Estado estamos obligados a sacarles las castañas del fuego.
Dudo mucho que este tipo de respuestas, es decir, la nueva táctica de en lugar de no votar o votar en blanco, dar el voto a un personaje ridículo, un fantasma o un tontaina, pueda convertirse en el preámbulo de una nueva revolución juvenil. Una revolución cuyo móvil sería la crítica contra un sistema en el que sólo triunfan los ganadores sin alma, los yuppies y los que tienen un par de carreras, tres másteres y varios idiomas. No me parece que lo ocurrido apunte en ese sentido. Creo más lógico asimilarlo con el hartazgo, la impotencia y la negativa a seguir pasando por el aro sin decir esta boca es mía. La cosa, a mi juicio, va por ahí. Quienes actúan así son conscientes de que no resuelven nada pero, al menos, se quejan. Se hacen visibles y dejan patente que su voto cuenta en algún sentido.
Esa es la historia, y la culpa de que haya vuelto a repetirse no la tiene nadie más que la televisión. Sí, porque la televisión nos ha ido acostumbrando a que, por encima de la calidad, el talento y el buen hacer, triunfe el pelotazo mediático. La imagen, más que los hechos, es lo que preocupa a todos los niveles, incluido el político. Tal es así que en varios países ya se ha dado el fenómeno de que los mismos tontainas, fantasmas y frikis que aquí se presentan a Eurovisión, allí lo hacen a las elecciones legislativas. Ahí tienen los ejemplos de Beppe Rillo en Italia o Stephen Colbert y Britney Spears en EE UU, quien manifestó que si fuera presidenta lo primero que haría no sería cerrar Guantánamo ni ofrecer el seguro médico gratuito a todos los estadounidenses sino reformar el Despacho Oval para dejarlo como el Palms Casino de Las Vegas y obligar a la NASA a montar una discoteca en la Luna.
Al paso que vamos no parece que estemos muy lejos de que aquí pueda ocurrir otro tanto. No descarto que en 2012 pueda aparecer cualquier tontaina con un programa plagado de disparates y obtenga vaya usted a saber cuántos votos. Lo del voto en bronca tiene toda la pinta de ir en aumento. Pero no como una nueva revolución juvenil o un resurgir de los ácratas. Qué va. En nuestro caso sería porque Zapatero y Rajoy se lo están poniendo en bandeja a cualquier Chiquilicuatre que se atreva a presentarse y proponernos lo que le salga de la entrepierna.
Uno de los síntomas más evidentes de que la mediocridad ha llegado a invadirlo todo es el abaratamiento del mérito para hacerse famoso. Ser ahora una celebridad cuesta muy poco; un instante en televisión. Además no se exige talento ni ninguna habilidad especial. Prueba de ello es ese ejemplar que, recientemente, ha saltado a la fama por el detestable gesto de invitarnos a que le comamos lo que agarraba tocándose la bragueta.
Un año más, y van dos, han vuelto a liarla con la elección del representante español en Eurovisión. El espectáculo ha sido, casi, como el del año pasado y lo sorprendente es que la insistencia en lo mismo ha servido para que algunos comiencen a preguntarse si lo cómico no se estará convirtiendo en un refugio de rebeldía contra el sistema. En esa dirección apuntan los comentarios de algunos sociólogos empeñados en salvar a esta generación de jóvenes lagarto que cada vez piensan menos y cuando lo hacen es para convencerse de que los adultos y el Estado estamos obligados a sacarles las castañas del fuego.
Dudo mucho que este tipo de respuestas, es decir, la nueva táctica de en lugar de no votar o votar en blanco, dar el voto a un personaje ridículo, un fantasma o un tontaina, pueda convertirse en el preámbulo de una nueva revolución juvenil. Una revolución cuyo móvil sería la crítica contra un sistema en el que sólo triunfan los ganadores sin alma, los yuppies y los que tienen un par de carreras, tres másteres y varios idiomas. No me parece que lo ocurrido apunte en ese sentido. Creo más lógico asimilarlo con el hartazgo, la impotencia y la negativa a seguir pasando por el aro sin decir esta boca es mía. La cosa, a mi juicio, va por ahí. Quienes actúan así son conscientes de que no resuelven nada pero, al menos, se quejan. Se hacen visibles y dejan patente que su voto cuenta en algún sentido.
Esa es la historia, y la culpa de que haya vuelto a repetirse no la tiene nadie más que la televisión. Sí, porque la televisión nos ha ido acostumbrando a que, por encima de la calidad, el talento y el buen hacer, triunfe el pelotazo mediático. La imagen, más que los hechos, es lo que preocupa a todos los niveles, incluido el político. Tal es así que en varios países ya se ha dado el fenómeno de que los mismos tontainas, fantasmas y frikis que aquí se presentan a Eurovisión, allí lo hacen a las elecciones legislativas. Ahí tienen los ejemplos de Beppe Rillo en Italia o Stephen Colbert y Britney Spears en EE UU, quien manifestó que si fuera presidenta lo primero que haría no sería cerrar Guantánamo ni ofrecer el seguro médico gratuito a todos los estadounidenses sino reformar el Despacho Oval para dejarlo como el Palms Casino de Las Vegas y obligar a la NASA a montar una discoteca en la Luna.
Al paso que vamos no parece que estemos muy lejos de que aquí pueda ocurrir otro tanto. No descarto que en 2012 pueda aparecer cualquier tontaina con un programa plagado de disparates y obtenga vaya usted a saber cuántos votos. Lo del voto en bronca tiene toda la pinta de ir en aumento. Pero no como una nueva revolución juvenil o un resurgir de los ácratas. Qué va. En nuestro caso sería porque Zapatero y Rajoy se lo están poniendo en bandeja a cualquier Chiquilicuatre que se atreva a presentarse y proponernos lo que le salga de la entrepierna.
lunes, 22 de febrero de 2010
La burbuja del balón redondo
Milio Mariño/ La Nueva España
El jueves pasado me vino de perlas leer a Francisco García Pérez, a quien recuerdo, además de por sus artículos, por un par de días en Villaviciosa con los escritores asturianos. Fue una delicia saber que compartimos eso de habernos criado oyendo retransmisiones de fútbol que se han quedado a vivir para siempre en algún rincón del cerebro, pues si él recuerda «pánico en Altabix», a mí me pasa otro tanto con «penalti en Las Gaunas». Además, también soy partidario de «orsay», «linier» y «fau», palabras que sigo usando, quizá, por haber jugado con aquellos balones de reglamento que dejaban un surco calvo cuando rematabas de cabeza sin mirar la costura. Eran otros tiempos. Fíjense si habrán pasado años que usábamos Linimento Sloan, un ungüento que lo mismo curaba el reuma que un bocadillo en el glúteo.
El caso que, como dije, leí el artículo de García Pérez junto con los propios del día siguiente al debate sobre la crisis y, como quiera que sobre ese tema ya está todo escrito, se me ocurrió que podría hablarles de la burbuja del fútbol. Un milagro sin precedentes, pues resulta que han ido explotando qué sé yo cuántas burbujas: la de internet, la financiera, la inmobiliaria y todas las imaginables, pero la del fútbol, cuya deuda reconocida asciende a más de 4.000 millones de euros, sigue inflándose como si nada y nadie vaticina que vaya a explotar.
El Gobierno, la oposición, todo el mundo habla de poner freno al gasto, contener los salarios, abaratar los despidos y aumentar la edad de jubilación, pero ninguna de esas medidas parece que afecte al mundo del fútbol, que sigue con sus traspasos y sus sueldos millonarios, viviendo dentro de esa burbuja milagro que lo aísla de todo.
Lo sorprendente es que, dentro de la burbuja del balón redondo, no sólo viven los clubes SAD, también viven los de Segunda B, Tercera División, Regional Preferente y de ahí para abajo. Viven nadie sabe cómo, pues técnicamente casi todos están en quiebra dado que, año tras año, sus ingresos son inferiores a los gastos y, en consecuencia, se hallan en la imposibilidad de hacer frente no sólo al presupuesto ordinario, sino a la posibilidad de poder liquidar, algún día, las deudas que tienen.
¿Cómo lo hacen? Eso quisiera saber yo e imagino que más de un ministro de Economía y Hacienda. De cómo lo hizo el Real Oviedo, que el año pasado, en Tercera División, tuvo un presupuesto de 2.550.000 euros, tenemos una idea. De cómo lo hacen algunos clubes de Tercera que, este año, rondan los 400.000, ellos sabrán. Y si echáramos un vistazo a otros presupuestos, incluso de Regional Preferente, quedaríamos asombrados. Sobre todo, teniendo en cuenta que los espectadores por partido no suelen pasar de cien y algunas veces ni eso. Es decir, que no sacan ni para el árbitro, que en Tercera cobra 400 euros y hay que pagarle por adelantado. Pero es que, además, también hay que pagar al entrenador y a los jugadores, que tienen sueldos de 1.000 o 1.500 euros al mes, y algunos incluso más.
Viendo cómo está el fútbol, desde las SAD a los clubes de Tercera y Regional, habría que preguntarles cuál es la fórmula para que la crisis ni siquiera los haya rozado. Imagino que no tendrán inconveniente en ponernos al tanto, porque la pregunta no es un capricho, es una necesidad. Una emergencia nacional que exige ponernos en manos de quienes, de verdad, saben hacer milagros. Deberían tomar nota Elena Salgado, Miguel Sebastián y José Blanco.
El jueves pasado me vino de perlas leer a Francisco García Pérez, a quien recuerdo, además de por sus artículos, por un par de días en Villaviciosa con los escritores asturianos. Fue una delicia saber que compartimos eso de habernos criado oyendo retransmisiones de fútbol que se han quedado a vivir para siempre en algún rincón del cerebro, pues si él recuerda «pánico en Altabix», a mí me pasa otro tanto con «penalti en Las Gaunas». Además, también soy partidario de «orsay», «linier» y «fau», palabras que sigo usando, quizá, por haber jugado con aquellos balones de reglamento que dejaban un surco calvo cuando rematabas de cabeza sin mirar la costura. Eran otros tiempos. Fíjense si habrán pasado años que usábamos Linimento Sloan, un ungüento que lo mismo curaba el reuma que un bocadillo en el glúteo.
El caso que, como dije, leí el artículo de García Pérez junto con los propios del día siguiente al debate sobre la crisis y, como quiera que sobre ese tema ya está todo escrito, se me ocurrió que podría hablarles de la burbuja del fútbol. Un milagro sin precedentes, pues resulta que han ido explotando qué sé yo cuántas burbujas: la de internet, la financiera, la inmobiliaria y todas las imaginables, pero la del fútbol, cuya deuda reconocida asciende a más de 4.000 millones de euros, sigue inflándose como si nada y nadie vaticina que vaya a explotar.
El Gobierno, la oposición, todo el mundo habla de poner freno al gasto, contener los salarios, abaratar los despidos y aumentar la edad de jubilación, pero ninguna de esas medidas parece que afecte al mundo del fútbol, que sigue con sus traspasos y sus sueldos millonarios, viviendo dentro de esa burbuja milagro que lo aísla de todo.
Lo sorprendente es que, dentro de la burbuja del balón redondo, no sólo viven los clubes SAD, también viven los de Segunda B, Tercera División, Regional Preferente y de ahí para abajo. Viven nadie sabe cómo, pues técnicamente casi todos están en quiebra dado que, año tras año, sus ingresos son inferiores a los gastos y, en consecuencia, se hallan en la imposibilidad de hacer frente no sólo al presupuesto ordinario, sino a la posibilidad de poder liquidar, algún día, las deudas que tienen.
¿Cómo lo hacen? Eso quisiera saber yo e imagino que más de un ministro de Economía y Hacienda. De cómo lo hizo el Real Oviedo, que el año pasado, en Tercera División, tuvo un presupuesto de 2.550.000 euros, tenemos una idea. De cómo lo hacen algunos clubes de Tercera que, este año, rondan los 400.000, ellos sabrán. Y si echáramos un vistazo a otros presupuestos, incluso de Regional Preferente, quedaríamos asombrados. Sobre todo, teniendo en cuenta que los espectadores por partido no suelen pasar de cien y algunas veces ni eso. Es decir, que no sacan ni para el árbitro, que en Tercera cobra 400 euros y hay que pagarle por adelantado. Pero es que, además, también hay que pagar al entrenador y a los jugadores, que tienen sueldos de 1.000 o 1.500 euros al mes, y algunos incluso más.
Viendo cómo está el fútbol, desde las SAD a los clubes de Tercera y Regional, habría que preguntarles cuál es la fórmula para que la crisis ni siquiera los haya rozado. Imagino que no tendrán inconveniente en ponernos al tanto, porque la pregunta no es un capricho, es una necesidad. Una emergencia nacional que exige ponernos en manos de quienes, de verdad, saben hacer milagros. Deberían tomar nota Elena Salgado, Miguel Sebastián y José Blanco.
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